La obra y el hombre

Artículo de Luis Hernández Alfonso galardonado con el Premio Zozaya del Concurso de Crónicas de «La Libertad» y publicado en dicho diario madrileño el 22 de junio de 1930.

Recientemente un periodista español ha celebrado una entrevista con Remarque. El ilustre autor de Sin novedad en el frente le ha hecho declaraciones dignas de comentario.

«Yo no quiero tener hijos. Los hombres son demasiado malos —ha dicho—; la vida, demasiado, dura». Nos desconcierta un poco la lógica del novelista que tan reciamente ha conmovido al mundo civilizado con el zarpazo cruel, despiadadamente sincero, de sus páginas magistrales. Nosotros hubiésemos pensado, después de escribirlas —si poseyéramos las dotes de Remarque—, en la necesidad de forjar hijos que transformen en bueno el mundo malo, aunque fuera preciso, para lograrlo, fundirlo en el candente crisol de otra guerra más espantosa, pero menos inicua; no desencadenada por odios entre pueblos en cuyo seno gimen los esclavos bajo la planta férrea de sus dominadores; no entre sociedades humanas que llevan en sus entrañas el monstruoso cáncer de la injusticia convertida en ley, declarada inviolable, elevada a dogma, entronizada en nombre de un Dios de cuya existencia sería el más rotundo mentís…

Sí; tener hijos de recío espíritu, de voluntad rígida, de conciencia impecable; tener hijos que moldeen un mundo distinto golpeando con el martillo de su nueva fe sobre el yunque de la Naturaleza pródiga, ubérrima, que no sabe de castas.

La renunciación es una forma del egoísmo. El hombre no tiene derecho a esquivar su dolor para que continúe encadenando a sus semejantes.

Remarque, como Cervantes, ha hecho más de lo que quería hacer. ¡Error profundo pretender que un hombre señale el alcance de sus obras, con frecuencia superiores a él, y que, espiritualmente, han dejado de pertecerle!

Colón no quiso nunca admitir que América fuese otra cosa sino la costa oriental de Asia. Remarque pretende no haber escrito sino un relato fiel de los horrores bélicos; pero ha hecho más: ha lanzado un gigantesco grito de alarma que ha llegado a todos los confines.

Acaso con sus hijos ocurriera lo mismo: que los engendrara para ser vencidos y fuesen vencedores.

Conforme avanza la charla del escritor alemán con el español, aquél se empequeñece. Por sus palabras nadie le creería autor de su gran libro. Recordando éste, parece como si por arte de encantamiento se hubiese llevado en sus páginas todo cuanto alentaba en el cerebro y en el corazón de quien las escribió.

La afirmación final es desconsoladora, y nos lleva a creer que cuando un hombre produce una obra maestra tiene miedo de ser por ella eclipsado y cifra su empeño en reducir su alcance y desvirtuar su inclinación.

«…No vale la pena —dice— de emprender nada en la vida, siendo tan fácil perderla». Hétenos a Remarque hecho un apacible burgués. Conquistados renombre y dinero, no se cree obligado a seguir laborando para mejorar la sociedad inicua en que vive, ni siquiera para evitar los horrores de una nueva y quizá más terrible contienda.

Los autores, al través de sus obras, se agigantan; las obras, al través de sus autores, se empequeñecen y desvirtúan. Y ahora, al recordar pasajes del libro, creemos ver transformarse en afirmaciones sinceras lo que supusimos ironías aguda y finamente intencionadas. Nos asalta una desazón íntima al evocar la frase de Kropp, cuando, al regresar sólo ochenta hombres de los ciento cincuenta que entraron en combate, exclama: «Por fin, vamos un día a comer hasta hartarnos». Y este comentario brutal, que antes nos pareciera una saeta lanzada por Remarque al humano egoísmo, se despoja de toda intención para ser únicamente «un hecho». ¡Lástima grande!

Vemos al autor de aquellas páginas, por las que discurre trágica la muerte, como espectador casi indiferente de los acontecimientos. Vibraron sus nervios ante la hecatombe como vibra una membrana. Al cesar el estrépito guerrero, su sensibilidad queda en calma, aunque bien fácil es advertir que la causa persiste y que el árbol maldito tiene aún firmes sus raíces, de las que surgirán nuevos y funestos brotes.

No siente la necesidad de extirparlos. Por eso agrega que «odia la política». ¿Y por qué camino sino por el de la política —en el verdadero y amplio sentido del vocablo— puede llegarse al mejoramiento de la Humanidad? No comprendemos cómo puede opinar así el mismo que escribió la tremenda frase: «Algunas veces ya nos tratan como a hombres».

¡Lástima grande, repetimos! ¡Lástima que Remarque (en quien quisiéramos ver un vengador implacable de tantas víctimas inmoladas ante sus ojos en honor de un régimen inicuo) sólo pueda decir, en pleno vigor de su vida, lo que su héroe al morir: «Sin novedad en el frente»!

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~ por rennichi59 en Jueves 7 agosto 2008.

2 comentarios to “La obra y el hombre”

  1. Ojo, también los leen desde Caracas, Venezuela, sirva de reconocimiento a la vocación por la excelencia de esa tan interesante y pedagógica página. FELICITACIONES! “No hay caminos, se hace camino al andar”

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  2. Estimado Sr. Barragán: Muchísimas gracias por sus palabras de aprecio, que nos sirven de poderoso acicate para seguir publicando aquí la obra de nuestro abuelo, el escritor Luis Hernández Alfonso, que con este artículo sobre Remarque ganó el prestigioso premio Zozaya.
    Reciba desde Madrid el más cordial de los saludos.

    Pablo Herrero Hernández

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