Los Tartarines

Los Tartarines

Indigna y aflige la irrespetuosa acometividad de los furiosos detractores del liberalismo. El odio feroz, brutal, de esos reaccionarios inoportunos y cerriles, no se detiene ante las tumbas ni repara en manchar sus manos arrojando puñados de cieno de su alma sobre las flores que cubren los cadáveres de sus enemigos.

Y es tanto más cobarde el ultraje cuanto mayor es la imposibilidad de responder a él y de evitarlo. No recuerdo que ningún liberal, republicano ni librepensador, haya osado ultrajar la memoria de Menéndez Pelayo, respetada, venerada por todos como algo superior a banderías y mezquindades.

Es que nosotros no nos consideramos «vencidos» por aquella gran figura que, pese a las discrepancias de ideal, tenía para nosotros, como para sus correligionarios, un alto valor científico construido sobre los cimientos de su inteligencia y con los sólidos sillares de su sabiduría.

No nos causa despecho la gloria de Menéndez Pelayo, como no nos inspira desprecio Concepción Arenal ni miramos con desdén a San Agustín. Proceder de otra forma sería vergonzoso para nosotros, y descubrimos respetuosamente la cabeza ante quienes irradiaron la luz de su saber sin que sea obstáculo para nuestro homenaje el hecho de que tales glorias brotaran en el jardín opuesto al que con tanto amor cultivamos.

A ellos sí… Por eso, incapaces de discutir, injurian; sin base para atacar a campo abierto, preparan emboscadas, parapetándose en las encrucijadas y tortuosos caminos de su mala fe.

Los conocemos; son los de siempre, intransigentes, obcecados, despiadados en nombre de la piedad, feroces con el amor en los labios y el veneno en la pluma.

Son los que se indignaban con la censura en Méjico (1) y la piden a gritos en España. Son los que, bajo gobiernos de izquierda, piden libertad de enseñanza, y cuando mandan los reaccionarios solicitan la confesionalidad de las escuelas. Son los que provocan al enemigo cuando no puede defenderse.

No; no nos equivocaremos. Los conocemos bien, y día llegará en que podamos demostrarles que no flaquea nuestra memoria.

Ellos, como el autor de Tartarín Revolucionario (2) (aquel folleto repugnante en el que se unían los insultos y las calumnias en manos de un fabricante de novelas con patrón), ven con rabia que de nada sirvieron sus ardides y que la verdad, pese a quien pese, triunfa antes o después.

Estamos aún en el camino por el que avanza como un torrente, y ellos son las hojas secas que parecen detener el agua y acaban por desaparecer arrastradas por ella.

Ellos sí que son los Tartarines que, como el personaje de Daudet, cazan leones ciegos, decrépitos y amaestrados, yendo provistos de todas armas y pertrechos, y toman café junto a un «baoba» del tamaño de un geranio.

Y para que sea más fiel la semejanza, tampoco les falta el ridículo camello que los siga constantemente y que llega a constituir para ellos una seria preocupación porque, como el héroe tarasconense, no saben de qué modo librarse de él.

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“El Presidencialista”, nº 2 (febrero de 1928)

[1] Se refiere a las medidas de política anticatólica que desencadenaron la famosa guerra denominada “de los cristeros”.

[2] Furibundo panfleto en contra del a la sazón ya difunto Blasco Ibáñez pergeñado por el mediocre escritor y atrabiliario personaje llamado José María Carretero Novillo (1890-1951), que bajo el seudónimo de “El Caballero Audaz” alcanzó gran éxito en la España de los años 20 y 30 con sus entrevistas a personajes famosos.

~ por rennichi59 en Sábado 18 noviembre 2006.

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