La abstención del pueblo

La abstención del pueblo

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 27 de febrero de 1931 en la revista barcelonesa «La Calle». Parte de su contenido fue suprimido por la censura, por lo que dos de sus párrafos están interrumpidos.

El pueblo español ha sido siempre abstencionista, por instinto, por pereza, por atonía. Los más graves problemas sólo han apasionado a una minoría; la mayoría, impresionable, sin poseer sensibilidad que hiciese fecundos sus apasionamientos, ha secundado las actitudes más absurdas y aplaudido los gestos más condenables. No es servil por temperamento; es manejable por abulia e ignorante por desidia.

Así hemos visto que cualquier golpe de audacia la dejaba inmóvil, rendida a lo irremediable del hecho consumado. Acostumbrada a estar ausente de su propia vida política, no se ha creído obligada a dirigirla y encauzarla. La pereza, disfrazada de escepticismo, y la ignorancia, oculta bajo el barniz de una supracomprensión inexistente, han permitido que durante muchos años el poder inalienable del pueblo se haya convertido en instrumento de ansias inconfesables y especulaciones odiosas.

Pero el tiempo no transcurre en vano. La opresión ha sido tan fuerte y prolongada que ha hecho por sí lo que no pudo realizar la ciudadanía difusa, que dormitaba en el pueblo, espectador pasivo de una farsa en la cual los personajes ganaban todos por turno, mientras él perdía siempre. Le ha ocurrido lo que al jugador novato, al que se le hacen trampas; ha sospechado, primero; se ha convencido, después; más tarde, pedirá cuentas a los tahures.

Por primera vez se ha decidido a no aplaudir a los comediantes. Y, por curiosa paradoja, absteniéndose de intervenir, ha dejado de ser abstencionista, conoce ya los recursos teatrales. Sabe (¡lo ha visto tantas veces!) que los actores componen el gesto antes de salir al escenario. El hombre informal, carente de seriedad y falto de ideales, se caracteriza… (censurado)

El público, que ya va sabiendo de memoria, no sólo el repertorio, sino también el reparto, escucha con desconfianza las palabras «leales» del que hizo en otras comedias «papeles» de traidor. No se le oculta que los actores se mueven conforme el autor ha dispuesto. Y después de oír, sonriendo —con escepticismo consciente ahora—, el diálogo artificioso y pedestre, reclama la presencia del autor, verdadero culpable de la mezquina burla. Poco le importa que los comediantes cambien; es la farsa la que le indigna. Desprecia a los sumisos hombrezuelos que se avienen a servir de instrumento para la ajena trama.

Las frases de los viejos políticos —que nunca fueron jóvenes— suenan en sus oídos con reminiscencias de falacias aborrecidas. Los hombres que se llaman «representativos» lo son, sí; pero de tendencias justamente odiadas y conductas dignas de ejemplar sanción… (censurado)

¡Pobres! El pueblo ha dejado de ser espectador ingenuo, abúlico y perezoso. Conoce su derecho y no está dispuesto a que el empresario sin escrúpulos siga escamoteándoselo; pero tampoco ignora cuáles son los comediantes «a disposición de las empresas». Prescindirá de aquél y de éstos, explotadores de su buena fe, conculcadores de sus prerrogativas, perturbadores de sus desventuras, causantes de sus hecatombes.

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Madrid, 15 febrero 1931.

~ por rennichi59 en Martes 15 julio 2008.

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