Pizarro en América

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

III

PIZARRO EN AMÉRICA

Poco después de llegar a la Isla Española, Pizarro tuvo ocasión de reverdecer sus laureles en el sometimiento de aquellos indígenas.

Durante cinco años permaneció en Santo Domingo (hasta 1509), fecha en que, con el capitán Alonso de Ojeda, tomó parte en la expedición a Urabá, comarca abrupta, hostil y salvaje, donde vierte sus aguas el turbulento río Atrato (costa septentrional de Colombia) en el mar de las Antillas. Aquel país era realmente inaccesible, pues, por si no bastasen las dificultades del terreno, intrincado, pantanoso y accidentadísimo en extraña mezcla, existían en él tribus salvajes e indomables, acostumbradas a los rigores terribles del clima inexorable.

Todas estas circunstancias determinaron el fracaso de tan aventurada empresa; la firme voluntad de aquellos héroes impidió una retirada inmediata. Fundaron la colonia-fortaleza de San Sebastián, sobre el golfo de Urabá. Una vez esto logrado y viendo acercarse el desastre definitivo, Ojeda tornó a la Isla Española en demanda de víveres y refuerzos, quedando Pizarro como gobernador de la nueva colonia y capitán de la gente que en ella siguió.

Mas como pasados unos meses los refuerzos no llegaban y los conquistadores sufrían el azote del hambre y los ataques de los indígenas, Pizarro, bien a su pesar, sacrificando su amor propio, abandonó finalmente el país en evitación del exterminio de los pocos que le restaban. «Entendiólo él (Ojeda) —escribe López de Gómara en su Historia de las Indias, y por estorbar el desorden de su gente y pueblo, se fué, con la nao de Talavera, dejando por su teniente a Francisco Pizarro. Prometió de volver dentro de cincuenta días, y si no, que se fuesen donde les paresciese; ca él les soltaba la palabra».

«Pasados los cincuenta días se embarcó Francisco Pizarro con los setenta españoles que había, en dos bergantines, ca la grandísima hambre y enfermedades los forzó a dejar aquella tierra»; pero los obstáculos parecían existir con el exclusivo objeto de salir al paso del futuro conquistador; de los dos barcos en que los supervivientes intentaron volver a Santo Domingo, uno naufragó en una borrasca, pereciendo toda su tripulación. Salvóse de manera milagrosa el bergantín en que navegaba Pizarro, que pudo finalmente refugiarse en Cartagena de Indias.

El objetivo de la expedición que concluyó de tan deplorable forma fue, sin duda, hallar el canal que uniera el mar Atlántico (en su submar de Antillas) con el que luego se denominó Pacífico, cuya existencia se sospechaba hacía ya tiempo. Tal parecía la amplia desembocadura del río Atrato y el hecho de que fuera (como es) navegable en gran parte de los cuatrocientos cincuenta kilómetros de su curso, encajonado entre las sierras de Bando y de Quindio. Aparte de esto, las arenas del río eran auríferas, lo que prometía un tesoro en su origen. Este río, llamado también Choco y Darién, tiene hacia su desembocadura una anchura que pasa de medio kilómetro; recibe centenares de afluentes y rinde tributo de su caudal al mar por quince brazos diferentes.

Al llegar Pizarro al hermoso puerto en que más tarde fundara Heredia la ciudad de Cartagena, halló a Enciso, que ultimaba los preparativos en el bergantín en que se proponían ir a la bahía de Urabá, con un retraso que hacía ya innecesario el viaje de socorro.

Pero el tesón de Pizarro no cedía ante la adversidad, y el ilustre caudillo pudo convencer a Enciso de que el buen nombre de todos exigía que recomenzasen la campaña de Urabá. Y nuevamente pusieron proa hacia el temible Atrato.

Pero aquella aventura estaba condenada al fracaso, y en el golfo encalló la nave de socorro, lo que hizo que los tripulantes se desmoralizaran en absoluto.

En la nave de Enciso fue encontrado, según las crónicas, metido dentro de un tonel, un hidalgo llamado Vasco Núñez de Balboa, quien estuvo a punto de ser abandonado por aquel capitán en una isla desierta, en castigo del modo subrepticio que había usado para hacerse llevar en la expedición. Pero como era hombre de gran valía, Núñez de Balboa no sólo obtuvo el perdón por su falta, sino que su consejo fue aceptado por Enciso cuando, de regreso de Urabá, señaló la costa de Darién como lugar apropiado para la conquista. Una vez allí, la influencia de Núñez creció tanto, que cuando fue fundada la villa de Santa María (llamada después la Antigua), sus vecinos no eligieron alcalde a Enciso ni a Pizarro, sino a Balboa, lo que desagradó profundamente al primero de dichos caudillos.

Éste tornó a Santo Domingo, donde el relato de lo ocurrido no fue muy favorable para Balboa. Entretanto, Núñez y Pizarro hubieron de combatir contra los indígenas de las inmediaciones, lucha en la que fueron ambos caudillos auxiliados por unos centenares de indios adictos. La campaña fue extraordinariamente ruda, no sólo por la ferocidad de los naturales, sino también por las condiciones climatológicas del país.

Aquellas luchas y la necesidad de concluir con tales resistencias dieron lugar a que Balboa dispusiera una expedición a las montañas denominadas de San Blas, empresa que se vio coronada por el mejor éxito, al que contribueron no poco las disensiones existentes entre los indios de una y otra ladera. El pequeño ejército hispano, despreciando cuantos peligros ofrecía la marcha por selvas desconocidas y temibles, cruzó el istmo, caminando Pizarro a la cabeza.

Y fue entonces cuando Núñez de Balboa descubrió el Océano Pacífico, al que puso el nombre de Mar del Sur (15 de septiembre de 1513); y tomó posesión de él en nombre de España. Para alcanzar esta costa hubo de caminar la columna (integrada por unos noventa españoles) durante más de quince días por entre bosques impenetrables, llenos de animales feroces y de no menos feroces indios, con los que había que luchar sin descanso.

Después de hallado el Mar del Sur, Balboa, que confiaba plenamente en las cualidades de nuestro biografiado, lo dejó como teniente suyo y se hizo a la mar, utilizando al efecto barquichuelas y balsas construidas después de numerosos ensayos.

Allí permaneció Pizarro mientras Núñez recorría la costa occidental del istmo, hasta el golfo de San Miguel, al sur de Panamá.

Poco después, en 1515, el capitán Gaspar de Morales realizó una expedición cuyo objetivo era el sostenimiento del Archipiélago de las Perlas, constituido por las islas del Rey, San José, Pedro González, Saboga, Santelmo y Cañas, situadas en el gran golfo de Panamá. Pizarro auxilió muy eficazmente a dicho capitán en tan arriesgada empresa. Balboa, cuyos éxitos habían despertado el recelo del gobernador, su suegro, fue acusado por éste de traidor, apresado cuando se preparaba para una nueva expedición por mar y ejecutado públicamente en Ancla, en unión de varios de sus compañeros, en 1517. Tocóle a Pizarro el penoso deber de prender y entregar al glorioso descubridor del Pacífico; Pedrarias Dávila no tuvo reparo en sacrificar a su ambición y a su envidia a su propio yerno.

Antes de este desgraciado suceso, Pizarro había hecho una accidentadísima expedición a las tierras de Abraime.

De regreso en Panamá acudió por orden del gobernador a reducir a la obediencia a los indios de la región de Veraguas, en pleno istmo, demostrando una vez más sus insuperables condiciones de hombre de guerra, en el que caballerosidad y valor corrían parejas. La resistencia opuesta por los indígenas fue valerosa y tenaz, lo que hizo más brillante el éxito.

Nuevamente en Panamá, vivió Pizarro tranquila y cómodamente durante cinco años, sin que, como algunos pretenden, disfrutara de bienes importantes, lo que demuestra que sus hazañas no se encaminaron a obtener riquezas, sino a la consecución de los altos ideales que le hicieron buscar en tierras desconocidas una dignificación que en su patria no le era dado conseguir.

Pero esta existencia, que acaso para cualquier hombre vulgar sería apetecible, no podía, en modo alguno, satisfacer a un hombre como Pizarro, cuyo carácter osado e inquieto exigía las zozobras de la guerra y la interrogación muda de las dilatadas regiones de aquellas tierras desconocidas.

Por entonces Panamá era frecuentado por indígenas que hablaban de un vastísimo territorio, situado al sur de la tierra de Darién y cuya prosperidad era superior a cuanto pudiera imaginarse.

Vino a robustecer estas referencias el retorno del atrevido Pascual Andagoya. Este guerrero, hombre tenaz y valeroso, llegó con sus fuerzas a la bahía o golfo de San Miguel o de Darién del Sur, donde embarcó a pilotos que desde el territorio indígena de Tumbez venían a las costas panameñas en busca de productos naturales de las mismas.

Llevándolos a bordo, Andagoya puso proa al continente meridional y se adentró por él unas veintidós leguas castellanas, no continuando su expedición por impedírselo un accidente que hizo más endeble su ya muy quebrantada salud. En la Relación del Adelantado Pascual Andagoya se lee: «Visto que yo no podía en persona andar en el descubrimiento de la costa y que se perdería la jornada, acordé de volver a Panamá con el señor e intérpretes que llevaba y relaciones que tenía de toda la tierra».

»Visto Pedrarias tan gran noticia que yo llevé, e informado de médicos que yo no podría sanar sino por curso de tiempo, y aun estuve tres años que no pude cabalgar a caballo (sic), me rogó que diese la jornada a Pizarro y Almagro y al P. Luque, que eran compañeros…».

Volvióse, pues, a Panamá, Andagoya, después de haber recorrido gran parte del río Viruque o Biruquete, muriendo algún tiempo más tarde.

Poco después el esforzado capitán Juan de Basurto, que había obtenido del gobernador Arias un permiso análogo al de Andagoya, hubo de retirarse por causas semejantes y murió sin tornar a las tierras que había visitado.

Quedaba, pues, libre y expedito el camino glorioso. Allá, más lejos de la Sierra de Darién, siguiendo las costas de los golfos Urabá por el Norte y San Miguel por el Sur, estaba la maravillosa región donde nacía el amplio y revuelto río Atrato. Y un poco más lejos, el territorio de que hablaban los indios de Tumbez, donde abundaba el otro y no faltaban jamás carne, frutas y maíz.

Estas noticias, propaladas por los indígenas que acompañaron en sus viajes a Pascual Andagoya y Juan [de] Basurto, hicieron honda huella en el espíritu inquieto y batallador de Pizarro, quien se aburría en medio de la tranquila calma de la capital del territorio panameño.

«Viviendo en la ciudad de Panamá el capitán Francisco Pizarro… —escribe su secretario Francisco Jerez—, teniendo su casa y hacienda y repartimiento de indios como uno de los principales de la tierra, porque siempre lo fué y se señaló en la conquista y población en las cosas del servicio de su majestad; estando en quietud y reposo… pidió licencia a Pedrarias para descubrir por aquella costa del mar del Sur a la vía de levante, y gastó mucha parte de su hacienda en un navío que hizo y en otras cosas necesarias para su viaje».

Es, pues, muy aventurada la afirmación, hecha por Izquierdo Croselles en su Historia general, de que «a los cincuenta años no era todavía más que un humilde ranchero que vivía cerca de Panamá», aunque conviene no olvidar tampoco lo que dice Andagoya en su ya citada Relación:

«… Me rogó (Pedrarias) que diese la jornada a Pizarro y Almagro y al P. Luque, que eran compañeros, porque tan grande cosa no parase de seguirla, y que ellos me pagarían lo que había gastado. E yo respondí que en lo de darles la jornada, que holgábame de ello, pero en lo de la paga, que yo no la quería de ellos, porque a pagarme a mí los gastos, no les quedaba a ellos con qué empezar la cosa, porque no tenían ellos en aquel tiempo más que hasta seis mil pesos y aun éstos no todos en dinero».

Esta última afirmación se robustece con la escritura firmada en Panamá en 10 de marzo de 1526, pues de ella se deduce que Luque dio 20.000 pesos como representante del caballero Gaspar de Espinosa, hecho confirmado explícitamente por otra escritura de fecha 6 de agosto de 1531, en que se expresa que Luque recibió dicha suma de Espinosa en 1526 con el indicado objeto.

El fracaso de los demás es un motivo de abstención para los tímidos; pero para hombres como nuestro biografiado, antes son estímulos y acicate. Por eso no cejó hasta que, tras no pocas conferencias y discusiones, concertó con Diego de Almagro (antiguo camarada de campaña en el Darién) y el sacerdote Hernando de Luque (vecino de Panamá) la expedición al país ignoto que andando el tiempo había de llamarse Pirú o Perú, hoy repartido entre diversas repúblicas hispanoamericanas.

Muchas explicaciones se han dado del origen del nombre Perú, siendo una de las más conocidas la de Garcilaso de la Vega, quien dice que la palabra Perú quería expresar «entre Panamá y Guayaquil» la idea de río.

R[ómulo] Cúneo Vidal, escritor al que su calidad de peruano, conocedor profundo del habla quechúa, le da autoridad plena en este asunto, opina que cuando tiene razón Garcilaso es cuando añade: «También afirman muchos que se dedujo este nombre de pirua, vocablo del Cuzco, de los quechúas, que significa orón, en que encierran los frutos» (granero propiamente dicho). Versión es ésta que tiene visos de certeza dada la abundancia de tales depósitos cuando Ojeda arribó a la comarca de Tumbez.

Aquí, en verdad, podríamos dar por terminada nuestra labor biográfica, ya que el tema impuesto nos traza este límite. Creemos, no obstante, que de continuar nuestra obra, sobrepasando la fecha del convenio citado, nada habría de perjudicarse el buen nombre y la clara conducta del conquistador del Perú.

Con saña verdaderamente cruel, muchos historiadores han acumulado, ya sobre Pizarro, ya sobre Almagro o sobre ambos, el peso de acusaciones que en su mayoría carecen de sólida base.

Hemos afirmado al principio y repetimos ahora que nuestro criterio es bien distinto. Pero acatando la voluntad de la Corporación que dictó las condiciones de este certamen, suspendemos aquí la narración en espera de ocasión propicia para reanudarla.

Capítulo IV

~ por eldoctorhache en Miércoles 21 Octubre 2009.

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