Una vida y un ejemplo

Una vida y un ejemplo

No ha faltado quien a la muerte de Blasco Ibáñez haya emitido juicios contrarios a su labor política y literaria, olvidándose de que los antagonismos y simpatías personales deben posponerse siempre al mayor nombre de la Patria. Pero no es mi propósito defenderlo de los que le atacan, pues Blasco Ibáñez, como todo gran hombre, al par que elogiado, ha sido y será muy discutido. Me limitaré a examinar su vida, sacando la conclusión que de ella se deduce.

La vida de Blasco Ibáñez se nos presenta como una trayectoria rectilínea. Él se dijo: «Yo he de ser algo», y entonces empieza su penosa subida, hasta alcanzar la cumbre en que sus méritos le colocaron. El camino era largo y difícil, pero no le arredraba; había que llegar y llegaría, para lo cual, contaba con su voluntad y su juventud. ¿En qué sentido había de desarrollar su actividad? Esto ni se lo preguntaba, ni le importaba, pues sabía que en cualquier esfera a que se dedicara, sobresaldría.

Y en efecto, así fue. Desde joven amaba a la literatura y a ella se dedicó preferentemente, como periodista, como orador y como novelista. Pero ni el periódico ni la novela agotaban su actividad, y creyendo, como nosotros, que la República es la forma de gobierno más conforme con la razón y la civilización, ingresa en las filas republicanas, donde pronto logra destacarse por sus relevantes méritos, ocupando uno de sus puestos directivos y contribuyendo eficazmente a reorganizar el partido. El pueblo lo elige representante en las Cortes, pero convencido de que debe dedicarse por completo a la literatura, abandona la política y se consagra enteramente a aquélla, llegando a ser el novelista más leído del mundo.

Más tarde, cuando ve a España ultrajada y menospreciada, cree su deber como buen español defenderla y vuelve a la lucha política. Y vuelve con la misma fuerza con que anteriormente defendiera sus opiniones. Tal desarrollo de actividad no agotaba sus energías, pero la muerte traidora le acechaba…

Esta vida, trazada a grandes rasgos, nos presenta a Blasco Ibáñez como un espíritu rebelde, no solamente en su juventud (edad en la que es un deber la rebeldía, según nuestro ilustre doctor Marañón), sino también en su virilidad y madurez, contra todo cuanto fuese opuesto a sus ideas, por cuya defensa sufrió persecuciones. Pero él era fuerte, había que sacrificarse por el ideal, y así lo hacía. Y ese ideal se caracterizaba por un grande amor a su Patria, demostrado en todos sus actos y en sus libros, especialmente en los últimos publicados, El Papa del Mar y A los pies de Venus, en donde defiende a grandes figuras de la Historia «muy discutidas por el hecho de ser españolas», según sus palabras.

Blasco Ibáñez ha muerto, pero nos deja, aparte de sus numerosas obras, un ejemplo que seguir, una vida llena de fe, un modelo que imitar.

Felipe Ibáñez Kábana

«El Presidencialista», n.º 3 (marzo de 1928)

~ por rennichi59 en Jueves 3 abril 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: