El paro obrero

El paro obrero

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 26 de septiembre de 1931 en el diario madrileño «La Tierra».

Las Cortes Constituyentes, desde el 14 de julio hasta ahora, no se han ocupado del pavoroso problema del paro obrero. Sin duda no consideran urgente estudiarlo y resolverlo, o bien creen que se resuelve con sólo discutir si España ha de llamarse o no «República de trabajadores».

Si incurriéramos en el difundido error de que el hambre hace revoluciones, casi celebraríamos la pasividad de la Asamblea soberana; pero estamos convencidos de que la miseria sólo produce algaradas o motines sin dirección determinada, ni alcance políticosocial, que compensen las víctimas que cuestan. Las revoluciones son presididas por ideas y, naturalmente, favorecidas por el general descontento y el malestar ambiente.

El invierno se aproxima, y la situación de millares de ciudadanos es cada vez más angustiosa. Entretanto hay extensiones considerables de terrenos sin cultivo, muchas industrias paralizadas, grandes capitales sin movilizar. El Parlamento no quiere saberlo. «Se ha convocado —dicen algunos— para elaborar la Constitución». Mas ¿acaso no han de incorporarse al Código político las bases de la legislación social? ¿Es que aún hay, en 1931, quien crea que lo político y lo social pueden separarse?

En España no ha habido revolución. Se ha verificado un cambio de régimen, más espectacular que efectivo, más superficial que profundo. El único medio —y eso de manera relativa— para ahorrar al país el sangriento proceso renovador, era —que ya no va a poder ser—, era, decimos, hacer la revolución desde la Gaceta por el Gobierno provisional (en uso de los poderes ilimitados que se atribuyó), o desde la Cámara, una vez reunida ésta, y en ejercicio de su plena soberanía. Ni el Gobierno provisional hizo nada verdaderamente revolucionario, ni las Cortes se ocupan en tan necesaria labor.

No será por falta de avisos dolorosos. Un día Sevilla, otro Barcelona, otro Bilbao; últimamente, Corral de Almaguer. Por doquiera surge, no el movimiento revolucionario capaz de curar el grave mal que aqueja al país, sino el estallido, lamentablemente ineficaz, de una desesperación fomentada día por día en la miseria… Cuando el invierno llegue y al hambre se una la inclemencia del tiempo, esos sucesos se harán más frecuentes y lamentables. Cuando se quiera acudir al remedio, se hallará quien lo intente envuelto en ambiente envenenado por un odio… legítimo. Nadie confiará ya en el propósito renovador, y será dificilísimo hacer lo que, como compensación de un movimiento revolucionario, hubiera sido acaso labor de días, quién sabe si de horas.

Los diputados proseguirán sus discursos; los torneos oratorios alcanzarán brillantez admirable. Finalmente, no sabemos si dentro de un mes o de un año, la Constitución entrará en vigor. Y nos hallaremos en la imposibilidad de resolver con ella esos graves problemas que no son para resolver con artículos constitucionales eclécticos, «fabricados» de común acuerdo por conservadores y radicales, y, por ende, sin contenido popular. Tendremos quizá un monumento jurídico, útil sólo para una vitrina de museo.

Desde el 23 de julio obran en la Cámara unos Proyectos de socialización económica, redactados por encargo de un partido republicano de extrema izquierda (el presidencial-comunista) (1). Seguramente ni siquiera los habrán leído los miembros de la Comisión correspondiente. Tienen más importancia las enmiendas que, a sabiendas de que no han de prosperar, presentan sus autores, con propósito de retirarlas seguidamente.

Hemos citado este ejemplo porque lo conocemos y porque en esos proyectos va estampada, entre otras, nuestra firma. Indudablemente existirán muchas iniciativas y proposiciones interesantes que correrán igual suerte.

Luego leeremos todos los días en la Prensa esas noticias, a las que ya vamos acostumbrándonos: «Sucesos en X. Tantos muertos». ¡Bah! Son detalles insignificantes… Entretanto, con una bonita Constitución, flamante, los ciudadanos españoles morirán de hambre o bajo las balas de los guardadores de un orden ficticio, condenados a ser eternamente injustos porque no sintieron la necesidad de imponer justicia los que pudieron y debieron hacerlo.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

Madrid, septiembre, 1931.

—–

[1] Publicado en apéndice a la obra de Hernández Alfonso titulada Verdad y mentira de la República Española (Ediciones Boro, Madrid 1933), el texto de tan interesantes Proyectos de socialización económica figurará próximamente en esta bitácora. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Miércoles 27 junio 2007.

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