¿Nuestro programa?

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Las generales relatividad, gradación y conexiones de las cosas dificultan mucho definir con exactitud una teoría política. Y la dificultad aumenta cuando en la práctica, donde no suelen establecerse instituciones típicas, se quiere calificar un sistema ya implantado o en vías de implantación.

Con frecuencia aplicamos un nombre común a distintos sistemas que nos parecen variadas modalidades de uno, esencialmente el mismo. Así, hablamos de antiguas democracias que, como la ateniense, no abolían la esclavitud. También llamamos repúblicas a oligarquías como la del Patriciado en Roma y las de los plutócratas italianos de siglos posteriores.

Hoy mismo, es corriente presentarnos cual modelos de Estados democráticos los regímenes burguesísimos de Francia y de Norteamérica. Pero ¿es compatible con la organización capitalista la verdadera democracia, o, por el contrario, exige ésta, para que sean efectivas la libertad e igualdad, que se garantice cumplidamente la independencia económica de los ciudadanos, socializando todos los medios de producción y cambio?

Con facilidad se comprende que la solución de estos problemas capitales ha de afectar al presidencialismo, que necesariamente es y sólo puede ser democrático-republicano.

Quienes buscamos y vemos en él la mejor forma de realizar esa democracia republicana, no debemos ni podemos contentarnos con este requisito formal, y es lógico que procuremos la adopción de condiciones reales, no menos precisas.

Sin embargo, las actuales circunstancias aconsejan distinguir entre un programa mínimo y una aspiración más completa.

Según el primero, consideraremos provisionalmente como correligionarios a quienes admitan:

I.º Una república, cuyo presidente, elegido por el pueblo y no por las Cámaras legislativas, gobierne directa y personalmente auxiliado por sus ministros o secretarios de despacho, sin las trabas que impone el Parlamentarismo, pero sujetándose estrictamente a la Constitución y a las demás leyes del país, respondiendo de todos sus actos como gobernante.

2.º Completa independencia del Parlamento en la iniciativa, debate y votación de las leyes, sin presión directa ni indirecta, inmediata ni mediata del Poder ejecutivo.

Este ideario es lo bastante amplio para unirnos en una aspiración común a los presidencialistas de todos los campos del republicanismo, sin necesidad de abandonar las respectivas organizaciones de éste, aunque trabajando por imprimir el sello presidencialista a sus diferentes matices, con la sola e inevitable excepción del parlamentarista, que es el único naturalmente incompatible con nuestro ideal.

Por lo demás, una comprensión cada vez mayor de la democracia nos hará buscar cuantas otras condiciones la hagan más efectiva, completando con ello la virtud de la República presidencial.

No se extrañe que hoy, cuando se busca de nuevo la unión de todos los republicanos (tan conveniente, tan necesaria y tan querida por nosotros), nos presentemos al público defendiendo y propagando con gran interés una modalidad de la Democracia republicana: la Presidencial.

El evidente y reconocido fracaso del Parlamentarismo ha desorientado a la opinión; y nosotros creemos cumplir un deber señalándole a ésta la forma que consideramos más pura y viable de la República democrática.

«El Presidencialista», n.º 1 (enero de 1928)

~ por rennichi59 en Sábado 11 noviembre 2006.

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