Paradoja

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 6 de julio de 1930 en el diario madrileño «La Libertad».

Al maestro de la crónica, D. Antonio Zozaya

La rapidez y variedad de la vida en las ciudades apenas nos deja tiempo para pensar en el cómo y el porqué de las cosas que vemos. Pasan los hechos ante nuestros ojos, sujetan un momento nuestra atención y desaparecen para ser substituidos por otros, que durarán lo mismo que los que les precedieron. Por eso no es posible meditar sobre todos, relacionar los efectos con sus causas ni establecer éstas para comprender aquéllos.

Sin embargo, en cada una de esas aparentes pequeñeces —nada hay en realidad pequeño— se encierra un jirón del problema inmenso cuya solución busca la Humanidad al correr de los siglos. Acaso cuando se halle la ley a que obedece cualquiera de esas minucias se obtenga la única respuesta satisfactoria para cuantas preguntas se hace en vano el hombre.

Hemos leído algo que nos ha hecho ahondar en un desconcertante misterio. Unas líneas que, entre noticias de diversa índole, habrán pasado inadvertidas para la casi totalidad de los lectores de Prensa, nos han impresionado más que los detalles de cualquier catástrofe. Ocurrida ésta, deja tras de sí el dolor que el tiempo mitiga; las pocas líneas a que nos referimos clavan en nuestro pensamiento una angustiosa interrogación.

Los profesores de orquesta han protestado contra la implantación del cine sonoro, que disminuye sus medios profesionales de vida.

Nos hallamos, no ante un hecho sin trascendencia, sino ante un síntoma delator de triste paradoja. El progreso, bienhechor de la Humanidad, se ve combatido —con justicia «actual»— por unos hombres a quienes perjudica, y que, como todos sus semejantes, tienen derecho a que el progreso les beneficie.

La ciencia, amorosamente cultivada por seres a quienes la colectividad no siempre atiende ni ampara, ha logrado crear mecanismos que, ahorrando el humano esfuerzo, faciliten la vida.

Las máquinas agrícolas hacen innecesario el sacrificio de muchos braceros. Son, pues, un fruto de progreso. Pero —y aquí surge la paradoja— ¿cómo han de ver en ellas un bienhechor invento los individuos para evitar cuyo dolor se hicieron, si cada máquina que funciona deja sin pan a varias familias? Los obreros del campo, más de una vez, con furia lamentable (que tiene en su descargo la fuerza soberana del instinto de conservación) han destrozado aquellos mecanismos, hijos de la constancia altruista de los que buscan incesantemente el mejoramiento de la Humanidad (1).

Los músicos, hombres cultos, de fina sensibilidad, no piensan en destrozar los aparatos que, poco a poco, van arrebatándoles su campo de acción. Comprenden que son admirables, que son beneficiosos, que constituyen un adelanto. Y porque lo comprenden, su actitud es más de queja que de protesta. Quieren vivir, saben ganar la vida; no atacan, se defienden.

Claman contra el cine sonoro, contra la radiotelefonía, contra la gramola amplificadora, que los han desterrado de cinemas y cafés. El público, enjuiciando el asunto con ligereza que no por ser habitual en él es menos censurable, piensa que se clama contra el progreso.

No; bajo esa apariencia late un problema infinitamente más hondo, raíz y base de otros muchos que se ven aislados, sin nexo que superficialmente los una. Es que se ha convertido el progreso en simple objeto de lucro. A pesar de ello, beneficia al hombre, porque las leyes naturales se cumplen inexorablemente. Mas no han estudiado los sabios, no han creado los genios para el exclusivo provecho de las sociedades mercantiles. Ese «orden» empequeñece lo grande y reduce lo maravilloso, lo sublime, a una patente de fabricación o a una marca registrada.

Gracias a él, el progreso camina, sembrando con la alegría de unos hombres la amargura de otros. Su marcha no es, como debiera, triunfal para todos. Y así puede ocurrir que haya quien, por triste necesidad, se oponga a su paso, llevando en lo íntimo de su ser la amargura que causa verse obligado a luchar contra lo que más se quiere.

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[1] Al problema social representado por la progresiva mecanización del campo dedicará el Autor, casi exactamente dos años después y ya en vísperas de la pacata y deficiente reforma agraria puesta por obra por la Segunda República, en las páginas del mismo diario, un artículo titulado Hombres y máquinas.

~ por rennichi59 en Sábado 9 agosto 2008.

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