Momo, espectador del mundo

Existe en la naturaleza humana un sentimiento congénito de lo espectacular, que nos lleva irremisiblemente a contemplar la vida como un suceso que nos fuera extraño, a disfrutar del panorama de las cosas que nos rodean, como si perteneciesen a un mundo totalmente ajeno a nosotros.

El teatro, el cine, la prensa y la radio, son manifestaciones de ese sentimiento arraigado en el hombre, órganos creados por el afán humano de contemplar la vida, siquiera sea la vida fingida del arte, imitadora de la vida verdadera.

Por eso a toda persona le encanta saber cosas ajenas, degenerando, a veces, la pasión morbosa de la curiosidad, al extremo pernicioso de la indiscreción.

Tal vez en esta zona sea donde más se acusa la superioridad moral el hombre sobre el resto de los animales.

Y ved ahí que toda persona, en mayor o menor escala, según sea su grado de cultura, se deja llevar frecuentemente de la ilusión espectacular, y saliendo (por decirlo así) fuera de sí misma, se coloca espiritualmente lejos de su personalidad física y presencia la vida del mundo en una ojeada de espectador, como si todo aquello, hombres, cosas e ideas, fuese algo fabricado exclusivamente para la contemplación, como los cuadros de los museos.

El espíritu olvida la materia dentro de la que está metido y vuela en busca de sensaciones exteriores.

Todas estas reflexiones me las ha sugerido la persistencia del Carnaval a pesar de su descrédito, a pesar de su ausencia de diversión, a pesar de la indudable idiotez intrínseca de la fiesta.

Pero es que, al llegar el Carnaval, hay muchos espíritus ingenuos que creen escapar mejor a su envoltura humana, tapando ésta con la percalina de un traje de Pierrot. De esa manera se figuran que verán mejor el espectáculo del mundo sin tomar parte alguna de su desenvolvimiento.

Verse desde fuera, rebasar la vida física, investigar lo desconocido. He ahí el ideal.

Saludemos pues, en este nuevo aspecto moral al carnavalesco mito. Registremos este nuevo carácter de Momo, espectador del mundo.

Julián de Torresano
«El Presidencialista», n.º 3 (marzo de 1928)

~ por rennichi59 en Viernes 4 abril 2008.

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