Mala fe

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 5 de agosto de 1930 en el diario madrileño «La Libertad».

Reproducido en la sección «El puro manantial intacto. Artículos de autores republicanos» del n.º 68 de «Cuadernos Republicanos», del CIERE, correspondiente al otoño de 2008.

¡Cuán torpes son y que ingenuos nos creen esas Agencias informativas que piensan, mediante la difamación, detener la revolución social, mantenida en las avanzadas por el titánico esfuerzo ruso! Es algo así como si esperasen que el invierno se enseñorease de los siglos porque ellas negaron la primavera.

Un día nos comunican pretendidos fusilamientos en masa; otro nos informan de persecuciones inexorables; otros nos amargan la lectura de los diarios con telegramas absurdos… Ahora, un corresponsal de un periódico inglés en Riga nos «cuenta» que en las prisiones soviéticas se mata a los presos políticos introduciéndolos una aguja en el cerebro. Después, con macabra galantería, envían el cadáver a la familia de la víctima. Recordamos que, en la infancia, leímos algo semejante en una novela policíaca: Los asesinos del Támesis. No tienen muy fértil ingenio estos inventores de noticias sensacionales… o interesadas.

Pero «necesitan» alimentar el «santo horror» a la justicia social. Y cuando no saben ya qué crímenes imputar a sus ejecutores, desencadenan sobre el pueblo ruso epidemias sin cuento, sólo para que los ingenuos comenten: «¡Cómo está el país de los Soviets!».

Tarea estúpidamente inútil, porque la realidad es más fuerte que la calumnia y el infundio. Las leyes cosmológicas —a las que no escapan, naturalmente, los fenómenos de biología social— pueden más que las Agencias informativas y que los corresponsales de periódicos burgueses.

Unas y otros han abusado tanto de esas innobles armas, que cuando leemos sus engendros periodísticos, sonreímos. Si fueran ciertas sus noticias, el inmenso territorio moscovita sería un desierto en el que milagrosamente vivieran una docena de ensangrentados comunistas entretenidos en pelear furiosamente entre sí.

Afortunadamente, esa odiosa labor sólo tendrá una virtud: la de cubrir de ridículo a sus autores.

Cuando hombres sinceros han ido a Rusia se han indignado contra los difamadores. Un día —para no citar más que a los españoles— ha sido Benavente (en quien nadie verá ocultas demagogias) quien, lleno de hidalga sinceridad, se ha expresado con respeto hacia los pretendidos «verdugos» rusos; otro día un notario, libre de prejuicios íntimos, pero víctima de una malintencionada información, busca inútilmente en las calles de Leningrado y Moscou esas terribles bandas de chiquillos famélicos que, según las Agencias, asaltan a los pacíficos viandantes para despojarlos, bajo la terrible amenaza de sus largas uñas, portadoras de mortales gérmenes. Y sabe entonces que tales bandas no existen, y se lo dice un jovenzuelo que conoce varios idiomas, como muchos de sus compañeros.

Los visitantes observan, estudian, comprueban que los ferrocarriles de la Rusia actual son mucho más rápidos, cómodos y exactos que lo eran bajo el ignominioso zarismo. Ven los progresos innegables de la cultura, la vertiginosa disminución del analfabetismo, la creciente pujanza científica.

Y, sobre todo, la desaparición de ese inmenso dolor social, de esa amargura que envenenaba la vida sin horizonte de los desheredados. Contra ese movimiento justiciero, vindicador de grandes torturas ignoradas, el sofisma ha intentado repetidos golpes.

Los hombres, instrumentos —conscientes unos e inconscientes otros— de las leyes inmutables de la Naturaleza, no tienen poder suficiente para prostituir las ideas a cuyo influjo se mueven. Nada significa para éstas que quienes las defienden se equivoquen. Si la sangre de Danton pudo ahogar a Robespierre —como gritó alguien en la Convención—, no pudo ahogar la Revolución francesa, triunfadora aun cuando parecía derrotada.

Atacar a los hombres es infinitamente más fácil que enfrentarse con las ideas que defienden: los hombres somos imperfectos. ¿Quién no tiene un punto vulnerable en el que puedan hacer blanco los ataques de sus enemigos? Pero Lenin, Trotski, Zinoview, Chicherin, Stalin… no son la Revolución rusa, como Danton, Marat, Desmoulins, Saint Just, Robespierre… no son la Revolución francesa. Por ello, aun cuando fuesen ciertas —que indudablemente no lo son— esas noticias que nadie con solvencia moral confirma después, la Revolución comunista seguirá su marcha triunfal.

La Historia nos explica suficientemente ese fenómeno. Los grandes movimientos han devorado a muchos de sus propios iniciadores, y como todo «es por algo», «nada porque sí», hemos de ver en esa desaparición el cumplimiento de la misma ley que regula y determina la revolución, que se depura a sí misma.

Tan convencidos estamos de ello, que no tomaríamos la pluma para defender lo que, en nuestra opinión, no precisa defensa. Mas si la Revolución rusa no ha menester de nuestro más o menos humilde auxilio (la humildad suele ser el disfraz que se pone la soberbia para ir por el Mundo), sí nos creemos obligados a defender a la masa crédula contra quienes se empeñan —con su cuenta y razón— en taparle los ojos para hacerle creer que no hay sol.

Esa mala fe que por los tortuosos caminos que le son gratos pretende presentarnos como anochecer lo que no es sino aurora, no perjudica a la luz —que es imperecedera y ha de triunfar siempre—; pero sí a quienes han de alumbrarse con ella.

Preciso es, pues, que cuando intenten desprestigiar la antorcha, mostrándonos los defectos de los hombres que la enarbolan, advirtamos la maniobra y no dejemos que se involucren las cosas con la «piadosa» intención de perpetuar las sombras en derredor nuestro, con provecho de quienes sólo en la obscuridad pueden ocultar los móviles de su conducta.

Se ataca a los hombres cuando, lealmente, no se puede atacar el sistema. Nos apena esa lastimosa indigencia moral, y nos repugna una lucha en la que sólo mezquinos intereses materiales son nuestros adversarios. Quisiéramos pugna de ideas, oposición de sentimientos, algo, en suma, que no estuviese manchado, que no llevase el estigma de los «bajos fondos» del egoísmo… o de la inconsciencia.

Porque ésa es la parte más dolorosa. Que los plutócratas no quieran la justicia, es lógico, puesto que merced a su negación viven y triunfan todavía; pero que la combatan los vejados y escarnecidos por esa negación, es algo tan monstruoso que pone en nuestra lucha un obstáculo cuya desaparición es preciso conseguir a toda costa.

Piensen que aunque fueran exactas esas noticias tendenciosas, ellas sólo podrían arrojar sombras sobre los hombres a quienes ha correspondido ser instrumento de leyes cósmicas, muy superiores —lógicamente— a las criaturas humanas. Pueden esos instrumentos ser más o menos torpes; a pesar de todo, las leyes se cumplirán.

Procuremos estar capacitados para ayudar su cumplimiento, y, entretanto, apercibámonos contra las asechanzas de la mala fe.

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~ por rennichi59 en Martes 19 agosto 2008.

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