Julio, la Bastilla, Tardieu…

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 29 de julio de 1930 en el diario madrileño «La Libertad».

En Julio de 1787, en Francia, hubieron de ser convocados los Estados Generales: el país entero se agitaba en los primeros síntomas revolucionarios. En Julio de 1788, trescientos diputados reunidos espontáneamente en Vizille (Delfinado) lanzaron un llamamiento para que las provincias no pagasen impuestos mientras no fuesen convocados nuevamente los entonces abolidos Estados. En Julio de 1789, Thuriot (1) logró ver cómo las turbas de París tomaban por asalto la Bastilla, símbolo de la tiranía, mientras en las provincias se negaban rotundamente a alimentar las arcas feudales. En Julio de 1792, el pueblo, exasperado por el insolente manifiesto del duque de Brunswick, generalísimo de los ejércitos aliados, comenzó una intensa campaña, que fue el camino por el que se llegó, el 10 de agosto, al ataque al Palacio de las Tullerías.

Sin duda para conmemorar esas fechas decisivas en la historia de la democracia, Tardieu, en Julio de 1930, ha clausurado el Parlamento porque hacía obstrucción sistemática a su labor de gobierno.

Apresurémonos a declarar que la culpa no es del estadista ultrapirenaico, sino del sistema que, pretendiendo vincular en las Cámaras una soberanía que sólo por delegación del pueblo ejercitan condicionadamente, hace que, en realidad, el Parlamento se halle a marced del Poder ejecutivo, tanto por lo que se refiere a su origen como por lo que afecta al desarrollo de su actividad.

Y esto no ocurre sólo en Francia: es un mal que acompaña indefectiblemente al parlamentarismo y que se revela donde éste existe.

El Gobierno finlandés, derrotado en una votación, no se ha contentado con cerrar el Parlamento, sino que lo ha disuelto, haciendo público su propósito de realizar en Octubre próximo elecciones, de cuya sinceridad pueden hacerse pronósticos sin riesgo de incurrir en error, dada la finalidad que aquél persigue: procurarse una «voluntad nacional»… a su imagen y semejanza.

En Alemania, el Gobierno del Reich, al ver aprobada por mayoría de votos la moción socialista en favor de la abolición del decreto referente al plan financiero, ha disuelto el Reichstag, anunciando la celebración de elecciones generales el 14 de Septiembre.

El parlamentarismo plantea un dilema; sus dos soluciones son por igual perniciosas: o el Gobierno sojuzga al Parlamento, lo falsea en su formación y lo convierte en instrumento dócil para el logro de sus planes, o si las Cámaras adquieren preponderancia, los Gabinetes, juguetes de ellas, duran tan escaso tiempo que no existe posibilidad de que ninguno desarrolle su obra de Gobierno. Así, por extraño modo de interpretar la democracia, se torna en malo algo que esencialmente es bueno.

Si el poder reside en el pueblo soberano, y éste, lógicamente, ante la imposibilidad de ejercitar él las funciones ejecutiva, legislativa y judicial, designa por elección a quienes en su nombre hayan de atender a cada una de esas actividades, ¿por qué establecer entre ellas relaciones de supeditación recíproca? Si por sufragio se nombran las personas que han de gobernar y por igual procedimiento las que hayan de elaborar leyes, ¿para qué encomendar a unas que, saliéndose de su peculiar órbita y abandonando las tareas que les son propias, fiscalicen lo que las otras hacen, siendo así que todas son igualmente depositarias de la voluntad popular?

Lógicamente ha de establecerse una pugna que, absorbiendo en su desarrollo gran parte de la actividad política, disminuye, dificulta y, a veces, anula o desvía la obra útil del Gobierno y la imprescindible de la formación de leyes.

Lo curioso del caso es que a ese régimen, en el que el Cuerpo legislativo se halla a merced del ejecutivo (que puede, con mayor o menor facilidad, suspender sus sesiones, condenándole al mutismo y haciendo así ilusoria su fiscalización y nula su obra legislativa), se le denomina «de soberanía del Parlamento».

No admitimos ésta, ni teóricamente, en sana democracia. Las tres esferas de actividad del Poder son igualmente necesarias: si preciso es dictar normas y disposiciones, lo es también que se ejecuten —obra de gobierno— y que se defienda a la colectividad de los ataques de quienes las vulneran. Es, a nuestro juicio, absurdo concentrar en el Poder legislativo prerrogativas de orden ejecutivo o judicial.

Mientras el jefe del Estado ha sido «inevitable» e inamovible, es decir, en la Monarquía, el parlamentarismo ha tenido una misión fiscalizadora que cumplir. Como el monarca designa a «sus ministros» sin la conformidad expresa del pueblo, éste, por medio de sus únicos representantes genuinos —los parlamentarios—, ha querido y debido fiscalizar la labor de un Gobierno en cuya designación no ha intervenido.

En la República, el parlamentarismo no tiene razón de ser. El pueblo puede elegir libremente al jefe del Poder ejecutivo (que, como se sabe, es el mismo presidente de la República en el régimen representativo, presidencial o «de democracia directa») y también se reserva el derecho de exigirle directamente responsabilidades. En consecuencia, el Poder ejecutivo tiene igual origen que el Parlamento: el sufragio popular. No existe, pues, razón alguna para que la colectividad, «a priori», desconfíe de uno de sus representantes y no de los demás, cuando todos reúnen iguales condiciones de legitimidad.

De este modo, no debiendo su designación al Parlamento ni habiendo de tener obstáculos de éste para su obra, el Poder ejecutivo no puede ni tiene por qué intervenir en las tareas del Cuerpo legislador, dedicado exclusivamente a la elaboración de leyes. El Parlamento no podrá ser disuelto ni ver suspendidas sus sesiones por el Gobierno, a quien le estará prohibido inmiscuirse en la vida interna de la Cámara. ¡Y pensar que muchos hombres de buena fe han creído que «antiparlamentarista» y «enemigo del Parlamento» eran una misma cosa! No; el parlamentarismo sí que es el mayor enemigo del Parlamento, puesto que, en su afán de darle prerrogativas sin límites, ha llegado a colocar a los Gobiernos en la alternativa de «morir o matar» (2).

Laboulaye (3) dice que en un régimen como el francés, por ejemplo, «se ha substituido el absolutismo monárquico por la omnipotencia parlamentaria». Pero es más todavía: esa omnipotencia se convierte en impotencia por obra de los Gobiernos, como ha sucedido ahora con Tardieu. Bien se advierte que no es un régimen «normal», puesto que rara vez existe el necesario equilibrio entre los dos Poderes. Uno presiona o domina al otro, y, naturalmente, esa lucha va en perjuicio de los intereses de la colectividad.

El entusiasmo parlamentarista de muchas personas tiene por base el regocijante espectáculo de esa lucha, exteriorizada en discursos más o menos ingeniosos y en incidentes que suelen tener momentos cómicos; pero la vida política y social de un pueblo es algo más serio que un espectáculo regocijante. Hay parlamentarios que practican con éxito el deporte de derribar Gobiernos, y éstos están habituados al de clausurar, disolver Parlamentos y «fabricarlos» a su imagen y semejanza, es decir, tal como lo necesiten en cada ocasión.

No; ese régimen no ofrece garantías de verdadera democracia. Hemos visto que es el más apropiado para que viva, orondo y satisfecho, el caciquismo alimentado por los Gobiernos que necesitan su ayuda para asegurarse mayorías parlamentarias. Sin ellas, ningún Gabinete prospera; con motivo del primer proyecto de ley será derrotado y habrá de hacer lo que Tardieu (si no lo que los Gobiernos finlandés y alemán) o tendrá que dimitir, produciéndose así la interminable y lastimosa serie de «cerrojazos» y crisis ministeriales.

Véase, en cambio, cómo en un régimen representativo o presidencial la disconformidad entre el Poder legislativo y el ejecutivo no crea ningún conflicto. Hace poco tiempo, el Parlamento norteamericano aprobó una ley referente a las pensiones de los veteranos de Cuna y Filipinas. Hoover, presidente de la República, y, por ende, también del Gobierno, no halló viable la ley y devolvió a las Cámaras con las observaciones que motivaban su veto suspensivo (único que puede oponer). El Parlamento, no encontrando suficientes los reparos expuestos por el jefe del Estado, ratificó su acuerdo anterior y la ley volvió a manos de Hoover para que se cuidades de su ejecución. La ley se ha promulgado y rige; el Parlamento ha conservado con insuperable dignidad su independencia (no amenazada en ningún momento) y su prerrogativa legisladora; el Poder ejecutivo ha cumplido su deber, primero, al oponer razones que estimaba atendibles, y después, al dar pleno vigor a la ley votada por las Cámaras.

Ni disolución ni clausura de éstas, ni crisis ministerial (que no existe en aquel sistema), ni, por consecuencia, entorpecimiento alguno en la marcha progresiva de la política nacional.

No faltará ahora quien descargue sobre Tardieu un cúmulo de reproches; acaso los merezca. Pero no ha de pretenderse que los hombres purguen las culpas de los sistemas.

La casualidad ha querido que ese atentado contra el Parlamento francés (frecuente, por lo demás, en cualquier régimen análogo) se haya realizado en el mes de Julio, caro a los libertades políticas de la vecina República y que haya sido una extraña conmemoración de la toma de la Bastilla.

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[1] Jacques-Alexis Thuriot (1753-1829), que llegaría a ser presidente de la Convención durante un brevísimo período en 1793, encabezó una de las delegaciones que el 14 de julio de 1789 intentaron sin éxito que el gobernador de la Bastilla entregara pólvora y municiones al pueblo.

[2] Este mismo enfoque del parlamentarismo y sus partidarios como paradójicos enemigos de la institución que pretenden defender también lo había desarrollado dos años antes, en las páginas de «El Presidencialista», el a la sazón joven escritor Emiliano Aguado en dos artículos bajo el título general de Los parlamentaristas, enemigos del Parlamento: I y II.

[3] El poeta, jurista y político francés Édouard René de Laboulaye (1811-1883) fue un gran admirador del modelo presidencialista estadounidense, cuya historia escribió, e inspirador de la creación de la Estatua de la Libertad.

~ por rennichi59 en Domingo 17 agosto 2008.

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