La crisis de la Democracia

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El liberalismo español adolece de un grave defecto: el de encerrar su actividad en horizontes estrechos, enquistándose en una fase de la evolución, de la cual sólo le arrancan las conmociones fuertes que de otros países nos llegan.

Así vemos que el concepto de la Democracia sigue siendo, para nuestros liberales, inmutable, como si se tratase de un principio ajeno a la marcha de la Humanidad.

Causa extrañeza que hombre del talento y la clarividencia que todos reconocemos en don Francisco Villanueva, el ilustre Director de El Liberal, declare en su reciente obra, cuyo título va al frente de estas líneas, que la esencia de la Democracia está contenida en la Declaración de los Derechos del Hombre. Y más aún, que pretenda convencernos de que «la Democracia quedó establecida de hecho y de derecho en Francia», donde, a su juicio, existe hoy día «el régimen democrático».

El apasionado canto al estado político-social de la vecina República no puede convencer a nadie que haya profundizado un poco en el estudio del parlamentarismo francés, artificioso sistema donde pretende representarse la Democracia con formulismos que encubren la entraña ultraburguesa de la patria de Poincaré y de Maurras.

«Francia quedó así constituida en Democracia» —escribe Villanueva. Amamos demasiado la idea democrática y tenemos en mayor estima su contenido; por ello no podemos aceptar la aventurada afirmación precedente, a la que hemos de oponer esta otra: «Francia quedó así constituida en oligarquía burguesa y pseudodemocrática».

A pesar de lo cual, no nos asalta el temor de una derrota de la Democracia, la cual es un producto forzoso de la evolución política cuyo fuero se impondrá, afortunadamente, a pesar de los sistemas parlamentarios, cada vez más insostenibles.

No faltará acaso quien, al leer estos renglones, crea ver en su contenido un alegato reaccionario. Estamos ya tan acostumbrados a las injusticias que no nos extrañaría que así ocurriera. Nos dolería la ligereza, pero ello no nos impediría continuar nuestra labor. Si quienes más obligados están a favorecer el liberalismo se aferran a instrumentos viejos y fracasados negando otra interpretación que no sea la suya, tanto peor para ellos, que oficiarán de rémora en la marcha progresiva de la sociedad.

Suponed, por un momento, que los aviadores contemporáneos se obstinasen en emprender grandes vuelos con los aparatos que construyeron a principios de siglo los hermanos Wright. Fracasarían, indudablemente; pero, en tal caso, ¿podría permitírseles afirmar que la conquista del aire tenía que hacerse necesariamente con aquellos aparatos rudimentarios? No. Los aviadores modernos han perfeccionado y siguen perfeccionando los aviones. De los primitivos modelos apenas queda nada; se ha suprimido lo inútil; se ha agregado lo que la experiencia demostró como necesario.

Para conquistar la libertad es preciso seguir su norte, sin obstinarse en unir la suerte del ideal a la de cualquiera de los instrumentos que circunstancialmente se hayan empleado para luchar por él.

El parlamentarismo tuvo su significación liberal tras de las monarquía absolutas; también lo tuvieron éstas después del feudalismo medieval. Pero ¿quién se conformaría ahora con la libertad arrancada por los siervos de la gleba al poder omnímodo de los señores de horca y cuchillo?

La marcha de la Humanidad evidencia lo que en cada sistema es aprovechable. Para añadir nuevos derechos del hombre no hay que renunciar a los anteriormente conquistados. Precisamente en esa incorporación incesante de derechos y deberes seleccionados, es donde se encierra el progreso.

Cuando la Asamblea Nacional Constituyente hizo la célebre Declaración, se tenía un concepto de la propiedad por los más avanzados, que hoy no se atreven a sustentarlo muchos reaccionarios.

La obstinación ciega lleva a los pseudodemócratas franceses a pretender enfrentar, como enemigos irreconciliables, a la Democracia y al comunismo.

No sabemos qué opinará concretamente sobre el particular el ilustre Director de El Liberal (a quien desde estas columnas nos complacemos en saludar como maestro de periodistas y modelo de liberales sinceros); pero, para nosotros, entre la Democracia representada por el parlamentarista Herriot y la que defienden los comunistas perseguidos por el Gobierno francés, la elección no es dudosa.

La Democracia no puede estar en crisis; lo que puede estarlo y lo está, es el parlamentarismo, cuyos defectos lo hacen ya perjudicial. Si se habla de crisis de la Democracia, culpa es de quienes unen de manera inseparable la idea, grande, inmortal, con un instrumento inadecuado que se ha utilizado sin éxito para conseguirla.

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«El Presidencialista», n.º 4 (abril de 1928)

~ por rennichi59 en Jueves 13 noviembre 2008.

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