Hay que hacer la revolución

Hay que hacer la revolución

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 26 de junio de 1931 en el diario madrileño «La Tierra».

Es de una inocencia lastimosa creer que la revolución española se hizo el día 14 de abril. Ni se hizo entonces, ni la hará un Gobierno entre cuyos miembros hay quien lamenta la obra de un gobernador sereno y ecuánime «porque tenía aterrada a la opinión conservadora de la provincia».

Una revolución no consiste en que el pueblo entone coplas burlescas, ni que se adopten medidas que ya son añejas en muchos países burgueses y aun monárquicos, ni en que se cambien títulos y se supriman coronas… Y es que este Gobierno no vino a hacer la revolución, sino a «contenerla en cauces jurídicos», lo que, traducido a la realidad, puede expresarse así: «a evitarla».

¿Qué sucederá ahora? Los ministros y altos funcionarios, usando los medios que el Poder procura, realizan su propaganda electoral. Desde luego, es de suponer que el gobernador de Zamora no opondría obstáculo alguno al mitin en que hablaron Maura y Galarza, ni el de Valencia aquel en que hizo uso de la palabra Domingo; ni… etc. Así, desde las alturas, con la coacción que esto supone, los miembros de un Gobierno provisional que ostenta el Poder, no por designación popular, sino sólo por conformidad tácita del pueblo ante hechos consumados (lo que es muy distinto), se realizará una campaña, cuya finalidad es asegurar a este Gobierno una mayoría, dejando fuera de ella a cuantos elementos sean verdaderamente revolucionarios. No se ha contado con las extremas izquierdas (comunistas, presidencial-comunistas, izquierda revolucionaria), ni siquiera con un partido tan reciamente democrático y liberal, de gloriosa historia y títulos más que sobrados: el federal. ¿Para qué? Eso sería facilitar la marcha revolucionaria, y de lo que se trata es de establecer un «statu-quo» sobre las mismas bases caciquiles en que se apoyara la monarquía.

El proceso de cambio de régimen es, a nuestro juicio, muy claro. Mientras la monarquía pudo defender la injusticia social, la burguesía fue afecta al régimen borbónico; mas cuando creyeron que el ex rey con su conducta ponía en peligro los privilegios burgueses, lucharon contra él, pensando que una República traída por ellos perpetuaría el estado de cosas que les conviene mantener. Por eso laboraron contra el rey, no por destruir privilegios, sino por conservarlos; no por hacer la revolución, sino por conjurarla y proseguir en el disfrute de sus prerrogativas burguesas.

Ahora los ministros viajan: los «autos» oficiales y el «breack» de Obras públicas los trasladan de un sitio a otro. No son simples ciudadanos, sino ministros. Las autoridades locales salen a recibirlos al límite de la provincia. A su llegada, las tropas rinden honores… Tras de lo cual, los candidatos investidos de autoridad «piden» el voto a sus oyentes. Si otro candidato no gubernamental de cualquier matiz pretende hablar en público, saldrán, sí, a recibirle en la estación; pero no las autoridades y las tropas de la guarnición para presentarle armas, ni la banda para tocar «La Internacional», sino la Policía para vigilarle, y, si se tercia, meterlo en la cárcel.

Apoyando el tinglado electoral en sus eternos y malditos pilares, conservando con otro título a los antiguos caciques, señores de horca y cuchillo contemporáneos, las Cortes Constituyentes se «fabricarán» como otros Parlamentos españoles de infelice memoria. Y si así lo ve el pueblo, haciendo caso omiso de la Asamblea, hará valer su voluntad, no sabemos si «por cauces jurídicos»; pero sí de manera rotunda, que no deje lugar a dudas.

Sería infantil escribir esto como advertencia saludable para el Gobierno. Debe saberlo ya sus componentes, y cuando no han modificado su conducta es, o que no lo creen, o que, creyéndolo, tienen en poco la voluntad del pueblo. Nada diremos, pues, para ellos. Sigan su campaña, reúnan las Cortes, y entonces veremos lo que sucede. Si en las Cortes hay quienes acierten a convertirlas en Convención revolucionaria, serán ellas las que hagan la revolución; si —como tememos— no hay personas que realicen tal transformación, el pueblo habrá de hacer lo que sus pretendidos representantes no se atreven a comenzar.

De una u otra forma, la revolución ha de hacerse, y, pese a quien pese, se hará.

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Madrid, junio 1931.

~ por rennichi59 en Viernes 20 abril 2007.

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