Crónica social: El paroxismo de los homenajes

El paroxismo de los homenajes

Una de las manifestaciones sociales más significativas de nuestro tiempo desquiciado, es ésta de los homenajes a todo trapo y sin motivo alguno.

La recompensa al esfuerzo, el premio al mérito, tan legítimos y tan justos, se ha trocado, por obra y gracia de nuestra desorientación actual, en una función meramente anunciadora.

Hoy se dan banquetes y demás agasajos a aquellos que cuentan con dinero para costearlos o influencia para comprometer a un número de personas suficiente al logro de esas vanidades.

Yo he visto un banquete a un autor dramático, a los quince días del estreno, y la obra se había retirado del cartel el día del ágape (tal sería su éxito); otro a un director artístico de teatro, por la inteligente dirección de la campaña, y a las tres semanas disolvía la compañía con veinte mil duros de pérdida; y otro a un músico popular, por no haber trabajado en tres años.

Tan risibles casos se repiten con una frecuencia demasiado grande, y es hora de reaccionar ante ese vicio social, que permite a culalquier majadero auto-bombearse sin más esfuerzo que pagar el cubierto a treinta glotones o comprometer a dos docenas de víctimas.

Pero, por si era poca la farsa banquetera, ha aparecido una nueva modalidad de homenaje, más alarmante porque el radio de su acción es más extenso.

Se trata de regalar una casa a cada señor que pinte un cuadro medianamente, imprima dos o tres libros o represente cincuenta veces una revista fusilada de cualquier parte.

Para empezar, claro está, se han escogido nombres de alguna solvencia artística. Pero después vendrán los otros. Y los otros son los eternos vividores, los ventajistas, los copialotodo, los que bullen, se anuncian y meten ruido, sin tener dentro una sola nuez, aunque sea moscada.

Los artistas, que nunca fueron, por regla general, buenos administradores, se dedicarán con más desenfado a tirar en juergas y extravagancias el producto de su arte.

¿Para qué ocuparse de ahorrar, si luego viene el maná de las suscripciones a endulzar el período de las vacas flacas?

Una pensión para el actor Fulano, que invirtió en borracheras sus elevados sueldos. Una casa para el poeta Mengano, que regaló a sus queridas el devengo de sus obras. Un chalet para el músico Perencejo, que tiró sus trimestres a la vorágine de la ruleta.

Si no hay quien dé, ya se arbitrarán medios. Se aumentará un tanto por ciento en las localidades de los teatros, o se inventará algún sello que pegar en los libros. Algo, en fin, que tome una parte del trabajo de las hormigas del vulgo, y se lo entregue ganado a las cigarras de la holganza más o menos artística.

No, señores organizadores de homenajes. Por ahí vamos muy mal.

Por ahí vamos a concitar contra los intelectuales el odio del pueblo. A convertir a los artistas en casta de excepción que viva del trabajo ajeno. Vamos a hacer antipático lo que debe ser venerado. Vamos a presentar como una plaga lo que debe ser un amor: la cultura.

Menos homenajes y los pocos que queden, justos y que no suenen tan metálicamente.

Pagar bien y respetar mucho al artista, desde luego.

Alentar, aplaudir y reír sus despilfarros y sus vicios, no hay por qué.

A la prensa, que jalea como gracias hasta las veleidades amorosas de las mujeres de teatro (cosa que a nadie importa), y que da un relieve injustificado a chismes de la vida privada de los hombres del arte, corresponde en primer lugar la pauta de la austeridad.

Aunque, a veces, la caja de la administración se resienta un poco por lo que estas cosas tienen de reclamo.

Julián de Torresano
«El Presidencialista», n.º 2 (febrero de 1928)

~ por rennichi59 en Martes 21 noviembre 2006.

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