«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

•Domingo 7 Febrero 2010 • Dejar un comentario

Boletín de la Agrupación

•Domingo 7 Febrero 2010 • Dejar un comentario

El día 16 del corriente, a las nueve y media de la noche, en el Ateneo de Divulgación Social, Relatores, 24, nuestro Director, D. Luis Hernández Alfonso, dará una conferencia sobre Socialización política y económica.

«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

Defensa del político

•Domingo 7 Febrero 2010 • 2 comentarios

Es indudable que existe un engarce armónico entre lo ideal y lo material. A un pueblo rico y poderoso que goce todas las posibilidades ofrecidas por la opulencia, corresponde, y hallamos en él adicionada, una multitud selecta, no élite, que si presenta en conjunto una gran diferencia de cultura y aptitudes entre sus componentes, tiene como nota característica y singular la preocupación de los ciudadanos por el régimen gobernante, es decir, la neta e imprescindible vida política. Es imposible encontrar un pueblo culto, salvo si está dominado por el servilismo, que no ofrezca un nivel elevado de lucha política.

La cualidad de político no se adquiere ni siquiera por imposición rigurosa del medio social, cuando aparece como intento del ciudadano para intervenir en la función del Estado, sino que es una condición ingénita que sólo deja de manifestarse a causa de la incapacidad y la inferior constitución moral del individuo. Ningún hombre puede sustraerse a la política, y nada más que la indigencia mental justifica la indiferencia ante el problema de las relaciones entre el ciudadano y el Estado, la forma del Gobierno dominante y su eficacia trascendental, pues la vitalidad de estos organismos, no sólo es un influjo efectivo del día, sino que su acción se extiende hasta recortar las perspectivas de la humanidad de mañana.

Un pueblo político es un pueblo consciente de su responsabilidad histórica que aspira a aparecer dignificado por un afán de libertad y democracia ante las generaciones venideras y quiere presentarse ante ellas en vez de con el baldón vergonzante del absolutismo con el ideal trémulo y sangrante conquistado en las barricadas.

Políticos, nada más que políticos fueron los que abatieron los muros de la Bastilla y crearon una palabra nueva: los Derechos del Hombre; políticos los que hicieron la República porque al implantarse esta forma democrática de gobierno su hegemonía no representa el triunfo de un partido ni la imposición de un sistema; es la forma racional de regirse un pueblo, con leyes que garantizan el respeto y expresión a todas las ideas adaptadas a una dignidad efectiva y libre.

La juventud del siglo XX tiene que ser y debemos hacerla política. Ya está trazada nuestra obligación con todos los privilegios de un apostolado: luchar por la Libertad, hija de las jornadas sangrientas de la Revolución francesa. Allí la vemos con el balbuceo inicial de una amada esperanza y nuestra misión es convertirla en una realidad eterna, más inconmovible que las pirámides de Egipto.

Gabriel Mario de Coca

Albacete, 1928

«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

Un ejemplo

•Domingo 7 Febrero 2010 • 2 comentarios

Tanto desde el punto de vista filosófico, como del empírico y, principalmente, desde este último, es indudable que el parlamentarismo está en crisis. Hay «casos» verdaderamente típicos que demuestran plenamente este aserto.

Mientras unos pueblos, como el norteamericano, educado (por decirlo así) en el ambiente parlamentarista de los colonizadores ingleses, reconoce sus múltiples defectos y al independizarse de su metrópoli, desecha el sistema político de la misma y adopta el presidencial, otros, por el contrario, proclamándose presidenciales adulteran su régimen y llegan a parlamentarizarse; pero luego, quizá por tocar, por conocer experimentalmente los defectos del parlamentarismo, reaccionan violenta e incluso revolucionariamente e instauran de nuevo y en toda su pureza el presidencialismo, considerándolo como la forma de gobierno preferible. Esto último es lo que ha sucedido en Chile.

La novena constitución chilena del año 1833, elaborada bajo la influencia del partido conservador, rigió noventa y dos años sin reforma esencial alguna. Esta constitución reconocía la soberanía popular, admitía la división de poderes, preceptuaba la designación del Presidente de la República por el pueblo, no directamente, sino por elección de segundo grado, y los ministros eran responsables ante el Presidente, al cual concedía grandes facultades.

En suma, era una constitución marcadamente presidencialista; pero la práctica política, tal vez la insidia de cierto sector de ciudadanos determinaron que el Presidente perdiera poder y al mismo tiempo el Congreso Nacional lo aumentara; de esta forma la República presidencial de Chile fue parlamentarizándose. Pero el pueblo, que se da cuenta de este hecho, y además ve los defectos del parlamentarismo, reacciona, y esta reacción, en algunos momentos violenta, cristaliza en la nueva constitución promulgada el 18 de septiembre de 1925, y que es absolutamente presidencialista. Por este hecho se ve claramente que el pueblo chileno no es parlamentarista. He de advertir, además, que los ciudadanos de la República de Chile no aprobaron su actual constitución porque sólo se les presentara el proyecto de la misma, y no conocieran otros, pues hubo dos más, uno de desaprobación del anterior, y otro de carácter parlamentario, que fueron rechazados, lo cual demuestra que se procedió con perfecto conocimiento de causa y previa comparación de distintas soluciones del problema planteado.

¿No es esto muy significativo?

Luis Muñoz García

«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

Feminismo y masculinismo

•Sábado 6 Febrero 2010 • 2 comentarios

He aquí el problema actual que ocupa a toda mujer femenina.

Es verdaderamente triste (y si alguien no se ofendiese, ya que no ello no está en mi ánimo, diría «vergonzoso») para un país como España, que la mujer esté, social y físicamente, masculinizada y que sin haber llegado a ocupar su verdadero lugar en la sociedad, como mujer, busque su emancipación invadiendo campos reservados al sexo contrario.

La mujer en tal sentido es una rémora para la civilización. Debe, por el contrario, colaborar con el hombre en la conquista de un estado político y social más justo que permita a cada uno vivir dedicado a sus deberes peculiares. La mujer debe, pues, reclamar, no en contra del hombre, sino con él, a su lado, el derecho a la vida, único medio de garantizar el cumplimiento de sus deberes.

Vemos continuamente que el sexo femenino, olvidando todo deber de mujer, pasa el tiempo en jugar al foot-ball, montar a caballo, asistir a espectáculos de mal gusto, conducir un coche y fumarse unos cigarrillos egipcios. Si examinamos un poco el aspecto físico, nos encontramos con que el peinado a lo «chico» y el llevar una insignia que indique el club a que se pertenece es lo más «chic». ¡Bonitas aspiraciones para una mujer! ¿A dónde iremos a parar si seguimos por este camino? Quizá a lo que no tenga remedio: a crear una incompatibilidad entre el hombre y la mujer, ya que todos seremos iguales; a crear una lucha enconada entre dos enemigos, entre dos rivales.

Cierto es que la mujer que no goza de bienes y se encuentra con que tiene que hacer frente a la vida atendiendo a sus necesidades y que para ello no cuenta con más medios que los que se pueda proporcionar con su trabajo, se ve obligada a desempeñar, quizá, el cargo de un hombre, bien en oficina, comercio o cosa análoga, pero cierto es también que si las circunstancias la obligan a no poder estar en su casa haciendo las faenas propias de su sexo, no por esto debe olvidarse de que es mujer, no por esto debe masculinizarse.

No es lógico entablar ahora competencias en el trabajo; esa lucha es perjudicial para todos. Hombres y mujeres, todos tenemos derecho a vivir y, por lo tanto, no es lícito que el hombre goce de privilegio ni que la mujer le arrebate sus recursos. Lo ideal es que cada cual pueda pueda cubrir sus necesidades sin que para ello tenga que privar a otro de sus medios de vida, sin que tenga que crearse un enemigo.

El masculinismo de las mujeres va contra la familia, y por ello, contra la sociedad. El hombre y la mujer ni son ni podrán ser nunca iguales; pero sí son y deben ser equivalentes. Ni fisológica ni moralmente son idénticos; cada uno tiene condiciones exclusivas y aptitudes privativas cuyo ejercicio debe garantizarse.

Las mujeres españolas debemos ver más lejos. Pensemos que aun cuando llegásemos a tener iguales derechos que los hombres, el problema social subsistiría cada vez más agudo. ¿Es que los hombres, con todos sus derechos, son felices? ¡No! Auxiliémoslos en sus luchas en pro de un perfeccionamiento de la sociedad.

Nada de abstencionismo. Nuestra suerte está ligada a la de nuestros padres, hermanos y maridos. Desconocerlo es absurdo. Alcanzar un bienestar justo, mediante la implantación de un régimen político y social equitativo y humano, debe ser el ideal de hombres y mujeres. Establecer lucha enconada entre los dos sexos es retrasar el logro del ideal sin provecho para nadie, en perjuicios de todos.

Convénzanse de esto las mujeres y lejos de quedarse al margen del camino de las reivindicaciones, ayuden a acelerar la marcha hacia la conquista del triunfo.

La política no debe ser para nuestro sexo un arcano, cuyo contenido no nos interese. Se gobierna y se legisla para todos, y todos tenemos derecho y deber de intervenir. Ocupando, desde luego, cada cual su puesto.

Si la mujer es un miembro de la sociedad, ¿cómo ha de serle indiferente monarquía o república, capitalismo o comunismo, dictadura o democracia? ¿No sufrimos nosotras con tanto rigor como los hombres las terribles consecuencias de regímenes absurdos que convierten en un verdadero calvario la vida entera de la Humanidad?

Si mi modestísimo nombre gozara del prestigio necesario para hacer vibrar los corazones de las mujeres españolas, yo haría un llamamiento a las hijas, a las madres, a las hermanas y a las esposas para que se unieran a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos y a sus maridos en la ruda lucha por conquistar la verdadera libertad, que es lo que a todos interesa.

María de los Dolores R[odríguez] Cárdenas (1)

[1] María Dolores Rodríguez Cárdenas (Madrid, 1898 – 1994), de profesión perito mercantil, era a la sazón novia de Luis Hernández Alfonso, con quien contraería matrimonio el 15 de octubre de ese mismo año de 1928.