Productos del capitalismo (Los golfillos)

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Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso en el número 151 de la revista valenciana “Estudios”, correspondiente a marzo de 1936. Ilustraciones originales; notas de Pablo Herrero Hernández.

Delincuencia y necesidad

Afortunadamente para la Humanidad, las normas éticas y jurídicas, tenidas antes por intangibles, pierden su rigidez; sus aristas —hirientes con frecuencia— se redondean y suavizan, fundiéndose al calor de una nueva conciencia social. El derecho de propiedad, por ejemplo, se ve ahora (en virtud de ese cambio de ambiente) limitado por otros derechos cuya raíz natural es hoy indiscutida.

Las célebres fórmulas del derecho romano suum cuique tribuere (dar a cada cual lo suyo) y alterum non lœdere (no perjudicar a otro) conservan su vigencia; lo que ha variado en el común sentir contemporáneo es el alcance de lo que corresponde a cada cual y lo que se haya de considerar como lesivo para los ajenos intereses.

Ningún legislador moderno se atrevería a proscribir de los códigos penales la eximente de «estado de necesidad». El hambriento que roba un pan con el que nutrirse no comete, en realidad, un delito de robo. Cierto que se apodera de algo que pertenece a otro; pero no lo es menos que ejercita el derecho a no morirse de hambre. La colisión entre el derecho legal del propietario y el natural del famélico se resuelve en favor de éste en la legislación penal moderna.

Todo un mecanismo éticojurídico se descompone. Sus piezas van sustituyéndose por otras mejores, siquiera esto se realice con desesperante lentitud. Es el cumplimiento de una ley evolutiva fatal, ineludible; conviene, pues, a la inmensa mayoría de los hombres (es decir, a los no privilegiados) allanar el camino de esa transformación, facilitando así el acceso de la colectividad humana a una organización de justicia social.

Nos hallamos, en consecuencia, viviendo un período de clara transición. Ni ha muerto aún el viejo y caduco aparato normativo, ni está completo y articulado todavía lo que ha de sustituirlo. Difícil es determinar, sin peligros de yerro, dónde comienza lo delictivo. Cuando la conciencia pública rechaza los privilegios como socialmente injustos, es una inconsecuencia evidente calificar de actos delictivos aquellos que, inspirados en derecho tan natural como el de vivir, son atentatorios a la continuación de un disfrute abusivo de preponderancias injustas.

No puede pedirse, en nombre de la convivencia, que un ser humano se deje morir sin intentar salvarse, cuando la misma convivencia invocada no es capaz de procurarle lo que necesita para vivir. La solidaridad humana ha de manifestarse de manera recíproca; de no ser así, de no admitirse lo que Kropotkin denominaba «mutual aid» (1), la pretendida solidaridad no será nunca sino la explotación de los débiles por los fuertes.

Lo monstruoso, lo moralmente delictivo, es pretender que la colectividad ampare y defienda la propiedad superflua de los privilegiados contra el derecho que todos los hombres tienen a vivir por el mero hecho de nacer. Los propios exégetas cristianos afirman que «nadie debe disfrutar de lo superfluo mientras haya quien carezca de lo necesario», afirmación respecto a la cual muestran nuestros piadosos magnates una lamentable amnesia.

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En la terraza de un merendero, los golfillos duermen, amontonados, para sentir menos el frío

Delincuencia y educación

César Lombroso pretendió demostrar en sus libros (especialmente en el titulado L’uomo delinquente) (2) que había que atribuir a anormalidad psicológica la criminalidad. Era lo que él llamaba «delincuencia nata». Sin negar la existencia de psicopatías que se revelan en aberraciones y crímenes inexplicables en seres absolutamente normales, sanos, equilibrados, ha de tenerse en cuenta: Primero, que no toda delincuencia lo es naturalmente, sino que es considerada como tal, artificialmente, por los hombres que rigen —con mayor o menor derecho— la sociedad en un país y un tiempo determinados. Segundo, que individuos normales pueden ser arrastrados a la verdadera delincuencia (y con más razón a la artificial) por circunstancias ambientales, especialmente de educación. Estos individuos, en condiciones distintas de ambiente, no incurrirían en actos delictivos; e incluso se contrarrestarían los instintos nocivos de los psicopatológicos.

Mientras la moral y el derecho permanezcan divorciados de la Naturaleza, en lugar de constituir normas que faciliten la vida humana, serán cadenas odiosas encargadas de amargarla, imponiendo privaciones injustas e insoportables. En esas condiciones, los hombres se abstendrán de realizar determinados actos únicamente por miedo a un castigo; prestarán a las leyes acatamiento forzado y las odiarán casi sistemáticamente. El ser humano, cuanto más equilibrado sea, con mayor fuerza siente la necesidad de reaccionar contra la injusticia.

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De este grupo de golfos pueden salir rateros y prostitutas. Ésta es la obra de la sociedad contemporánea.

Los niños y su educación

La formación moral de los niños ha sido frecuentemente desastrosa, tanto respecto a los que concurrieron a escuelas como los que crecieron sin cuidados pedagógicos, aunque por diferente motivo. Veamos cómo.

Entre los primeros ha hecho enormes estragos lo que con frase no científica, pero sí gráfica, denominaremos la «moral del Juanito» (3). Tanto en ese libro escolar como en otros muchos análogos, toda buena acción se ve inmediatamente premiada de modo material. Cada noble impulso sentido por el pequeño protagonista, cada obra de caridad por él cumplida, determina automáticamente la aparición de un paquete de caramelos, de un juguete, de una entrada para el circo…

La intención perseguida por los autores no puede ser más loable. Pero (y de esto ya se han percatado muchos pedagogos) el efecto del rudo contraste entre lo imaginado y la realidad era desastroso para la conciencia de las criaturas. A la primera vez que una buena acción del niño le acarrease, en lugar de un beneficio, una contrariedad, toda la edificación moral se venía abajo y no era sustituida por ninguna otra.

En la mente infantil esos derrumbamientos constituyen irreparables catástrofes. La injusticia adquiere proporciones terribles: el hijo que descubre una mentira de un padre pierde una fe que es intangible para él hasta entonces. Fuerza es, por consiguiente, buscar otras bases para inculcar en los niños el amor al bien, sin el estímulo falaz de recompensas materiales. Sirve ventajosamente, para tal fin, esa aureola de simpatía y admiración con la que se rodea a los que proceden bien.

En una forma análoga consigue Henry Duvernois que los lectores de su novela Montmartre (4) tomen afecto a la pobre muchacha sacrificada; nadie quisiera hallarse en el caso de sus verdugos, personajes repelentes por su proceder egoísta. Ésa es la nueva forma ética, de positiva eficacia por su existencia real y porque, enseñándonos las injusticias del presente, nos hace desear un porvenir más alegre, más equitativo, mejor, en suma.

En cuanto a los niños que se inician en la vida sin norma alguna, como la vegetación espontánea —no en el campo libre (que ello tendría también ventajas), sino entre pedruscos que le impiden crecer normalmente—, el problema ha preocupado, por su gravedad y su trascendencia, a sociólogos, pedagogos y criminalistas. Garófalo, modificando algunas de las conclusiones lombrosianas, y, sobre todo, Ferri (5), que agregó al elemento antropológico el ambiental o sociológico, han realizado investigaciones que demuestran hasta qué punto depende la delincuencia de las circunstancias que rodean al niño y al hombre en el desenvolvimiento de su vida.

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Entre las basuras hay, a veces, cosas que sirven para engañar el hambre. Los golfillos las buscan, afanosos.

Los golfillos

En todos sitios —y, principalmente, en las grandes aglomeraciones urbanas— existen mozuelos que, en casi absoluta libertad, realizan cuantos actos se les antojan, dejando completa autonomía a sus inclinaciones, instintos y apetencias. Junto a las necesidades de orden natural (comer, guarecerse, abrigarse) no satisfechas por otros, brotan, con fuerza semejante, vicios, malas costumbres y aberraciones.

El golfillo que, sintiendo hambre y no hallando a nadie que la mitigue, roba un panecillo o una manzana, no hace, en realidad, sino ejercitar su instinto de conservación. Mas, según todas las probabilidades, como no halla tampoco quien le procure la satisfacción de sus caprichos, seguirá robando, convirtiéndose el latrocinio en único medio de adquisición tanto de lo imprescindible como de lo superfluo. Encuentra natural que nadie le dé lo que necesita comer; y no menos natural apoderarse de ello.

Para intentar la justificación (reñida con la sana lógica) del pretendido orden social que padecemos, acumulan los sociólogos al uso una serie de argumentos especiosos, artificialmente enlazados y capciosamente dispuestos. Con ellos quieren llevar a nuestro ánimo la convicción de que es normal que los más sufran privaciones mientras los menos disfrutan de comodidades y placeres.

El golfillo no entiende cómo está organizada la sociedad. Sabe que si roba alguna cosa es perseguido, lo mismo si es un poco de pan que si se trata de un juguete o de un paquete de cigarrillos. Abandonado a su fuerza, ha de obtener el sustento robándolo. Y del mismo modo obtiene todo lo demás. Si comer cuando se tiene hambre es un delito, ¿qué no lo será? Así se empuja a los niños a la delincuencia habitual, lo que convierte en profesionales del robo a muchachos normales, psicofísicamente considerados.

Hijos de obreros sin trabajo, miembros infantiles de familias paupérrimas pero numerosas, millares de criaturas se ven obligadas a «vivir por su cuenta», como puedan. Los pájaros, apenas saben volar, picotean simientes en los campos; pero, entre los hombres, todo tiene un dueño. Los animales comen lo que necesitan; los hombres que pueden, después de satisfechas sus necesidades, acumulan cuanto no consumieron, aunque otros seres de su misma especie se vean privados de todo. Así las cosas, ¿tiene derecho la sociedad a lamentarse por el desarrollo de una delincuencia provocada por su propia injusticia? No se trata aquí de los delincuentes natos de que nos habla Lombroso; esos muchachos, alimentados y vestidos suficientemente, sometidos desde sus primeros años al cuidadoso afán de un maestro que forjase noblemente su conciencia, podrían ser ciudadanos útiles a la colectividad.

Pero ésta, aferrada a su injusticia secular (cuya más clara manifestación es la propiedad privada), enseña a sus niños el camino de la delincuencia y luego los persigue y castiga porque lo emprenden. ¿Quién vulnera, en estos casos, la verdadera moral? ¿Quién rompe la norma ética natural? ¿Cabe, a un tiempo mismo, señalar una ley e imposibilitar su observancia, castigando a quienes no la sigan?

Si esto sucede con muchachos sanos, podemos fácilmente colegir lo que ocurrirá con los que padezcan alguna tara psicopática, con los naturalmente predispuestos a los actos delictivos, a vicios o aberraciones. Lejos de encontrar sus instintos un freno capaz de vencerlos y anularlos, se verán favorecidos y fomentados por las circunstancias más propicias a su desarrollo.

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¿Qué educación puede dar esta pobre mujer a sus hijos? Cuando vaya a «asistir» a una casa, los chiquillos quedarán abandonados en la calle.

La vida de los golfillos

En cualquier ciudad puede analizarse la existencia de los mozalbetes callejeros. Los vemos, en las crudas noches de invierno, acurrucados en los quicios o guarecidos en covachas… que no pocas veces se derrumban y los sepultan. Cerca de ellos deambulan las prostitutas, los chulos y los hampones, maestros del mal decir y del no mejor obrar. Desde muy pequeños, los vagabundos de la ciudad asisten al lamentable espectáculo de la venta del falso amor. Aprenden muy pronto obscenidades y vicios. Se educan así, con tan villanos ejemplos, destructores de toda idea moral.

Cuando amanece merodean por los mercados. Tienen hambre y han de aplacarla aprovechando descuidos de los vendedores, o buscando frutas medio podridas en los montones de basura, como los perros sin amo, también vagabundos y olvidados.

Con una lata vacía de conservas, aguardan luego, a la puerta de un cuartel, el reparto de las mezquinas sobras del rancho (6). Tienen acceso a tabernas y prostíbulos y en ellos contemplan escenas de flamenquería; escuchan relatos edificantes y averiguan que hay hombres que gastan dinero, comen, beben y fuman explotando a desventuradas rameras o afanando. En el medio en que se desenvuelven, eso es normal. Y no conocen otra cosa. Nadie se preocupa de mostrarles un camino mejor. Tales son sus escuelas.

No tardan en intentar imitar a sus modelos. Empiezan por arrebatar monederos de manos de las mujeres en sitios concurridos; sustraer dinero en los puestos de las plazas, llevarse objetos de las tiendas. Procuran escabullirse cuando son perseguidos; aún tienen miedo a que los detengan… Hasta que, por vez primera, caen en manos de los guardias y se les conduce a la cárcel de quincena.

Parece lógico y natural que la colectividad, deseosa de arrancar del camino de la delincuencia a estos jovenzuelos, cuya actividad bien encauzada sería de gran valor, procurase proporcionarles oportunidad para rectificar su rumbo. Pero se limita a tenerlos encerrados quince días en una celda —donde se duerme mal, aunque mejor que en la calle, bajo la lluvia— y darles de comer un rancho mezquino —si bien seguro y caliente—. Después, los pone en libertad y, por ende, en disposición de continuar su vida anterior.

De este modo es fatal, ineludible, que el golfillo se convierta en ratero habitual, en vago sempiterno, y que ingrese, de manera definitiva, en el mundo de la delincuencia. Volverá una y veinte veces a la cárcel, donde perfeccionará sus métodos y aprenderá los sabios consejos que puso Cervantes en boca de Monipodio.

Es raro que el delincuente novel encuentre caminos que le permitan rehacer su existencia dentro de la legalidad. En una de las ocasiones en que, bajo la Dictadura, nuestras actividades políticas dieron con nuestro cuerpo en la Prisión Celular de Madrid (7), vimos cómo un muchacho, que sufría encarcelamiento por robo —su primer atentado a la propiedad—, era libertado, extinguida ya la condena. El oficial que le puso en libertad, persona afable y que, por ello, disfrutaba de las simpatías de los reclusos, le exhortó a que no reincidiera. «Usted es joven —le dijo— y puede encontrar trabajo, puesto que conoce bien un oficio».

Con acento que revelaba un fuerte propósito, el muchacho exclamó: «No; no volveré». Pasaron siete u ocho días; y una tarde, con sorpresa y disgusto, vimos ingresar nuevamente al recluso, acusado otra vez del mismo delito. Extrañados, inquirimos las causas de aquella vuelta a los malos hábitos. Y con acento dolorido, el joven nos contó su breve pero significativa odisea. Al salir de la prisión iba resuelto a rehacer su vida. Buscó trabajo y tuvo la suerte de encontrarlo. Buen obrero, bastó un día para que el patrono juzgase sus aptitudes y las hallara suficientes. Mas, al volver al taller al día siguiente, fue despedido con una trivial excusa. No resignándose a creerla y sospechando alguna intervención mal intencionada, pidió al maestro una explicación satisfactoria.

Entonces supo que, a poco de comenzar su trabajo, un policía visitó al patrono para advertirle que el nuevo operario era un ladrón, recién salido de la cárcel. En otra casa en la que fue admitido le ocurrió lo mismo… Y, harto de no poder sustentarse honradamente, volvió a robar.

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Un «sin trabajo», harto de caminar, reposa un momento en ese quicio del que pronto le arrojará un agente de policía. ¿Qué tendría de extraño que ese desventurado delinquiera para poder comer y guarecerse?

El ex hombre

La sociedad no se preocupa mucho de encauzar la vida de los mozalbetes; si, en virtud de ese abandono, delinquen por vez primera, ya se ven separados de la colectividad e incluidos, irremediablemente, en la categoría de ex hombres, imposibilitados para la convivencia normal, como indeseables.

Dicen los penalistas al modo de Stotz y aun de Ferri que la sociedad tiene cárceles como manera de aislar a los delincuentes y defenderse de sus ataques. No entraremos en el análisis de esa teoría; pero sí diremos que mal se avienen las prácticas mencionadas con el propósito defendista de la colectividad.

Se ha dado así lugar a la formación de un inmenso grupo de «ex hombres», de antiguos delincuentes que, aunque se lo propongan, no podrán ser ya otra cosa nunca. Desde su infancia, el golfillo, sin otras escuelas que el arroyo, la taberna y el burdel, está predestinado a engrosar ese lamentable grupo. Nadie se ocupa de evitarlo; no se procura evitar la delincuencia, sino sólo castigarla.

La ley cae sobre el autor de hechos delictivos sin tener en cuenta las causas primitivas de su conducta. Entre las causas o circunstancias modificativas no se hallan sino las inmediatas, las que rodean el acto punible. A la sociedad no le importa —por lo visto— si ese acto es consecuencia de su propio descuido, de su negligencia en el encauzamiento de vidas abandonadas al azar.

Y siendo así, ¿no es la sociedad la principal —y, a veces, única— responsable del incremento de la delincuencia? (8)

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

[1] Se trata del «apoyo mutuo» teorizado por el célebre anarquista ruso Pëtr Alekseevič Kropotkin (1842-1921) y que forma la base de su sistema colectivista o anarcocomunista. Esta referencia cobra aún mayor significado al hacerse en las páginas de la prestigiosa revista Estudios, de inspiración anarquista.

[2] Se trata de la obra fundamental del fundador de la antropología criminal, publicada en 1876.

[3] La versión española de Il Giannetto del pedagogo milanés Luigi Alessandro Parravicini (1800-1880), tuvo enorme éxito durante decenios en España, donde se publicaron incontables ediciones de esta enciclopedia infantil, «obra elemental de educación», como rezaba su subtítulo, hasta bien entrados los años sesenta del pasado siglo.

[4] Esta famosa novela del hoy práctica e injustamente olvidado Henri Duvernois (1875-1937), a quien se le llegó a llamar «el Dickens francés», fue traducida al español (¿1919?) por Germán Gómez de la Mata para la benemérita editorial Prometeo, con prólogo del propio Blasco Ibáñez, fundador de la casa y gran difusor de la narrativa contemporánea francesa en nuestro país.

[5] Salvatore Garofalo (1851-1934) y Enrico Ferri (1856-1929) constituyen, junto con el citado Cesare Lombroso, los tres representantes más destacados del positivismo criminológico italiano.

[6] No podemos evitar, a este respecto, citar una escena cinematográfica que reproduce este fenómeno del reparto de las sobras del rancho ante un cuartel. Se encuentra en Surcos, la hermosa y dura obra maestra del director español Nieves Conde (1951).

[7]Suponemos, por el desarrollo de la propia anécdota, que el autor se refiera a su encarcelamiento en la Prisión Celular de Madrid a raíz de la sublevación de Galán y García Hernández en Jaca en diciembre de 1930, encarcelamiento que se prolongó cincuenta días y del que da cumplida referencia en su obra Verdad y mentira de la República Española.

[8] Posteriormente a la publicación del presente artículo de Luis Hernández Alfonso en esta bitácora, hemos hallado una escena de la vida de los golfillos magistralmente descrita por el hoy injustamente olvidado Emilio Carrere. Éste, en su novela Un hombre terrible, traza el siguiente cuadro de la vida de esos desventurados con palabras, pensamientos y actitud prácticamente coincidentes con los de Hernández Alfonso: «Harto de llorar, bataneado por la pena, [Lázaro] se dejó caer, como un pingajo, en un banco de un jardín público. Hacía frío. Cerca de él, un racimo de golfitos dormían, en un haz lamentable de harapos, de miseria, de hundimiento de alma, pegados al kiosco del guarda con la frente apoyada en el respaldo de los bancos. Dos guardias llegaron. Con la vaina del sable y con la punta del pie despertaron a los vagabundos. –¡Aquí no se puede dormir! ¡A la posá e la soga! Y los celosos guardianes aventaron a los huéspedes miserables del jardín. Se desgranó el hórrido racimo; había más de cuarenta desharrapados, y entre ellos cinco o seis mujeres, con las crías al pecho, o agarradas, medrosicas, a las faldas maternas. ¿Qué pensarán de la vida esos niños hambrientos que duermen en los quicios, cuando los despiertan a patadas, y que no tienen nunca pan ni abrigo para su pobre carne martirizada?».

Copia del artículo que antecede figura entre la documentación que sobre Luis Hernández Alfonso se conserva en el Archivo General de la Guerra Civil española, a cuyo competente personal va nuestro agradecimiento.

~ por rennichi59 en Martes 17 octubre 2006.

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