Dios y materia. Resultado de una investigación sobre la naturaleza y el origen del Universo

El presente opúsculo de Luis Hernández Rico fue impreso en 1895 en Valencia en el establecimiento tipográfico  de A. Cortés (Ballesteros, 1). Hemos seguido escrupulosamente el texto original existente en la Biblioteca Nacional de Madrid (signatura VC/2625/57), correspondiente a un ejemplar con firma autógrafa del autor en la portada y con sello y anotación de registro de una biblioteca de Valencia de difícil lectura (¿la Universitaria?), fechada el 1 de julio de 1895. Tan sólo nos hemos permitido adaptar la acentuación y puntuación a la normativa y al estilo actualmente vigentes. Las cursivas son originales. En cuanto a las notas, puestas por el autor a pie de cada página y numeradas igualmente por páginas, optamos lógicamente, en este nuevo soporte, por una numeración correlativa a lo largo de toda la obra, poniendo entre [corchetes] el texto de nuestras nuevas notas y el de nuestras adiciones a las originales.

Debemos a la amabilidad de la profesora de la Universidad de Valencia María del Carmen Agulló Díaz la localización de otros dos ejemplares de esta obra de Hernández Rico en fondos de esa misma Universidad: en la Biblioteca Histórica (signatura BH F 1251/008) y en la Biblioteca de Ciencias Sociales (signatura S A 1802791). Este último ejemplar, encuadernado junto con otros folletos de temática religiosa donados por el Dr. Eduardo Soler y Pérez (1845-1907), decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia, reviste especial interés por llevar en la página de cortesía una dedicatoria autógrafa de Hernández Rico. Reza así: «Al sabio catedrático D. Eduardo Soler, / su discípulo. / El Autor (rubricado)». Vaya por ello a la profesora Agulló Díaz todo nuestro agradecimiento.

Pablo Herrero Hernández

Dios y materia. Dedicatoria Eduardo Soler

I

Me he ocupado, con grande interés y durante mucho tiempo, en investigar la naturaleza y el origen del Universo.

Para ello procuré, ante todo, desechar de mi mente las preocupaciones dogmáticas que me imponían una fe ciega en pretendidas revelaciones sobrenaturales.

Libre ya mi razón de aquellas creencias impuestas en la niñez, y cuidando de no sustituir su yugo por el de cualquier otro prejuicio sistemático, escogí el procedimiento que consideré más conducente al fin que me había propuesto.

Huyendo del vicioso método de esos idealistas de quienes dice Hettinger que «establecen a priori a Dios y al mundo, al cielo y a la historia» (1), y en quienes censura Büchner «la extraña manía de querer forjar la Naturaleza a medida del pensamiento» (2), he buscado en la realidad de las cosas los datos ciertos para mi estudio y la prueba irrebatible de mis deducciones.

Por otra parte, para ayudar a la formación de mi criterio, y proporcionarle, a la vez, una garantía de su exactitud en la conformidad del mismo con los de los ilustres pensadores, he consultado cuantas obras he podido de filósofos antiguos y modernos pertenecientes a distintas escuelas.

De este modo, apoyándome en el irrecusable testimonio de la experiencia sensible (ante cuya evidencia no pueden menos de rendirse en la práctica, a pesar de sus dudas teóricas, los mismos escépticos, como confiesa Hume) (3), y asesorado con las opiniones de respetables hombres de ciencia, he ido sacando deducciones con arreglo a esos principios axiomáticos tan inmediatamente ciertos que, para Aristóteles (4), hasta revela una falta de cultura filosófica el intentar su demostración, y que constituyen las leyes del pensar lógico, ligando y determinando nuestras ideas (según la exacta comparación que hace Hettinger) «como liga y determina al ojo el objeto que cae en su campo visual» (5).

He aquí ahora el resultado de tales investigaciones:

II

1.– En cuanto a su primer objeto, el relativo a la naturaleza de las cosas del Universo, he concluido que todas ellas tienen la misma esencia, consistiendo en variadas y variables manifestaciones de la sola substancia cósmica.

2.– La unidad esencial de ésta se ha impuesto desde luego a mi razón, como consecuencia inevitable de la imposibilidad que hallo de admitir en el Universo dos o más esencias.

Porque éstas habría que suponerlas colocadas de alguno de los siguientes modos: o dentro o fuera unas de otras, esto es, o compenetrándose, como dicen los espiritualistas que hacen las almas con los organismos vivientes, u ocupando diferentes lugares del espacio, como los átomos materiales ideados por Leucipo, Demócrito y Epicuro.

Pues bien; lo primero me parece imposible, ya que, por sutil que yo imagine una substancia, no concibo (como no concebía Hobbes) (6) la coexistencia de otra en el mismo lugar, que es a lo que equivaldría el estar aquélla penetrada por ésta.

Y tampoco creo que quepa lo segundo, por cuanto esas esencias colocadas en diferentes sitios, necesitarían (por muy juntas que las supusiéramos) de un espacio absolutamente vacío, en el cual se movieran para efectuar las continuas combinaciones y descomposiciones que observamos en el Universo; pero ese vacío absoluto que (con tanta lógica dentro de su sistema) admiten los filósofos atomistas, y que equivaldría a la absoluta nada, no existe realmente, según lo han entendido la mayoría de los pensadores, desde los antiguos jónicos Thales y Anaxágoras.

Claro está, pues, que no pudiendo haber en el Universo pluralidad de esencias, de ninguno de los dos modos como cabría suponerla, toda la substancia de aquél ha de ser esencialmente una, y la variedad y variación de las cosas que lo constituyen han de afectar sólo a la forma.

3.– También me han inducido a establecer la anterior conclusión los siguientes datos científicos:

Primero

La identidad esencial de los elementos substanciales (hoy tenidos por simples) que constituyen, según resulta de sus análisis químico y espectral, las substancias de todos los cuerpos conocidos, así orgánicos como minerales, y no sólo de nuestro globo, sino de otros celestes, como lo prueban esos meteoros llamados por Büchner «mensajeros visibles de un mundo no terrestre» (7).

Esta identidad se nos revela claramente por la igualdad genérica de signos exteriores (resistencia, extensión, peso, etc.) que observamos en todos los referidos elementos; y, además, se deduce de la manera tan estrecha de combinarse éstos entre sí, llegando a perder las cualidades que respectivamente les caracterizan, para convertirse en compuestos homogéneos y con propiedades que muchas veces no presenta aislado ninguno de aquéllos. Semejante combinación no se explica entre substancias de diversa esencia, las cuales podrían, a lo sumo, unirse pero sin confundirse, es decir, conservando íntegras cada cual las condiciones propias de su naturaleza íntima.

Esta identidad esencial de los elementos hoy considerados como simples, o (lo que es lo mismo) esta unidad de la substancia corpórea denominada comúnmente Materia, ha sido reconocida en todo tiempo hasta por los filósofos menos afectos y aun más contrarios al monismo. Ejemplo de ello nos ofrece San Agustín, al expresarse en estos términos: «Dirigí una atenta mirada sobre los cuerpos mismos y medité profundamente sobre sus cambios, en virtud de los cuales dejan de ser lo que fueron y llegan a ser lo que no eran; después supuse que ese tránsito de una forma a otra se hacía por cierta cosa informe. Es, pues, verdadero que la mutabilidad de las cosas mudables es la posibilidad de todas las formas en que se cambian» (8). Y, según el también cristiano Dr. Hettinger, es una verdad innegable, conocida ya por Platón y Aristóteles y enseñada expresamente por la ciencia católica, que «todas las formas, tan diversamente variadas, del mundo corporal, no tienen más que un solo y único fondo material; que cada vez que un cuerpo cae en disolución, la Naturaleza vuelve a tomar la materia de que estaba formado, para emplearla en la composición de otros cuerpos y formas» (9).

Segundo

La explicación puramente mecánica de los fenómenos físicos y químicos, la cual reduce todos éstos a movimiento de la substancia corpórea, «desplegado –como dice Carus– en una variedad infinita de efectos» (10).

Hasta el calor, la luz, el magnetismo y la electricidad, antes atribuidos a ciertas substancias imponderables, parece que no son otra cosa que vibraciones (distintas en forma y velocidad) de la materia de los cuerpos, transmitidas por el éter, fluido elástico sobre manera, del cual ya afirmaba Newton que «penetra todas las masas y llena todos los vacíos» (11).

Según esto, en los fenómenos que se verifican en el mundo inórganico, no hay principio substancial alguno que difiera esencialmente de la materia corpórea, ni aun ese mismo fluido etéreo, que (a juzgar por el modo como suponemos recibe de los cuerpos y a ello comunica las vibraciones) no debe ser sino aquélla en su estado de menor densidad.

También en este punto es unánime hoy la opinión de los hombres de ciencia.

Tercero

La naturaleza física y química de las operaciones meramente orgánicas de los seres vivos, según resulta de los modernos descubrimientos fisiológicos; los cuales han venido a desautorizar por completo la preocupación de los animistas y vitalistas sobre la diferencia esencial y lucha constante entre dichas operaciones y los fenómenos del mundo inorgánico, probando de la manera más concluyente que todas aquéllas consisten sólo en procesos físicos y químicos, si bien poseyendo (como observa Claudio Bernard) «una morfología especial, en el sentido que se manifiestan bajo formas características y por medio de instrumentos fisiológicos especiales» (12).

Este descubrimiento, que reduce la vida denominada vegetativa (según ya lo entendieron algunos espiritualistas, como Descartes) a un superior efecto de la mecánica material, hace de todo punto innecesaria la existencia, dentro de los seres vivientes, de esa alma espiritual a quien atribuyen sus partidarios la producción de las funciones orgánicas.

Porque, consistiendo éstas en modalidades de los fenómenos físicos y químicos, lejos de verse necesidad (ni aun motivo lógico) para atribuir aquéllas a un principio substancial esencialmente diverso del de éstos, parece lo más racional considerar a unas y a otros como productos de la misma causa. Si, por ejemplo, Lavoisier y Laplace han probado que el oxígeno, penetrando en los cuerpos vivos, engendra en ellos el calor que les anima, mediante una verdadera combustión parecida a la que se efectúa en nuestros hogares, no se ofrece razón alguna que impida reconocer que dicho gas obra por igual virtud dentro que fuera de los organismos.

Ni desvirtúa en lo más mínimo estas consideraciones la del plan admirable de evolución orgánica, que Bernard llama «el quid propium de la vida» (13); porque éste, si bien significa un mecanismo especial dentro del general y no menos admirable del Universo, no por ello constituye una fuerza o principio activo (pues un sistema de movimiento no es un agente mecánico) ni implica la necesidad de especiales motores, esencialmente diversos del universal.

En fin, los descubrimientos a que aludo hacen opinar (con el repetido Bernard) que la vida vegetativa o meramente orgánica es sólo «una modalidad de los fenómenos generales de la Naturaleza; que no engendra nada; toma sus fuerzas al mundo exterior, y no hace más que variar sus manifestaciones de mil y mil maneras» (14).

Tampoco hay, pues, en este orden, substancia alguna que difiera esencialmente de la corporal.

Cuarto

La producción de los fenómenos de la inteligencia, la sensibilidad y la voluntad por la substancia corpórea tan sólo, según lo prueban los siguientes hechos:

1.º La unión (siempre y en todas partes observada) del ejercicio de dichas funciones a la actividad de ciertos órganos corporales.

2.º La necesidad de éstos para la realización de aquéllas; necesidad que, como afirma el espiritualista P. Janet, «se prueba suficientemente por el ejemplo de mis monstruos acéfalos» (15), siendo tan generalmente reconocida, que los mismos pensadores católicos no se atreven a descartarla ni aun cuando explican la producción natural de los fenómenos contemplativos (16).

Y 3.º La influencia que ejercen, en la producción de las funciones a que aludo, las circunstancias anatómicas, fisiológicas y patológicas de los repetidos órganos; influencia que de múltiples observaciones y experimentos resulta ser verdaderamente decisiva, y que los mismos animistas no niegan, al menos en sus rasgos generales.

Pues bien; parece lógico atribuir la inteligencia, la sensibilidad y la voluntad a esa materia organizada que tan precisa es para ellas y que de tal modo influye en las mismas.

Por otra parte, hay que convenir con Locke en que no cabe negar a priori la posibilidad de que la Materie piense, sienta y quiera, ya que, siéndonos desconocida su esencia, no sabemos todas las propiedades que tiene ni de cuántas modalidades es susceptible.

Tampoco cabe deducir a posteriori la imposibilidad de que los fenómenos conscientes sean producidos por los órganos corporales, de la contradicción entre el continuo cambio de la substancia de éstos (el cual constituye lo que se llama el torbellino vital) y la unidad e identidad de la conciencia del individuo; porque este inconveniente puede ser allanado sin gran esfuerzo, haciendo radicar aquella conciencia una e idéntica en cierta parte material éterea, que permanezca constantemente en cada organismo, desempeñando en éste el papel que los escolásticos atribuyen a la forma substancial.

Pero hay más: lo que resulta de todo punto incompatible con la unidad de la conciencia, es esa teoría espiritualista que considera al individuo como un compuesto de diversas esencias.

Consecuencia lógica de ella es el absurdo dualismo que en la naturaleza humana establecieron Platón, en la antigüedad, y posteriormente Descartes y Leibniz; dualismo que Günther aumentó con la adición del alma organizadora, independiente de la racional (17).

Cualquiera que sea la relación que supongamos entre las partes espiritual y corpórea del hombre, nunca salvaremos el abismo que separa las naturalezas de una y otra, y que rompe la unidad esencial de aquél.

Decir con la escuela católica, como hace Hettinger, que «el alma y el cuerpo forman un mismo ser y un solo ser, una substancia única; de tal manera, que ni el cuerpo aislado ni el alma por sí sola constituyen la esencia del hombre» (18), es expresar un contrasentido; porque ¿cómo dos principios substanciales que difieren esencialmente pueden constituir una substancia única con una sola esencia?

La unidad de la conciencia humana exige la de la substancia del hombre, y ésta ha de ser precisamente la que en él perciben los sentidos.

4.– Tales son, brevemente expuestos (casi sólo indicados), los motivos que me han hecho considerar al Universo como el conjunto armónico de todas las modalidades o formas de manifestación de una substancia, la Materia. Ésta debe ser continua e indivisa en su esencia, pues la falta de un espacio absolutamente vacío (que dejo mencionada como argumento en contra de la pluralidad de esencias) tampoco permite admitir en la substancia única múltiples partes que se muevan para unirse y separarse.

Como se ve, esta doctrina se parece mucho a la de Aristóteles, según la cual la primera materia es la base indeterminada de todo lo que nace, siendo determinados los seres individuales por la accesión de la forma (19).

III

1.– En cuanto al segundo objeto de mi investigación, o sea el origen del Universo, he deducido estas dos conclusiones:

1.ª Que la esencia de la substancia cósmica existe eternamente.

2.ª Que las modalidades o formas de esa substancia son producidas por una entidad esencialmente distinta de aquélla, y como ella, eterna.

2.– La eternidad de la esencia material resulta necesariamente de la imposibilidad de su creación; y de tal imposibilidad me convence aquel axioma universalmente invocado, en este punto, por los filósofos de la antigüedad: Nada se hace de la nada.

Por omnipotente que yo suponga a un Creador, así como no concebiría que a un mismo tiempo fuese y no fuese, tampoco concibo que saque del no ser los seres.

Y no es éste el único absurdo que habría que vencer: ¿dónde colocar la creación? O en un vacío preparado al efecto, o dentro del mismo Creador, si éste lo llenaba ya todo. Pero (según queda dicho en otro lugar) ni existe verdadero vacío, ni hay ser alguno realmente penetrable.

Por otra parte, esta doctrina de la eternidad de la Materia (que han profesado en todos tiempos multitud de distinguidos filósofos) la hallo corroborada en cierto modo por la ciencia experimental, al demostrar plenamente la conservación de la substancia cósmica siempre en igual cantidad. En efecto, como afirma Büchner, la química contemporánea «nos ha mostrado con toda evidencia que la metamorfosis continua de los seres que estamos viendo constantemente, el nacimiento y la muerte de las formas y formaciones orgánicas e inorgánicas, no son producto de una materia que no existiera con antelación, como se creía en algún tiempo, sino que este cambio no es más que la continua metamorfosis de las mismas materias primitivas, cuya masa y calidad son siempre invariables» (20).

3.– La segunda conclusión la he deducido de la mutabilidad de las formas o modalidades de la Materia.

Creo que si en la naturaleza íntima de ésta radicara la causa determinante de aquéllas, como pretende el monismo, habrían de ser constantemente las mismas; porque, entendiendo por esencia de una cosa aquéllo que la constituye como tal y la distingue intrínsecamente de cualquier otra, no concibo cambio esencial alguno en ella sin desaparición de su ser propio.

Así vemos que todo objeto particular, que se concreta e individualiza por su forma precisamente, según ya lo explicó Aristóteles, al variar ésta deja de ser aquél lo que con ella era, convirtiéndose en otra u otras individualidades; pero permaneciendo la substancia cósmica independientemente de cualquiera de sus formas (como observa Santo Tomás, hablando del cambio substancial de los seres inferiores) (21) sin que deje de ser lo que es porque pase de una a otra modalidad, resulta claro que ninguna de éstas le es esencial.

Por eso considero todos los variables modos de manifestación de la Materia como otros tantos accidentes producidos en ella por una entidad esencialmente diversa a la misma.

Pues bien; esta entidad, que tampoco ha podido ser creada, según las razones metafísicas antes expuestas, es la que yo denomino Dios.

La existencia de Éste como Formador del Universo es reconocida hasta por algunos pensadores mal calificados de ateos porque le niegan como Creador de las substancias (22).

Ejemplo de esto nos ofrece Broussais, a quien Hettinger incluye entre los jefes de la filosofía materialista. «Opino con muchos –dice– que una Inteligencia lo ha coordinado todo; busco a ver si puedo deducir de esto que lo ha creado todo, pero no puedo, porque la experiencia no me suministra la representación de una creación absoluta» (23).

También Kant opina que el orden reinante en el Universo no prueba la existencia de un Creador de cuanto existe; pero podrá suponer la de «un Arquitecto del mundo, que hubiera arreglado, ordenado y formado una materia ya existente y preparada» (24).

Este concepto de la Divinidad era bastante común entre los filósofos antiguos. Plutarco la comparaba a un carpintero, que componía su obra con los materiales antes amontonados (25).

IV

En resumen:

Mis investigaciones me han llevado a concluir la coexistencia eterna de dos substancialidad esencialmente diversas: Dios y la Materia; de las cuales, la primera ha formado con la segunda cuantas cosas particulares constituyen el Universo.

Esta conclusión puede ser calificada de biontista (26), a diferencia de los monismos panteísta y materialista, que reducen todo lo existente a una sola substancia, y del casi monismo deísta que, si bien reconoce diversidad de esencias, sólo admite un ente necesario, Creador de los demás.

V

Al conseguir, mediante un detenido estudio, el resultado que acabo de exponer, no pretendo haber descubierto alguna cosa del todo nueva.

Lejos de esto, el indicado principio biontista ha sido profesado en cierto modo por muchos y eminentes filósofos, desde la más remota antigüedad.

Ya los caldeos creían la Materia eterna y preexistente a la operación de Dios, al cual consideraban como soberano autor de todas las cosas, que había establecido esta bella armonía que encadena las múltiples partes del Universo.

Muy semejantes eran (en este punto) las doctrinas de Anaxágoras, Diógenes Apoloniata y Arquelao.

Platón reconocía dos causas de las cosas: una, de la cual han sido éstas formadas, y otra por quien existen. La primera es la Materia y la segunda Dios: ambas son eternas, e igualmente independientes en cuanto a su esencia y existencia.

Y así podrían citarse otros ejemplos.

Los cuales me demuestran que la doctrina que he deducido por el esfuerzo de mi razón no es una quimera mía.

Pero declaro sinceramente que estoy dispuesto a rectificarla, si alguien me convence o me convenciera yo mismo (por nuevos estudios) de que sea errónea.

Porque mi deseo más vehemente es el de conocer y profesar la verdad.

———

[1] Demost. crist., conf.ª 2ª. [Sobre el insigne teólogo católico alemán Franz Hettinger (1819-1890) puede consultarse con provecho la Catholic Encyclopedia de New Advent, s.v.Su obra aquí citada, la Demostración cristiana, había sido traducida al español por el filólogo Francisco García Ayuso hacia 1890 (Madrid, Suc. de Rivadeneyra)].

[2] Fuerza y Materia, pról. [Una versión españolade esta popular obra del polémico filósofo materialista alemán Ludwig Büchner (1824-1899) puede leerse en el sitio del Proyecto de Filosofía en Español, junto con una semblanza biobibliográfica muy completa, especialmente en lo que respecta a ediciones españolas de sus obras].

[3] «En la práctica –dice este escritor– siempre deberemos conducirnos según las apariencias sensibles, y limitar la duda a la especulación» (Investigac.s sobre la intelig. hum., sec. 12). Conocido es lo que de Pyrron, padre del escepticismo, cuenta Diógenes Laercio: Apartose aquél de un perro hidrófobo que encontró en su camino, y para excusar este proceder, tan poco conforme con sus teorías, alegó que «es difícil despojarse por completo de la naturaleza humana».

[4] Metafís., 4.

[5] Demost. crist., conf.ª 2ª.

[6] El Leviathan.

[7] Fuerza y Materia: Universalidad de las leyes naturales.

[8] Confes., XII, [6].

[9] Demost. crist., conf.ª 4ª.

[10] El materialis. y la ciencia. [Sobre el filósofo cristiano francés Erasmo María Caro (1826-1887) y su obra, véase la información recopilada en el recordado Proyecto de Filosofía en Español].

[11] Principia mathematica.

[12] El problema de la Fisiolog. gral., II. [Acerca del gran fisiólogo francés Claude Bernard (1813-1878) puede consultarse con provecho la siguiente ficha de la Enciclopédie de l’Agora, que contiene también enlaces a algunas de sus obras: http://agora.qc.ca/mot.nsf/Dossiers/Claude_Bernard].

[13] Definición de la vida, IV.

[14] El problema de la Fisiolog. gral., II.

[15] El cerebro y el pensam., c. III.

[16] «…Es doctrina admitida por los teólogos –dice el doctor Castellote– que no puede suceder naturalmente que el hombre sea arrebatado a las alturas de la contemplación sin que cooperen la imaginación o los sentidos corporales, por más que esta cooperación pueda suplirse por la virtud divina» (Confer.s científico-relig.s, 3ª).
La filosofía cristiana, concediendo en este punto a la realidad científica cuanto le permiten conceder los prejuicios dogmáticos, asegura (como expresa Hettinger) que «el animal no hace más que sentir, sin ir más allá en su iniciativa; pero como la sensibilidad obra sólo por la cooperación del organismo corporal, es claro que no tiene eficacia propia, ni vida aparte y libre de la participación del cuerpo; por eso cesa también de existir el alma de los irracionales cuando el cuerpo se disuelve» (Demost. crist., conf.ª 7ª). [Salvador Castellote y Pinazo (Valencia, 1846 – Jaén, 1906) fue canónigo de la catedral de Valencia, obispo sucesivamente de Menorca y de Jaén y arzobispo electo de Sevilla, sede que su repentina muerte le impidió ocupar. El título completo de la obra citada es: Conferencias científico-religiosas pronunciadas en la catedral de Madrid. La editó en 1892 el Obispado de Madrid-Alcalá. Sabemos por testimonios familiares que, a pesar de sus ideas no ciertamente afines a la filosofía y teología cristianas, Hernández Rico mantuvo durante toda su vida muy estrechas y cordiales relaciones con ilustres exponentes del alto clero valenciano, basadas en el mutuo respeto y en la recíproca admiración de las respectivas prendas humanas e intelectuales. No excluimos, pues, un posible conocimiento personal del brillante eclesiástico por parte de nuestro autor].

[17] [Refiérese aquí el autor al filósofo y teólogo bohemio Anton Günther (1783-1863), condenado por Pío IX por sus teorías en cierta medida neocartesianas, que subordinaban la fe a la razón. Curiosamente, sólo dos años después de Hernández Rico, también el historiador español de la filosofía Eloy Bullón Fernández (1879-1957) en su interesante obra de juventud titulada El alma de los brutos ante los filósofos españoles (Madrid, 1897) hablará del «error de Günther, que admitía dos almas en el hombre» (pág. 95)].

[18] Demost. crist., conf.ª 6ª, suplem.

[19] Metafís., VII y XII.

[20] Fuerza y Materia: Inmortalidad de ésta.

[21] Sum., I, c. X, a. 2.

[22] [Huelga decir que el propio autor se reconocería entre estos pensadores «mal calificados de ateos»].

[23] Citad. por el primero [sic, por «segundo»] en su Demost. crist., conf.ª 3ª. [Menos conocido hoy en día por su aportación filosófica que por su contribución a la medicina moderna, el médico francés François-Joseph-Victor Broussais (1772-1838) gozó de la estima y consideración del propio Claude Bernard, también citado por nuestro autor].

[24] Crítica de la razón pura.

[25] Cit. por el Dr. Lapeña en su Ensayo sob. la Hist. de la Filosof., t. 1.º, c. XIX. [El canónigo burgalés Tomás Lapeña publicó esta ambiciosa obra en 3 tomos, pionera en el género en España, en 1806. Su título completo reza: Ensayo sobre la historia de la filosofía desde el inicio del mundo hasta nuestros días].

[26] [Hernández Rico acuña aquí un neologismo para definir su teoría ontológica; lo mismo hará años más tarde al denominar belismo su visión del mundo y de la historia]

~ por rennichi59 en Jueves 17 agosto 2006.

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