Principios, tradiciones… y otras pequeñeces

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso en la revista barcelonesa «La Calle» el 18 de septiembre de 1931.

Eugenio Sellés, en su libro La política de capa y espada, publicado en 1914, escribió: «¡Principios históricos, intereses seculares, tradiciones nacionales! Hermosas palabras si tuvieran algo dentro, o, mejor dicho, si no tuvieran tanto malo dentro…» (1). Las palabras que trazó, hace diecisiete años, el ilustre académico, adquieren hoy nueva y pujante vida, merced a las apasionadas lamentaciones de quienes pretenden que el nuevo régimen ampare y cobije, como el anterior, el absurdo tinglado de sus mezquinos intereses.

Las propagandas de esos mantenedores de la reacción carecerían de importancia en un pueblo menos cerrado que el nuestro a las auras renovadoras; pero en España existe un bien acreditado horror a las innovaciones; y la masa, temerosa de lo desconocido, se resiste a escuchar algo que no oyeron los esforzados varones que yacen en los cementerios esperando la hora de reintegrarse al polvo, según pretende la ortodoxia y sostienen sus ministros.

El error básico de los españoles es ése: desconociendo la mecánica, en virtud de cuyas leyes la Humanidad va avanzando hacia la inaccesible meta de perfección, se aferran a cuanto fue en su día -ya lejano- postulado punto menos que indiscutible de la convivencia humana. No vamos a negar el valor objetivo de esas ideas; mas sí cabe, no ya discutir, sino desechar la necesidad de conservarlas inalterables. La tradición no es sino la supervivencia de algo, respetable como elemento histórico, pero, por su misma naturaleza, sujeto a constante e indefinida mutación.

Pretender acomodar la vida de un país a las normas que presidieron su desenvolvimiento en las épocas pretéritas es querer volver a su fuente las aguas de un río. La general evolución ha ido despojando a esos «sagrados principios» de todo lo inútil o dañino, conservando sólo de ellos lo que sigue siendo preciso o, cuando menos, útil. Jamás el hecho de que una institución haya vivido siglos podrá servir de fundamento para defender su persistencia, y mucho menos para pretender que resucite lo que murió por descomposición íntima y espontánea.

Comprendiéndolo así, los distinguidos trogloditas emboscados en las breñas de la República no piden lo que saben imposible, sino que procuran conservar en el seno del nuevo régimen las prerrogativas y los privilegios con que el antiguo les pagó su interesada ayuda.

Ahora brindan apoyo y entonan elogios a una democracia titubeante y que apenas puede elevarse por encima de las charcas malolientes que formó en la política nacional el favoritismo mercantilista de unos Sanchos a los que ni siquiera puede servirles de disculpa el afecto que une a Panza con Alonso Quijano y da simpatía al carácter ingenuamente ambicioso del escudero. La República ha de arrojar por la borda ese lastre que la tiene sumida en una atmósfera pestilente y malsana, con grave riesgo de perecer por asfixia.

No piensen los pilotos del barco español que basta pintar éste por fuera para que navegue a toda máquina; hay que reconstruirlo, o, cuando menos, repararlo bien para que nos sirva hasta que se termine otro mayor y más cómodo, del cual se puso ya la quilla en el astillero. Nos hallamos en peligro de que se hunda el viejo navío sin que esté aún construido el que ha de sustituirlo.

Con tradiciones, con principios históricos e intereses seculares, nada nuevo, eficaz ni justo puede hacerse; como no se logrará jamás una casa buena si se emplea en su construcción madera podrida y otros materiales de desecho.

Hay que proceder con espíritu radicalísimo, desenmascarando a quienes cubren su bastardo afán de contratistas rapaces con el antifaz del respeto a postulados añejos que ni siquiera cuando lo eran cumplieron misión alguna beneficiosa para la Humanidad.

No hay intereses más sagrados que los de ésta. Es inadmisible la ética acomodaticia que no es aplicable a todos y sólo sirve para uso y abuso por los que fueron y pretenden seguir siendo privilegiados. Ésa es la moral del usurero que prorrumpe en anatemas contra el humilde raterillo que le substrajo unas pocas monedas de las infinitas que a aquél le proporcionó su dureza de corazón y su falta de conciencia. La sociedad no puede ser ya propiedad de éstos o los otros; nadie puede, pues, usufructuar el ajeno esfuerzo, negando el propio a la obra común. Nada hay permanente, absoluto, inmutable, y sólo ha de atenderse, en lo porvenir, al fin único de la sociedad humana: la constante superación del «hombre», sin distinción de clases ni de razas; solamente cuando todo ser humano tenga asegurada no sólo su vida material, sino también su personalidad de sujeto libre, podrá decirse que la colectividad cumple la misión que le incumbe.

Es, pues, inútil y grotesco el cerrilismo absurdo de los turiferarios del trogloditismo. Vuelvan, si gustan, a sus cavernas tenebrosas; tornen -haciendo acatamiento a las más rancias tradiciones- a cubrirse con pieles y a cazar antílopes con hachas de piedra; abandonen el lenguaje civilizado y pinten otra vez mamouths en la roca viva; sumérjanse en la ignorancia del hombre de Cro-magnon…

Nosotros amamos la luz, odiamos la caverna, queremos respirar el aire puro de cada primavera. Nos encogemos de hombros ante las tradiciones, los principios vetustos y los «sagrados intereses» de cuatro privilegiados… Nos entristece el ocaso, y si no aborrecemos la noche es porque sabemos que tras de ella viene, indefectiblemente, la aurora.

Madrid.

———

[1] En realidad, la obra citada del académico granadino Eugenio Sellés y Ángel (1844-1926), periodista, dramaturgo y prosista hoy completa e injustamente olvidado, se publicó por vez primera en 1876 (Madrid, José Cayetano Conde) y se volvió a editar en 1914 (edición a la que se refiere Hernández Alfonso: Madrid, Imprenta de V. Rico) y 1934 (Madrid, Hispania), lo que da fe de su vigencia y valor a lo largo del período que se inicia con la Restauración alfonsina y termina con la II República. Se trata de una colección de artículos políticos que mereció el siguiente elogio de Azorín: «Libro escrito en un estilo conciso, rotundo, plástico; libro repleto de menudos hechos, de detalles, de particularidades; libro demoledor, disociador; libro en que se pulverizan viejos prejuicios, viejos tópicos, viejos puntos de vista. Nada más instructivo que lo que en estas paginas se expone acerca del honor castellano […], acerca de la patria, de la nobleza, del rey, de los procedimientos políticos, de la moral política» (La generación de 1898, III). Y termina el agudo crítico citando, como prueba de su acertado juicio, el mismo párrafo citado por Hernández Alfonso, perteneciente al epílogo del libro de Sellés.

~ por rennichi59 en Sábado 16 septiembre 2006.

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