Francia burguesa

•Miércoles 25 Noviembre 2009 • Dejar un comentario

La franca derrota del elemento comunista, la continuación en el Poder de la plutocracia poincarista y el triunfo del franco, considerado éste como representación del capitalismo, caracterizan el triunfo en las elecciones generales recientemente celebradas en la liberal y democrática Francia.

Francia, la nación que supo levantarse en el siglo XVIII contra las tiranías de entonces y regar el suelo con su sangre derramada en aras de la Libertad, señalado al mundo oprimido un nuevo camino de dignidad libertadora, infundida en el ánimo popular por Rousseau y Diderot y cantada por Rouget de l’Isle, cuna de los grande principios democráticos, se ha vuelto reaccionaria y burguesa hasta el punto de perseguir encarnizadamente a los diputados comunistas y derrotar en unas elecciones parlamentarias al presidente de la Liga de los Derechos del Hombre.

La Francia parlamentarista cierra sus puertas al comunismo, pone trabas a las relaciones con el gobierno de Moscou y se sitúa en un plan de pasividad sanchopancesca, renegando de su origen democrático.

Porque ha de saberse que en las elecciones últimamente celebradas en la nación vecina, la victoria ha sido para los moderados, puesto que la nueva Cámara cuenta con inferioridad de izquierdas, no obstante haber triunfado —como decía cierto periodista de nuestro llamado campo liberal— la República.

Por lo visto, para estos señores, la República romana era un dechado de liberalidades y justicias políticas, por eso, porque se llamaba ¡República! Y algo semejante cabría decir respecto a las oligarquías italianas de pasados siglos.

La Prensa liberal española, entre ella ciertos periódicos que defienden el socialismo (sin saber quizá el verdadero significado de esta palabra), mientras en una plana ensalza la fiesta proletaria del 1º de mayo, en la página siguiente se complace con cruel ensañamiento en la derrota de los elementos comunistas, como si socialismo y comunismo fueran dos opuestas doctrinas, cuando no son sino modalidades o, más bien, distintos grados de un mismo sistema.

Esta desorientación de nuestros liberales anticuados —que en su posición retrospectiva de un siglo se ven obligados, ante la evidencia del avance social, a admitir atenuaciones socialistas, sin atreverse a reconocer la inminencia del progreso comunista, como consecuencia de la natural evolución— y su intransigencia con los elementos liberales y demócratas del dogma católico, en nombre de una supuesta incompatibilidad de ideales, son los que harán fracasar los síntomas de una equidad social que ya ha empezado a alborear en el horizonte de los pueblos.

Luis López Burgos

«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

La protección divina como medio de gobierno

•Martes 24 Noviembre 2009 • Dejar un comentario

En estos tiempos en que las normas constitucionales democráticas —según las cuales, en el gobierno de las naciones políticamente bien organizadas intervienen más o menos directamente casi todos los ciudadanos, siendo, desde luego, un hecho indiscutible el que la gestión de los negocios públicos se realiza mediante un régimen de mayorías, el recuerdo de cuya implantación supone el mayor elogio que de manera general pueda hacerse a los hombres de fines del siglo XVIII y siglo XIX— se encuentran momentáneamente anuladas, mientras los pueblos se recobran de la sorpresa y el estupor que les ha producido el golpe de audacia de aquellos que, ostentando únicamente su propia representación, o cuando más la representación de una minoría, han conseguido con éxito momentáneo asaltar y apoderarse del gobierno de un país, es frecuente oír invocar, con el beneplácito y hasta la complicidad de aquellos que debieran contradecirlo, la elección o la protección divina para justificar un hecho que, humanamente, socialmente, no tiene justificación posible.

Esta manera de justificarse no es de ahora, ya que no era otra cosa el mito del origen divino de las monarquías, que hasta mereció los honores de ser tema de discusión de los grandes filósofos de varios siglos. Nosotros, que no pretendemos poseer la capacidad intelectual de aquéllos ni deseamos crear teorías nuevas sobre el asunto, no queremos más que recordar como curiosidad y también algo por espíritu de contradicción, ¿por qué no decirlo?, lo que respecto al tema dice la Biblia, obra que en buena lógica no puede resultar sospechosa para los que sostienen la tesis de la divina protección como base, sobre la que descansa y se afianza el régimen de gobierno absoluto.

Si nos molestamos en consultar el Antiguo Testamento (Samuel, cap. VIII), encontramos que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos por jueces de Israel, pero viendo que éstos no seguían el camino de su padre, sino que «antes se ladearon tras la avaricia, recibiendo cohecho y pervirtiendo el derecho», el pueblo pidió a aquél un rey que los juzgara. Descontento con las palabras de su pueblo, Samuel oró a Jehová, que le dijo: «Oye la voz de tu pueblo en todo lo que te pidieren; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado para que no reine sobre ellos». Samuel expuso entonces a su pueblo los derechos que el rey había de tener y las desventajas que representarían para ellos: «Éste será el derecho del rey que hubiere de reinar sobre vosotros —dijo—, tomará vuestros hijos y pondrálos en sus carros y en su gente de a caballo para que corran delante de su amo. Tomará vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras. Tomará vuestras tierras, vuestras viñas y las dará a sus siervos. Diezmará vuestros rebaños y seréis sus siervos…, y entonces clamaréis a causa de vuestro rey, mas Jehová no atenderá a vuestros lamentos». Pero a pesar de estos peligros, el pueblo insistió, y Jehová ordenó a Samuel: «Oye la voz de tu pueblo y pon rey sobre ellos».

Es decir, que Jehová, en contra de sus propios deseos y reconociendo tácitamente los inconvenientes que la modificación, que el cambio de régimen, suponía para los gobernados, según sabiamente había expuesto Samuel, hizo nombrar un rey en Israel, acatando así la soberanía popular que tan maltrecha e ignorada había de verse a través de los siglos; y si entonces solamente ante la insistencia de los futuros súbditos accedió a otorgar su divino exequátur a un rey absoluto, es de suponer que en la actualidad no habrá cambiado de parecer, sino más bien… Pero, en fin, estas cosas están demasiado sabidas para que sea necesario llevar adelante nuestras consideraciones; cada uno se hará las suyas, y nosotros ya hemos cumplido nuestro propósito de recordar el incidente relatado, pues suele ocurrir que las cosas que mejor sabemos son las que con mayor facilidad olvidamos, quizás debido a que el mismo exceso de conocimiento parece restarles importancia.

Carlos Dafonte Sánchez

«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

Responsabilidad penal del Jefe del Estado

•Lunes 23 Noviembre 2009 • Dejar un comentario

La igualdad ante la ley penal

Tras de fatigoso camino la civilización jurídica ha conquistado la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley penal, tanto en el orden sustantivo como en lo tocante al procedimiento. Pero por motivos oriundos del Derecho público interno y externo perduran todavía algunas excepciones que no pueden estimarse ya como «privilegios personales», sino como prerrogativas inherentes a la función que algunas personas desempeñan. Son simples causas de no punibilidad, que en Alemania se designan bajo la certera rúbrica de Straflosigkeit.

Una de estas excepciones que me propongo esclarecer ahora es la inmunidad penal del Jefe del Estado. El estudio requiere una previa distinción, pues varía el área de esa prerrogativa en las monarquías y en las repúblicas.

La inmunidad penal del Rey

Todos los Estados de régimen monárquico consagran el principio de la irresponsabilidad de los Reyes, que los escritores alemanes —sirva de ejemplo Merkel— estiman incluido entre los derechos mayestáticos. Mas el espíritu investigador no acalla su curiosidad reconociendo los hechos, sino que se lanza a la búsqueda de razones. Está superada la vieja fórmula princeps legibus solutus y el procer aforismo inglés The King can do not wrong. Es preciso calar más hondo. Tampoco puede satisfacernos la máxima constitucional de la responsabilidad de los Ministros, puesto que en delitos de índole común no va a ser castigado subsidiariamente quien desempeña el oficio ministerial. Si un Rey mata, roba o viola, no será responsabilizado el Ministro por homicidio, robo o violación. Carlos Binding protesta de semejante hipótesis que no puede sustentarse sin atropellar el apotegma de la personalidad de las penas.

El profesor Binding, acabado de mentar, alega un doble fundamento para esta suerte de privilegio máximo: la esperanza de que nadie será más fiel cumplidor de la ley que quien la hizo, y la conveniencia de que el esplendor del trono no sea obscurecido por la pesquisa penal y por la pena. Estos alegatos estan ausentes de base sólida. La esperanza de que nadie será más obediente a la ley que el mismo hacedor de ella, más bien acarrearía su castigo agravado, cuando el supuesto se incumple, y el esplendor del trono no se mantiene por encubrir los crímenes de un Rey.

Yo no hallo motivos en las Monarquías de tipo constitucional, para este privilegio superlativo, rastro de las épocas en que el poder provenía de fuentes divinas. La tradición española de nuestros teólogos y jurisconsultos divorciose de la doctrina romana y exigió que los príncipes vivieran en el respeto a la ley. La defensa del tiranicidio, que en las páginas de una de mis obras ha sido desenvuelta con la debida prolijidad, es magnífica probanza de este aserto.

Retengamos, no obstante, que es un hecho admitido en las Constituciones la inviolabilidad penal de los Reyes, y como esa inmunidad se refiere a la función, perdura aún después de depuesto el Monarca de su trono. El asunto se ha debatido por Nappi y Florián en referencia al Emperador de Alemania; bien entendido que el privilegio se circunscribe a los actos perpetrados en la época en que todavía empuñaba el cetro.

La responsabilidad penal del Presidente de la República

En regímenes democráticos deben desterrarse esas ficciones de añeja procedencia; por eso las Repúblicas han de proclamar la responsabilidad de todos sus mandatarios, sin exceptuar al más alto magistrado. El artículo 6º de la Constitución francesa de 25 de febrero de 1875 dice que «el Presidente de la República no es responsable más que en el caso de alta traición». A mi juicio este inciso debe ser interpretado en un sentido más recto a como lo hace Renato Garraud, que se pega en demasía al sentido literal del precepto. Me parece más conforme a las ideas democráticas el comentario de Laborde, cuando afirma que ese artículo solo alude a la responsabilidad política y que en orden a la propiamente penal rige la ley común. No se olvide que según el artículo 1º de la ley francesa de 20 de noviembre de 1873, el Presidente de la República solo es Jefe del Poder Ejecutivo. El único privilegio de que gozará es el de que la acusación parta de las Cámaras de Diputados y el juicio se realice por el Senado, conforme ordena la ley de 16 de julio de 1875.

En Suiza el artículo 117 de la Constitución federal de 29 de mayo de 1874, proclama la responsabilidad de todos los funcionarios. El Presidente y el Vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica pueden ser destituidos de sus cargos, como cualquier otro funcionario civil, si están convictos de traición, concusión u otros crímenes graves o actos ilícitos. Las nuevas Constituciones de Alemania de 11 de agosto de 1919 y de Austria de 1º de octubre de 1920, no sustraen a sus Presidentes del imperio de la ley penal.

El progreso jurídico va haciendo su camino. Cuando las arcaicas estructuras monárquicas se hunden, las formas republicanas reemplazantes tienden a despojarse de los privilegios que antaño rodearon al Jefe del Estado, que ahora es un ciudadano como los demás, sometido a la inexorable vigencia de las leyes, acaso más exigente para ellos por su postura visible.

Luis Jiménez de Asúa

«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

América española

•Martes 3 Noviembre 2009 • 1 comentario

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

VII

AMÉRICA ESPAÑOLA

Estudiada en conjunto la conquista del Nuevo Continente, podremos observar que en unos años (corto espacio para tamaña labor) España llevó su soberanía civilizadora desde la Florida hasta el estrecho de Magallanes en el Atlántico, y desde allí a California en el Pacífico. Y no limitándose a conocer y dominar la costa, sino cruzando tan vastos países y estableciéndose en territorios que más tarde han sido Méjico, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, Argentina, Uruguay, Puerto Rico, Santo Domingo, Jamaica y Cuba…

Nombres gloriosos, nombres españoles han quedado escritos en la historia de esos países: los Pinzones, Hernán Cortés, los Pizarro, Almagro, Alvarado, Pedrarias de Ávila, Ríos, Las Casas, Basurto, Andagoya, Cabeza de Vaca, La Gasca, Grijalva, Velázquez, Vaca de Castro, Núñez de Balboa, Montejo, Córdoba, Pineda, Vela, Ercilla y cien más.

En esas regiones viven hoy más de cincuenta millones de habitantes de habla castellana, sobre trece millones de kilómetros cuadrados, donde se alzan ciudades amplias y cultas, cuyos cimientos pusieron nuestros antepasados en un alto de su camino eterno de luchas e inquietudes.

firmalha.jpg

B I B L I O G R A F Í A

R. CÚNEO VIDAL.- [Vida del conquistador del Perú, don] Francisco Pizarro y Guerras civiles de los Incas [Historia de las guerras de los últimos Incas peruanos contra el poder español].

E. RECLUS.- Geografía universal.

CH. F. LUMMIS.- Los exploradores españoles del siglo XVI.

ONÉSIMO RECLUS.- La terre à vol d’oiseau.

ZURITA.- Anales.

AGUADO [BLEYE].- [Manual de] historia de América.

JEREZ.- Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco.

ZÁRATE.- Historia del descubrimiento y conquista del Perú.

QUINTANA.- Vida de Francisco Pizarro y Vida de Vasco Núñez de Balboa.

SOLÍS.- [Historia de la] conquista de México.

PEDRO DE CIEZA.- La Crónica del Perú.

L. DE GÓMARA.- Historia [general] de las Indias.

IZQUIERDO CROSELLES.- [Compendio de] historia general.

FERNÁNDEZ [DE] OVIEDO.- Historia de la conquista del Perú.

R. ALTAMIRA.- Papel de España en el mar Pacífico.

J. JUDERÍAS.- La leyenda negra.

BOERO.- Geografía de América.

ORTEGA Y RUBIO.- Historia de España.

C. CANTÙ.- Historia universal.

SALES FERRÉ.- Historia general.

C. PEREYRA.- Historia de la América Española.

NAVARRO LAMARCA.- Historia general de América.

G. LATORRE.- La cartografía colonial americana.

MONTERO MEJUTO y VALERO [DE] BERNABÉ.- La patria del Almirante.



La obra de Francisco Pizarro

•Domingo 1 Noviembre 2009 • 1 comentario

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

VI

LA OBRA DE FRANCISCO PIZARRO

Historiadores poco escrupulosos o que han hallado más cómodo no profundizar en el estudio de la conquista de América (no queremos dejar toda la culpa al deseo de perjudicar el buen nombre de España), han repetido en sus obras que la ambición y la codicia fueron los únicos móviles que llevaron a nuestros ascendientes a tan apartadas regiones.

En primer lugar, todas las conquistas se han verificado por hombres entre los que unos caminaban tras un ideal y otros en pro de su personal provecho. Ejemplos numerosos podríamos citar aquí, desde las campañas egipcias, persas, fenicias, griegas y romanas hasta nuestros días. Recientes están aún las pretendidas colonizaciones de algunas «Compañías de Indias», y en la historia del Indostán hay páginas de no muy grata recordación.

Afortunadamente, la red de calumniosas cuanto arbitrarias imputaciones, que había llegado a constituir una «leyenda negra», ha caído estrepitosamente en el descrédito después de la aparición de las luminosas obras de investigadores, propios (como Julián Juderías) y extraños (como Lummis, Vidal y otros), los cuales se han encargado de dar el obligado mentís a tan difundidas patrañas.

No estará de más que, para responder a los extranjeros que muestran mayor empeño en atacar nuestro dominio colonial, repitamos las justísimas palabras de Quintana:

«A los extraños que por deprimidos nos acusen de crueldad y barbarie en nuestros descubrimientos y conquistas del Nuevo Mundo, podríamos contestar con otros ejemplos de su misma casa, tanto y más atroces que los nuestros y en tiempo y circunstancias menos disculpables» (Advertencia en Vidas de hombres célebres).

Sabemos ya, y sabe el mundo entero, cuál fue la conducta de Cortés en Méjico y de Pizarro en el Perú; sabemos, sin que haya lugar a dudas, las causas de algunas medidas de rigor adoptadas por apremiante necesidad de sofocar rebeliones. Sabemos que Atahualpa no era el caudillo noble y leal que pintan los antiguos comentaristas, sino un bastardo cruel e inhumano que, contra todo derecho, encendió la más espantosa guerra civil que ha visto la Humanidad, que arrasó ciudades, saqueó templos y ejecutó en masa a los vencidos, sin que su saña se detuviese ante su propia sangre, de la que se manchó haciendo matar a Huáscar, su hermano, y ordenando arrojar después su cadáver a un río para «que no pudiesen llorar sobre él sus allegados»

No fue la codicia el móvil que llevó a América a Pizarro. Buena prueba de ello es que en todo momento expuso su vida y empleó sus bienes por el mejor servicio de la honra patria. Negarlo o ponerlo en duda sería desconocer la verdad histórica.

Es preocupación de los hombres de alteza de miras dejar una huella perdurable de su paso por el mundo; el recuerdo perpetuado de generación en generación, la aureola de una gloria inmarcesible.

Pizarro soñó con una España en América con todas las bellezas y todas las características de su lejana patria. Y su conducta no fue jamás negativa, como lo hubiera sido si sólo le guiara el afán de obtener riquezas para regresar poderoso al lugar de su cuna. Pudo hacerlo y no lo hizo.

En los últimos años de su existencia vigorosa y activísima pudo ya ver los cimientos sobre los que habrían de elevarse, al correr de los años, unas naciones cultas y fuertes, en cuyo seno se fundieran, como en un crisol augusto y gigantesco, las cualidades de dos razas grandes y potentes.

«Éste —escribe Vidal— parece haber sido un secreto pensamiento de Pizarro, no sospechado por los historiadores: procrear a hijos dignos del sino español y del indiano que a ellos convergían; pastores natos de pueblos con que forman un linaje…». Refiérese, naturalmente, a los hijos habidos por Pizarro en la nieta de Huacachillac Acu y hermana de Manco II, la que tomó el nombre de doña Inés Huaylas Yupanqui; fueron estos hijos Gonzalo y Francisca. 

También parece favorecer esta hipótesis su constante empeño de obtener blasones para sus allegados indígenas, medio de que los nobles incaicos vinieran a ser parte integrante de la nobleza española.

Complétase la obra civilizadora del inmortal extremeño con la fundación de numerosas ciudades: Ciudad de los Reyes (hoy Lima), ventajosamente situada en el valle de Rimac, cerca de la costa, hoy con más de 150.000 habitantes (6 enero 1535); La Plata o Chuquisaca, Charcas o Sucre (1538), hoy con 40.000 habitantes. Arequipa, situada en la falda del volcán de Misti (hoy 50.000 habitantes); Popayán, sobre el río Cauca; Cuzco (Nuevo, 1534), antigua capital del imperio incaico, hoy con 40.000 habitantes; Guánuco, (1539); Paria; Quito, situada cerca del volcán Pichincha, bajo un clima maravilloso (1534), hoy 100.000 habitantes; Trujillo (1530), 30.000 habitantes.

También fundáronse por él o por su orden expresa: San Miguel (1531), La Frontera, Guamanga, Guayaquil (1537), magnífico puerto natural sobre el Pacífico, hoy con 70.000 habitantes; Pasto (1539), Cali, sobre el río Cauca, en el hermoso valle de su nombre (1537), hoy 30.000 habitantes; Cartago (1540), Ancerma y otras varias.

Hoy, en aquellos campos abundosos, en las altísimas montañas donde la nieve y los vientos ejercen su soberanía, en los amplios puertos abiertos sobre el mayor de los mares, se recuerda y venera la gloriosa historia de aquel hombre que, abandonado apenas nacido a la puerta del convento de San Francisco el Real de la noble ciudad de Trujillo, de Extremadura, supo, en fuerza de valor, tenacidad y patriotismo, vencer, sobre el mar, la indiferencia humana, el odio y los siglos.

Descubrámonos ante la sombra gloriosa de quien tuvo en su mano los destinos de un continente y supo trazar su camino sin vacilaciones ni renunciamientos para arrancarlo de la incultura en que se hallaba sumido e incorporarlo así a la marcha de la Humanidad hacia la libertad y el progreso.

Capítulo VII