Defensa del idioma. Propósito

De la obra inédita de Luis Hernández Alfonso Defensa del idioma.

No quisiéramos que pareciese excesivamente ambicioso el título, Defensa del idioma, que hemos dado a este libro. Puede parecerlo —y acaso, en realidad, lo sea— si se compara lo árduo del propósito con lo pobre de nuestra capacidad. Mas lo cierto es que nuestro rico lenguaje necesita de una defensa que, por desgracia, no le brindan quienes, con más títulos que nosotros, deberían hacerlo.

«Lo mejor, es enemigo de lo bueno», reza una máxima muy conocida. Y a ella nos atenemos al emprender nuestra labor. No se nos oculta que la tarea que nos hemos impuesto resultaría más eficaz si la realizaran plumas de mayor prestigio que la nuestra. Sin embargo, ya que, hasta ahora, ninguna de ellas se ha movido para convertir en hechos tan legítimas aspiraciones, fuerza será que nos atrevamos a intentar la empresa, sirviéndonos de atenuantes la buena intención que nos guía y la honradez de nuestro empeño.

Digamos, pues, ya aclarado lo relativo a las razones de esta «salida», un tanto quijotesca, los motivos fundamentales de la misma.

No creemos que un idioma sea algo intangible o inmutable, una especie de «monumento histórico», semejante al arco de Bará o al acueducto de Segovia, testimonios fehacientes de pretéritos esplendores; pero cuya grandeza ha de estimarse, forzosamente, anacrónica. De ningún modo. Un idioma es como un ser vivo y se halla sujeto a cambios que se producen con arreglo a leyes contra las que sería inútil actuar. El lenguaje se modifica, según las circunstancias de lugar y de tiempo, adaptándose a las necesidades de expresión, abandonando formas cuando se han hecho superfluas o creándolas si le faltan.

Ningún idioma se conserva —ni puede conservarse— tal como surgió; esto aparte de que ninguna lengua se ha «creado», íntegramente, en un momento histórico, sino que se ha elaborado, con mayor o menor lentitud, a lo largo de un periodo, casi imposible de limitar. Nos referimos, claro es, a los lenguajes que pudiéramos denominar espontáneos; y no a los «artificiales» (ido, volapuk, esperanto…), producto de un esfuerzo científico inspirado en el noble deseo de falicitar las relaciones entre los diversos pueblos del Planeta.

Los idiomas se forman paulatinamente; y todas las investigaciones de los lingüistas se estrellan en la imposibilidad de señalar el comienzo de un lenguaje. No es oportuno extenderse aquí en consideraciones acerca de la diversidad de lenguas y sus causas. Competentísimos autores han escrito, abundantemente, sobre tan discutida cuestión, defendiendo cada cual su hipótesis y no teniendo más punto de coincidencia entre sí que el hecho de basarse, por fuerza, en meras conjeturas.

Lo cierto, lo indiscutible, es que existen muchos idiomas diferentes; que, para mejor estudiarlos, se han agrupado en «familias», según sus analogías; y que esos lenguajes, tal como hoy los conocemos, son producto de una larga elaboración cuyo comienzo ignoramos y cuyo fin somos incapaces de prever.

La mutabilidad de los idiomas es, seguramente, requisito indispensable de su vitalidad: ningún ser vivo puede permanecer inmutable. Quizás a eso se deba el evidente fracaso de los idiomas artificiales, rígidos, casi perfectos, sin anomalías ni excepciones… pero absolutamente muertos. Como vehículo de ideas, sentimientos y voliciones, el lenguaje, para cumplir su misión, ha de plegarse a las exigencias de la mente humana, cuya capacidad evolutiva es imponderable.

Hemos señalado cuanto antecede, no por afán de exponer, como nuevos, hechos sobradamente conocidos; sino con el fin de que no se nos atribuya la intención de arremeter contra las naturales modificaciones que nuestro idioma —como todos— ha de sufrir y sufre al correr del tiempo. Sería absurdo pretender que una lengua cuyos primeros balbuceos sonaron en una pequeña comarca de la península ibérica hace siglos, hubiera de conservarse igual después de transcurrir un milenio y de haberse extendido por todo un continente.

Cada época ha exigido nuevas formas de expresión; y cada país ha impuesto la necesidad de otros vocablos. Recordemos, verbigracia, lo que les sucedía a los primeros historiadores hispanos en América. El ejemplo basta para demostrar lo ineludible del fenómeno. Hallaron en las Indias animales, plantas, minerales, seres y objetos, en fin, que no existían en España y a los que era fuerza denominar de algún modo. Tal ocurrió con las llamas, rumiantes calificados como «ovejas del país» por conquistadores y cronistas. Así fueron introduciéndose en nuestro léxico palabras nuevas, para designar cosas desconocidas por los españoles hasta la fecha: tabaco, patata, cacique, mita, inca, azteca, bohío, canoa, tambo, coya, chicha etc. Otras fueron inventadas por nuestros guerreros: orejón, por ejemplo, para designar a los cortesanos del Perú.

Ahora bien: las modificaciones del idioma, aun siendo todas naturales, no siempre obedecen a necesidad ni se realizan constantemente de modo normal, lo mismo que, en un ser vivo, las mutaciones pueden ser —y son, por desgracia, con frecuencia— patológicas. El crecimiento de un niño se realiza mediante proliferación normal de las células; pero las neoplasias (el cáncer, v.g.) también son proliferaciones celulares, aunque viciosas, anormales y funestas. El médico debe favorecer las primeras y atajar e impedir las segundas.

De igual modo hemos de vigilar la evolución de nuestro idioma, limpiándolo de cuanto lo vicie, lo afee o lo desnaturalice, favoreciendo su desarrollo y su enriquecimiento. No se trata, pues, de oponerse a toda variación, sino de procurar que las que se hagan sean normales, es decir, que no perjudiquen el acervo de nuestra habla.

Un idioma se perjudica: 1º con el abandono injustificado de voces castizas y necesarias; 2º con el empleo inadecuado de palabras correctas; 3º con la deformación arbitraria de los vocablos; 4º con la introducción de voces exóticas superfluas, con equivalencia genuina en el idioma propio; 5º con la adopción de neologismos inútiles; 6º con la de neologismos útiles mal adaptados a la morfología característica de la lengua de que se trate; 7º con el uso de giros bárbaros, solecismos, etc.

La tarea de vigilar el desarrollo de un idioma es árdua para cualquiera de ellos, especialmente ahora, cuando la multiplicación de las relaciones internacionales ha borrado —por fortuna— las «fronteras literarias». Y las dificultades son tanto mayores cuanto más expansión tenga el habla.

La española puede ufanarse de ser la oficial y común en veinte naciones, distribuidas en las más diversas latitudes. Esta difusión, que implica variedad de ambientes (climas, costumbres, necesidades…), influye, de manera decisiva, en la evolución idiomática. La existencia de elementos indígenas y de grupos étnicos exóticos en la América hispana complica el problema. A dichos países afluyen, constantemente, emigrantes de distintas nacionalidades, los cuales, como es lógico, propenden al uso de vocablos de su lengua vernácula.

La incorporación de palabras nuevas es inevitable y necesaria, puesto que la exigen las circunstancias. En consecuencia, hay que abrir paso a esas voces; pero siempre que se acomoden a las características de nuestro idioma. La resistencia sistemática a «darles estado oficial» solo serviría para adulterar aquél, ya que, con sanción o sin ella, se emplearían… y no siempre con acierto.

Comprendiéndolo así, la Academia Española ha dado cabida —especialmente en su Diccionario Manual— a numerosos americanismos y a otras voces que no figuraban con anterioridad en nuestro vocabulario. A tal respecto, séanos permitido opinar sobre los «aciertos» y sobre los «errores» de la docta corporación, discutida con mayor vehemencia que justicia, a nuestro parecer, por tirios y troyanos.

La Academia es un organismo integrado por hombres, y todo lo humano es imperfecto, falible. Sería absurdo asegurar que no se equivoca nunca; tan absurdo como afirmar, según hacen sus detractores sistemárticos e irreductibles, que se equivoca siempre. Apreciando el asunto con serenidad, resulta lógico establecer una mayor cantidad de aciertos que de errores en sus fallos: la Academia es una entidad colectiva en cuyas tareas han intervenido, en el transcurso de los años, centenares de hombres ilustres, de innegable solvencia literaria. El contraste de criterios y pareceres representa mayor garantía que la opinión individual de un escritor, en términos generales.

Esta convicción nos ha hecho preferir —salvo en casos evidentes y excepcionales— las decisiones académicas; esto sin contar con que estimamos muy saludable la existencia de un organismo competente «regulador del idioma».

Ahora bien: esa misma circunstancia de ser la Academia una entidad colectiva, hace que no siempre mantenga un criterio; y da lugar a curiosas anomalías, tales como la de admitir un vocablo y no aceptar sus derivados, compuestos ni antitéticos.

En el cuerpo de este libro indicamos muchos casos de tal índole, debidos, sin duda, a que cuando un académico propone la inclusión de una palabra, se discute ésta; y se acepta o se rechaza, taxativamente, la voz en cuestión, sin ampliar, en ocasiones, la deliberación a otras voces derivadas o análogas.

* * *

El plan que hemos seguido en estas páginas obedece a nuestro propósito de contribuir, por modestamente que sea, a esa «vigilancia» del idioma.

Comenzamos por un «repertorio» alfabético de voces desusadas, de empleo poco frecuente o que solo se usan en una de sus distintas acepciones. En los casos que hemos estimado oportuno —para mejor comprensión o por cualquier otra causa— indicamos la etimología, cierta o probable, de los vocablos.

Siguen los barbarismos de diversas procedencias; los neologismos incorrectos o inútiles, los solecismos más frecuentes y otras impropiedades idiomáticas.

Dedicamos un breve capítulo a las «anomalías idiomáticas», deformaciones curiosas del lenguaje, incongruencias gramaticales etc.

Y también reunimos abundantes ejemplos de redacción defectuosa, tanto por errores en la equivalencia de las palabras como por el empleo de giros extraños a nuestra sintaxis, especialmente, en las traducciones.

* * *

Confesamos, paladinamente, que durante mucho tiempo hemos vacilado, en la duda de si acertaríamos o no a cumplir nuestro propósito. Cada vez que revisábamos el original, añadíamos, suprimíamos o modificábamos algo, temerosos de omisiones, reiteraciones o deficiencias censurables.

Por fin, recordando que «quien hace lo que puede, a más no está obligado», nos decidimos a publicar este libro, encomendándonos a la benevolencia de los sabios, a la simpatía de los no eruditos y a la comprensión de cuantos lo leyeren, en gracia a nuestros buenos propósitos.

Nunca hemos abrigado la necia pretensión de escribir obras perfectas; y si no podían serlo las de pura creación salidas de nuestra pluma, menos lo será este libro, de tema tan arduo y complejo, y cuyas dificultades exigirían competencia muy superior a la menguada que poseemos.

Sentimos, sin embargo, la íntima satisfacción de haber puesto al servicio de nuestro hermoso idioma toda nuestra voluntad, todo nuestro entusiasmo y todo nuestro fervor.

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Madrid y mayo de 1948.

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~ por rennichi59 en Miércoles 23 julio 2008.

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