Hombres y máquinas

Hombres y máquinas

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 13 de julio de 1932 en el diario madrileño «La Libertad».

Sirval, el excelente periodista, autor de notables crónicas comprimidas, ha condensado en unas frases todo un problema trágicamente vivido en estos días prometedores en los campos extremeños.

«…la máquina —dice—, conquista inapreciable de la civilización, artificio ideado por el hombre para librar al hombre del esfuerzo; mas no para aumentar las ganancias de una sola clase». Eso es todo. El esfuerzo humano, tributo obligatorio de los hombres a su existencia de seres vivos, puede disminuirse indefinidamente merced al tesoro de ingenio que la ciencia ha ido poniendo a disposición de la colectividad al correr de los siglos. Mas he aquí que los dominadores de ella, amparados en su formidable poderío económico, monopolizan el uso y acaparan el provecho de las conquistas científicas. Diríase que el Mundo existe sólo para su comodidad, que todo ocurre en él a la medida de su interés, que el sol brilla exprofeso para madurar sus mieses y el agua fluye únicamente para fertilizar sus campos.

Erigidos en árbitros, dueños y señores de vidas ajenas, utilizan para malograrlas el propio esfuerzo de las víctimas. Recordamos que en la segunda crónica publicada por nosotros en estas columnas (hace ya dos años) y titulada Paradoja, señalábamos esta monstruosidad: el progreso, gran impulsor del bienestar humano, convertido en azote de la Humanidad merced a un régimen social contrario a los más elementales postulados de la lógica y barrera que pretende obstruir el camino de la evolución del Universo en cuanto a nuestra especie atañe.

Se trata ahora de la siega, trabajo penosísimo, que ha de verificarse forzosamente a pleno sol, en campos recorridos por aire cálido, agotador; a cambio de jornales misérrimos, unos desventurados realizan esa labor. La ciencia mecánica estudia procedimientos que ahorren sudor y economicen esfuerzos humanos. Y surgen máquinas segadoras, capaces para efectuar cómoda y rápidamente esa faena; mecanismos maravillosos, prodigios de ingenio, frutos fecundos de altruístas desvelos. El hombre ha logrado una nueva y rotunda victoria en su eterna lucha contra el medio ambiente.

Esto… en teoría. Prácticamente, no. No es el conjunto de los hombres quien se beneficia con esa conquista del progreso. No son los humildes segadores los favorecidos por esos mecanismos creados para redimirles de sus fatigas. Todo se reduce a que se lucren con las máquinas los que antes se lucraban con el sudor de los desventurados jornaleros, privados ahora incluso del misérrimo jornal, sin el escaso pan con que entretenían sus hambres. De donde resulta que la ciencia sólo ha trabajado para servir intereses de una minoría privilegiada.

¿Cómo reaccionan las víctimas de este absurdo? De la manera más simplista: contra la causa inmediata, visible. Ellos no siegan porque las máquinas lo hacen más pronto y con menor gasto; la aparición de esos mecanismos es la señal de hambre próxima en los hogares humildes; su ignorancia no les permite ver más allá… Destrozan las máquinas. Algo semejante a la agresión de que un inquilino hace víctima a la Comisión judicial que viene a realizar el lanzamiento, como si el causante del desahucio no fuese otra persona: el propietario de la vivienda. En una palabra: no contra el autor de la injusticia, ni contra la sociedad que lo tolera y ampara, sino contra los meros ejecutores o instrumentos de la infamia.

Los periódicos y los oradores reaccionarios protestan de esa destrucción y la califican de bárbara. Indudablemente, bárbaro es inutilizar un producto del generoso esfuerzo de los sabios. Mas, «involuntariamente», sin duda, olvidan esos «defensores de la cultura» que nadie es analfabeto por su gusto; y también que si esos míseros segadores tuvieran más clara visión de su tragedia, en lugar de destrozar máquinas utilísimas, emplearían sus fuerzas en realizar un ejemplar escarmiento. Merced a esa «barbarie» de los explotados (y no poco también a su suicida bondad) viven y medran los explotadores. Hasta que, cualquier día, los «olvidadizos» se vean compelidos violentamente a «recordar».

*

Entretanto se discute una tímida y vergonzante «reforma agraria». El capitalismo, en su lenta agonía, acude febrilmente a «remedios» que no lo serán ya para él. Quiere reducir un poco su hipertrofiado estómago; pero éste para funcionar necesita seguir devorando en cantidades inverosímiles. Para vivir ha de fomentar el mal que causará su muerte.

En los momentos difíciles prometió —por instinto de conservación— cuanto pudiera calmar el rigor de sus enemigos; después, como el creyente del cuento, que iba reduciendo su promesa según disminuía el peligro, intenta salvarse a poca costa. Y cree que basta una mezquina reforma agraria para detener el cumplimiento de leyes cósmicas que regulan la evolución.

No cabe «reformar»; hay que «rehacer», construir sobre nuevos cimientos, no sólo la agricultura, sino todo el organismo social. El pueblo ha dejado de ser el perro famélico que espera las migajas y que, a cambio de ellas, soporta el látigo. Ahora todos los seres humanos mantienen su derecho a vivir.

Han pasado muchos siglos desde que se escribió en el poema del Cid:

De las sus bocas todos dizian una razon:

Dios, que buen vassalo si ouiesse buen sennor.

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~ por rennichi59 en Jueves 7 febrero 2008.

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