¿La revolución española?

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso en la revista barcelonesa «La Calle» el 3 de julio de 1931.

Sabemos que acaso nuestra sinceridad no agrade a todos, e incluso contamos con la animadversión de unos pocos. Desde el 14 de abril a estas fechas se habla y se escribe de la «revolución española» como de un hecho consumado. Y –digámoslo pronto, sin rehuir la responsabilidad de nuestras apreciaciones– nosotros no vemos la revolución por ningún sitio.

Enemigos de la pena de muerte y humanitarios por temperamento, no anhelábamos escenas de aquelarre revolucionario ni de persecuciones y matanzas. Se puede y se debe ser revolucionario sin ser feroz; y justo, sin sentir el odio ni desencadenar la venganza. La revolución, que no es un detalle accesorio, sino parte fundamental en la evolución de los pueblos, no ha de evitarse; es, pues, inútil pretender sustituirla con medidas que no tienen en fondo ni forma la virtud renovadora de los grandes movimientos populares. No se «suprime» ni se «evita» una revolución. Se «obstaculiza» y se «retarda» su estallido, lo que la hace más temible y de mayor alcance.

A fuer de revolucionarios, casi preferiríamos que la violencia justiciera se retardase, aumentando en presión. Así, llegada la hora, alcanzaría eficacia insuperable. Las debilidades de los gobernantes republicanos; su incomprensible respeto hacia leyes creadas e impuestas por la monarquía; la benevolencia para con los enemigos emboscados; la inoportuna igualdad de trato (inaceptable en períodos revolucionarios); la transigencia con elementos indeseables y de triste recordación… toda la serie de sorpresas experimentadas por un pueblo sediento de libertad y de justicia que ve cómo se sigue encarcelando a los militantes de extrema izquierda mientras los monárquicos disfrutan de libertad, ya ostenten sus ideas o las mal cubran con un novísimo gorro frigio, producirán fruto mucho más agrio que el que daría el árbol de la revolución sin tan absurdos abonos.

En estas circunstancias, sin haberse realizado aún la honda y rápida transformación y la obra negativa, demoledora de lo viejo, que son las características de los períodos revolucionarios, ¿qué labor duradera podrán hacer las Cortes Constituyentes? No puede edificarse libremente en un solar si antes no se quitan los cimientos de la casa que se alzaba en él; y en España estos cimientos seculares persisten en la misma forma que tuvieron siempre.

¿Cómo confiar en las Constituyentes, convocada para tan breve plazo su elección, después de ocho años de forzado silencio en la Prensa y en la tribuna? El pueblo no ha tenido aún tiempo para distinguir matices, ni para optar; desconoce muchos de los programas y no se halla en condiciones para escoger conscientemente. Acaso, por eso, se haya pretendido que votara «en bloque» a la conjunción; y esto que, tratándose de un Parlamento ordinario, ofrecería pocos inconvenientes, nos parece absurdo cuando lo que se iba a elegir es un cuerpo estructurador del nuevo Estado.

¿Por qué aquella obstinación en mantener el bloque? ¿Es que es igual que vayan al próximo Parlamento uno o veinte representantes de una tendencia cualquiera? ¿No ha de reflejarse –ahora más que nunca– en las Cortes la opinión pública con delimitación de campos y distinción cuidadosa de tonalidades y matices? «Se quería sólo dar la batalla a la Monarquía», se objeta. El argumento es ingenuo: la monarquía está muerta y enterrada. Muchos de sus partidarios han rezado su responso, después de inscritos en la derecha liberal republicana. Quedan unos cuantos, más dignos, menos acomodaticios, que no han querido disfrazarse para huir del peligro. Los demás… siguen dominando en los pueblos, dispuestos ahora a hacer con monárquicos y comunistas lo que antes hicieran con los republicanos.

Por eso el peligro no está en los escasos defensores del régimen caído, sino en los innumerables del recién instaurado. Los caciques se han hecho «frigios», y ahora nos parecen mucho peores; al menos, antes tiranizaban en nombre de la tiranía y hoy lo hacen en nombre de la libertad y la democracia.

Hay que proseguir –si quiere darse por comenzada— la revolución española; y esa labor no la pueden realizar los caciques transformistas que cambian de color como los insectos mimetistas para no llamar la atención de sus enemigos, amoldando su tono al del ambiente.

Es curioso el fenómeno. Algo semejante ocurrió en Rusia con el Gobierno Kerenski; había en él ministros que sólo con extraordinario optimismo podrían considerarse con orientación revolucionaria. Se convocaron Constituyentes… Y ¿para qué continuar el paralelismo? La enseñanza que se desprende de ese período contemporáneo deben aprovecharla nuestros gobernantes. Tengan en cuenta que si les es lícito combatir a los monárquicos por enemigos de la libertad, no pueden ni deben perseguir al extremismo izquierdista sin caer en apostasía. No se escuden tras del tópico de la igualdad de trato, ni nos digan que luchan contra los enemigos de derecha e izquierda. Si así lo hacen, errarán gravemente porque demostrarán ignorancia o miedo a la revolución. Y, tras de equivocarse, quedarían en ridículo, como Kerenski, por no comprender que el pasado y el porvenir no pueden ser combatidos con igual derecho por un Gobierno que se titule revolucionario.

No; no confiamos en las Constituyentes porque nada se construye bien sobre cimientos viejos y con materiales procedentes de derribos. Hay antes que limpiar el solar de toda ruina, por venerable que parezca; ahondar mucho y colocar, muy en la entraña del terreno, piedras bien labradas, fuertes, capaces de sostener un edificio inmenso, mil veces mayor del que inmediatamente se construya. Porque no hay que mirar al pasado sino al porvenir, y lo peor que pueden hacer los dirigentes de un movimiento popular es no comprender al pueblo que los escogió como caudillos ni darse cuenta de su misión histórica.

Madrid, 13 junio 1931

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Copia del artículo que antecede figura entre la documentación que sobre Luis Hernández Alfonso se conserva en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, a cuyo competente personal va nuestro agradecimiento.

~ por rennichi59 en Domingo 17 septiembre 2006.

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