Detalle sin importancia

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 16 de julio de 1930 en el diario madrileño «La Libertad».

«Para vergüenza de las naciones colonizadoras —ha escrito hace pocos días en estas mismas columnas el inquieto periodista Alardo Prats y Beltrán—, la esclavitud es una monstruosidad comprobable en cualquiera de las colonias africanas».

Esta verdad, saltando sobre todos los eufemismos académicos, flota como un crespón que enluta el parlamentarismo estéril de las Conferencias internacionales. Toda la fraseología huera en ellas usada adquiere de pronto carácter de escarnio sangriento.

Las potencias que cuidadosamente se proclaman protectoras de los pueblos bárbaros transigen con su barbarie a cambio de una sumisión, más aparente que real y siempre insegura, de los «protegidos». Ésta es la más terminante demostración de la farsa que con regular éxito vienen representando durante siglos las naciones poderosas.

Los ingenuos se dejan convencer; hay quien habla con buena fe de la «misión civilizadora» de Francia en Cambodge e Indochina; de Inglaterra, en el Sudán, en la India, en Nueva Zelanda; de España, en Marruecos, en Ifni, en Río de Oro. Arrancar a los pueblos de la barbarie en que yacen es labor meritoria, y quienes la realizan merecerían el respeto y la gratitud de la Humanidad. Pero eso sólo existe en teoría: lo dicen los tratados, lo corroboran los libros… La realidad lo desmiente. Bajo esa hojarasca diplomática sólo hay frecuentemente un movimiento egoísta de imperialismo funesto… más el empeño ambicioso de una turba de especuladores sin ley ni conciencia.

Cuando una potencia ve que otra le arrebata un privilegio o se le anticipa en su consecución, emprende la defensa de los perjudicados por la nación más diligente. Los escritores de una nacionalidad censuran acremente los sistemas colonizadores de los otros pueblos, lo que no impide que su nación los use cuando le conviene. Así han podido acumularse tantos infundios sobre la obra de España en América, preferentemente por quienes en el siglo en que vivimos usan procedimientos más censurables. Sería interesante conocer la opinión de Gandhi en este asunto.

La Historia nos presenta casos merecedores de estudio; quizás el más interesante es el repentino altruísmo británico en pro de la desventurada raza negra… coincidiendo con la pérdida del monopolio que Inglaterra disfrutaba para la introducción de esclavos africanos en América. En los siglos XVI y XVIII no sólo toleró el «noble negocio», sino que lo ejerció con entusiasmo digno de la más elevada causa. Las cazas de hombres, realizadas en las costas de África por los Hawkins y los Drake, fueron patrocinadas por los duques de Leicester y Pembrocke, y la celebérrima reina Isabel llevaba participación en las ganancias. Perdido el privilegio, pasado a otras manos (portuguesas, holandesas…), Inglaterra comprendió la inmoralidad de la trata y se dedicó con ahínco a perseguirla.

Cada potencia, celosa de las demás, busca puntos de apoyo en todos los continentes, bases navales en todas las costas. No por elemental decoro, sino por mayor facilidad interna para la política imperialista, se pretexta una misión civilizadora, máscara tras de la cual se esconden los bastardos intereses del capitalismo sin patria.

El pueblo de cada nación, deslumbrado por el espejuelo del compromiso civilizador, se deja arrebatar hombres y dinero para campañas coloniales, que no son en el fondo sino campo de acción para comerciantes sin escrúpulos. Sus intereses bastardos son los que adquieren la calificación de «altos fines de la cultura», tanto en los Congresos internacionales como ante los Parlamentos de cada país.

Los pueblos se desangran creyendo hacerlo en servicio de la civilización. De vez en vez, una hecatombe sume en duelo a una nación. Si la ingenuidad de la masa persiste, la farsa continúa; si la venda cae de los ojos enrojecidos por el llanto, los pueblos hacen caer definitivamente el telón.

En todos los países colonizadores se han denunciado abusos de los europeos en las zonas de dominio o de protectorado; se promueven debates en las Cámaras; se inician expedientes. Pero todo concluye pronto; renace la calma, al amparo de la cual podrán continuar indefinidamente enriqueciéndose los especuladores.

Lo más doloroso —con serlo mucho que se hayan de sostener luchas en exclusivo beneficio de los vividores— es que esos sacrificios nacionales no sólo se exigen para proteger negocios, sino que ellos mismos constituyen objeto de especulación.

El caso de los fabricantes alemanes de material de guerra que vendían indirectamente (por medio de los neutrales) a los aliados productos de sus fábricas a menor precio que a Alemania, ha causado sensación por la importancia y el volumen del negocio, pero no por su índole, puesto que se sabía de otros asuntos análogos en las colonias, donde las tropas europeas se han visto diezmadas por fusiles iguales a los que ellas manejaban y por cañones de igual procedencia que los suyos. En todas las colonias, en todos los protectorados hay negocios inconfesables ocultos —no tanto que no permitan adivinar su verdadera naturaleza— tras el pretendido interés nacional de cada potencia.

Esas organizaciones de capitalismo —para el que no existe nada respetable ni bochornoso— son más fuertes que la voluntad de los pueblos, maniatada por los magnates de los negocios, verdaderos árbitros de los destinos de los países que cayeron bajo sus garras.

¿Qué les importa a esos especuladores que exista la esclavitud? ¿No la instauran, más o menos atenuadas, en su patria? Les interesa el desarrollo de sus planes; necesitan soldados para proteger sus negocios, y en ocasiones para que los indígenas insumisos puedan consumir las municiones que ellos venden a «amigos» y «enemigos». Por eso no se pacifican nunca por completo algunos territorios, donde periódicamente surgen partidas rebeldes.

Se celebran Congresos, se firman Tratados, se pronuncian discursos, en los que se desborda un admirable amor a la cultura y al progreso… Cada potencia ocupa la mayor extensión de terreno y los mejores puntos que le permiten las demás. Los negociantes exportan, importan, venden, compran… El dinero se multiplica rápidamente, en la paz unas veces, en la guerra otras.

Al lado de eso, el hecho de que en las colonias y los protectorados subsista con todo su rigor la esclavitud, es un «detalle sin importancia».

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~ por rennichi59 en Domingo 17 agosto 2008.

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