Claridad (Réplica)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 13 de marzo de 1931 en la revista barcelonesa «La Calle».

En estos últimos días se han lanzado contra los republicanos reproches peregrinos. Entre todos, los que mayor extrañeza nos han producido, son los de D. Antonio Royo Villanova, el docto profesor, que nos acusa ¡de no querer defender la libertad! Porque, según el Sr. Royo, es la libertad lo que los monárquicos defienden, y nosotros, pobres ingenuos, no nos hemos dado cuenta. Debimos, sin duda, sospecharlo, viendo cómo se suspendían de nuevo las garantías constitucionales del artículo 13, precaria y efímeramente restablecidas por el Gobierno cuando pensaba en la comedia electoral; contemplando la persecución de los hombres significados de nuestras filas; denunciando y recogiendo periódicos, etc. etc. Ese inmenso amor, cultivado por Berenguer y continuado por el Gabinete que Aznar preside, no hemos sabido verlo los revolucionarios.

¡Jocoso estáis, D. Antonio! No le pensábamos capaz de esa… naturalidad (nos contentaremos con la palabreja) en el malabarismo político. Sabíamos que permanecía en la divisoria de derechas e izquierdas, lo que hacía posible conservar un equilibrio de cierta comodidad. Pero esas situaciones ambiguas son insostenibles a la larga, y el Sr. Royo se ha decidido a trasplantar sus reales al campo monárquico, enarbolando la bandera de la libertad, cuya afinidad con el régimen se demostró —una vez más— en diciembre último, y principalmente el domingo, 14, a las dos de la tarde (1).

Seamos lógicos: la hecatombe anarquista a que se refiere el autor del artículo que comentamos, ¿sería provocada por la República, aún no existente, o por la Monarquía, que lleva siglos de vigencia? ¿Somos nosotros, acaso, los que hemos suspendido las garantías constitucionales e instaurado la previa censura, prohibiendo toda propaganda? ¿Somos los republicanos quienes hemos ejercido la dictadura, sumiendo al país en la bancarrota financiera? No; y por mucha que sea la audacia de nuestros adversarios, no podrá nunca imputarnos culpas que con toda claridad gravitan sobre ellos.

Si la República española hubiera sido un hecho, cabría hacerla partícipe del desastre, y entonces, la Monarquía, podría reprocharle acaso su falta de auxilio en la lucha contra ese apocalíptico «desorden», tan temido por las derechas. Pero no siendo así, ¿con qué derecho se nos censura la negativa rotunda a colaborar con ellas (dentro de ellas, sometidos a ellas) frente a las justísimas iras desencadenadas por un régimen que nos ha vejado y perseguido, ciego y sordo a toda solicitación de ética política?

¿Qué esperaba el Sr. Royo? Sin duda creía que, llenos de miedo por la problemática aparición de ese pretendido monstruo del «desorden» (la palabra es de efecto mágico en oídos de las gentes sencillas e ignorantes), acudiríamos a sostener el régimen, optando así por un mal menor. Se equivocaba: no existe el dilema «Monarquía o caos», puesto que existe una tercera solución que evita ambos males. Nosotros no queremos el desorden; pero no damos tal nombre a la explosión de las nobles y legítimas aspiraciones de un pueblo, política y económicamente oprimido. Una revolución no es el derrocamiento del orden, sino la demolición de un desorden impuesto coactivamente como estado normal y permanente en la vida de un pueblo que tiene derecho a ser libre.

La ayuda que el Sr. Royo Vilanova lamenta no hallar en los republicanos españoles, significaría un baldón para nosotros. ¿Cree que se trataba, simplemente, de una substitución de rótulos en el viejo edificio de la política hedionda y burguesa? No; hasta la extrema derecha republicana pretende algo mucho más radical, y en estas mismas columnas se han publicado recientemente declaraciones de don Niceto Alcalá Zamora y don Miguel Maura, personas poco sospechosas de extremismo.

No podemos ni queremos colaborar con el adversario, porque esa cooperación representaría una traición a nuestros ideales y un engaño al pueblo. Ha llegado el momento de deslindar los campos con la claridad máxima; las ambigüedades, siempre reprobables, son ahora delitos de lesa patria. Jamás condenaremos la honrada profesión de fe; fustigaremos, en cambio, a los que, con «previsión» lamentable, pretenden mantenerse en terreno neutral para encontrarse igualmente cerca de ambos contendientes. En la lucha política no cabe la neutralidad respetable; va en la victoria de unos u otros la suerte del país a que se pertenece. No hay derecho a situarse al margen. Pero no se trata sólo de eso…

Los reproches que formulan contra nosotros los que se llaman liberales monárquicos, producen la impresión, a los ingenuos, de que somos infieles a un pacto expreso o tácito, por el que estuviéramos obligados a oponernos a las reivindicaciones económicas del pueblo. Y eso es falso. No nos hemos comprometido nunca a salvaguardar intereses creados cuya existencia dista mucho de ser una prueba de legitimidad.

A quienes (como el que suscribe) militan en la extrema izquierda del republicanismo, no les son precisas tales aclaraciones. Mas, por hidalguía, hemos de hacerlas; honradamente proclamamos que los denominados —con mayor o menor propiedad— conservadores en las filas republicanas, no han pretendido nunca, hasta ahora, implantar un nuevo régimen para evitar el triunfo de los anhelos de justicia social. Si algún día lo intentaran, pasarían automáticamente a ser enemigos nuestros, puesto que lo serían del espíritu de la revolución.

Créalo, señor Royo Villanova: no es ocasión propicia para que usted formule reproches contra los que, clara y noblemente, defendemos la República (2). Es mejor que medite y vea si puede afirmarse que Libertad y Monarquía son compatibles. Nosotros hace muchos años que nos contestamos negativamente. Y eso es lo que importa: claridad de credo y de conducta.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

Madrid, marzo 1931.

—–

[1] Día y hora en que, contraviniendo incluso a la cristiana tradición española de no ejecutar a ningún reo en domingo, habían sido fusilados en las afueras de Huesca los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández tras el fracaso de su intento de levantamiento en Jaca contra la Monarquía.

[2] Curiosamente, el catedrático y político zaragozano Antonio Royo Villanova (1869-1958), tan crítico en sus declaraciones con la República y sus partidarios, acabaría ocupando la cartera de Marina en un gobierno republicano: el último de los encabezados por Lerroux (1935).

~ por rennichi59 en Viernes 18 julio 2008.

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