Abnegación y optimismo

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso en el diario madrileño «El Liberal» del 28 de agosto de 1936Copia de este reportaje figura entre la documentación que sobre Luis Hernández Alfonso se conserva en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, a cuyo competente personal va nuestro agradecimiento.

Estamos en una de las cumbres del Guadarrama. Desde ella divisamos San Rafael y El Espinar, ya en la provincia de Segovia, y dominamos las posiciones enemigas, de las cuales la principal es la que ocupa un cerro situado entre Tablada y San Rafael.

En nuestros reductos —de peñascos y sacos terreros— los milicianos vigilan, fusil al brazo y ojos alerta, los movimientos del adversario, fácilmente observables a simple vista. Aunque conscientes de la gravedad del drama que se desarrolla en nuestro suelo, los voluntarios de este admirable ejército popular no están tristes. Lamentan, sí, verse lanzados a una lucha fratricida; pero van a ella perfectamente seguros de cumplir el más alto e inexcusable deber. Saben que ninguna conciencia sana vacilará al juzgar su conducta. Los traidores, megalómanos incorregibles, han pretendido arrebatar al pueblo sus más preciadas libertades, y el pueblo, con emocionante unanimidad, se ha puesto en pie para defenderlas contra los desleales ambiciosos que las amenazan. Aquí vela el batallón Octubre.

Por eso los milicianos charlan, animosos, cantan y ríen, llenos de sano optimismo, seguros del triunfo tanto como seguros de la justicia de su causa. Entre los peñascos suenan, de vez en vez, coplas regionales; cada cual «dice» en ellas su «oración laica» al terruño en que naciera. Hermanados por el peligro, unidos indisolublemente por el ideal, mezclan sus cantos en estas cumbres: muñeiras, seguidillas, jotas, fandanguillos… España, una y múltiple, está aquí, a caballo sobre la Sierra, arma al brazo y copla en los labios, como en la gesta heroica de la Independencia (1).

Suena el estampido de nuestras baterías. Centenares de ojos buscan, en las líneas contrarias, el lugar de la explosión. Y cuando ésta se produce surgen los comentarios:

— Un poco más a la derecha sería mejor.
— Así y todo, va bien.

Minutos después, como si nuestros artilleros hubiesen oído la observación, una granada estalla «un poco más a la derecha», en pleno objetivo. Una exclamación de júbilo halla ecos múltiples en las quebraduras del monte. Y cien voces exclaman: ¡Ahora!

Sobre nuestras cabezas, distinguiéndose netamente del estrépito de cañones y ametralladoras, percibimos el inconfundible zumbido de un motor. Las miradas de nuestros compañeros se fijan, ansiosas, en el cielo, sereno y despejado, y descubren un diminuto objeto que brilla al sol y avanza en dirección al reducto principal del enemigo. Éste también lo ha descubierto y pronto comienza a disparar contra él. El avión prosigue su vuelo, sorteando las explosiones, que dejan en su ruta blancas nubecillas. El tiro de las ametralladoras le persigue; pero el piloto no se arredra; quiebra reiteradamente su rumbo, describe curvas tan pronunciadas, que semejan ángulos, apreciadas desde nuestro observatorio. El fuego arrecia. Contenemos la respiración. ¿Le alcanzarán?

El aparato describe todavía curvas y más curvas, cada vez más bajas. La nervosidad de los voluntarios crece. Es un verdadero milagro que no lo toquen las balas de los fascistas. Un pensamiento nos ocupa la mente: ¿Por qué no se eleva y regresa? Pronto nos da cumplida respuesta. Una, dos, tres, cuatro explosiones en plena zona fortificada enemiga siembran el espanto y el desconcierto entre los rebeldes, a quienes se ve correr en todas direcciones, abandonando en la falda del monte a sus compañeros muertos o heridos, para buscar refugio en los próximos pinares.

Entonces el aeroplano, majestuosa y serenamente, se eleva hasta no ser de nuevo sino un punto brillante y se pierde en el horizonte, vanamente perseguido por el ya inofensivo fuego de cañones y ametralladoras.

En la cumbre de los peñascos los milicianos aplauden y vitorean al bravo piloto. Y luego, las quebraduras roqueñas se llenan de ecos de un canto proletario —libertad, fraternidad y justicia— entonado por cien gargantas jóvenes, potentes y animosas.

Luis Hernández Alfonso

Batallón Octubre, en la Peña del Cuervo
(frente del Guadarrama), 24 agosto 1936
(2)

[1] Tan sólo unos meses después de publicado el presente artículo, el poeta anarquista madrileño Antonio Agraz plasmará en versos esta misma unidad de los españoles en la defensa de Madrid: «Por tu calle de Alcalá / rumbo a los frentes del fuego, / van, Madrid, con hijos tuyos, / van, Madrid, con madrileños, / catalanes y andaluces, / valencianos y manchegos / y gallegos y vascones, / y murcianos y extremeños, / y, de Castilla la Vieja, / los castellanitos nuevos. / ¡Van por tus calles, Madrid, / rumbo a los frentes del fuego!» (CNT n.º 435, 21-X-1936: cf. Jesús García Sánchez, Capital de la gloria. Poemas de la defensa de Madrid. Antología, Visor Libros, Madrid 2006, pág.49). [Nota de Pablo Herrero Hernández]

[2] Para situar el presente reportaje de guerra desde el punto de vista topográfico e histórico, puede consultarse en esta misma bitácora el correspondiente comentario a cargo de Domingo Pliego Vega. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Sábado 23 septiembre 2006.

Una respuesta to “Abnegación y optimismo”

  1. […] lugares y publicado en El Liberal de Madrid el 28 de agosto de 1936, cuyo texto se puede leer en este sitio web. Además, recomiendo la lectura de la bitácora personal de Pablo Herrero Hernández, que se puede […]

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