La obra pedagógica del padre Manjón (IV).— Los procedimientos

IV.— LOS PROCEDIMIENTOS

En cuanto a métodos y, en general, procedimientos educativos, tampoco es posible establecerlos con carácter de permanencia, máxime atendiendo a las especiales circunstancias en que haya de realizarse la labor del maestro. Por lo que afecta a las escuelas Avemarianas, don Andrés Manjón señaló estas normas, hijas de sus profundos conocimientos y enriquecidas por la diaria experiencia.

El niño debe ser educado desde «pequeño hasta grande», reteniéndosele en la escuela durante la edad de crecimiento y desarrollo. (Sería de desear que, de una u otra forma, se procurara educarle hasta los 23 años).

Se ha de comenzar desde la cuna, seguir sin cesar, ascendiendo por grados, armonizando las fuerzas corporales y espirituales, sin desequilibrios ni contradicciones, aspirando a la perfección, para conseguir la felicidad, temporal y eterna. La educación debe ser constante, porque así, sin interrupciones, es como crecen física e intelectualmente los hombres.

Hay que corregir en el niño «todo aquello que en la edad adulta sería reprensible». Los tallos jóvenes pueden dirigirse, rectificándoseles en su crecimiento, guiándolos para que no se desvíen; porque esa tarea resulta inútil cuando el árbol se ha hecho fuerte y vigoroso. Si llega torcido a ese punto de su desarrollo, nada ni nadie tendrán poder bastante para enderezarlo.

Para esa corrección no es aconsejable la severidad. «Los niños crecen entre halagos; tratadlos, pues, con halago y no con aspereza; sus padres los alientan con alabanzas; siendo moderadas y discretas, debe utilizarlas todo educador». No hay que hacer al niño «rostro frío y cara de palo». Ni tampoco debe caerse en el extremo opuesto: «Sed justos, parcos, discretos e imparciales en los elogios y premios». «Y dad al premio y al castigo toda la importancia que le da el niño, haciendo de la escuela sala de justicia, donde cada uno recibe lo que merece».

El castigo es necesario; mas no debe aplicarse hasta que se hayan serenado el maestro y el alumno. Y «después de cumplida la pena —dice— no volváis a mencionar la culpa». El maestro debe, siempre que le sea posible, «evitar el pegar». El castigo «es un accidente; y la buena cara, agrado y complacencia ha de ser lo ordinario».

Siendo doble la naturaleza humana, ha de cuidarse el alma y el cuerpo. «No vale, pues, para educar quien prescinde de cualquiera de estos dos fines». «La escuela es el gimnasio del cuerpo y del alma; y en los gimnasios hay siempre acción, movimiento, higiene, actividad y alegría».

«Al hombre le educan todos y ninguno. Todos, porque es obra de cooperación entre muchos actores; y ninguno, porque no hay uno entre tantos que pueda decir: Yo he educado a este hombre». Concurren a esa obra magna (o deben concurrir) el padre, el sacerdote y el maestro, a más del propio educando y sus amigos y compañeros. Mas, como en la práctica, desgraciadamente, los padres no suelen estar en condiciones de prestar semejante colaboración y, en no pocos casos, deshacen la obra del maestro y del sacerdote, conviene tener a los niños el mayor tiempo posible en la escuela.

Ahora bien; esa escuela no puede ser, para llenar ese fin, una especie de cárcel, ni en ella ha de imponerse al niño un trabajo intelectual excesivo. Debe ser un jardín y estar situado en el campo, donde «hay mejor aire, mejor sol, mejor suelo, más espacio, vida más barata, más natural e higiénica». «El ideal de nuestras escuelas es educar a los niños en sitios sanos, alegres, amenos y solitarios, donde a nadie molesten con sus juegos, chillidos y cantos, ni nadie les moleste con sus caprichos e impertinencias». He aquí el aspecto más simpático —por lo profundamente humano— de la hermosa pedagogía manjoniana: el respeto a la personalidad del niño, el cuidado de no convertirle en viejo prematuro, el de conservarlo en su ingenuidad, en esa maravillosa espontaneidad infantil, atropellada o prostituida por tantos maestros con la imposición de hipócritas disimulos y limitaciones innecesarias y antinaturales. En esto coincide con Locke y Fröebel, que estiman ideal que los niños aprendan jugando.

Bien merecen estas frases de Manjón un breve comentario. Dice que los niños deben jugar donde a nadie molesten; y también donde «nadie les moleste con sus caprichos e impertinencias». El maestro da a entender, muy claramente, que no son solo los niños quien[es] molestan a los adultos, sino que también los adultos molestan e importunan a los pequeñuelos, que tienen derecho a jugar y expansionarse libremente. El detalle reviste un gran interés, porque revela la preocupación de don Andrés por la «personalidad» del niño. Éste tiene «el derecho de mostrarse tal como es», con la libertad que le corresponde. Cualquier menoscabo de ese «derecho» del niño, resulta monstruoso ante Manjón.

El niño, creatura de Dios, ha de ser respetado en sus primordiales derechos y, sobre todo, en su personalidad. No ha de «torcerse» la trayectoria infantil, sino guiarla y protegerla. De nada sirve (como no sea en forma negativa) violentar las naturales inclinaciones del niño. Si se violentaran, no se conseguiría sino malograr las capacidades innatas de las criaturas, que, convenientemente orientadas, podrían ser fecundas para la colectividad.

«Hay que educar a los niños como los niños lo piden, no con discursos que ni entienden ni atienden, sino con procedimientos intuitivos bien graduados y empleando para ello la forma del diálogo, que es la que emplean él y sus padres y amigos para enterarse de lo que les interesa».

Hay que «empezar desde el principio», porque al educando «al principio le da pena y después halla en el estudio facilidad y gran placer». Si no se comprende lo primero, la continuación constituye un martirio: el alumno toma antipatía a la escuela y aversión a la enseñanza. Por el contrario, si se allanan las dificultades primeras, sin prisas, dando a la tarea en cada ocasión «todo el tiempo que exija para hacerla bien», el estudio subsiguiente resultará, no solo más fácil, sino también más atractivo.

Para ello, el educador debe utilizar todos los instrumentos de la enseñanza, particularmente el diálogo, el ejemplo y la acción, medio este último al cual «nadie resiste». El ejemplo cautiva la atención del niño, le ayuda a entender y retener, mueve la voluntad y propaga la virtud.

Manjón no incurre en el error de Pestalozzi (ya lo señalamos anteriormente), quien, tras de proclamar la necesidad del procedimiento rigurosamente intuitivo, siguiendo las huellas de Juan Amós Comenio, en su famosa obra Cómo Gertrudis enseña a sus hijos (calificada por algunos críticos de «piedra angular de la intuición») empleaba procedimientos memorísticos, verdaderamente mecánicos que, como la mera repetición de frases —cuyo sentido escapaba a la inteligencia de los alumnos— estaban en inconciliable disparidad con los principios en que pretendía basar el sistema.

Don Andrés es partidario del método intuitivo, desde luego: «Hacer ver… es un medio pedagógico de gran importancia para, mediante la percepción de los objetos sensibles, desarrollar facultades y adquirir conocimientos». Mas debe manejarse con cuidado, para evitar que el sistema se convierta en «entretenimiento» y hacer que sea un «medio de estudio»; y ha de procurarse que no se haga pesado, rutinario ni insulso.

Estima de gran utilidad las «lecciones de cosas», las que no considera ninguna «novedad» absoluta en las tareas educativas. «Conversar en vez de estudiar y componer, es para el niño un recreo muy sabroso y entretenido, y sabiendo el maestro… aprovechar el museo del mundo de la observación de los hechos y de las ideas, enriquece y ensancha el horizonte de la escuela y de las almas que en ella cultiva y adorna».

Evidentemente, la imaginación infantil. hábil y prudentemente excitada, proporciona un amplio campo a las tareas educativas y, más aún, si cabe, a la instructiva. El niño, ávido de novedades, escucha siempre con interés la explicación de fenómenos que no comprende por sí mismo.

El hecho de que un pájaro —por ejemplo— entre en la clase, inopinadamente, le da al maestro la oportunidad de explicar a sus alumnos lo que necesiten saber acerca de las aves. Algunos profesores estiman que debe, en tal caso, continuarse la explicación interrumpida. Creemos que es un error: el niño, impresionado por la irrupción del pájaro ¿qué atención puede prestar a la división de quebrados, verbigracia? En cambio, como es el pájaro en centro de su atención en aquel instante, captará, con avidez y con gusto, cuanto se le diga acerca del pajarillo. Lo que demuestra que el verdadero pedagogo debe buscar o aprovechar las posibilidades de instruir a los pequeñuelos sacando el máximo fruto de sus naturales impulsos. Adquieren así conocimientos sin sacrificio, sin violencia… con gusto, en suma.

El niño es «la misma ignorancia»; y si bien aborrece generalmente los textos y no gusta de las tareas que le supongan trabajo mental y esfuerzo, «Dios ha puesto en él la curiosidad y el amor al juego, a las historias y cuentos, y éste es el resorte que ha de utilizar el maestro en las lecciones de cosas para disipar las tinieblas de su ignorancia, ilustrándole, interesándole y sembrando en su alma el deseo de aprender y el germen de la virtud y el carácter para formar poco a poco aquel hombre».

Como en el capítulo dedicado a la didáctica manjoniana exponemos, el fundador de las Escuelas del Ave María considera el juego como [«]valiosísimo instrumento educativo y de enseñanza». [«]El encanto del niño es el juego, y éste, unido a la limpieza y aseo más esmerado, hará de la escuela una mansión de altura, paz y contento» (El maestro mirando hacia dentro). Y agrega, en otro pasaje[:] «Hagamos la enseñanza y la educación agradables por medio de una sana y moderada (no loca) alegría…». «Escuela sin juego, sin ruido ni canto, no es escuela sino cementerio…».

Por fortuna, la escuela ha dejado de ser una «pesadilla» para los niños. Se ha convertido en un sitio acogedor, grato, deseable… Y si antes los niños lloraban por que se les «obligaba» a ir al colegio, ahora, lloran cuando, por cualquier causa, no pueden acudir a él. Lo cual no puede ser más alentador.

Manjón es, en esta materia —como en tantas otras— un precursor.

«El educando —escribe— es un vástago que aspira a ser árbol; es un brote de la humanidad que empieza, y debe enderezársele, pero no violentarle y reducirle a vivir vida artificial, muy bonita y acicalada, pero sin vigor ni lozanía, como planta arrancada del campo de su natural cultivo para ser puesta en ingenioso invernadero». Y agrega: «En tales casos, puede decirse que Dios hace los hombres y nosotros los deshacemos, a pretexto de educarlos». La educación ha de tener, pues, estos tres requisitos: sencillez, naturalidad y vigor, hasta en el procedimiento. «Conversad enseñando y haréis la enseñanza agradable».

Hay que descender al nivel del niño (formalmente al menos) para que la educación sea fecunda. «Entre un sabio y un niño, prefiere el niño a su compañero, y seréis tanto más sabios enseñando cuanto os hiciéreis más niños. Jugad, pues, con vuestros alumnos; pero no olvidéis que sois el niño mayor, cuyo oficio es dirigir los juegos a algún fin práctico, sin violencia».

En su admirable libro El maestro mirando hacia dentro, amplía esta tesis: «No deis al niño —escribe— ciencia que no esté a su alcance… Aun de lo que el niño alcance no le recarguéis tanto que no pueda digerirlo». Y añade: «No almacenéis muchas ideas en cabecitas de pocos años». Porque si es cierto que la ciencia verdadera , es decir, la digna de tal nombre, es buena en sí, «puede ser dañosa para el niño si no se le da conforme a la higiene del alma».

La enseñanza no puede administrarse de golpe (en «jornadas intensivas», como ahora diríamos); hay que proceder con orden, escalonadamente, sin «dejar enemigos a la espalda», estudiando a cada niño para saber cómo ha de educársele e instruírsele; sin lo cual (y sin plan, orden y método) «haríamos de la enseñanza el arte de no educar; que a eso equivale el llenar la inteligencia de conocimientos inconexos, haciendo de ella cajón de sastre, en vez de entendimiento cultivado». Todo ello paulatinamente, pues «en pedagogía, para subir hay que bajar y ascender por grados; bajar hasta donde el niño esté y ascender hasta donde el maestro se halla…».

Como apostilla de lo que antecede, parécenos oportuno referirnos a un problema que, aunque aparentemente nimio, puede alcanzar caracteres graves. Aludimos a los maestros que, poseedores de una amplia cultura, no se consideran obligados a «descender de su alto pedestal», para ponerse, circunstancialmente, al nivel de sus educandos. No es mejor maestro quién más sabe, sino quien más sabe enseñar. La experiencia ha demostrado que, en no pocas ocasiones, un maestro de mediana cultura, obtiene mejores resultados con sus alumnos que otro, mucho más «sabio» y que no consigue «hacerse entender por los niños».

Ese fenómeno se refleja en algunos libros escolares (y de ello nos ocupamos en otro lugar de esta obra) cuyos autores parecen más atentos a demostrar su sabiduría que a ponerse a la altura de quienes han de instruirse en sus páginas. Se trata, indudablemente, de un fundamental error de perspectiva. Todo esos conocimientos debe el autor reservarlos para libros de especulación científica, dedicados a los profesionales de la enseñanza; pero no verterlos en libros de enseñanza primaria.

Aun cuando la palabra sea el instrumento principal de la enseñanza, la contemplación de la misma cosa que se explica o, en su defecto, una representación gráfica de ella, sirven inmejorablemente para la comprensión. Puesto que el niño tiene, por su instinto de imitación, tendencia a ser cómico, «convertid la enseñanza en comedia, sin desdoro de lo que se enseña». Nada de tono doctoral ni de alardes retóricos, que hacen poco menos que ininteligibles los discursos educativos: «enseñad jugando»; hay que aprovechar las inclinaciones infantiles. «Secundando con modos sencillos e ingeniosos las aficiones y tendencias de los niños, lograréis más de ellos que con actos de violencia y educación de artificio y convenio».

(Manjón quiere, por encima de todo, que se aprovechen hasta el máximo las inclinaciones infantiles, encauzándolas hacia la labor educativa: son como unos manantiales útiles que, debidamente conducidos, pueden fecundar el terreno ávido de ese riego).

Por su propio valor, porque produce placer honesto, porque ayuda para el cultivo de la inteligencia, la sensibilidad y la voluntad; porque favorece la educación física y porque el hombre está formado para percibirla y disfrutarla, debe educarse en el sentimiento de la belleza. Las bellas artes son imprescindibles: dibujo, declamación y, sobre todo, música.

Estima conveniente el trabajo manual; pero no con fines preferentemente utilitarios, como Rousseau, Fellenberg y aun el propio Kant, sino como medio fundamentalmente educativo. «Hay que educar al hombre de modo que sepa trabajar, no sólo para que pueda comer, sino para que goce de mejor salud. De aquí la Escuela-granja o taller y los oficios enseñados junto a la escuela y como aplicación de las reglas y principios profesionales que en ella se enseñan».

El trabajo manual no ha de tomarse, únicamente, como un medio de subsistencia, sino como un medio educativo, una forma de encauzar las capacidades del alumno.

«Para mejor educar se debe enseñar: religión, lengua patria, cálculo, arte y naturaleza». Al hombre «se le debe educar instruyéndole con la doctrina religiosa y con la práctica de ella. Debe educársele en la Escuela y en el Templo; o en el Templo-Escuela, porque los dos se completan y con los dos se educa».

La guerra es, hoy por hoy, una triste necesidad; pero necesidad al fin. En consecuencia, si el niño, una vez hecho hombre, ha de ir un día al cuartel, conviene educarle para soldado («no hay más remedio, dadas las circunstancias») y así estará preparado para lo que le espera.

El P. Manjón era, como buen cristiano, enemigo de la guerra; pero, comprendiendo que, por desgracia, hoy por hoy, no puede eludirse ese pavoroso riesgo, no quiere que sus discípulos se hallen en condiciones de inferioridad —o de indefensión— ante un posible conflicto armado, ante una agresión injusta que pusiera en peligro la independencia o la integridad de la patria. Esa «instrucción premilitar», que luego sería oficialmente adoptada, no tenía, para Manjón, ningún carácter «ofensivo» sino de mera defensa. Acaso podríamos decir que adoptaba la máxima latina «si vis pacem, para bellum» (si quieres paz, prepárate para la guerra).

El lenguaje será siempre claro, las ideas sencillas, al alcance de las inteligencias que han de comprenderlas y asimilarlas. «Al pueblo, como tal no se le puede educar con filosofías, porque son muy pocos los que pueden escudriñar el por qué final de las cosas».

«Vale y aprovecha más un diálogo llano y sencillo sobre cosas, que una peroración llena de ciencia y con todos los aderezos de la retórica». Hay que evitar, a toda costa, esas acumulaciones de ideas apenas digeridas, sobre que la farragosa erudición es antipedagógica, por inútil y nociva: «Dad poco, agradable, tierno y bien aderezado; y os lo tomarán los niños sin repugnancia y con gusto; dadles tomos e infolios y no sacarán nada sino el tedio». Las lecciones de cosas son superiores a los libros.

Las largas disquisiciones, en efecto, aburren al niño (e incluso a las personas mayores) imponiéndole una fatiga inútil. Inútil, decimos, porque nada saca de esas peroraciones que están fuera de su alcance; y, en cambio, siembran en su ánimo una inquietud que no puede calmar por sí mismo.

Su espíritu se halla abierto, únicamente, a las cosas evidentes, prácticas; y es incapaz de seguir abstracciones, sin «figuración» inmediata. No se halla —ni puede hallarse— capacitado para pasar de las cosas sensibles a las imaginarias.

Hay, por el contrario, que incitarle a «conquistar» esa abstracción por el camino «sensorial». Que vaya de lo concreto, de lo actual, de lo que ve y toca a lo que no puede verse ni tocarse.

Por eso, fiel a esa directriz, Manjón orienta de ese modo su enseñanza, según veremos seguidamente: yendo de lo perceptible a lo que no lo es. De tal modo, se ayuda el esfuerzo imaginativo, haciendo que alcance alturas que de otro modo no alcanzaría jamás.

En cuanto a las prácticas, el niño, que como decía un psicólogo francés, «está con los sentidos alerta», debe aprender por ellos, en primer lugar; que «vean, oigan, gusten, toquen y palpen, siempre que sea posible». De esa primera noción sensorial es fácil obtener otras por similitud, por generalización. Este procedimiento es insustituible para la enseñanza de cuanto se refiere a la naturaleza, especialmente las denominadas Ciencias Naturales y, sobre todo, la Geografía. Será inútil que expliquéis una y mil veces el sistema planetario a los pequeñuelos; quizás alguno, de inteligencia más viva, logra asimilar vuestra enseñanza, aunque nunca lo hará de un modo completo; mas si en un jardín instaláis una esfera dorada representando al sol y otras no doradas, que sean los planetas; si ese conjunto guarda las proporciones justas y puede moverse, dando la impresión de los movimientos de rotación y traslación de los astros, las criaturas comprenderán, por lo menos en sus fundamentos, la ley que rige el sistema y les será fácil saber la causa de la sucesión del día y la noche, las estaciones, los eclipses, etc., etc.

De igual manera un modelo de montaña, de volcán, de río o de lago, en el suelo de un jardín, logran inculcarse en la imaginación y en la memoria del niño mucho más que todas las definiciones, por buenas que sean, de tales accidentes geográficos. Si solo de manera «memorística» se intenta enseñar a los educandos la orientación, la posición relativa de los puntos cardinales, nada se habrá hecho; pero si los indicáis, por medio de edificios, árboles destacados o montes visibles desde el lugar en que estáis enseñando, esos mismos puntos, se orientarán rápidamente y, ampliando esa orientación, podréis darles idea de la dirección en que se encuentran poblaciones, montañas, países… Pronto podréis decirles: «¡Marchad hacia el Cantábrico (norte), hacia Valencia (Este), hacia Portugal (Oeste), hacia Málaga (Sur)!».

La enseñanza se convierte en un juego; juego utilísimo, porque mediante él se aprende sin fatiga; y el niño, lejos de sentir hacia el estudio el justificado horror que sintieron los discípulos del terrible Campo en la oscura e incómoda «Escuela de Sargentes», acudirán a él, porque se divierten estudiando.

Hay frases que, por haberse repetido hasta la saciedad, nos suenan a tópicos baladíes; pero que, a pesar de ello, encierran una verdad indiscutible. Tal ocurre con la famosa de «instruir deleitando». Aunque nos aburra oírla o leerla centenares de veces, no cabe negar que constituye toda una magnífica norma de pedagogía. Los conocimientos que adquirimos de un modo suave y alegre, sin sacrificios sino con placer, no constituyen carga para nuestra inteligencia, porque los asimilamos de una forma insensible.

El padre Manjón siguió siempre esa norma, aplicándola perseverantemente en sus escuelas e inculcándola en los maestros destinados a continuar la labor por él iniciada. Ha de instruirse de un modo grato, atrayente.

Y, presidiendo, guiando, imperando en todo, el cariño y la alegría; pocos castigos —huyendo de los corporales, que suelen ser contraproducentes y hieren la sensibilidad, humillando— y muchas pequeñas recompensas que estimulan y animan.

Acerca de los castigos corporales, cabe añadir que, cuando no humillan al niño (resultado que debe evitarse) le acostumbran, de un modo altamente perjudicial, a una especie de contumaz rebeldía. Si el niño se acostumbra a los palos, o le dejan insensible al castigo, o engendran en su ánimo una especie de rencor, de funesta índole para su futuro y nocivo para la colectividad. Hay también padres que, tras propinar unos azotes a su hijo, tal vez arrepentidos de esto, satisfacen el capricho que motivó la azotaina… con lo cual, el niño acaba por adquirir la convicción de que puede conseguir cuanto se proponga, a costa de recibir unos cuantos golpes.

Manjón, católico ferviente y militante, bueno sobre toda ponderación, humilde y piadoso, inflamado de santa caridad, disfrutaba viendo y oyendo a sus niños, contemplando sus juegos, sus risas, su alegría sana. Indudablemente, esa alegría era —y es— una gran parte de la educación; hay que arrancar a los niños de la tristeza, patrimonio frecuente de la miseria. Hay que animarles, inculcarles la idea de que todos somos hijos de Dios. Por entonces no se había aún inventado la frase del «complejo de inferioridad»; pero el fundador del Ave María, conocedor del hondo problema que se agita en el fondo de la pobreza, lo combatía victoriosamente: daban pan… y alegría; destruía ese sentimiento de olvido, de preterición, de injusticia, en los niños.

En el niño, la impresión de la injusticia, de la inferioridad, del mal trato, deja tan honda huella, que puede fácilmente influir en su carácter y en su conducta, durante toda su vida. Tal semilla, sembrada en tierra virgen, arraigará de modo que sea punto menos que imposible extirparla. La Historia abunda en ejemplos de esa impronta indeleble de los «complejos» infantiles.

En las Escuelas del Ave María se concede, naturalmente, gran importancia al culto y a las prácticas religiosas. «El culto, que es adoración del hombre para su Dios, tiene también y por lo mismo, su parte bella; y nuestros niños, que toman parte activa en el culto, se educan a la par en el amor de Dios y en los encantos de la belleza».

«El distintivo de la Escuela cristiana es la enseñanza formal del Catecismo», porque «es hoy un apostolado conveniente y necesario». Se debe, pues, —dice— educar al hombre, «no solo hablando y leyendo, sino también rezando y cantando». Consecuentemente, en las escuelas avemarianas se reza el Rosario y se cantan Salves y Avemarías, a más, como es lógico, de cumplirse los deberes religiosos fundamentales (Misa, confesión, comunión, etc…).

El buen ejemplo es imprescindible para la formación moral de los niños. «La imitación es una necesidad en la infancia», la cual puede y debe ser aprovechada para la educación. «Esa tendencia natural del niño a imitar, es providencial, necesaria y provechosa en aquella edad en que todo se ignora. Dios la dió y Él no hace las obras sin tino; satisface una necesidad y sin esa docilidad ni el niño sería niño, ni llegaría jamás a ser hombre». Mas, por eso mismo, entraña un grave peligro que deben tener muy en cuenta los educadores. El niño copia, imita lo que ve, sea bueno o malo, porque carece de la capacidad precisa para discernir sobre la bondad o maldad de cosas y conductas. Es tierra muy fértil en la que se desdobla y fructifica la simiente que se arroje. «¡Cuánto importan, pues, los buenos modelos, para la recta educación! Y ¡qué responsabilidad la de quienes, con sus actos, influyen decisivamente en la formación moral de los niños!. Respetemos el candor del niño, seamos humanos y no le enseñemos ni maleemos con erróneas doctrinas ni malos ejemplos». «Maldición sobre el que abusa de esta hermosa condición de la humanidad incipiente». Un mal ejemplo destruye en un día todo lo que se haya edificado en muchos meses de labor pedagógica. «Mirad —dice Manjón a los maestros— que el ser guías y custodios de ángeles exige costumbres angelicales».

Finalmente, «conviene graduar lo que se ha de enseñar y escalonar a los que han de recibir y dar la enseñanza». En este punto, Manjón, anticipándose en varios años al Estado español, implantó el sistema de escuelas graduadas. En ellas, sin perjuicio de una relativa y conveniente libertad, se vigila a los niños. «Abandonar la infancia y la juventud a sí misma, en brazos de una plena libertad, es inutilizarla para siempre. Voluntad abandonada, educación perdida; libertad ilimitada, moralidad arrumbada».

También se anticipó don Andrés al Estado en la organización de colonias escolares, con las que organizó, en Granada, para Almuñécar y otros puntos, del mar y de la montaña.

Veamos ahora cómo puede resumirse la didáctica del P. Manjón.

Luis Hernández AlfonsoUna vocación pedagógica, o la vida y la obra de don Andrés Manjón,  Madrid 1961 (texto mecanografiado inédito), pp. 93-104.

La obra pedagógica del padre Manjón (V).— La didáctica manjoniana

~ por rennichi59 en Miércoles 29 mayo 2013.

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