Los parlamentaristas, enemigos del Parlamento (III)

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Son de todos harto conocidas las múltiples y contradictorias opiniones que acerca de si el parlamentarismo cumplió ya su misión o no, se emiten, contribuyendo, si no a dar una solución, siquiera sea provisional, a aumentar la ya espantosa desorientación; pero tal vez por este procedimiento (reducción al absurdo) lleguemos antes al mismo fin ya preconcebido.

¿Urge la reforma del Parlamento? Los que no obstante vivir en este siglo vivifican su espíritu con los ideales del pasado, os dirán sin vacilación que sí; cuantos problemas se plantearon a la institución parlamentaria —según ellos— quedaron resueltos, y es la fe que anima su espíritu, tan ardiente, que si alguno, dando de lado arcaicos prejuicios, busca en otra parte esta inquietante solución, es anatematizado (también entre los laicos hay excomuniones).

Cabría objetársenos que la crítica negativa es muy cómoda y que para derruir un edificio precisa tener ya el otro preparado; pero esto, que a alguien le parezca tal vez objeción, no sería más que repetir de nuevo uno de los artículos de nuestro credo, que desde estas columnas, y tribunas que a nuestra disposición se ponen, propugnamos.

En nuestro artículo anterior señalábamos alguno de los capitales defectos del régimen parlamentario que indudablemente, como todas las cosas tienen su razón de ser, y que a nuestro modo de ver es la siguiente:

Si pretendiéramos definir las edades por que atraviesa la Historia con caracteres peculiares, distintos, típicos, cometeríamos el mayor de los absurdos, porque es sabido que cada fase lleva en sí los gérmenes de la siguiente y la herencia de la que precede; y por eso las instituciones que responden a las necesidades sentidas en una fase, cuando pasan a la siguiente es preciso que conserven cuanto sea necesario para llenar las exigencias de la misma y añadir cuanto aconseje la experiencia para que la adaptación a la época de la institución sea perfecta.

Pero la obcecación de los que deben velar porque las instituciones se adapten plenamente a la época para la que fueron creadas, no debe llegar al extremo de querer una reforma total. La Historia nos demuestra que hubo (y hay) pueblos que, situados frente a problemas análogos a los que hoy ocupan la atención de los europeos, supieron resolverlos sin esa radical reforma que hoy tan desacertadísimamente, a nuestro modo de ver, se preconiza.

¿Cómo —se preguntarán— pudieron esos pueblos resolver esos trascendentales problemas sin necesidad de modificar la estructura de las instituciones?

Cuando las colonias que habían de ser más tarde los Estados Unidos, nacieron a la vida política, habían ya tocado los inconvenientes del régimen parlamentario y, por consiguiente, se les planteó el mismo problema que hoy inquieta a los prohombres de la política europea. La perspectiva que a su consideración se ofrecía no era ciertamente deslumbradora. El consejo que daba hace unos meses Daudet como solución de este problema, en Francia no les pareció muy aceptable; no querían dictadura. ¡Sobre gustos no se escribió nada!

Para que ese país hubiera adoptado el régimen parlamentario era necesaria una monarquía más o menos constitucional; pero no querían tampoco padres amantísimos: ¡qué aberración! Y tras múltiples y continuos esfuerzos, adoptaron la república presidencial, que extinguía (no mitigaba, como algunos afirman) los vicios ya inveterados en el pueblo que les sirvió de modelo en lo demás: Inglaterra.

Si preguntáramos a alguno de nuestros más convencidos demócratas si el pueblo debe tomar parte en la función de Gobierno, tan ociosa le parecería tal pregunta, que dudamos si se dignaría contestar; pero nosotros, un poco más curiosos, queremos conocer por qué la participación del pueblo ha de limitarse al Poder Legislativo, por qué esta participación no se hace extensiva al Poder Ejecutivo. La joven América puede en esto dar lecciones a la vieja Europa.

Emiliano Aguado

«El Presidencialista», n.º 4 (abril de 1928)

~ por rennichi59 en Martes 25 noviembre 2008.

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