¡Pobre Libertad!

¡Pobre Libertad!

Nuestra «Santa Libertad», la proclamada por la Revolución francesa, la conseguida, aunque no sea más que nominalmente, a costa de cruentos sacrificios, se halla discutida y puesta en tela de juicio por quienes a sí mismo se asignan un cerebro privilegiado, creador de los más trascendentales principios.

Son éstos los ególatras de todos los tiempos, los eternos vendedores de originalidad, los que miran a la Humanidad para despreciarla, los que si alguna vez piensan en Dios, lo hacen con rabia, porque les ha robado un lugar que, según ellos, les corresponde.

Son los que engañan con su falsa ciencia, que lanzan a los vientos en conceptos anfibológicos y falaces, a los papanatas que aplauden lo que no entienden y tienen un gesto idiota de comprensión para todo.

Hasta que llegaron al mundo estos hombres sólo ha habido errores y egoísmos intelectuales, sólo en su cerebro superior ha encarnado la verdad suprema.

Esto proclaman y ellos mismos saben que es mentira, como saben hasta dónde llega su saber y como dan pensamientos milenarios como flamantes e incontrovertibles principios. ¡Oh, las minorías selectas!

¡Pobres minorías sin corazón y sin audacia!

Sus poltronas, desgastadas por el uso excesivo, viejas y mugrientas, irán derechas a cualquier tienda de viejo a formar pintoresco grupo con la honrada banqueta del zapatero y el sillón capuchino de algún reverendo padre, y sus grotescas ideas, sus miserables y ramplonas ideas, irán convertidas en papel a ocupar el puesto que les corresponde.

* * *

En nombre de la libertad inherente a todo ser humano encontramos monstruosa la sentencia dictada contra Sócrates.

Espartaco, sublevando a los esclavos, tuvo un magnífico gesto de macho que en nombre de la Libertad nos parece sublime.

En nombre de la Libertad también admiramos y veneramos a Jesucristo hombre, los que no creemos en él como Dios.

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La Revolución francesa, al afirmar «Desde este momento todos los franceses serán felices», tuvo en esta frase lapidaria la más hermosa idea proclamada y llevada a cabo por los tiempos, porque con ella se precisa que la condición eternamente inmutable para que los hombres sean felices es la Libertad. ¿A qué más podía aspirar entonces aquel pueblo uncido al yugo de la esclavitud?

La felicidad suprema para aquel pueblo era eso, la Libertad, aunque los malabaristas y payasos del decir, justificadores de la tiranía, traidores a la época en la que viven, opinen o hagan ver que opinan en contrario.

Para nosotros, los que ponemos como única cortapisa a nuestra libertad la propia libertad de los demás, nos queda una gran labor por realizar: conseguir que este ideal prácticamente se realice; abogar y luchar también para que la igualdad económica se consiga, y entonces podremos decir también, con igual significación que nuestros abuelos de la gran Revolución: «Desde este momento todos los hombres serán felices».

Juan Sánchez Pozo

«El Presidencialista», n.º 2 (febrero de 1928)

~ por rennichi59 en Domingo 19 noviembre 2006.

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