Arte y política: Juventud innovadora

Juventud innovadora

La humanidad evoluciona. ¿Progresa? No vamos ahora a introducir la reja del juicio en el rodal pedregoso de si la sociedad progresa o no. El hecho es que se desplaza. Ya lo haga desenvolviendo una espiral, escalando perpendicularmente, o con movimiento de péndulo. Lo cierto es que el hombre es dinámico.

Nosotros creemos esto; por eso juzgamos que no debe oponerse el estatismo al movimiento general de las cosas. Somos innovadores. Quien no lo sea tendrá la suerte de la roca inerte que arrastra el glaciar y que va a engrosar la morrena lateral, a pesar suyo.

La innovación es justa. Pero con frecuencia sirve de refugio a los falsos profetas. Sobre todo, en el arte. Una cosa es renovar o innovar y otra cosa es charlestontear.


Desorientación.

La desorientación actual en la literatura, en el arte, sirve de magnífica aeronave a los navegantes de todas las rutas de la trapisonda. Cabezas vacías de seso, pero infladas de hidrógeno, se elevan en los aires turbios de nuestros tiempos, ante el pasmo de los papanatas. Estos funámbulos, una vez en lo alto, titiritean a la vista de las mentalidades pigres de las gentes. Falsos profetas, falsa doctrina. La muchedumbre –¡oh, sabio Darwin!– ha heredado de nuestro primo el mono la facultad imitativa. Y copia a sus funambulescos maestros. La juventud ante todo. Se aspira a ser elegante –o parecerlo–, se aspira a ser culto, se aspira, en definitiva, a bien parecer. Esto es una virtud más que un vicio. En época de rumbos bien acusados, cuando los valores tienen una medida y una pesa para confrontarlos, la sociedad, gracias al instinto imitativo, se eleva y progresa, orientada por maestros verdaderos. En tiempos como los actuales, se pervierte o pierde la ruta.

Elegancia.

Los superhombres del lacre, de las estampas de colores y de las migas de pan, han decretado el monopolio de la elegancia espiritual. Este dandismo consiste en ser apolíticos, asensibles y… acéfalos. Exaltan la fuerza bruta y enaltecen el servilismo. Reparten recetas para curar los males del mundo que no son más que agua coloreada. ¡Cromática tontería!

La juventud cree que eso es lo elegante y lo adopta. Dice Spencer que en la Humanidad ha sido antes el adorno que el alimento; y cita el caso del capitán Speke, cuyos acompañantes negros, cuando lucía el sol se envolvían en sus mantos de piel de cabra, y cuando llovía se los quitaban para evitar su deterioro y quedaban tiritando al frío y al agua (1). Lo mismo ocurre en el terreno intelectual.

Los jóvenes debemos convencernos de que la elegancia no está ahí. ¿Sabéis el traje que os dan esos modistos? Una albarda. ¿Sabéis dónde está el círculo de su horizonte? Un poco más allá del bajo vientre.

Álvaro Fernández Suárez

“El Presidencialista”, nº 2 (febrero de 1928)

[1] La anécdota en cuestión se encuentra narrada en el primer capítulo de los Ensayos sobre pedagogía del filósofo inglés Herbert Spencer (1820-1903).

~ por rennichi59 en Domingo 19 noviembre 2006.

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