La lucha y el equilibrio en el Derecho penal

El presente artículo de Luis Hernández Rico se publicó en la madrileña «Revista General de Legislación y Jurisprudencia» en octubre de 1929 (tomo 155, págs. 406-411). Debemos su localización al competente personal del archivo y biblioteca de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, encabezado por su amable directora Dª Carmen Crespo, a quien va toda nuestra gratitud.

 

LA LUCHA Y EL EQUILIBRIO EN EL DERECHO PENAL

 

1. El Derecho. Su génesis y socialización.

«Ordenación eficazmente coactiva de las relaciones sociales», el Derecho protege (con mayor fuerza que la moral, dentro de nuestra genérica Prasonomía) intereses humanos que se estiman de importancia vital.

Ahora bien, el Derecho se forma y aplica luchando entre sí y con el resto del ambiente los factores sociales antagónicos; lucha que elimina a los ineptos y gradualmente equilibra las energías de los supervivientes idóneos. Así, la formación y aplicación de las normas jurídicas representan, en cada lugar y en cada tiempo, esos estados de victoria y de equilibrio parciales.

Esta marcha evolutiva del Derecho se traduce en el progreso de su triple socialización, a saber:

Formal: sucediendo a la producción y cumplimiento de normas por y para individuos o pequeños grupos, el establecimiento y práctica de costumbres más generales de día en día, por colectividades también mayores cada vez, así como la elaboración y efectividad de leyes estatales o interestatales por los poderes públicos.

Material: igualándose crecientemente, en facultades y en obligaciones, la condición de todas las personas.

Mixta: democratizándose el Gobierno de los Estados, por la también creciente participación de los ciudadanos en su ejercicio. Cabe incluir aquí la gradual absorción de lo privado por lo público, ya que ésta, además de significar siempre socialización formal, suele hacerse con miras materialmente socializadoras.

 

2. El Derecho penal. Caracteres de su evolución.

La protección jurídica está garantizada con sanciones civiles y penales, constituyendo estas últimas los grados más enérgicos de tal garantía. Consisten, como nadie ignora, en privación de bienes e inflición de males a los delincuentes, es decir, a quienes lesionan intereses que, por atribuírseles capital importancia, se hallan protegidos especialmente.

Evolucionando con y como todo el Derecho, la progresiva socialización del penal se manifiesta en los siguientes caracteres que éste va adquiriendo:

1º Se extiende e iguala activa y pasivamente entre todas las personas, porque el proceso nivelador de las fuerzas sociales borra las diferencias jurídicas de aquéllas.

2º Se depura en su contenido, cesando de amparar miras particulares, cuyos defensores pierden paulatina o rápidamente su antigua preponderancia, al paso que ampara otros intereses más generales y mejor defendidos de día en día.

3º Se suaviza en sus castigos, a medida que éstos dejan de ser utilizados exclusivamente (sin peligro de reciprocidad) por los fuertes contra los débiles. Ante la común posibilidad de sufrir la pena (gobernantes y gobernados, máxime en régimen democrático) procuran disminuir el rigor de aquélla. A esto contribuye no poco la humanización afectiva e ideológica que en todos los órdenes de la vida producen los combates psíquicos intra e interindividuales.

4º Procura justificar mejor el hecho y la medida de su aplicación, apreciando circunstancias modificativas de responsabilidad, para evitar excesos de sanción que son injustos y a todos perjudican.

5º Sustituye la mera contemplación del delito por la del delincuente, a quien considera tan miembro de la sociedad como los no criminales; por lo cual atiende a su cuidado y le importa reintegrarlo a su seno, como elemento útil después de su regeneración. Este reintegro del delincuente regenerado no es menos justo y conveniente a la sociedad que el defenderse ésta de él mientras constituye, por sus inclinaciones criminales, un peligro para la misma.

6º Y se transforma en el sentido de reducir cuanto sea posible su odiosidad, empleando medidas de policía social (sustitutivos penales), que tienden a evitar los delitos, o, al menos, a disminuir su número y gravedad. Tal adopción obedece a un mayor sentimiento de solidaridad y al reconocimiento de una parte imputable de la sociedad en la delincuencia individual, por el abandono en que ha tenido y todavía tiene a muchos desgraciados.

 

3. Manifestaciones ideológicas.

Esta orientación evolutiva del Derecho penal ofrece manifestaciones ideológicas que se relacionan doblemente como efecto y como causa parciales con la realidad positiva, tratando de explicarla o contribuyendo a su modificación.

Voy a examinar brevemente, casi indicar tan sólo, las principales:

A. El sistema de la venganza privada es precientífico y protosocial.

B. En organizaciones ulteriores, pero atrasadas aún, inventan y explotan la superchería del castigo divino quienes (de buena o de mala fe, participando o no de la general credulidad) tiranizan a los súbditos, a título de delegados o representantes de Dios.

C. A medida que la antropocracia supera o sustituye a la teocracia, se hace más difícil invocar motivos sobrenaturales para exigir la expiación y se recurre a imponerla en nombre de la ley o del orden jurídico.

El respeto a aquélla y el mantenimiento de éste son aprovechados, no menos ni con menos egoísmo que el miedo a la divinidad, por los poderosos que legislan y gobiernan. Pero la doctrina puede adquirir socialidad en verdaderos regímenes democráticos, donde legisladores y gobernantes representen genuinamente al pueblo; porque es entonces éste quien, por medio de aquéllos, dicta la ley y establece el orden jurídico, castigando las infracciones de la una y el quebrantamiento del otro.

Sin embargo, este carácter social no es completo, pues sólo se piensa en el delincuente para castigarlo.

D. A semejanza del anterior criterio, el de la vindicta pública (practicado directa, desordenada y brutalmente en el linchamiento), señala como razón y fin de la pena otro motivo popular: satisfacer el sentimiento de indignación causado por el crimen, tampoco el ceder a supuestas exigencias supraterrenales ni cumplir la sola voluntad de los dominadores. A éstos únicamente les confiere, en tal material, el encargo de dar aquella satisfacción.

E. La proporción retributiva fijada por la teoría de la justicia absoluta, que encuentra su mayor exactitud en el Talión, limita y regula el poder punitivo, contra cuyos excesos garantiza al delincuente, estableciendo cierta igualdad objetiva y abstracta, que es un avance en el camino de la socialización.

F. Los progresos de ésta originan las escuelas subjetivistas, que atienden a las cualidades y general conducta del delincuente más que a cada uno de sus actos.

Una de ellas, el correccionalismo, busca la enmienda de aquél por medios adecuados a la natualeza espiritual que le atribuye.

Por su parte, los positivismos antropológico, sociológico (o, mejor dicho, mesológico) y biológico, indagan la criminogenia en la constitución fisiopsíquica del delincuente, o en las circunstancias del medio que le rodea, o en el influjo de las condiciones internas y externas que concurren a realizar la vida.

G. La concepción sociológica de lo penal culmina en un defensismo democrático y comunista, donde se ponderan todos los criterios aceptables sobre el particular.

Efectivamente; a la sociedad, identificada ya con todos sus componentes (como el organismo con todos sus miembros), le importa, en primer térino, velar por la salud física y moral de ellos adoptando medidas de seguridad que, ante todo, significan cumplimiento de ineludibles obligaciones sociales (correlativas de sagrados derechos individuales) y, con él, la satisfacción de imperiosas necesidades humanas.

Si estos medios de Policía social que constituyen la defensa preventiva resultan ineficaces o insuficientes, se recurre a la represiva mediante una Política criminal que equilibra los intereses de la colectividad con los del individuo ya infractor. Aquélla se pone a cubierto del peligro representado por éste, coartando su libertad en la medida y forma que su temibilidad requiere, con lo cual le inflige un castigo que puede producir general intimidación. Pero (interesada tambíen en reintegrarlo a su seno, después de convertido en elemento útil) procura corregirlo, aplicándole un tratamiento adecuado a su idiosincrasia, y para evitar que reincida nunca le priva de su acción tutelar. En esta labor de higiene y terapéutica penales aprovecha los resultados de las investigaciones positivistas.

Tal como queda resumido, este sistema (completando el defensista actualmente en boga) sintetiza mi ideología belicista sobre el punto de que se trata.

 

4. Consecuencias.

No olvidemos que la Historia y la experiencia actual nos muestran frecuentes variaciones locales y temporales, no sólo en la apreciación de circunstancias modificativas de responsabilidad, sino en el juicio sobrer los hechos que parecen determinarla esencialmente.

En distintos países y en diferentes épocas cambia la consideración jurídica de unos mismos actos. Ejemplos: a) El derecho paterno de vida y muerte sobre los hijos, ahora convertido en un caso de parricidio; b) La disidencia religiosa, ayer horrendo crimen merecedor de ser expiado en la hoguera, y hoy respetabilísima expresión de un pensamiento libre, acaso digna de la inmortalidad (1).

Aun en el mismo tiempo y en el mismo lugar, las mismas actuaciones morivan diversos calificativos, según casos y circunstancias. Así, la premeditación y la alevosía cualifican un asesinato o una acción heroica.

Consecuencias: debemos tener mucha circunspección, 1º, en admitir la existencia de crímenes verdaderamente naturales, y 2º, en considerar criminales natos a ciertos hombres.

Más que predisposiciones y tendencias absolutamente delictivas, hay inclinaciones que son tenidas o no como tales sin que varíe su índole intrínseca. La impulsividad, verbigracia, parecerá instinto homicida o valor guerrero.

Respecto a los signos, podemos creer (hasta de buena fe) que los adornados por un honroso uniforme militar pueden revelar cosa muy distinta de la que revelan cuando los afea la infamante vestidura de un presidiario. Además, no ignoramos que hay síntomas a posteriori, debidos a costumbres, hábitos profesionales o modos de vivir, mejor que a propensiones.

En fin, el belicismo nos recuerda que la evolución positiva e ideológica del Derecho penal responde, como todas, a estados de equilibrio creciente que resultan de las luchas prácticas y teóricas de la Humanidad.

Es una corroboración más, en la esfera jurídica, de mi total concepción cosmonómica.

 

Luis Hernández Rico

Académico Profesor de la Real de Jurisprudencia

 

[1] En ambos, de opuesto sentido penal, se ve el mismo proceso nivelador: abolición de los privilegios del padre y de una confesión religiosa; reconocimiento de los derechos del hijo y del disidente.

~ por rennichi59 en Miércoles 20 diciembre 2006.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: