Sobre todo, el orden

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 29 de agosto de 1930 en el diario madrileño «La Libertad».

Es fácil «hacer sociología» amena y optimista desde la terraza de un café cortesano, entre sorbo y sorbo de un bien preparado refresco. Allí, cómodamente sentados, muchos llegan a dudar de que exista un grave problema social, o, cuando menos, de que requiera una solución urgente.

Decimos esto porque días atrás, un amigo nuestro, contestando a ciertas consideraciones que refiriéndonos a tal asunto hicimos, exclamó con tono de suficiencia: «Se exagera mucho. En realidad, ese derecho a la vida y ese respeto por el que lucháis están ya conseguidos».

¡Grave error! Vamos hoy a presentar un caso —de los muchos que, por desgracia, podrían señalarse— de abandono, de inasistencia social. Aun cuando no hemos presenciado los hechos, nos los han referido personas de cuya veracidad no podemos dudar. Y no sucedieron aquéllos en una aldea jurdana (que si no por ello serían menos vergonzosos, tendrían más fácil explicación), sino en el Puente de Vallecas, a las puertas de Madrid (1).

Un obrero sin trabajo —hay varios millares en la capital y sus alrededores, amigo concurrente a las terrazas de los cafés elegantes— vive en una humildísima casa, en compañía de otra familia que le ayuda a pagar el alquiler. El hombre a que aludimos tenía un hijo enfermo de gravedad. No pudiendo encomendar su curación, por carecer de recursos, a un médico particular, acudió un día, a las nueve de la mañana, a la Casa de socorro, donde se le manifestó que el facultativo de servicio no podía ir a ver a la criatura porque los niños de la otra familia estaban sin vacunar.

El atribulado padre insistió en su ruego, alegando que no era justo que, por una falta ajena, y de la que no le alcanzaba culpa alguna, estuviese su hijo sin los cuidados de la ciencia. Entonces se le dijo que, por excepción, iría una vez el médico a examinar al paciente pero que si quería que el tratamiento continuase, era imprescindible la vacunación de los otros niños.

No obstante la promesa (y sin duda por exceso de trabajo), el doctor no llegaba; al fin, tras de avisarlo de nuevo dos veces, realizó la visita. Era preciso aplicar al enfermo unas inyecciones, y como la casa estaba algo lejos, «el practicante no podía ir hasta allí». En consecuencia, la criatura, en grave estado, hubo de ser conducida por su padre a la Casa de socorro.

Dos días después, a las doce, murió. El médico, que no había vuelto a verle, certificó, en su despacho, la defunción, a las cinco de la tarde. El cadáver, puesto sobre un paño encima de la única mesa de la casa, estuvo —alumbrado mezquinamente por dos velas de esperma que aprontaron vecinas oficiosas— las venticuatro horas reglamentarias, al cabo de las cuales, y sin que ningún médico viniera a reconocerlo, fue enterrado.

En Vallecas hay un cementerio civil, al que las personas «cristianas» y «piadosas» de la localidad denominan despectivamente «la corrala». Allí se llevó el cadáver porque el niño no estaba bautizado, ya que su padre, en uso de indiscutible derecho, no profesa ideas religiosas.

En la fosa quedaba un hueco de un metro de altura. Se depositó allí el féretro y se le echaron encima unas paletadas de tierra, tan pocas, que parte de aquél quedó al descubierto. El padre y sus deudos protestaron, alegando que debía cubrirse la caja, como se hace en todos sitios, por respeto a la muerte y por higiene.

Se les contestó… que sobre aquel ataúd habían de enterrar otro. ¡Un metro de profundidad para dos cuerpos! Los «herejes», aun después de muertos, no se merecen más.

Los detalles de esta edificante historia —entre los cuales está la exigencia de pago de ciertas cantidades por derechos de inscripción (?) y sepultura— nos han sido contados por testigos que, lógicamente, añadían a su relato los comentarios que su indignación les sugería.

Sin en lugar de tratarse de un obrero sin trabajo y pobre, el padre del niño hubiera sido hombre adinerado, cualquier médico habría acudido rápidamente y cuantas veces se hubiera reclamado su presencia, sin preguntar si las otras criaturas estaban o no vacunadas; el practicante —uno, cinco, diez— no encontraría lejos la casa para ir a poner las inyecciones, y aun en «la corrala», el cadáver hubiera tenido toda la tierra necesaria, incluso un nicho o un mausoleo.

Pero ¿a quién se le ocurre ser pobre? Eso es imperdonable en la organización social que disfrutamos.

¿Qué contesta a esto nuestro amigo?

*

Es preciso buscar la verdad donde se halla, sin forjarla lejos de la realidad, a nuestro capricho. Quien se tome la molestia de estudiar casos como el que narramos, verá que el problema social es algo más que un tema de charla de café o un argumento de literatura folletinesca y trasnochada.

Dentro del mayor orden ocurren estas cosas. Estamos, pues, en el mejor de los mundos. Cierto que la gente humilde sufre injusticias, miserias y vejaciones, desconocidas para los poderosos; pero todo ordenadamente.

Penetrad en las zahurdas ciudadanas donde se hacinan, en confusión hiriente, familias que han de disputarse (lucha angustiosa por contraria a la voluntad y al sentimiento de los combatientes) la exigua cantidad de aire respirable que entra en el tabuco por una pequeña claraboya. Veréis entonces cómo en la realidad, lo mismo que en las novelas de Pérez Escrich, dentro del más perfecto orden —ese que tanto ama nuestro amigo— se puede disfrutar del hambre y la tuberculosis.

*

Sabemos que rara vez coexisten el orden y la justicia, y no podemos sacrificar ésta en aras de un remedo de aquél.

¿Solución? ¿Para qué decir lo que está en el ánimo de todos los que piensan y sienten? Sería aumentar el trabajo de quienes ejercen funciones con una actividad y un entusiasmo que no les agradecemos. Apuntaremos sólo que no se logrará sin dolor el advenimiento de la nueva aurora, como no hay criatura nueva sin el dolor del parto.

Hay ocasiones en que, por humanidad, tenemos la obligación de ser crueles.

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[1] Tan sólo unos días antes, el 9 de agosto, informaba «La Libertad», en su sección titulada El republicanismo español, de la constitución del Comité local del Partido Republicano Presidencialista de España del Puente de Vallecas. Cabe suponer que a través de alguno de sus miembros llegaría a conocer Hernández Alfonso el trágico suceso denunciado en el presente artículo.

~ por rennichi59 en Martes 2 septiembre 2008.

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