América española

•Martes 3 Noviembre 2009 • 1 comentario

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

VII

AMÉRICA ESPAÑOLA

Estudiada en conjunto la conquista del Nuevo Continente, podremos observar que en unos años (corto espacio para tamaña labor) España llevó su soberanía civilizadora desde la Florida hasta el estrecho de Magallanes en el Atlántico, y desde allí a California en el Pacífico. Y no limitándose a conocer y dominar la costa, sino cruzando tan vastos países y estableciéndose en territorios que más tarde han sido Méjico, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, Argentina, Uruguay, Puerto Rico, Santo Domingo, Jamaica y Cuba…

Nombres gloriosos, nombres españoles han quedado escritos en la historia de esos países: los Pinzones, Hernán Cortés, los Pizarro, Almagro, Alvarado, Pedrarias de Ávila, Ríos, Las Casas, Basurto, Andagoya, Cabeza de Vaca, La Gasca, Grijalva, Velázquez, Vaca de Castro, Núñez de Balboa, Montejo, Córdoba, Pineda, Vela, Ercilla y cien más.

En esas regiones viven hoy más de cincuenta millones de habitantes de habla castellana, sobre trece millones de kilómetros cuadrados, donde se alzan ciudades amplias y cultas, cuyos cimientos pusieron nuestros antepasados en un alto de su camino eterno de luchas e inquietudes.

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B I B L I O G R A F Í A

R. CÚNEO VIDAL.- [Vida del conquistador del Perú, don] Francisco Pizarro y Guerras civiles de los Incas [Historia de las guerras de los últimos Incas peruanos contra el poder español].

E. RECLUS.- Geografía universal.

CH. F. LUMMIS.- Los exploradores españoles del siglo XVI.

ONÉSIMO RECLUS.- La terre à vol d’oiseau.

ZURITA.- Anales.

AGUADO [BLEYE].- [Manual de] historia de América.

JEREZ.- Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco.

ZÁRATE.- Historia del descubrimiento y conquista del Perú.

QUINTANA.- Vida de Francisco Pizarro y Vida de Vasco Núñez de Balboa.

SOLÍS.- [Historia de la] conquista de México.

PEDRO DE CIEZA.- La Crónica del Perú.

L. DE GÓMARA.- Historia [general] de las Indias.

IZQUIERDO CROSELLES.- [Compendio de] historia general.

FERNÁNDEZ [DE] OVIEDO.- Historia de la conquista del Perú.

R. ALTAMIRA.- Papel de España en el mar Pacífico.

J. JUDERÍAS.- La leyenda negra.

BOERO.- Geografía de América.

ORTEGA Y RUBIO.- Historia de España.

C. CANTÙ.- Historia universal.

SALES FERRÉ.- Historia general.

C. PEREYRA.- Historia de la América Española.

NAVARRO LAMARCA.- Historia general de América.

G. LATORRE.- La cartografía colonial americana.

MONTERO MEJUTO y VALERO [DE] BERNABÉ.- La patria del Almirante.



La obra de Francisco Pizarro

•Domingo 1 Noviembre 2009 • 1 comentario

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

VI

LA OBRA DE FRANCISCO PIZARRO

Historiadores poco escrupulosos o que han hallado más cómodo no profundizar en el estudio de la conquista de América (no queremos dejar toda la culpa al deseo de perjudicar el buen nombre de España), han repetido en sus obras que la ambición y la codicia fueron los únicos móviles que llevaron a nuestros ascendientes a tan apartadas regiones.

En primer lugar, todas las conquistas se han verificado por hombres entre los que unos caminaban tras un ideal y otros en pro de su personal provecho. Ejemplos numerosos podríamos citar aquí, desde las campañas egipcias, persas, fenicias, griegas y romanas hasta nuestros días. Recientes están aún las pretendidas colonizaciones de algunas «Compañías de Indias», y en la historia del Indostán hay páginas de no muy grata recordación.

Afortunadamente, la red de calumniosas cuanto arbitrarias imputaciones, que había llegado a constituir una «leyenda negra», ha caído estrepitosamente en el descrédito después de la aparición de las luminosas obras de investigadores, propios (como Julián Juderías) y extraños (como Lummis, Vidal y otros), los cuales se han encargado de dar el obligado mentís a tan difundidas patrañas.

No estará de más que, para responder a los extranjeros que muestran mayor empeño en atacar nuestro dominio colonial, repitamos las justísimas palabras de Quintana:

«A los extraños que por deprimidos nos acusen de crueldad y barbarie en nuestros descubrimientos y conquistas del Nuevo Mundo, podríamos contestar con otros ejemplos de su misma casa, tanto y más atroces que los nuestros y en tiempo y circunstancias menos disculpables» (Advertencia en Vidas de hombres célebres).

Sabemos ya, y sabe el mundo entero, cuál fue la conducta de Cortés en Méjico y de Pizarro en el Perú; sabemos, sin que haya lugar a dudas, las causas de algunas medidas de rigor adoptadas por apremiante necesidad de sofocar rebeliones. Sabemos que Atahualpa no era el caudillo noble y leal que pintan los antiguos comentaristas, sino un bastardo cruel e inhumano que, contra todo derecho, encendió la más espantosa guerra civil que ha visto la Humanidad, que arrasó ciudades, saqueó templos y ejecutó en masa a los vencidos, sin que su saña se detuviese ante su propia sangre, de la que se manchó haciendo matar a Huáscar, su hermano, y ordenando arrojar después su cadáver a un río para «que no pudiesen llorar sobre él sus allegados»

No fue la codicia el móvil que llevó a América a Pizarro. Buena prueba de ello es que en todo momento expuso su vida y empleó sus bienes por el mejor servicio de la honra patria. Negarlo o ponerlo en duda sería desconocer la verdad histórica.

Es preocupación de los hombres de alteza de miras dejar una huella perdurable de su paso por el mundo; el recuerdo perpetuado de generación en generación, la aureola de una gloria inmarcesible.

Pizarro soñó con una España en América con todas las bellezas y todas las características de su lejana patria. Y su conducta no fue jamás negativa, como lo hubiera sido si sólo le guiara el afán de obtener riquezas para regresar poderoso al lugar de su cuna. Pudo hacerlo y no lo hizo.

En los últimos años de su existencia vigorosa y activísima pudo ya ver los cimientos sobre los que habrían de elevarse, al correr de los años, unas naciones cultas y fuertes, en cuyo seno se fundieran, como en un crisol augusto y gigantesco, las cualidades de dos razas grandes y potentes.

«Éste —escribe Vidal— parece haber sido un secreto pensamiento de Pizarro, no sospechado por los historiadores: procrear a hijos dignos del sino español y del indiano que a ellos convergían; pastores natos de pueblos con que forman un linaje…». Refiérese, naturalmente, a los hijos habidos por Pizarro en la nieta de Huacachillac Acu y hermana de Manco II, la que tomó el nombre de doña Inés Huaylas Yupanqui; fueron estos hijos Gonzalo y Francisca. 

También parece favorecer esta hipótesis su constante empeño de obtener blasones para sus allegados indígenas, medio de que los nobles incaicos vinieran a ser parte integrante de la nobleza española.

Complétase la obra civilizadora del inmortal extremeño con la fundación de numerosas ciudades: Ciudad de los Reyes (hoy Lima), ventajosamente situada en el valle de Rimac, cerca de la costa, hoy con más de 150.000 habitantes (6 enero 1535); La Plata o Chuquisaca, Charcas o Sucre (1538), hoy con 40.000 habitantes. Arequipa, situada en la falda del volcán de Misti (hoy 50.000 habitantes); Popayán, sobre el río Cauca; Cuzco (Nuevo, 1534), antigua capital del imperio incaico, hoy con 40.000 habitantes; Guánuco, (1539); Paria; Quito, situada cerca del volcán Pichincha, bajo un clima maravilloso (1534), hoy 100.000 habitantes; Trujillo (1530), 30.000 habitantes.

También fundáronse por él o por su orden expresa: San Miguel (1531), La Frontera, Guamanga, Guayaquil (1537), magnífico puerto natural sobre el Pacífico, hoy con 70.000 habitantes; Pasto (1539), Cali, sobre el río Cauca, en el hermoso valle de su nombre (1537), hoy 30.000 habitantes; Cartago (1540), Ancerma y otras varias.

Hoy, en aquellos campos abundosos, en las altísimas montañas donde la nieve y los vientos ejercen su soberanía, en los amplios puertos abiertos sobre el mayor de los mares, se recuerda y venera la gloriosa historia de aquel hombre que, abandonado apenas nacido a la puerta del convento de San Francisco el Real de la noble ciudad de Trujillo, de Extremadura, supo, en fuerza de valor, tenacidad y patriotismo, vencer, sobre el mar, la indiferencia humana, el odio y los siglos.

Descubrámonos ante la sombra gloriosa de quien tuvo en su mano los destinos de un continente y supo trazar su camino sin vacilaciones ni renunciamientos para arrancarlo de la incultura en que se hallaba sumido e incorporarlo así a la marcha de la Humanidad hacia la libertad y el progreso.

Capítulo VII

Pizarro, diplomático

•Viernes 30 Octubre 2009 • 1 comentario

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

V

PIZARRO, DIPLOMÁTICO

La rudeza propia de los grandes soldados de aquellas lejanas épocas solía dar a sus actos, no exclusivamente militares, una sequedad y un descuido que adquirían caracteres de verdaderas torpezas imperdonables y que en no pocas ocasiones malograban en la paz lo que consiguieran ellos por las armas. Podríamos aducir numerosos ejemplos para la demostración de nuestro aserto.

Pero en Pizarro tiene esta regla una excepción muy interesante.

Hombre sin educación alguna, abandonado apenas nacido, pasó su juventud en el doloroso estancamiento de la incultura. La mayor parte de sus biógrafos han afirmado que no supo nunca leer ni escribir. Pero es lo cierto que en una provisión expedida en Pachacamac el día 8 de enero de 1535 aparece la firma «Don Francisco Pizarro». Sin embargo de esta circunstancia, es extraño que tal firma varíe en los diversos documentos en que aparece puesta y que son todos posteriores a la fundación de la Ciudad de los Reyes (Lima); claramente se perciben en ellas diferencias de trazos que parecen hechos por distintas manos. Esto hace que muchos historiadores crean, con gran fundamento, a nuestro juicio, que la firma la escribía el secretario, limitándose Pizarro a trazar una o dos rúbricas, según los casos.

Oviedo, por el contrario, afirma que sabía escribir, pero no leer, y agrega que ello era objeto de hilaridad por parte de Almagro, quien decía a Pizarro con frecuencia y en son de broma que «saber escribir e no leer, era como recebir herida sin poder dalla».

Sea esto lo que fuere, lo que no ofrece duda es que el fundador de Lima no era hombre culto. Y a pesar de ser iletrado, bastaron unos años de convivencia con personas de mayor cultura, en Santo Domingo y Panamá, para dotarle de cierta cortesanía y trato de gentes, que le permitió presentarse con soltura poco frecuente ante Carlos I y su corte y obtener con facilidad cuanto pretendía.

El tacto y la habilidad de Pizarro fueron suficientes para conseguir que Enciso, capitán de la nave que halló en Cartagena, a pesar de no necesitar ya poner proa al Urabá, se decidiera a recomenzar la peligrosa ruta. A fuera de habilidad y constancia, también, logró vencer la resistencia que Pedrarias de Ávila oponía sistemáticamente a toda nueva exploración y obtuvo de él las autorizaciones necesarias. Y una vez conseguidas, realizó tan intensa labor militar y política, que la Reina firmó una capitulación en cuyo preliminar se dice:

«Por cuanto que vos… nos hicisteis relación de cuanto vos e los dichos señores vuestros compañeros con deseo de nos servir… tomastes cargo de ir a conquistar, descubrir e pacificar e poblar por la costa del Mar del Sur… doy licencia a vos capitán Francisco Pizarro para que por Nos y en nuestro nombre, e de la Corona real de Castilla podáis continuar el dicho descubrimiento, conquista y población de la dicha provincia del Perú… Por honrar vuestra persona y hacervos merced prometemos de vos hacer nuestro gobernador e capitán general de toda la dicha provincia del Perú, e tierras e pueblos que al presente hay e adelante hubiere en todas las dichas ducientas leguas por todos los días de vuestra vida, con salario de setecientos veinte mil y cinco maravedís cada año… Otrosí: vos hacemos merced del título de nuestro Adelantado de la dicha provincia del Perú, e ansimismo del oficio de Alguacil mayor della, todo por los días de vuestra vida».

Constituye un documento de inestimable valor, por ser un verdadero historial de la obra del conquistador trujillano durante su primera expedición al Perú, la Real Cédula expedida con fecha 13 de noviembre de 1529, en la que se conceden nuevos blasones a Pizarro y sus descendientes. También se relatan allí, siquiera sea ligeramente, todas sus proezas y sus principales servicios desde su llegada a Santo Domingo.

Citamos ahora estos documentos porque de todos ellos se desprende que Pizarro, lejos de ser un soldado «por instinto», como llegó a decir un historiador (?) extranjero, cuyo nombre no reproducimos porque, a nuestro juicio, no merece tal honor, era un capitán que sabía estudiar el terreno que pisaba y el carácter, espíritu y costumbres de sus habitantes.

Por eso dice muy justamente R[ómulo] Cúneo Vidal que llama la atención del investigador el conocimiento que Pizarro demuestra poseer del territorio cuya conquista emprendía, no sólo en las costas ya reconocidas por Almagro, Bartolomé Ruiz y él, sino también de las comarcas del interior del continente como Tumebamba, Nasca, el Cuzco y otras.

Labor de diplomacia y no fácil fue la realizada por Pizarro cuando en 1529 vino a Extremadura. Para poder tornar a España tuvo que pedir prestados mil castellanos a sus amigos, por haber agotado todos sus recursos e incluso hallarse en deuda con muchos a causa de expediciones anteriores.

Téngase muy en cuenta que este viaje obedeció a la prohibición hecha por el gobernador de Panamá, Pedro de los Ríos, que había sustituido a Pedrarias, de que fuese nadie enrolado en Tierra Firme con destino al Perú. Prohibió dicha autoridad igualmente que se juntaran caballos, e hizo cuanto humanamente pudo para impedir la continuación de la conquista. Creemos firmemente que esta oposición no obedecía a un arbitrario empeño, ni tampoco a enemistad, malicia o recelo; muchos de los soldados que, acompañando al caudillo, sufrieron con él los horrores, hambres y dolencias de la Isla del Gallo, huérfanos del entusiasmo que a su jefe animaba, habían hecho llegar a manos del gobernador una carta en la que le pedían que los librase de aquella miseria. Por si esto fuera poco, la llegada de Tafur, que había tenido la virtud de tornar a Panamá a casi todos los que con Pizarro se hallaban en la isla, hizo que la empresa se desacreditase hasta el punto de dar todos por locura la conquista de los ricos territorios de que les hablara Almagro cuando solicitó refuerzos.

Parécenos, pues, muy explicable la oposición de Pedro de los Ríos; para tener fe en la realización de tan gran quimera se necesitaba ser Pizarro, Hernán Cortés, Alvarado o Balboa… Y a todos los hombres no se les puede exigir que sean genios.

Francisco Pizarro traía, pues, un arduo problema para resolver: lograr de la Corona una autorización tan amplia que no fuera suficiente la firme voluntad del gobernador Ríos para estorbar la prosecución de la obra emprendida.

Tornaba ya célebre e ilustre el pobre muchacho que en cierto día triste huyera de La Zarza, apesadumbrado por la afrenta de su bastardía y la herida del ajeno menosprecio.

Lógicamente, húbole de resultar difícil borrar de su memoria los ultrajes añejos y saludar a sus hermanos (antes indiferentes para con él) y a los antiguos conocidos que vieran su desgracia sin que ella les moviera a lástima. Pero supo acallar sus viejos dolores y desvanecer las nubes de su rencor (si por acaso se llegaron a formar en su alma grande y generosa), porque interesábale el auxilio de sus allegados y amigos para proseguir su magna empresa, que él, con maravillosa videncia, consideraba aún en sus comienzos. Y merced a su tacto consiguió llevar con él hasta las lejanas costas del Pacífico a doscientos caballeros de lo más granado de España.

Pero donde culmina la diplomacia de Pizarro es en la difícil situación en que la guerra entre Huáscar y Atahualpa le colocó apenas se vio nuevamente en tierra peruana. No se le ocultó la necesidad de aprovechar esta lucha para obtener el apoyo de ejércitos indígenas que, conocedores del terreno y del modo de combatir de los comarcanos, fuesen un auxilio poderoso y alianza útil.

En Tumbez, ciudad donde estuvo Pizarro en su expedición, dominaban los partidarios del primero de los citados Incas, los cuzqueños, los cuales, viendo asolados sus campos y arrasadas sus ciudades por la saña feroz de los quiteños, secuaces de Atabalipa, hallaron en los españoles una protección eficacícima y para ellos casi milagrosa por lo inesperada.

Y quiso la casualidad que los soldados cristianos fueran a auxiliar a quienes con mejor derecho combatían, puesto que defendían a Huáscar, hijo mayor, legítimo, del difunto Inca Huayna Capac, contra Atahualpa o Atabalipa, bastardo y menor. Un escritor peruano ha dicho: «Atahualpa, quiteño, bastardo, inescrupuloso y cruel, y Huáscar, cuzqueño, legítimo y de más humana condición».

Es, en verdad, posible que, enterado como estaba Pizarro del motivo de aquella guerra, aun cuando pudiese elegir aliado a uno u otro caudillo, prefiriese ponerse del lado de los humillados y vencidos, que veían pisoteados sus derechos y exterminados sus ejércitos. En su avance contra el ejército de su hermano (el legítimo Inca Huáscar), Atahualpa devastó las tierras, taló los campos, incendió las ciudades y mató a más de cincuenta mil hombres. Era, pues, no sólo un usurpador, rebelde y sin escrúpulos, sino también un desalmado, sanguinario y feroz, que no merecía, en modo alguno, la conmiseración que algunos le dispensan. «Regueros de sangre y resplandores de incendio —escribe el repetido historiador peruano Vidal— señalaron el paso de sus ejércitos».

Empeño muy español y legítima causa de orgullo para nuestra patria ha sido siempre defender al débil contra el fuerte y la razón contra el desafuero.

Cuando, ya en la llanada de Cajamarca, recibió mensajeros de ambos hermanos, el conquistador acogió a unos y otros con igual amabilidad; los de Huáscar le pidieron paz y alianza; los de Atahualpa le amenazaron con darle muerte a él y a los suyos su avanzaban un paso más. Y no obstante el tono altanero usado por los emisarios del usurpador, Pizarro respondióles con toda mesura que «se holgaría de poderse volver, pero que no era posible, porque venía de embajador de los dos mayores señores del mundo, que son el Papa y el emperador…, por lo que pedía merced que no recibiese pena de dejarse ver y de oír la embajada que traía». Difícilmente hallaremos otro ejemplo de contestación hábil y diplomática entre los conquistadores de aquella época.

Más tarde Atabalipa tornó a sus amenazas y, tras de largas jornadas, llegaron a la ciudad de Cajamarca, en noviembre de 1532; durante algunos días anduvo el Inca rehuyendo la entrevista, con informalidades y burlas que Pizaro, delicadamente, no tomó en consideración, resuelto a evitar la guerra.

Pero hay un punto en que la diplomacia, entonces y ahora, ha de dejar paso francos a las armas. Y esto es lo que hizo Pizarro, anticipándose en siglos a los generalísimos y estadistas modernos.

De la lucha entre españoles sólo queremos indicar aquí que Francisco Pizarro al oponerse resueltamente a las pretensiones de Almagro, no sólo defendía su derecho, sino también la conveniencia geográfica y política de España en el Perú. Convienen los historiadores y comentaristas en que la gobernación de Pizarro sin el Cuzco hubiera sido un verdadero disparate. La estructura del terreno sometido a su jurisdicción, la distribución en él de los pueblos indígenas y cristianos, las relaciones creadas desde el principio de la conquista, son circunstancias que imposibilitaban al caudillo dejar en manos de otro hombre la ciudad, que ejercía hegemonía absoluta sobre el Perú.

Ello nos permite comprobar una vez más las excelentes dotes del héroe extremeño como gobernador, ya que bien claras y concretas están las que como general le adornaban.

Pero como estimamos que la obra colonizadora de Francisco Pizarro bien merece que dediquemos unos párrafos más a describirla, de ella nos ocuparemos en el capítulo siguiente.

Capítulo VI

Pizarro, guerrero

•Viernes 23 Octubre 2009 • Dejar un comentario

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

IV

PIZARRO, GUERRERO

Cuando nos hemos visto precisados a suspender el relato de la vida de este soldado, es decir, en lo acontecido en el año de 1524, tenía nuestro héroe cincuenta y cinco años de edad.

¿No es ya asombroso que pueda decirse (y con razón) que aún no había emprendido entonces su verdadera obra inmortal, que le elevaría más tarde al pináculo de la fama?

Esto nos indica claramente el recio carácter y fuerte complexión de Pizarro, cualidades que conservó hasta su alevosa muerte, acaecida el domingo 26 de junio de 1541 (cuando contaba setenta y dos años). En aquel triste día, con sólo la ayuda de dos soldados y dos niños, hizo frente y mantuvo a raya a diez y nueve conjurados en su propia cámara. Era aún el león de Darién, el héroe de Puerto del Hambre…

Larga sería la narración de cuantas hazañas realizó el inmortal trujillano en su tormentosa vida.

Del tiempo que duró su estancia en Italia (aun discutida por algunos historiadores, pero que nosotros creemos cierta) no se halla en ningún documento de cuantos hemos consultado indicación que permita reconstruir sus hechos. Existe únicamente el indicio de que cuando arribó a la Isla Española, en 1504, era ya conocida su pericia militar y su valor y tenacidad inquebrantables; lo que nos permite dar por sabido que sus merecimientos durante su permanencia en Italia proporcionaron este renombre.

Para dar un resumen de los jalones que marcan la vida militar de Pizarro, señalaremos algunos hechos trascendentales.

Apenas desembarcado del galeón en que fue a la Española con el gobernador de Lares, hubo de contribuir a la pacificación de la isla.

Muy poco después realizó la penosísima expedición primera a la tierra de Urabá y desembocadura del Atrato, río éste que corre por un lecho profundo llamado «Cañón del Atrato», abierto entre las cordilleras de Bando y Quindio. En los 450 kilómetros de su curso arrastra arenas auríferas.

Allí encontró cuantos obstáculos y contrariedades pueden servir para contrastar el verdadero valor de los soldados: clima sofocante, país insano, azotado por huracanes, lluvias y fiebres; región llena de fieras y alimañas dañinas, sólo habitable por indios que competían con ellas en el dominio del territorio. Fracasado su heroico empeño, cuando ya de regreso logra encontrar el refuerzo que el gobernador de Panamá le envía, vuelve a su empresa temeraria hasta que, por indicación de Balboa, guerreó en la tierra de Darién, al pie de la sierra de este nombre, que hoy marca la frontera entre Colombia y Panamá.

Conviene tener muy presente que los soldados-exploradores no tenían que luchar únicamente contra los hombres, sino también contra las fieras, y aun contra los accidentes naturales de selvas intrincadas, ríos, torrentes, pantanos y páramos de una tierra absolutamente desconocida a la sazón. Y no era una de las cosas menos temibles para aquellos héroes, anónimos en su mayoría, el riesgo de ser devorados por los indígenas, a los cuales, por extensión, consideraban antropófagos, como algunos de Tierra Firme.

Cruzó más tarde las montañas de San Blas, acompañando a Balboa en el descubrimiento del mar del Sur o Pacífico.

Pedrarias Dávila usó de sus servicios para la conquista del resto insumiso del Istmo. Va después Pizarro con el capitán Morales al archipiélago de las Perlas (formado por las islas de Pedro González, San José, del Rey, Saboga, Cañas y San Telmo), situado en el gran golfo de Panamá, entre las costas de los Santos y Darién del Sur, misión harto difícil y peligrosa.

Seguidamente realizó la expedición a Abraime, y a continuación, con Pedrarias y Espinosa, al sometimiento de los indios veraguas (en la región del mismo nombre, al sur de la isla Escudo de Veraguas).

En 1524, con sólo 80 hombres, partió en busca del riquísimo territorio que se llamó más tarde Perú (Agustín de Zárate dice que con 114 hombres, y Francisco Jerez que con 112 españoles y algunos indios. Es de creer que estos 80 hombres a que otros historiadores reducen el número de los que acompañaron a Pizarro, se refieren a la gente de guerra, sin incluir marineros y criados indios, con los que tal vez llegaran a las cifras indicadas por Zárate y Jerez).

Hizo escala en Puerto Piñas y, siguiendo luego muy de cerca la costa, llegó, arrostrando peligros sin cuento, a la ensenada o puerto del Hambre, ocasión en que se puso a prueba el temple del extremeño. En aquella terrible estada vio morir a una treintena de sus compañeros y tuvo que sostener la moral de los supervivientes, escondiendo bajo la máscara serena su pesadumbre y su desánimo. Según Lope de Gómara, en su primer desembarco en tierra peruana Pizarro fue herido siete veces, de flecha, por los indígenas.

Inútil nos parece encarecer el heroísmo y la abnegación que se necesita para emprender con 80 hombres la conquista de un imperio de 10 millones de habitantes.

Una vez en territorio desconocido (Isla del Gallo), se negó a declarar su intento fracasado cuando Tafur; el enviado desde el Istmo le intimó a que retornase a Panamá; solicitó plazo para un último esfuerzo  y le fue negado. Entonces, jugándose su última carta, trazó una raya en la arena con su espada para separar a los españoles en dos grupos: uno, grande por el número de los que le formaban, aunque pequeño por sus mezquinos ánimos, que volvió al «pan amargo» que el gobernador ofrecía; y el otro, de sólo 13 hombres que, con él, dando cara al destino, permaneció en la isla desafiando todos los peligros y dispuestos a morir o vencer.

Difieren los autores en algunos detalles de este supremo acto de gallardía, pues si bien la mayoría dicen que fue Pizarro quien trazó la raya, hay alguno que lo atribuye al propio Tafur, versión ésta que carece de fundamento y que, en sana lógica, no puede admitirse, ya que Tafur traía empeño de que volviesen todos a Panamá, siguiendo la orden estricta de su señor, Pedro de los Ríos, gobernador por aquel entonces.

En lo que convienen unos y otros es en que con sólo 13 hombres leales pasó a la isla Gorgona (llamada así por los muchos arroyos que tenía), donde pasaron calamidades sin cuento, «sin pan ninguno, con cangrejos, culebras grandes y algo que pescaban».

«¿Qué se puede encontrar en las leyendas de la caballería —dice Prescott— que a tal hecho sobrepuje?».

Después la epopeya máxima: la conquista del imperio incaico, emprendida con un puñado de hombres en tierras hostiles (1530-1531). Cierto que esta empresa pudo realizarse merced a la división existente entre Atahualpa y Huáscar, usurpador aquél, legítimo Inca éste, caudillos a los que defendían quiteños y cuzqueños, respectivamente, en espantosa guerra civil arrasadora y sin cuartel. Pero no es menos cierto que cuando Pizarro desembarcó en Passao, ignoraba esta circunstancia y, no obstante, había llegado dispuesto a morir o a salir victorioso.

Pizarro aprovechó las discordias para conseguir su propósito, cosa que, lejos de aminorar el mérito de u obra, da un mentís rotundo a quienes pretenden presentar al «viejo capitán» (como le decían los quechúas) ignorante, impulsivo y sin genio. No era sólo un gran soldado; fue también un gran general de clara inteligencia y maravillosa intuición.

El día 24 de septiembre de 1532 emprendió la conquista del territorio de Caxamalca (Cajamarca) «con sesenta de a caballo e noventa peones» (Hernando Pizarro, Mensaje a los oidores de Santo Domingo, 1533).

Entró en el Cuzco el 15 de noviembre del siguiente año, aprovechando hábilmente la pasividad o las vacilaciones de Manco II. Este inca anduvo en campañas durante todo el año 1524 contra los quiteños, y muy especialmente contra el rebelde Quisquis. Hasta entonces Manco ocupóse en limpiar el territorio de los numerosos cabecillas que pretendían alzarse con la soberanía. Pero una vez conseguido esto, curtido ya en la lucha contra los propios indios y seguro de ser secundado por muchos millares de partidarios, el Inca comenzó a soliviantarse, y poco después, tras de sufrir prisión por orden de Juan y Gonzalo Pizarro (orden harto impolítica), el soberano peruano declaróse en franca rebeldía (1535). Situóse en Calca, y poco después cien mil guerreros indígenas cercaron Cuzco, donde los españoles permanecieron sitiados durante diez y seis meses.  A lo que parece, sólo había en dicha ciudad ciento noventa soldados con más de quinientos quechúas adictos.

Hallábase a la sazón Pizarro en Lima. Los indios de Jauja y Yauyos, a las órdenes de Tupac Inguil Yupangui, cayeron sobre la «Ciudad de los Reyes». Durante mucho tiempo, cuantas expediciones salieron de Lima para auxiliar a los sitiados del Cuzco, fueron aniquiladas. Más tarde hubo de luchar Pizarro en la capital contra el aplastante ejército indígena, capitaneado por el propio Inca, teniendo aquél por todo auxilio a unos centenares de españoles y peruanos adictos.

La lucha fue realmente épica; peleóse con tenacidad increíble, y finalmente, merced a los refuerzos llegados de Guatemala, Nicaragua, Tierra Firme, Panamá y Nombre de Dios, fue sofocada la sublevación, que estuvo muy cerca de dar en tierra con la labor de tantos años y el fruto de tan cruentos sacrificios. Narrar las incidencias de esta campaña, nos haría salir del reducido espacio de que disponemos.

Muchas vidas españolas acabaron en los terribles combates librados en dichas ciudades. La maravillosa actividad desplegada en todo momento por el «Machu-Capitán» (en quechúa, Viejo Capitán), como llamaban los indígenas a Pizarro, hizo posible la obra colonizadora.

Preferimos olvidar las heroicas hazañas de nuestro biografiado, en sus luchas contra Almagro y sus parciales; estimamos que, al tratar de estos asuntos, tendríamos que exponer las poderosas razones que nos han movido a afirmar rotundamente que no cae la mayor parte de culpa de tan tristes hechos sobre ninguno de los dos caudillos. Ambiciones y codicias de sus compañeros, malas artes de los indios, descuidos y torpezas de la Corona de España en el gobierno de tan lejanas provincias… He aquí las causas de aquella dolorosa guerra que había de poner un borrón de sangre española en la gloriosa página de la conquista.

Pero bastan los hechos relatados para juzgar el temple extraordinario de Francisco Pizarro y sus cualidades como militar. De victoria en victoria, animoso en el infortunio cuando supo infundir a sus tropas, hambrientas, doloridas y cansadas, el vigor de su temperamento enérgico y tenaz.

El buen general ha de ser a un tiempo mantenedor constante de la disciplina y amigo y compañero de los soldados puestos a sus órdenes. Y estas cualidades adornaban a Pizarro, en especial la última.

«Él no sólo alentaba a los soldados con blandas y amorosas razones que sabía usar admirablemente cuando le convenía —escribe Quintana en su Vida de Pizarro, sino que ganaba del todo su afición y confianza por el esmero y eficacia con que los socorría y los cuidaba. Buscaba por sí mismo el refresco y alimento que más podría convenir a los enfermos y débiles, se lo suministraba por su mano, les hacía barracas en que se defendiesen del agua y la intemperie, y hacía con ellos las veces, no de caudillo y capitán, sino de camarada y amigo».

«Pizarro —dice Vidal, el historiador peruano, al relatar las desgracias del Puerto del Hambre— sufría la suerte común sin pestañear. Aguzaba su ingenio para conseguir alimentos y él mismo salía en su busca por las sendas inseguras de la manigua, curaba a los enfermos, auxiliaba a los moribundos, enterraba a los muertos. Sus soldados, viéndole sufrir sin quejarse, acallaban sus murmuraciones». «Veíaseles —dice también—, macilentos y desencajados, vagar como fantasmas sobre la playa, sin apenas quejarse. ¡Se lo pedía la vieja honra española!».

En cuanto a la perspicacia y a la capacidad de mando, son tan evidentes en Pizarro, que fuera inútil aparentar desconocimiento de ellas. Sólo existiendo éstas pudo realizarse aquel milagro que causa y causará la admiración y el asombro de las sucesivas generaciones.

Sus cualidades fueron tenidas como extraordinarias por sus propios coetáneos, y si tenemos en cuenta cuántas y cuáles fueron las hazañas que se presenciaron en aquella época, podemos deducir lo que esto significaba entonces. «Fue —dice el ya citado historiador norteamericano Lummis— el más grande de los exploradores; un hombre que de modestos principios se elevó más alto que nadie; un hombre en quien se ha cebado la maledicencia y la calumnia de los historiadores apasionados; pero un hombre a quien la Historia colocará en una de sus más altas hornacinas; un héroe a quien se gozarán algún día en venerar cuantos admiren el heroísmo».

Mas no es sólo en su conducta personalísima, individual, donde hemos de encontrar al capitán Pizarro, sino también y muy especialmente en su labor de conquista y sometimiento del imperio incaico. Revélase entonces el espíritu grandioso de aquel hombre rudo, valiente y tenaz, al par que dotado de maravillosa táctica que podríamos llamar intuitiva.

Llegar a un país desconocido, hallar en guerra civil a sus habitantes y adoptar sin vacilaciones el partido que había de llevarle al éxito, fue todo uno. Su marcha sobre la región de Cajamarca fue una decisión magnífica, puesto que Atahualpa quedaba entre Pizarro y los defensores de Huáscar. Culminó aquella audacia en la toma de la ciudad, hecho que determinó el resultado de aquella fase de la conquista.

El genio guerrero de Pizarro consiguió convertir dicha conquista del Perú en campaña libertadora ante los ojos de gran parte de los peruanos, con sus correspondientes ventajas. Con la ejecución de Atahualpa y sus feroces secuaces, Caulcuchima y Quisquis, nuestros compatriotas adquirieron el prestigio de realizadores de la justica y reparadores del derecho.

Pudo así el pequeño ejército castellano (así llamábanse todos los españoles en América) reposar un poco al amparo de las huestes indígenas de Inca Manco, quien vióse obligado a combatir con ellas a los treinta mil partidarios del difunto Atabalipa, los cuales, fuertemente unidos, aún resistían. De otra forma, ¿hubiérase conseguido dominar en tan corto tiempo tan grande territorio? Habilidad fue ésta que no se desdeñaría de aprender ninguno de cuantos generales gobernadores han ido y van al sometimiento de cualquier levantisca colonia.

Muchos historiadores, cuya mala fe y malévola intención contra nuestra Patria no debe pasar sin nuestra vigorosa e indignada protesta, han pretendido restar méritos a las campañas realizadas por nuestros capitanes. Basándose en testimonios de cuya autenticidad tenemos (y tienen ellos) infinitas razones para dudar, o buscando apoyo en los escritos de enemigos de Pizarro, han tenido especial interés en presentar la bravura como crueldad, la energía como despotismo y la caballerosidad como miedo.

La Historia no deben escribirla hombres cuya máquina cerebral carezca del «engrase» del buen sentido y de la ecuanimidad. Pretender novelar los hechos pasados, dejando que vuele la fantasía a su capricho, da tan lamentables resultados como el ridículo vergonzoso en que han dejado para siempre al gran César Cantú los inexcusables desatinos que se le escapan en su monumental obra cuando de la labor de España en América se ocupa. El lector debe buscar en aquellas páginas una fuente de regocijo. Pero es fácil que, como nosotros al leerla, sienta en el fondo de su alma un brote de indignación contra los falseadores de nuestras hazañas y los vilipendiadores de nuestras inmaculadas glorias.

Pues bien; todos esos autores, aun los más absurdamente ignorantes, los peor intencionados, los más calumniadores, todos, repetimos, coinciden en estimar a Francisco Pizarro como el mejor de cuantos capitanes pisaron tierra del Nuevo Continente. Quién le hace menos caballero que Hernán Cortés; quién, menos humanitario que Pedrarias…; pero todos están de acuerdo para proclamarle como el más arriesgado, valiente y decidido.

Pero como carecen de base las otras afirmaciones y como al buen soldado no le basta su valor para que sus hazañas se perpetúen, interésanos muy de veras rebatir argumentos y deshacer infundios que pretenden perjudicar la memoria del héroe extremeño.

La cualidad de buen soldado no excluye en modo alguno otras que son precisamente complemento de aquélla. Y Pizarro reúne unas y otras, puesto que, lejos de ser, como arbitrariamente pretende el historiador italiano aludido, un hombre sin escrúpulos, era, como lo demuestra su caballerosidad para con los rebeldes almagristas, un general noble y un gobernador inteligente. La Historia de Cantú, como algunas otras, está plagada de falsedades cometidas a sabiendas. La afirmación que se lee en ella de que «los conquistadores hallaban como final la horca, que es lo que merecían», es tan censurable por su evidente mala fe, que sólo puede explicarse recordando que no hubo en América ni un verdadero conquistador italiano (Pedro de Niza fue casi exclusivamente explorador, por cuenta de Castilla) de que se guarde memoria. Éste es el prisma a través del cual ve César Cantú la conquista de América.

Recordemos también las imposturas de Vespucio para arrebatar el descubrimiento de Paria al español Cristóbal Colón y condenemos a estos historiadores al desprecio, «que es lo que merecen».

Claro es que esta conquista, como todas, tuvo su parte de violencia. No conocemos las conquistas pacíficas y en vano buscaremos una sola en la historia del mundo en todas sus épocas.

Luego, admitida la necesidad de conquistar, no neguemos las naturales e indispensables consecuencias. Y aun así, distínguese el especial interés de los españoles en civilizar a los indígenas del Nuevo Mundo. Es cándido, por lo menos, creer que las civilizaciones precolombinas en América merecieron ser respetadas. Los sacrificios humanos de México, la antropofagia de Tierra Firme y la tan decantada cultura incaica del Perú (que ya estaba casi extinguida antes del arribo de Pizarro), justifican sobradamente las medidas adoptadas por nuestros caudillos. Y en cuanto a la pretendida virtud de los naturales, recordemos que todos los cronistas certifican que era frecuente el que ellos llaman (eufónicamente) delito nefando o contra natura.

Húbose, pues, de imponer la civilización por las armas, y por las armas se impuso. No otra cosa han querido hacer los ingleses en África y Asia y los franceses en Dahomey y el Sudán francés, los italianos en Abisinia, Tripolitania y Erytrea, no en el siglo XVI, sino en el metacivilizado siglo XX.

Guerreros eran y debían ser hombres como Pizarro, colocados en el dilema de morir o matar. Y ésta es, pese a quien pese, la solución que la ley de lucha da al problema de la vida de la Humanidad.

Capítulo V

Pizarro en América

•Miércoles 21 Octubre 2009 • Dejar un comentario

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

III

PIZARRO EN AMÉRICA

Poco después de llegar a la Isla Española, Pizarro tuvo ocasión de reverdecer sus laureles en el sometimiento de aquellos indígenas.

Durante cinco años permaneció en Santo Domingo (hasta 1509), fecha en que, con el capitán Alonso de Ojeda, tomó parte en la expedición a Urabá, comarca abrupta, hostil y salvaje, donde vierte sus aguas el turbulento río Atrato (costa septentrional de Colombia) en el mar de las Antillas. Aquel país era realmente inaccesible, pues, por si no bastasen las dificultades del terreno, intrincado, pantanoso y accidentadísimo en extraña mezcla, existían en él tribus salvajes e indomables, acostumbradas a los rigores terribles del clima inexorable.

Todas estas circunstancias determinaron el fracaso de tan aventurada empresa; la firme voluntad de aquellos héroes impidió una retirada inmediata. Fundaron la colonia-fortaleza de San Sebastián, sobre el golfo de Urabá. Una vez esto logrado y viendo acercarse el desastre definitivo, Ojeda tornó a la Isla Española en demanda de víveres y refuerzos, quedando Pizarro como gobernador de la nueva colonia y capitán de la gente que en ella siguió.

Mas como pasados unos meses los refuerzos no llegaban y los conquistadores sufrían el azote del hambre y los ataques de los indígenas, Pizarro, bien a su pesar, sacrificando su amor propio, abandonó finalmente el país en evitación del exterminio de los pocos que le restaban. «Entendiólo él (Ojeda) —escribe López de Gómara en su Historia de las Indias, y por estorbar el desorden de su gente y pueblo, se fué, con la nao de Talavera, dejando por su teniente a Francisco Pizarro. Prometió de volver dentro de cincuenta días, y si no, que se fuesen donde les paresciese; ca él les soltaba la palabra».

«Pasados los cincuenta días se embarcó Francisco Pizarro con los setenta españoles que había, en dos bergantines, ca la grandísima hambre y enfermedades los forzó a dejar aquella tierra»; pero los obstáculos parecían existir con el exclusivo objeto de salir al paso del futuro conquistador; de los dos barcos en que los supervivientes intentaron volver a Santo Domingo, uno naufragó en una borrasca, pereciendo toda su tripulación. Salvóse de manera milagrosa el bergantín en que navegaba Pizarro, que pudo finalmente refugiarse en Cartagena de Indias.

El objetivo de la expedición que concluyó de tan deplorable forma fue, sin duda, hallar el canal que uniera el mar Atlántico (en su submar de Antillas) con el que luego se denominó Pacífico, cuya existencia se sospechaba hacía ya tiempo. Tal parecía la amplia desembocadura del río Atrato y el hecho de que fuera (como es) navegable en gran parte de los cuatrocientos cincuenta kilómetros de su curso, encajonado entre las sierras de Bando y de Quindio. Aparte de esto, las arenas del río eran auríferas, lo que prometía un tesoro en su origen. Este río, llamado también Choco y Darién, tiene hacia su desembocadura una anchura que pasa de medio kilómetro; recibe centenares de afluentes y rinde tributo de su caudal al mar por quince brazos diferentes.

Al llegar Pizarro al hermoso puerto en que más tarde fundara Heredia la ciudad de Cartagena, halló a Enciso, que ultimaba los preparativos en el bergantín en que se proponían ir a la bahía de Urabá, con un retraso que hacía ya innecesario el viaje de socorro.

Pero el tesón de Pizarro no cedía ante la adversidad, y el ilustre caudillo pudo convencer a Enciso de que el buen nombre de todos exigía que recomenzasen la campaña de Urabá. Y nuevamente pusieron proa hacia el temible Atrato.

Pero aquella aventura estaba condenada al fracaso, y en el golfo encalló la nave de socorro, lo que hizo que los tripulantes se desmoralizaran en absoluto.

En la nave de Enciso fue encontrado, según las crónicas, metido dentro de un tonel, un hidalgo llamado Vasco Núñez de Balboa, quien estuvo a punto de ser abandonado por aquel capitán en una isla desierta, en castigo del modo subrepticio que había usado para hacerse llevar en la expedición. Pero como era hombre de gran valía, Núñez de Balboa no sólo obtuvo el perdón por su falta, sino que su consejo fue aceptado por Enciso cuando, de regreso de Urabá, señaló la costa de Darién como lugar apropiado para la conquista. Una vez allí, la influencia de Núñez creció tanto, que cuando fue fundada la villa de Santa María (llamada después la Antigua), sus vecinos no eligieron alcalde a Enciso ni a Pizarro, sino a Balboa, lo que desagradó profundamente al primero de dichos caudillos.

Éste tornó a Santo Domingo, donde el relato de lo ocurrido no fue muy favorable para Balboa. Entretanto, Núñez y Pizarro hubieron de combatir contra los indígenas de las inmediaciones, lucha en la que fueron ambos caudillos auxiliados por unos centenares de indios adictos. La campaña fue extraordinariamente ruda, no sólo por la ferocidad de los naturales, sino también por las condiciones climatológicas del país.

Aquellas luchas y la necesidad de concluir con tales resistencias dieron lugar a que Balboa dispusiera una expedición a las montañas denominadas de San Blas, empresa que se vio coronada por el mejor éxito, al que contribueron no poco las disensiones existentes entre los indios de una y otra ladera. El pequeño ejército hispano, despreciando cuantos peligros ofrecía la marcha por selvas desconocidas y temibles, cruzó el istmo, caminando Pizarro a la cabeza.

Y fue entonces cuando Núñez de Balboa descubrió el Océano Pacífico, al que puso el nombre de Mar del Sur (15 de septiembre de 1513); y tomó posesión de él en nombre de España. Para alcanzar esta costa hubo de caminar la columna (integrada por unos noventa españoles) durante más de quince días por entre bosques impenetrables, llenos de animales feroces y de no menos feroces indios, con los que había que luchar sin descanso.

Después de hallado el Mar del Sur, Balboa, que confiaba plenamente en las cualidades de nuestro biografiado, lo dejó como teniente suyo y se hizo a la mar, utilizando al efecto barquichuelas y balsas construidas después de numerosos ensayos.

Allí permaneció Pizarro mientras Núñez recorría la costa occidental del istmo, hasta el golfo de San Miguel, al sur de Panamá.

Poco después, en 1515, el capitán Gaspar de Morales realizó una expedición cuyo objetivo era el sostenimiento del Archipiélago de las Perlas, constituido por las islas del Rey, San José, Pedro González, Saboga, Santelmo y Cañas, situadas en el gran golfo de Panamá. Pizarro auxilió muy eficazmente a dicho capitán en tan arriesgada empresa. Balboa, cuyos éxitos habían despertado el recelo del gobernador, su suegro, fue acusado por éste de traidor, apresado cuando se preparaba para una nueva expedición por mar y ejecutado públicamente en Ancla, en unión de varios de sus compañeros, en 1517. Tocóle a Pizarro el penoso deber de prender y entregar al glorioso descubridor del Pacífico; Pedrarias Dávila no tuvo reparo en sacrificar a su ambición y a su envidia a su propio yerno.

Antes de este desgraciado suceso, Pizarro había hecho una accidentadísima expedición a las tierras de Abraime.

De regreso en Panamá acudió por orden del gobernador a reducir a la obediencia a los indios de la región de Veraguas, en pleno istmo, demostrando una vez más sus insuperables condiciones de hombre de guerra, en el que caballerosidad y valor corrían parejas. La resistencia opuesta por los indígenas fue valerosa y tenaz, lo que hizo más brillante el éxito.

Nuevamente en Panamá, vivió Pizarro tranquila y cómodamente durante cinco años, sin que, como algunos pretenden, disfrutara de bienes importantes, lo que demuestra que sus hazañas no se encaminaron a obtener riquezas, sino a la consecución de los altos ideales que le hicieron buscar en tierras desconocidas una dignificación que en su patria no le era dado conseguir.

Pero esta existencia, que acaso para cualquier hombre vulgar sería apetecible, no podía, en modo alguno, satisfacer a un hombre como Pizarro, cuyo carácter osado e inquieto exigía las zozobras de la guerra y la interrogación muda de las dilatadas regiones de aquellas tierras desconocidas.

Por entonces Panamá era frecuentado por indígenas que hablaban de un vastísimo territorio, situado al sur de la tierra de Darién y cuya prosperidad era superior a cuanto pudiera imaginarse.

Vino a robustecer estas referencias el retorno del atrevido Pascual Andagoya. Este guerrero, hombre tenaz y valeroso, llegó con sus fuerzas a la bahía o golfo de San Miguel o de Darién del Sur, donde embarcó a pilotos que desde el territorio indígena de Tumbez venían a las costas panameñas en busca de productos naturales de las mismas.

Llevándolos a bordo, Andagoya puso proa al continente meridional y se adentró por él unas veintidós leguas castellanas, no continuando su expedición por impedírselo un accidente que hizo más endeble su ya muy quebrantada salud. En la Relación del Adelantado Pascual Andagoya se lee: «Visto que yo no podía en persona andar en el descubrimiento de la costa y que se perdería la jornada, acordé de volver a Panamá con el señor e intérpretes que llevaba y relaciones que tenía de toda la tierra».

»Visto Pedrarias tan gran noticia que yo llevé, e informado de médicos que yo no podría sanar sino por curso de tiempo, y aun estuve tres años que no pude cabalgar a caballo (sic), me rogó que diese la jornada a Pizarro y Almagro y al P. Luque, que eran compañeros…».

Volvióse, pues, a Panamá, Andagoya, después de haber recorrido gran parte del río Viruque o Biruquete, muriendo algún tiempo más tarde.

Poco después el esforzado capitán Juan de Basurto, que había obtenido del gobernador Arias un permiso análogo al de Andagoya, hubo de retirarse por causas semejantes y murió sin tornar a las tierras que había visitado.

Quedaba, pues, libre y expedito el camino glorioso. Allá, más lejos de la Sierra de Darién, siguiendo las costas de los golfos Urabá por el Norte y San Miguel por el Sur, estaba la maravillosa región donde nacía el amplio y revuelto río Atrato. Y un poco más lejos, el territorio de que hablaban los indios de Tumbez, donde abundaba el otro y no faltaban jamás carne, frutas y maíz.

Estas noticias, propaladas por los indígenas que acompañaron en sus viajes a Pascual Andagoya y Juan [de] Basurto, hicieron honda huella en el espíritu inquieto y batallador de Pizarro, quien se aburría en medio de la tranquila calma de la capital del territorio panameño.

«Viviendo en la ciudad de Panamá el capitán Francisco Pizarro… —escribe su secretario Francisco Jerez—, teniendo su casa y hacienda y repartimiento de indios como uno de los principales de la tierra, porque siempre lo fué y se señaló en la conquista y población en las cosas del servicio de su majestad; estando en quietud y reposo… pidió licencia a Pedrarias para descubrir por aquella costa del mar del Sur a la vía de levante, y gastó mucha parte de su hacienda en un navío que hizo y en otras cosas necesarias para su viaje».

Es, pues, muy aventurada la afirmación, hecha por Izquierdo Croselles en su Historia general, de que «a los cincuenta años no era todavía más que un humilde ranchero que vivía cerca de Panamá», aunque conviene no olvidar tampoco lo que dice Andagoya en su ya citada Relación:

«… Me rogó (Pedrarias) que diese la jornada a Pizarro y Almagro y al P. Luque, que eran compañeros, porque tan grande cosa no parase de seguirla, y que ellos me pagarían lo que había gastado. E yo respondí que en lo de darles la jornada, que holgábame de ello, pero en lo de la paga, que yo no la quería de ellos, porque a pagarme a mí los gastos, no les quedaba a ellos con qué empezar la cosa, porque no tenían ellos en aquel tiempo más que hasta seis mil pesos y aun éstos no todos en dinero».

Esta última afirmación se robustece con la escritura firmada en Panamá en 10 de marzo de 1526, pues de ella se deduce que Luque dio 20.000 pesos como representante del caballero Gaspar de Espinosa, hecho confirmado explícitamente por otra escritura de fecha 6 de agosto de 1531, en que se expresa que Luque recibió dicha suma de Espinosa en 1526 con el indicado objeto.

El fracaso de los demás es un motivo de abstención para los tímidos; pero para hombres como nuestro biografiado, antes son estímulos y acicate. Por eso no cejó hasta que, tras no pocas conferencias y discusiones, concertó con Diego de Almagro (antiguo camarada de campaña en el Darién) y el sacerdote Hernando de Luque (vecino de Panamá) la expedición al país ignoto que andando el tiempo había de llamarse Pirú o Perú, hoy repartido entre diversas repúblicas hispanoamericanas.

Muchas explicaciones se han dado del origen del nombre Perú, siendo una de las más conocidas la de Garcilaso de la Vega, quien dice que la palabra Perú quería expresar «entre Panamá y Guayaquil» la idea de río.

R[ómulo] Cúneo Vidal, escritor al que su calidad de peruano, conocedor profundo del habla quechúa, le da autoridad plena en este asunto, opina que cuando tiene razón Garcilaso es cuando añade: «También afirman muchos que se dedujo este nombre de pirua, vocablo del Cuzco, de los quechúas, que significa orón, en que encierran los frutos» (granero propiamente dicho). Versión es ésta que tiene visos de certeza dada la abundancia de tales depósitos cuando Ojeda arribó a la comarca de Tumbez.

Aquí, en verdad, podríamos dar por terminada nuestra labor biográfica, ya que el tema impuesto nos traza este límite. Creemos, no obstante, que de continuar nuestra obra, sobrepasando la fecha del convenio citado, nada habría de perjudicarse el buen nombre y la clara conducta del conquistador del Perú.

Con saña verdaderamente cruel, muchos historiadores han acumulado, ya sobre Pizarro, ya sobre Almagro o sobre ambos, el peso de acusaciones que en su mayoría carecen de sólida base.

Hemos afirmado al principio y repetimos ahora que nuestro criterio es bien distinto. Pero acatando la voluntad de la Corporación que dictó las condiciones de este certamen, suspendemos aquí la narración en espera de ocasión propicia para reanudarla.

Capítulo IV