Cantares

•Domingo 15 enero 2012 • Dejar un comentario

Poesía inédita de Luis Hernández Alfonso perteneciente a su álbum autógrafo titulado Navidad 1940, dedicado a su hija María Consuelo Hernández Rodríguez (1931-2003) y escrito desde la cárcel en Granada, en diciembre de ese mismo año.

Se corresponde en gran parte con la que con el mismo título de Cantares figura, igualmente manuscrita, en una hoja suelta y firmada por el autor en la Cárcel «La Campana» de Granada el 19 de noviembre de 1940; de ésta, la versión del álbum mantiene las diez estrofas (9 coplas y 1 seguidilla) que la componen —con alguna levísima diferencia de puntuación—, si bien cambiadas todas de orden salvo la 1.ª y la 5.ª, y añade, respectivamente en 9.º y en 12.º lugar, otras dos que no figuraban en la anterior composición: las que empiezan con los versos «No hagas favores a nadie…» y  «Aunque no te lo agradezcan…».

CANTARES

Mira siempre al horizonte

y nunca mires atrás;

no importa de dónde vienes,

sino saber dónde vas.

Cuando estés muy triste, canta:

es un río la canción

que lleva al mar del olvido

las penas del corazón.

Para hacer bien a cualquiera

no esperes a los demás,

que los buenos van delante

y los peores, detrás.

Los ciclones que el árbol

dejan sin nidos

son de todas las aves

aborrecidos.

No seas nunca

como el ciclón odioso

que el árbol trunca.

Perdona a tus enemigos;

nunca te quieras vengar.

¡Bastante castigo tiene

quien no sabe perdonar!

Procura volar muy alto

para encontrar tu destino,

que el que vuela, no se mancha

con el barro del camino.

Nunca te parezca lejos

el lugar a donde vas;

con tal de que no te pares,

pronto o tarde, llegarás.

Todo se alcanza en la vida

cuando se sabe esperar…

¡Tienen fondo los abismos

y tiene orillas el mar!

No hagas favores a nadie

para que premio te den:

hay que buscar la alegría

de hacer el bien por el bien.

No humilles a quien socorras;

trátale con humildad.

La altivez en un defecto

que anula la caridad.

El poder y la fortuna

conforme vienen, se van;

los que ahora viven felices,

mañana ¿dónde estarán?

Aunque no te lo agradezcan

nunca niegues un favor,

que no amenguan las espinas

la belleza de la flor.

[Luis Hernández Alfonso]


Los ladrones misteriosos

•Domingo 8 enero 2012 • Dejar un comentario

Cuento inédito de Luis Hernández Alfonso perteneciente a su álbum autógrafo titulado Navidad 1940, dedicado a su hija María Consuelo Hernández Rodríguez (1931-2003) y escrito desde la cárcel en Granada, en diciembre de ese mismo año.

Los ladrones misteriosos.

El dueño de una tienda de comestibles estaba muy disgustado porque diariamente advertía la desaparición de varios huevos; vigilaba la entrada y salida de los parroquianos, sin lograr descubrir nada. Y pronto pudo convencerse de que la sustracción de los huevos se verificaba durante la noche.

Los contaba cuidadosamente alguna vez, al cerrar la tienda; y, al abrirla por la mañana, comprobaba que alguien se había llevado cuatro o seis huevos. Era para desesperarse: estaba seguro de que en el establecimiento no podía entrar nadie y, además, nunca había señales de qie se hubiera forzado la cerradura. Todo aparecía en orden, la barra de hierro puesta y sin rastro de los ladrones nocturnos.

Se lamentaba el tendero amargamente un día delante de su mujer, la cual le replicó:

—Eso no puede ser, Manolo. Si no entra nadie en la tienda ¿cómo van a desaparecer los huevos? Sin duda es que no los contáis bien… a no ser que Juan, tu dependiente, los coja al abrir, antes de contarlos tú.

—No, María; no es eso. Juan es un muchacho honrado y por nada del mundo me engañaría.

—Entonces ¡como no sean los ratones..! —exclamó la mujer en broma.

—Si fueran lo ratones, se comerían los huevos —contestó muy seriamente el marido— pero dejarían las cáscaras en el lugar del robo.

Dispuesto a aclarar el enigma, el dueño de la tienda decidió quedarse de guardia una noche en el establecimiento; cerró éste como de costumbre y, tras de apagar las lámparas, se situó en un escondite desde el cual, a la claridad de la luna, que penetraba por un montante, veía perfectamente el cajón lleno de huevos, que formaban una pirámide blanca en la oscuridad circundante. El dueño permaneció más de una hora inmóvil, respirando muy quedamente, en evitación de que los ladrones misteriosos se dieran cuenta de que se les esperaba.

Al cabo de ese tiempo, cuando ya el pobre hombre comenzaba a cansarse de su forzosa inmovilidad, un ruido insignificante le hizo ponerse en guardia. ¿Qué era aquello..?

No parecía el estrépito de un cerrojo saltado, ni siquiera el sonido que produce una llave al girar en la cerradura. No; era muy distinto.

Esforzóse en descubrir la causa; y se quedó mudo de sorpresa al ver dos ratoncitos que, saliendo se un agujero, se encaminaban al cajón. Una vez allí, uno de los animalitos, saltó ágilmente sobre la pirámide, mientras el otro se quedaba [a]bajo, levantando el hociquillo. El ratón que había subido, cogió con sus cuatro patitas, un huevo; y así, abrazado a él y protegiéndolo con su cuerpo, se dejó caer de espaldas al suelo; entonces el otro ratón, cogiendo con sus dientes el rabo de su compañero (que continuaba abrazado al huevo) lo arrastró hasta el agujero, por donde desaparecieron ambos. Cuatro veces más se repitió la maniobra.

Y así comprobó Manuel que, a fuerza de ingenio, los ratones habían encontrado la manera de robarle huevos, sin que hubiera roturas.

[Luis Hernández Alfonso]

Para mi hija, en el día de Reyes

•Viernes 6 enero 2012 • Dejar un comentario

Poesía inédita de Luis Hernández Alfonso, dedicada a su hija María Consuelo Hernández Rodríguez (1931-2003). Su manuscrito autógrafo se conserva en el archivo familiar.

Para mi hija, en el día de Reyes.

Hoy, María del Consuelo,
con tu bendita ilusión
habrás corrido al balcón
—como un serafín al cielo—
llevada por el anhelo
de tu alegre corazón.
Allí, los Reyes benditos
te habrán dejado al pasar
con su ternura sin par
los juguetes más bonitos
que pudieras desear.
Yo, muy lejos, nena mía
pienso en tu clara alegría
y en tu infantil emoción.
¡Y te ve mi corazón
y te oye mi fantasía!
Ante el porvenir incierto,
(flor viva en paraje yerto,
claro principio en mi fin)
tú quedas de aquel jardín
que se convirtió en desierto.
¡Que Dios alumbre tu vida
y haga tu senda florida
sin espinas de pesar!
¡Quién te pudiera besar,
mi Consuelito querida!
Te sigue mi sentimiento
y con el soplo del viento
mi corazón a ti va…
Donde estés, te seguirá
constante mi pensamiento.

Luis Hernández Alfonso

Prisión n.º 2 de Baza = 6-I-1940

Fábula

•Domingo 1 enero 2012 • Dejar un comentario

Fábula inédita de Luis Hernández Alfonso perteneciente a su álbum autógrafo titulado Navidad 1940, dedicado a su hija María Consuelo Hernández Rodríguez (1931-2003) y escrito desde la cárcel en Granada, en diciembre de ese mismo año.

Fábula

El ratoncito Pérez
metido en su guarida
estaba proyectando
su primera salida.
A pesar de que todos
loaban su denuedo
la verdad es que el pobre
tenía mucho miedo.
Y razones había
para esperar un rato
porque, minutos antes,
había visto un gato.
Y desde el escondite
en que se hallaba preso
veía, en lontananza,
un pedazo de queso.
Seguro era que el gato
rondaba, vigilante,
mirando el agujero
que tenía delante.
El ratoncito Pérez
la solución buscaba
del terrible problema;
pero no la encontraba.
De pronto, recordando
el triste prisionero
que su oscura guarida
tenía otro agujero,
pensó rápidamente
en una estratagema:
moviendo los bigotes
dijo: «¡Ya no hay problema!».
Para atraer al gato
salió de su guarida;
el enemigo entonces
acudió a la salida.
El ratoncito Pérez
se apresuró a esconderse
con la cara de susto
que puede suponerse.
Mas, en lugar de estarse
miedoso y escondido
por el otro agujero
se escabulló sin ruido.
El gato, que ignoraba
que hubiera otra salida,
esperaba, pensando
ganada la partida.
Y creyendo que Pérez
estaba prisionero
guardaba su escondite
como buen carcelero.
- – - – - – - – - – - – - – -
En tanto, el ratoncito
al que creía preso,
llegaba, sigiloso,
adonde estaba el queso.
Y mientras, diligente,
su apetito saciaba,
el gato su guarida
vacía custodiaba.
Así, tranquilamente,
el sabio ratoncito
pudo burlar al gato
y saciar su apetito.
- – - – - – - – - – - – - – -
Cuando el minino luego,
de vigilar cansado,
comprendió con tristeza
que le habían burlado
pensó que en este mundo
muchas veces se ha visto
que es derrotado el fuerte
si el débil es más listo;
y que nunca debemos
confiar en la fuerza
porque el ingenio puede
conseguir que se tuerza.
- – - – - – - – - – - – - -
Y el ratoncito Pérez,
después de haber cenado,
se volvió al agujero
que había abandonado.
Y allí, ya sin temores
y lleno de alegría,
recordando al minino
cantaba y se reía.

[Luis Hernández Alfonso]

Evocación

•Sábado 31 diciembre 2011 • Dejar un comentario

Poesía inédita de Luis Hernández Alfonso perteneciente a su álbum autógrafo titulado Navidad 1940, dedicado a su hija María Consuelo Hernández Rodríguez (1931-2003) y escrito desde la cárcel en Granada, en diciembre de ese mismo año.

Evocación

En el jardincillo
cantaban las niñas:
«Me casó mi madre
chiquita y bonita».
Era azul el cielo,
era claro el día
en la primavera
de flores vestida;
saltaba en la fuente
agua cristalina
y entre los rosales
jugaba la brisa.
Sonaban los trinos
de las golondrinas
que de luengas tierras
alegres volvían…
«… con un muchachito
que yo no quería…».
Sonaban las voces
como una caricia,
hechas con gorjeos
de cándidas risas.
El jardín, en fiesta,
semejaba oírlas;
las flores, el césped
y la fuentecilla
con las suaves notas
vibrar parecían…
¿Dónde estáis ahora,
blancas vocecitas?
¿Dónde vuestros lazos
y vuestras sonrisas?
Hoy es gris el cielo,
hoy no es claro el día;
no hay jardín, ni flores,
ni voces ni risas…
«Le seguí los pasos
por ver dónde iba…».
- – - – - – - – - – - – - -
¡Quién seguir pudiera
vuestras cancioncillas,
flores deliciosas
que alegráis la vida!
- – - – - – - – - – - – - -
En el jardincillo
cantaban las niñas…

[Luis Hernández Alfonso]

 
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