Hablando con Niceto Alcalá-Zamora

Entrevista de Luis Hernández Alfonso a Niceto Alcalá-Zamora, su compañero de prisión en la Cárcel Modelo de Madrid, publicada el 14 de febrero de 1931 en el primer número de la revista barcelonesa «La Calle».

Jovial, simpático, dotado de un sereno optimismo, habla con voz recia, pausadamente. Sus palabras son concisas y tienen una prestancia de sincera rotundidad. La prisión no ha hecho mella en su carácter entero; por el contrario, diríase que, sin notarlo él, explica con hechos una lección de civismo. Se levanta temprano, y no trasnocha. Por las mañanas, lee a Séneca. Come con apetito y acepta de buen humor las deficiencias e incomodidades que, necesariamente, hay en una vida hasta ahora desconocida para él. Por las tardes pasea un rato al sol, en el amplio patio destinado a los presos políticos. En uno de esos ratos, mientras desentumecemos las piernas, le abordo.

Aun cuando sobradamente supongo su respuesta, le pregunto:

–¿Cree usted que se debe ir a las elecciones?

–Resueltamente, y afirmándome más cada día –responde sin vacilación alguna– me he demostrado enemigo de acudir a unas elecciones que, de tener lugar (pues aún lo dudo), serían las más escandalosas que España hubiera conocido, pues, como suele decir, con alarde que lo retrata, el organizador de ellas, nada tendrían que envidiar a la peor de las Repúblicas suramericanas.

– Bien; pero en el caso de hacerse, ¿cómo estima usted que se desenvolvería la etapa parlamentaria?

– Tales Cortes ordinarias, en adecuada relación con su origen, serían absolutamente infecundas para el bien, utilizables sólo como encubridoras de los escándalos de la dictadura y coautoras directas de los nuevos atrevimientos que acometieran los escépticos audaces que pregonan la primacía del materialismo y el desdén por la dignificación de la vida ciudadana y el restablecimiento de la voluntad nacional.

– ¿Y si en lugar de ordinarias fueran Constituyentes?

– Cortes Constituyentes merecedoras de tal nombre y a las que deba acudirse con entusiasmo, suponen la previa desaparición de todo otro Poder constituido, salvo el Gobierno provisional, emanado del acto de energía patria e incompatible con toda autoridad histórica. La coexistencia de ésta, más o menos limitada, con una Asamblea Constituyente, es una contradicción lógica y un absurdo, patentizados por la Historia, aun sin las singulares condiciones de momento y personales, sin duda jamás igualadas, que harían de cada audiencia palatina una conspiración y de cada trámite parlamentario un tumulto, hasta terminar, inevitable y francamente, en nuevo golpe de Estado o en plena revolución.

– ¿Cree usted que estamos ahora en el mismo caso de las Cortes Constituyentes de la segunda mitad del pasado siglo?

– Como los hechos históricos son parecidos, pero jamás idénticos, el momento actual no se confunde con ninguno de aquellos a que usted alude. Las Cortes de 1876 votaron la ratificación, resignada por el cansancio, y cohibida por el goce del poder, del acto de fuerza; pero no fueron verdadera Asamblea Constituyente, que supone ser libérrimo, supremo y, en rigor, único órgano del Poder nacional. Más parecido debemos desear –y por lo mismo el régimen procurará que no lo haya– con las Cortes de 1869, verdaderamente soberanas por expulsión del obstáculo tradicional. La subsistencia de éste, en 1856, aun con protestas y ficciones de sometimiento y enmienda, mostró la verdad de la contestación dada a la anterior pregunta. Se pretendió entonces conciliar la presencia de la realeza con la apertura amplia de un período constituyente total, y como el empeño era irrealizable, la camarilla llevó la discordia al Gobierno, la fuerza armada a las Cortes y el proyecto de Constitución votada a la curiosidad erudita pero estéril de libros y archivos.

– Respecto a la denominada República conservadora, ¿cómo sería?

– Podría decir que sería la República española, sin más aditamento –contesta con firmeza el Sr. Alcalá-Zamora–, porque aquel matiz se confunde con la forma inicial visible de tal institución. Indicaré, tan sólo, que de ningún modo pretendería la petrificación conjunta de los intereses, fórmulas y valores que se cobijan bajo tal nombre, porque, buscando una vitalidad intensa y fuerte para lo que merezca y deba subsistir hondamente transformado, necesita, en bien de ello mismo y sin que se lo recuerden los radicales, eliminar, con su convivencia dañosa, todo lo podrido, inicuo, caduco y farisaico que se parapeta en los intereses creados. Con ello, la República conservadora serviría a las realidades poseedoras de tal pujanza y a las tradiciones dignas de tamaño respeto; pero, a la vez, prestaría al radicalismo, en cuanto tiene de implantable en justicia, el servicio de una autoridad para el caso y el empeño más indicada, y, para los lejanos desenvolvimientos, el cauce de legalidad respetable y posibilidades abiertas.

– Finalmente, D. Niceto, quisiera saber si prepara usted algún libro en estos días de forzada ausencia de su despacho profesional.

Sonríe mi interlocutor, y tras de una pequeña pausa, dice:

– Quizá… Hasta ahora sólo he escrito algunos artículos para la Prensa extranjera. Veremos…

Y proseguimos nuestro paseo, hablando de cuestiones de menor trascendencia.

Luis Hernández Alfonso

Cárcel Modelo, Madrid.
24 enero 1931

~ por rennichi59 en Sábado 23 septiembre 2006.

Una respuesta to “Hablando con Niceto Alcalá-Zamora”

  1. […] Alcalá Zamora, que junto a nosotros va a hacer un año, recibió la noticia del crimen, nos habla hoy, emocionado por el recuerdo que tan honda huella deja en nuestra sensibilidad. […]

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