La gente nueva

Artículo publicado por el escritor y periodista Darío Pérez en el diario madrileño «La Libertad» del 24 de junio de 1930.

Un día se presentaron dos jóvenes en mi casa. Traía el uno varios periódicos debajo del brazo. Se excusaron de no precederles anuncio de su visita ni de que algún amigo mío la anunciara. No traían carta ni tarjeta recomendándolos. Sólo traían aquellos periódicos y la intuitiva confianza de una buena acogida. ¿Cómo no dispensarla muy cordial, si eran periodistas y jóvenes de añadidura?

A mí la calidad de periodista me cautiva. Sé el dramatismo callado y lacerante del oficio. Las amarguras que lo acibaran, los afanes que lo inquietan, las esperanzas que lo acucian, las estrecheces que lo oprimen, el séquito de triunfos efímeros y de persistentes dolores que constituyen la levadura de su esencia, y que hacen del periodista un comulgante del sacrificio en larga e ingrata carrera. Y la juventud me cautiva también, por mi convencimiento de que en ella palpita el germen de renovación, la futura revancha, el polen fecundante, la realidad prolífica de lo que, para quienes ya no somos jóvenes, es todavía un sueño…

Estos dos jóvenes periodistas no sólo me traían un periódico: lo hacían… Un periódico pequeñito, inspirado en un ideal muy grande, muérdago agarrado al tronco, recio y firme, de una convicción. Eran periodistas, jóvenes y convencidos. Eran trabajadores y creyentes. ¿Qué más necesitarían para triunfar?

Ya el uno, bajo de estatura, fuerte de complexión, vivo de ojos, comenzó pronto a gustar mieles de victoria. Poeta, en un certamen de Elche premian su canto a la Libertad; enamorado de la aventura, premian en Trujillo su Vida de Pizarro; erudito investigador, la Diputación de la Grandeza otorga el premio de 10.000 pesetas a su Virreinato del Perú; orador, propaga en mítines políticos y científicos, teniendo el honor de que su voz quede políticamente ahogada; escritor, publica cuentos, novelas y hace teatro, que no logra le «hagan» a él; periodista, funda un periódico, con cuyos primeros números viene a mí en busca de apoyo y consejo, y a cuya obra consagra trabajo y fervores para desarrollarla penosamente.

Con todo eso, realizado antes de llegar a los veintiocho años, no consigue sacudir la penuria, violar el inédito, que es obscuridad y estrechez; llegar al gran público, que es el éxito y el renombre. Se debate en la impotencia que tantos otros. Su anhelo se ensombrece. Entonces lee en un diario unas manifestaciones de Remarque, el célebre autor de Sin novedad en el frente. Advierte al hombre inferior a su obra, y las teorías sociales que expone, inferiores al hombre y en pugna con las suyas; y en ese rápido impulso del escritor de raza, coge la pluma y escribe: La obra y el hombre. Título de una crónica redactada en media hora. Se acuerda de que LA LIBERTAD tiene abierto un concurso de crónicas, y a LA LIBERTAD la manda. Antes que la de él habían llegado muchas más: 372. Esto le hizo descorazonar y casi olvidar su intento, hasta que, días después, al regresar de uno de sus viajes de propaganda política, le dieron la noticia de que el «Premio Zozaya» había sido otorgado, por unanimidad, a D. Luis Hernández Alfonso. El velo del inédito quedaba rasgado…

Gusta la suerte de proporcionarnos sorpresas. Llega cuando menos se la aguarda. Y llega bruscamente, como la oleada de sol al abrir la ventana. También a Luis Hernández le ha deslumbrado un poco. Creía, conservaba la fe; pero ¡tantas piedras en su camino! Se le antojaba haberse desposado con la adversidad por fatalidad propia y por herencia… Su padre, D. Luis Hernández Rico, es un mártir de la incomprensión ambiente. Tuvo el momento de su discurso en la Academia de Jurisprudencia, punto básico de la fundación del partido republicano presidencialista —que tiene en el hijo entusiasta mantenedor y difundidor—, y en seguida quedó otra vez su valimiento en el olvido. Si estaba desposado con la adversidad, súbitamente sobrevino el divorcio. Y ya la fortuna acaricia al autor de la crónica premiada.

Un premio de esta clase, que permite escalar sitio de honor en rotativo de gran difusión, es llave que abre muchas puertas. Desde luego, la del renombre. Cuando la iniciativa de aquellos maestros inolvidables Miguel Moya y «Fernanflor» estableció la costumbre de estos certámenes, consagrados a descubrir valores anónimos, José Nogales, el pulcro cronista, vegetaba, ignorado, en la provincia de Huelva. Su cuento laureado, Las tres cosas del tío Juan, le procuró entrar en la Redacción de «El Liberal», y tal renombre, que desde entonces se reputó a José Nogales uno de los prestigios más sólidos de las letras españolas.

Otros periódicos, después, secundaron la iniciativa de «El Liberal». LA LIBERTAD, entre ellos, desde hace tres años, tanto en debido homenaje al maestro de todos los cronistas, al insigne compañero Antonio Zozaya, como para contribuir a que la gente nueva clave la pluma moza en la torre almenada de los elegidos.

No se frustró el intento. Tres concursos ha efectuado, y en los tres galardonó, antes a Félix del Valle y Eduardo de Haro, y ahora a Luis Hernández Alfonso, los cuales consumían la valía juvenil en la desesperanza de la amorfa masa anónima y surgen cubiertos de bruñida armadura, ungidos por el espaldarazo de la popularidad. Prueban sus obras cuán debido les era el honor que, hasta llegar el momento del éxito, habíales regateado la suerte huidiza.

Darío Pérez

~ por rennichi59 en Sábado 9 agosto 2008.

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