Penas de muerte

Penas de muerte

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 30 de enero de 1932 en el diario madrileño «La Libertad».

Inútil será que los códigos la destierren de sus artículos. La pena capital, abolida en muchos países para los criminales, continúa en todos ellos para no pocos inocentes. La colectividad humana, en virtud de su defectuosa organización, abandona lamentablemente a aquellos de sus miembros más necesitados de apoyo. Acabamos de leer una nota facilitada a la Prensa por la Dirección General de Sanidad; la estadística allí contenida es angustiosa e impresionante. Cinco mil doscientos cincuenta y un tuberculosos han solicitado ser admitidos en algún sanatorio de los siete que con tal fin sostiene el Estado, y entre todos esos establecimientos sólo pueden albergar a seiscientos veinticuatro enfermos.

Con valentía que la honra, la mencionada Dirección comenta la importancia del problema y establece conclusiones, cuya lectura sobrecoge el ánimo. En primer lugar, como quiera que el número de vacantes que mensualmente se produce es de 55, los individuos que han solicitado asistencia habrán de esperar de dieciocho a veinticuatro meses para ingresar en sanatorio. «En este período —dice la nota—, muchísimos solicitantes desaparecerán, la mayoría de ellos por fallecimiento». También expone la dolorosa necesidad de dar de alta a los dolientes tan pronto como lo consiente su estado, sin esperar su total restablecimiento. ¿No es esto condenar a muerte —muerte lenta, desesperante— a miembros inocentes de una sociedad creada para hacer más fácil la vida de los individuos que la integran? El Estado no puede consentir que así ocurra, y de esperar es que ataje el mal radicalmente; facultades sobradas tiene para ello. No debe dejarse la solución a la aportación voluntaria de los filántropos, como no se deja a la iniciativa particular el sostenimiento de las cárceles. Si es función social combatir la delincuencia, no lo es menos luchar contra la tuberculosis, plaga que diezma a la juventud española.

La desigualdad económica adquiere, ante estos conflictos, caracteres criminales. El enfermo que disfruta de bienes de fortuna puede comprar la salud y la vida; hay sanatorios particulares donde, mediante pago, se le atiende y cura, sin que sea preciso esperar ni un día y sin que se le impida prolongar la estancia para convalecer cómodamente; la ciencia no escatimará ensayos; se alimentará cuanto precise; todos los específicos estarán a su disposición; podrá vivir sin fatigar su cuerpo en faenas rudas; respirará aire puro y saludable.

Si el enfermo es pobre, si pertenece a la «casta» inferior (inferior por su miseria), la cosa varía: no hay sanatorio para él; si quiere comer, habrá de trabajar, agravando su dolencia; vegetará en algún zaquizamí sin luz ni aire; se nutrirá —valga la hipérbole— con alimentos que apenas merezcan el nombre de tales; los específicos serán tan inasequibles como los talonarios de cheques; los especialistas famosos no irán a visitarle. Y se morirá, abandonado, solo, en una ciudad de muchos millares de habitantes, espectadores indiferentes de su drama. Las conquistas del humano saber tienen dueño que ha convertido el dolor ajeno en objeto de lucro; los sabios dedicaron su vida al estudio para que su esfuerzo noble y desinteresado se convirtiese, al correr del tiempo, en patentes comerciales, explotadas por Sociedades anónimas, cuyos accionistas sólo conocen la ciencia de obtener dividendos.

Refiriéndose a los datos transcritos, la Dirección General de Sanidad añade: «Estos glaciales hechos bastan seguramente para mostrar la absoluta necesidad de que la solución de este problema de la asistencia oficial a los enfermos tuberculosos, en sus diversos aspectos, sea acometida con toda urgencia». Desde luego, la necesidad se halla demostrada sobradamente; mas la solución definitiva no es fácil, porque no bastaría construir y dotar cien sanatorios para combatir el mal. Sus raíces quedarían vivas y potentes.

Bien que, de momento, se atienda a remediar la situación angustiosa de los dolientes; pero que no se convierta lo que es un paliativo en panacea. Ni así se vence a la enfermedad, ni se suprime la miseria distribuyendo limosnas. Cierto que los que viven bien merced a la desigualdad económica que les es favorable pondrán todos sus afanes en acallar esas voces doloridas sin perjudicarse en sus intereses injustos; mas la sociedad no puede contentarse con extinguir una manifestación del mal dejando intacto su origen. La colectividad humana tiene otra misión mucho más alta que servir de escabel a los ambiciosos y de campo de explotación para los audaces.

Hay que ver claro y proceder sin titubeos peligrosos. La organización social está en ruinas; urgente es preparar otra más equitativa, que la substituya con ventaja. Otra que asegure la subsistencia de todos los hombres y no condene a muerte a los débiles por el «delito» de serlo.

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~ por rennichi59 en Viernes 10 agosto 2007.

2 comentarios to “Penas de muerte”

  1. queridos amigos
    les agradecería se pusieran en contacto conmigo. Necesitaría preguntarles algunas cosas acerca de su abuelo, el periodista Luis Hernández Alfonso, para un libro que estoy escribiendo. Un saludo
    carmen

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  2. Estimada Dª Carmen:
    Por correo electrónico ya le he enviado mi grata contestación. Si le parece, seguiremos en contacto por ese medio.
    Gracias y un saludo muy cordial.
    Pablo Herrero Hernández

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