Ángeles Malonda, «Aquello sucedió así» (1983)
La farmacéutica gandiense Ángeles Malonda publicó en 1983 sus memorias de prisión en las cárceles franquistas a raíz del final de la guerra. Para ello había pedido a Luis Hernández Alfonso, amigo de familia y correligionario, además de su poesía Senda como pórtico poético, la redacción de un prólogo. Éste lo firmaba en Algete el 14 de septiembre de 1979, cuando sólo faltaban menos de dos meses para su muerte, acaecida en Madrid el 4 de noviembre siguiente. Aquello sucedió así vería la luz sólo cuatro años después, pero con la presentación de Hernández Alfonso notablemente reducida respecto al original. Gracias a la amabilidad de Dª María de los Ángeles Azcón Malonda, hija de la autora y sucesora de su madre al frente de la acreditada Farmacia Central de Gandía, disponemos ahora de una fotocopia del manuscrito original de dicha presentación. Luchador por la República desde las cárceles de Primo de Rivera hasta las de Franco, cuatro años después de la muerte de este último dictador y a punto él también de morir, Hernández Alfonso plasmaría en las siguientes líneas su visión definitiva del trágico pasado y del posible y esperanzado futuro de la democracia en España. Los últimos párrafos del siguiente texto constituyen, por lo tanto, lo que podríamos definir su testamento político.
No se trata de un «diario» ni de las «memorias» de una de tantas víctimas de la tragedia que hundió a España en la guerra civil de 1936 y que, aparentemente, concluyó el 1º de abril de 1939. Este libro es un conjunto de vivencias, de impresiones inmediatas, de pensamientos y de reflexiones relativos a lo que se llama «posguerra», pero que fue, realmente, una prolongación, para muchos inesperada y para todos cruenta, de la persecución de los vencidos por los vencedores.
De ahí el título de la presente obra: «La guerra ha terminado… dijeron» (1). Porque la autora –como tantos otros–, al terminarse la contienda armada, creyó que, con menos o más dificultades, las cosas volverían a su cauce… un cauce mejor o peor, pero cauce al fin.
Había asistido a un drama desencadenado por unos rebeldes contra el régimen legalmente constituido. Veía, con la consiguiente amargura, que los sublevados habían vencido: y se resignaba a considerar el hecho consumado, renunciando, provisionalmente, a las esperanzas que el régimen constitucional derrocado por la fuerza le había hecho concebir.
Lo que no había previsto era que quienes se habían alzado contra la legalidad, cometiendo el gravísimo delito de sumir a España en un río de sangre, llegaran, en la embriaguez de su triunfo, a perseguir sañudamente a sus víctimas, achacándoles, con cinismo y escarnio, el crimen que ellos cometieron.
Se esperaba, naturalmente, que los triunfadores impusieran su ley; que suprimieran las ventajas que la masa popular había logrado con la República. Lo que muchos no creían era que los rebeldes les acusaran de rebelión, máxime cuando los que se autodenominaban «nacionales» (¿éramos, pues, extranjeros los demás españoles?) proclaman su «alzamiento».
Se atrevían a procesarlos en virtud de los preceptos del Código castrense en que ellos habían incurrido. Se unían, a la patente injusticia, el abuso del poder, el sarcasmo y la burla brutal de todos los derechos humanos.
Para dar apariencias de razón a su incalificable conducta, acumulaban las más caprichosas acusaciones y daban como delitos comprobados los rumores calumniosos e incluso las supuestas «intenciones» de los vencidos.
Se llegaba al extremo de exigir que un acusado demostrara que «no se encontraba en determinado lugar el día equis del año tantos», olvidando el principio forense de que quien acusa es el que debe probar; o bien a qué hora de tal día de tal año se hallaba el inculpado, como si al cabo de un trienio fuese posible precisarlo.
El mero hecho de no haberse unido al «glorioso alzamiento» era considerado como «delito de adhesión a la rebelión». De este modo resultaban delincuentes las tres cuartas partes del total de los españoles: se daba por obligatorio sumarse a la rebelión para no ser acusado de rebelde. Desde el punto de vista jurídico, no puede darse nada más monstruoso.
Quien estas líneas escribe y firma, sabe por experiencia lo que fueron las alusiones insidiosas tales como: «El acusado estaba en X cuando se cometieron asesinatos», y, lo que resultaba más indignante: «El inculpado, que gozaba de influencia en la zona roja, no evitó que se persiguiera a varios partidarios del alzamiento…» cuando, por los avales aducidos, se demostraba que, por humanidad, había ayudado a los que le fue posible. He aquí cómo lo que debiera ser un mérito se convertía en «hecho de cargo».
Es de notar que quienes más saña mostraban contra los vencidos eran los nacionales que habían permanecido en la retaguardia, en ambos bandos. Quienes habían combatido en los frentes solían proceder con mayor mesura. Este fenómeno se había hecho patente ya durante la guerra: los «emboscados» fueron quienes protagonizaron los peores desmanes en uno y otro lado: siempre se ha dicho que los cobardes suelen ser crueles.
Las contiendas civiles son las peores. En una guerra internacional, los combatientes pelean en cumplimiento de un deber; atacan y se defienden frente a un enemigo contra el que no tienen animadversiones «personales o particulares». En las guerras civiles intervienen factores diversos: rencores, venganzas, pugnas locales, envidias, intereses creados, afanes de predominio, apetencias inconfesables, políticas «de campanario», rencillas latentes, que aprovechan las circunstancias bélicas para satisfacerse.
Esos factores se manifestaron, al abrigo de la impunidad, al concluir nuestra contienda civil: es evidente que influyeron de manera decisiva en el ensañamiento de muchas acusaciones. En el caso concreto de la autora de este libro, se advierte el claro designio de alguien deseoso de despojarla a ella y a su marido de la farmacia que poseían; y, para lograrlo, se sacrificó a un hombre, se encarceló durante tres años a su viuda y se sometió a un calvario sentimental a unas niñas…
Justo es declarar que no todos los triunfadores abusaron así de su victoria; hubo personas ecuánimes que, lejos de contribuir a la injusta persecución, se opusieron a ella y procuraron paliar los efectos de la misma, incluso, en ocasiones, arriesgando su propia seguridad.
Hay que tener en cuenta el ambiente reinante al concluir la guerra. Los simpatizantes del régimen derrocado que no habían podido huir se escondían, temerosos de ser apresados; sus amigos y sus parientes se consideraban amenazados… Cualquiera delación, una denuncia falsa, podrían hacerlos caer en las redes de la insólita «justicia oficial».
Reinaba el miedo, en suma. A eso se ha de atribuir la inhibición de muchas personas honradas, sinceras y razonables que no se atrevían a alzar su voz contra las arbitrariedades y los desmanes que contemplaban. No es lógico esperar que todos los seres humanos tengan vocación de héroes o de mártires.
Sin embargo, la obstinación de los «triunfadores» irreductibles se vio frenada, paulatina pero incesantemente, por una creciente oposición –interna y externa– de una cordura acaso más positivista que sentimental. No se podía prescindir de los valores hasta entonces barridos del país. El exilio, forzado o voluntario, de personas capacitadas en todos los ámbitos de la actividad intelectual, técnica, laboral y artística, dejaba a la nación privada de elementos que le eran imprescindibles. El fracaso, inevitable y previsible, de una quimérica y absurda autarquía (ya desacreditada en otros países fascistas), aconsejó a los dirigentes dictatoriales la modificación, algo tardía pero irreversible, de la política «triunfalista».
Resultaba evidente que, rechazando o persiguiendo a los hombres capaces, privándose deliberadamente de su aportación, mermaban los recursos necesarios para la reconstitución de un país en situación crítica y que, por la índole de su nuevo régimen, se hallaba internacionalmente aislado. Las presiones externas, unidas a las naturales reacciones del interior, hicieron que, a despecho de la saña de los más ultramontanos, fueran suavizándose las circunstancias. Se adoptaron medidas para aligerar las prisiones; la aglomeración de reclusos, a parte de constituir una grave carga económica, restaba a la producción nacional elementos que le hacían falta.
Lo irreparable estaba consumado. La dictadura entraba ya en un camino que, aunque largo, llevaba inexorablemente a su fin. Cuatro décadas pesaban demasiado. Se mantuvo tanto tiempo merced a los intereses creados a su sombra y –¿por qué no decirlo?– a la estúpida fascinación sufrida por gran parte de la masa, la ejercida por el mito del supuesto salvador de España, quien, al final, acaso fuese prisionero del mismo artilugio por él creado.
Ahora, cuando por la fuerza de las circunstancias se ha abierto un período de libertad –apertura a la que se vieron obligados los mismos adversarios de ésta– , parece expedito el cauce de una convivencia normal, deseada por la mayoría.
Cicatrizadas, en lo posible, las profundas heridas causadas por la guerra civil y la posguerra, ni la autora de este libro ni su prologuista pretenden resucitar resentimientos, animadversiones ni afanes vindicativos. Todo lo contrario. Refiriendo los amargos instantes pretéritos, se desea prevenir a los hombres de hoy contra los peligros que entrañaría cualquier intento de reproducir, voluntaria o inconscientemente, la tragedia que vivió España en aquella lucha fratricida, cuyas secuelas todavía perduran.
Los gravísimos problemas que se le plantean al pueblo español –como, por diversas causas, a otros muchos– exigen el común esfuerzo de todos para su solución. Que todos, pues, sin renunciar a sus ideales respectivos, contribuyan, con respeto mutuo, a la obra positiva de la restaurada democracia.
Algete, 14 de septiembre de 1979
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[1] Se trata del título provisional de las memorias carcelarias de Ángeles Malonda.




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