¡Concretemos!

¡Concretemos!

Constituyen legión los correligionarios que cuando se les pide su opinión sobre la forma republicana que debe instaurarse en España se contentan con responder: Lo primero es traer la República. Luego veremos.

Lo cual viene a ser lo mismo que si a un arquitecto se le preguntase si tenía los planos de una construcción y nos contestase: Lo primero es hacer la casa.

Duélenos esa actitud de absoluta desorientación, no ya porque no militen los que la sustentan decididamente en nuestras modestas filas, sino porque no militan eficazmente en ningunas. Hablar de implantar la República, así, en abstracto, indica una carencia absoluta de sentido de la realidad. Al oírles expresarse en los referidos términos viene a nuestra memoria la tragicómica glorificación de la «Diosa Razón» intentada por Robespierre. ¿Vamos nosotros, en pleno siglo XX, a glorificar a la República representada por una muchacha con gorro frigio?

No; aquella «Razón» era un personaje de comedia, como lo sería esta «República».

Procuremos hacer los planos del magno edificio mientras aguardamos que se desmorone el viejo caserón o ayudamos a derribarlo. No pensemos que un régimen se improvisa; la sustitución ha de verificarse «por completo» y en un momento dado.

Las circunstancias no nos consienten demorar la discusión «ad kalendas grecas», y por eso, aun a riesgo de no ser realmente comprendidos, nos hemos lanzado a una campaña que consideramos imprescindible. Callar ahora, sumergirnos también nosotros (que tenemos una clara visión de lo que debe ser la República) en el océano de esa desorientación general, sería verdaderamente indigno de nuestro amor a España y a la causa.

El fracaso de 1873 es disculpable porque entonces todo hubo que improvisarlo. Las inteligencias, saturadas por la noble aspiración de libertad, sólo clamaban por ella sin pararse quizás en los medios que la podían traer. Entonces, casi por sorpresa, los mismos hombres que habían ofrecido la Corona de España a quien quisiera ceñirla, proclamaron la República como solución única posible.

Pero ahora, un siglo después de las Cortes de Cádiz, cincuenta y cinco años más tarde de aquel ensayo y diez detrás de la última revolución rusa, tal desorientación sería imperdonable.

Es preciso que quienes en un momento dado puedan tener en sus manos la implantación de un régimen, sepan ya lo que haya de hacerse. Preferible es, incluso implantar provisionalmente un sistema defectuoso, a comenzar la elaboración de otro mejor en la anarquía que fatalmente sigue a toda revolución, cuyos directores no tienen un norte fijo.

Abandonen, pues, sus alturas esos idealistas a ultranza que sueñan con la implantación de una República abstracta, sin pensar siquiera en que esa implantación requiere una organización que se hace en la tierra y no en las nubes o en la fantasía.

Decídanse y hablen; no teman que ello suscite divisiones en el republicanismo español. No las habrá para lo que no debe haberlas; pero pretender que todos esperemos que caiga lo viejo para comenzar entonces a poner ladrillos sin saber cómo ha de hacerse el palacio de la República, eso ni es de republicanos, ni de patriotas, ni de hombres sinceros y conscientes de su responsabilidad ante la Historia.

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«El Presidencialista», n.º 3 (marzo de 1928)

~ por rennichi59 en Sábado 29 marzo 2008.

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