La inasistencia social

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 23 de enero de 1931 en el diario madrileño «La Tierra». Procede recordar, máxime en consideración del argumento del escrito, que su autor se hallaba a la sazón preso en la Cárcel Modelo de Madrid a raíz de los sucesos de Jaca, y que sólo saldría de ella ocho días después, el 31 de enero.

Un hombre delinque. Supongamos que su delito ha sido contra la propiedad. Se le detiene y se le condena. Pasa uno, cinco, diez años en la cárcel. Al extinguir la pena impuesta la sociedad se limita a darle libertad. Se pretende demostrar que al privarle de ella se cumplían dos necesidades: proteger a la colectividad contra las mal encaminadas actividades de aquel individuo y corregir a éste para hacerle respetuoso con los derechos ajenos. Pero si el primer objetivo se cumple temporalmente, el segundo ni por un momento siquiera.

La sociedad, al encarcelar al delincuente, lo arroja a un sitio para no acordarse de él mientras la condena se extingue; y cuando esto ocurre, se acuerda, le abre la puerta de la prisión y vuelve a olvidarle por completo. Nada le importa, según parece, lo que haga el ex presidiario. Si nuevamente vulnera la ley, torna a encarcelarle. Y esto es todo.

La justicia así entendida no pasa de ser un movimiento de venganza. Se castiga, no se modifica; se imposibilita provisionalmente al transgresor de normas jurídicas para abandonarlo después en plena libertad de mal obrar y no pocas veces en la necesidad perentoria de delinquir.

El preso en la cárcel perfecciona su preparación criminal. Quien entra conociendo una manera de robar sale con los suficientes conocimientos para atentar en cien distintas formas contra la propiedad. El recluso se halla en la calle, sin trabajo ni facilidad para encontrarlo. A lo sumo, si en un taller es admitido porque ignoren allí su falta, la sociedad, por medio de sus funcionarios, se encargará de hacer público el antecedente. Su falta es un estigma que jamás logrará borrar, como si estuviera escrito en su rostro con caracteres indelebles. En todos los sitios se le rechazará. Es que la sociedad le ha clasificado para toda la vida. El que robó una vez es eternamente «un ladrón» y no tendrá otro calificativo, aunque sea en lo sucesivo honrado. El Jean Valjean de Víctor Hugo.

La colectividad humana exige la honradez (una honradez arbitraria, de encargo), pero no ayuda a mantenerse en ella. Si un individuo tiene hambre y no consigue trabajar, será inútil que acuda a los demás; le humillarán con una limosna, si no reducen su gesto a encogerse de hombros, como si dijesen: «¡qué hemos de hacer!». Pero desventurado de él si se apodera de lo que no es, ante la ley, suyo. Esa misma sociedad, que permanecía impasible contemplando la miseria del hombre honrado, caerá feroz e implacable contra él cuando deje de serlo. Se le anatematizará en nombre de la justicia y se le encerrará en una celda.

Siempre en nombre de Themis (¡pobre diosa ultrajada!), se le preguntará si puede pagar una cantidad diaria para ocupar una celda distinguida y sabrá entonces que si tiene dinero disfrutará de una habitación más amplia y mejor ventilada.

Verá que dentro, como fuera, el dinero vale más que la virtud y que el trabajo.

Dijo Trotsky, refiriéndose a su breve estancia en la cárcel modelo madrileña: «¿Por qué ha de reinar la igualdad en las cárceles de una sociedad cuyo fundamento es la desigualdad en todas las cosas?… Los pulmones de un estafador, por ejemplo, que puede pagar peseta y media al día, tienen derecho a una ración de aire mayor que los del huelguista que respira gratis» (Mi vida).

También, si paga, podrá comunicar con su familia todos los días en lugar de dos días cada semana. Llegará la vista de su causa. Como es pobre, muy pobre, lo defenderá de oficio un letrado que saldrá del paso lo más brevemente posible porque necesita su tiempo (es lógico) para atender a clientes que, pagándole, le proporcionan medios de vida.

Se enterará de que la persona a la que él robó un reloj es un especulador que ha dejado sin pan a centenares de familias. Y cuando haga patente su extrañeza al saber que nadie molesta a aquel potentado, se le explicará: «Es un gran financiero. Tiene mucho talento para los negocios». Averiguará que arrebatar un objeto a su dueño es un crimen y hacer morir de hambre a quinientos seres humanos es una «habilidad», no sólo tolerada, sino amparada por la ley, esa misma ley por imperio de la cual se le ha encerrado a él en la cárcel.

Si tiene un oficio, podrá trabajar en los talleres de la prisión. Se le dará un jornal de media peseta por lo que en la calle se paga con diez y así podrá un día comer una ración extraordinaria del Economato, invirtiendo en ella su salario de toda la semana. Sin embargo, el producto de su labor se vende a precios normales.

Naturalmente, el preso no penetrará fácilmente el sentido de esa justicia tonante, gravemente herida por él.

Los grandes criminalistas han escrito millares de volúmenes rebosantes de erudición, pletóricos de investigaciones admirables. Se han reunido en solemnes congresos a los que han concurrido sabios de cuarenta naciones. Se ha discutido el régimen penitenciario… Conferencias, discursos, tratados internacionales. Se ha decretado la cruzada contra el delito.

Los Tribunales han aplicado la ley con todo rigor. Pero aun no se ha sentado en el banquillo «El Gran Galeoto».

firmalha.jpg

~ por rennichi59 en Domingo 1 abril 2007.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: