Denis Diderot, «Paradoja acerca del comediante» (1964)

Paradoja del comediante

Denis Diderot

Paradoja acerca del comediante

Aguilar – Madrid, 1964 (Biblioteca de Iniciación al Humanismo)

Versión española, prólogo y notas de Luis Hernández Alfonso.

PRÓLOGO

DIONISIO DIDEROT Y SU OBRA

La figura de Diderot resulta extraordinaria aun en el panorama francés del siglo XVIII, tan pródigo en personajes de recia personalidad: Montesquieu, Rousseau, Voltaire, D’Alembert, Fontenelle, Condillac, Chénier, Malesherbes… Su obra dejó profunda huella en el pensamiento contemporáneo, no sólo por su originalidad, sino porque Diderot tuvo un papel primordialísimo en la iniciación de nuevos rumbos como director y animador de la famosa Enciclopedia, monumento para cuya construcción se aglutinaron los esfuerzos de los más insignes intelectuales de la época, y que constituyó la base teórica de la Revolución francesa.

Dionisio Diderot nació en Langres (Alto Marne) en octubre del año 1713, es decir, a fines del reinado de Luis XIV, el Rey Sol. Langres era, a la sazón, una plaza fuerte, dotada de una maciza e imponente ciudadela y circundada por sólidas murallas y recios baluartes. Situada en una meseta, sobre una ingente roca, cerca de las fuentes del río Marne, dominaba una amplia llanura. Tanto su aspecto como su ambiente eran aún, en cierto modo, medievales, con su catedral, construida en los siglos XII y XIII, en estilo románico y todavía no desfigurada entonces con la incongruente fachada clásica que le añadieron en el XVIII.

Completaban el escenario de la infancia de Diderot, aparte de notables iglesias —como la de San Martín (siglos XIII a XV)—, muchas casas de estilo Renacimiento, varias de las cuales subsisten, más venturosas que las murallas y las fortificaciones, ya desaparecidas.

La familia de Dionisio era humilde, aunque gozaba de la estimación de sus convecinos. El padre ejercía la profesión de cuchillero, con la que, al parecer, ganaba el sustento sin agobios, y había reunido un buen capital. La madre, de más elevado linaje, tenía un hermano sacerdote, el canónigo Vigneron; éste habría de intervenir, directa e indirectamente, en la vida de su sobrino, como ahora veremos.

El ambiente familiar era religioso por tradición, ya que entre los parientes había habido otros sacerdotes, frailes y monjas. Nada tiene, pues, de extraño que la instrucción y la educación de Dionisio fuesen encomendadas a los jesuitas de Langres, en cuya escuela el muchacho realizó brillantes progresos, fruto de su nada común inteligencia y de un fervoroso afán de aprender que admiraba a sus maestros.

El canónigo Vigneron, alentado por las excelentes disposiciones de su sobrino, forjó planes para su porvenir: sería sacerdote y él le cedería su prebenda y su casa. El cuchillero y su esposa acogieron con alegría la idea. Y Dionisio prosiguió sus estudios, orientados ya hacia la carrera eclesiástica.

Repentinamente, sin que sepamos la causa, el muchacho determinó abandonar los libros y dedicarse al oficio de su progenitor. No debió de encontrarlo muy de su gusto, porque poco después volvió a sus textos; y fue tonsurado a los doce años. Todo parecía ya resuelto cuando el Capítulo, oponiéndose a lo que pretendiera el canónigo —ya fallecido por entonces—, vino a echar por tierra el proyecto de la canonjía. Dionisio reaccionó con vehemencia contra los jesuitas.

Se iría a París, donde continuaría sus estudios, lejos del ambiente, agobiador y estrecho, de Langres. Temiendo que su familia le impidiese realizar sus propósitos, planeó la fuga; pero, en el instante de emprenderla, fue sorprendido por su padre, que se opuso resueltamente a su marcha. Sin embargo el cuchillero, al ver el tesón con que su hijo mantenía aquel deseo, reflexionó y cambió impresiones con personas de su confianza. Conocía los méritos del muchacho y no quería malograr su porvenir. Disponía, además, de medios suficientes para costearle estudios en París.

Decidióse a llevarle allí, donde lo ingresó en el famoso colegio de Harcourt (Liceo de San Luis). Dionisio reanudó sus estudios con igual brillantez que en su ciudad natal. Pero el ambiente de París, tan distinto del de Langres, influyó decisivamente en el muchacho, que se «ahogaba entre aquellos muros». Su vocación, hasta entonces bastante firme, se fue desvaneciendo. Ignoramos si alguna circunstancia especial contribuyó a este cambio.

Lo cierto es que Diderot abandonó el colegio para entrar, como pasante, en el despacho de un procurador. A partir de entonces, y durante casi una década, apenas sabemos nada cierto sobre la vida de Dionisio. Se deduce, de las escasas noticias que nos han llegado, que su comportamiento era irregular. Su padre, al tener conocimiento de su conducta, dejó de enviarle dinero. Diderot sólo pudo contar en lo sucesivo con sus propios medios… y con los que, a hurtadillas, le procuraba su buena madre.

Como suele suceder en tales casos, la decisión paterna resultó contraproducente. El joven, libre de toda tutela, se lanzó a una vida azarosa y disipada. Había dejado también su empleo; y, según parece, se sustentaba por procedimientos que entraban de lleno en la picaresca: deudas, engaños, simulaciones, arbitrios de todas índoles.

Hacía también traducciones, con cuya escasa remuneración no podía sostener su vida anómala de concurrente asiduo a cafés y reuniones. Entre tanto, la lectura de muchos libros franceses e ingleses ejerció sobre él una gran influencia, borrando los restos de su vocación y encaminándole a un escepticismo sui generis.

Las charlas en los cafés y en las librerías pusiéronle en contacto con escritores, pensadores y políticos jóvenes, en los que latían fermentos renovadores y, en no pocos casos, subversivos. También sintió por entonces, con la vivacidad propia de su temperamento, la atracción femenina, iniciándose sus aventuras amorosas, que serían varias y de distintas clases.

En 1742 trabó conocimiento (que pronto se convertiría en estrecha amistad para, después de algunos años, tornarse en verdadera animadversión) con Juan Jacobo Rousseau, joven filósofo ginebrino, que influiría no poco en el rumbo de sus ideas.

Enamorado de una muchacha llamada Antonia Champion, hija de un fabricante de tejidos, y mayor que él en cuatro años, obstinóse en hacerla su esposa. Para obtener el consentimiento paterno se traslada a Langres. Ignoramos lo que hablaron hijo y padre; solo sabemos que este, tras de negar la licencia que se le pedía, hizo encerrar a Dionisio en un convento de aquella ciudad; encierro del que se evadió el joven saltando por una ventana.

De nuevo en París, cayó gravemente enfermo. Acudió Antonia a cuidarle, y una vez restablecido Dionisio, contrajeron matrimonio clandestino (cosa frecuente en la época) el 6 de noviembre de 1743. Establecióse el hogar con estrecheces, ya que los ingresos de Diderot eran pequeños, pues se pagaban mal las traducciones.

En agosto de 1744 nació su hija Angélica, destinada a morir muy pronto. Dionisio y Antonia no se llevaban bien: ella era dominante y él estaba acostumbrado a una vida bohemia, de café y reunión. Todo ello, unido a las dificultades económicas, suscitaba escenas desagradables.

Diderot entregábase, con sus amigos, a las discusiones filosóficas: las ideas de Montaigne, Spinoza, Locke, Pope, Descartes, Bayle y otros autores constituían el tema de sus largas conversaciones. Y ello enojaba a la casi olvidada esposa.

En 1744 conoció Dionisio a Condillac, el discípulo de Locke y futuro autor del Tratado de las sensaciones, buen amigo de Rousseau, quien sirvió de intermediario en aquel conocimiento.

Dionisio, cada vez en peores relaciones con su esposa, se convierte en amante de madame de Puisieux. Publica (1746) sus Pensamientos filosóficos, obra que, por atacar muchas de las ideas dominantes en Francia, suscita una tempestad de discusiones. Fue condenada por el Parlamento.

Desde algún tiempo antes, unos libreros de París —con los que Diderot tenía amistad— estudiaban un proyecto de gran alcance: publicar una traducción francesa de la Enciclopedia británica de Chambers, empresa de mucha importancia y que resultaría bastante costosa. La idea, ya considerada por Condillac, era atrevida por esas circunstancias; y los aludidos libreros —David, Brisson y Laurent— no se determinaban a emprender una tarea tan superior a sus medios.

Por fin se pusieron al habla con un buen impresor de París, Le Breton, para emprender la magna obra. El impresor, que conocía bien las aptitudes de Diderot y tampoco ignoraba los agobios económicos de este, le propuso que dirigiese la empresa mediante una asignación mensual de cien libras.

Comprendiendo que la tarea resultaría excesiva para él solo, Diderot buscó un colaborador eficiente para dirigir la Enciclopedia, y lo halló en el gran matemático D’Alembert, miembro de la Academia de Ciencias y que contaba con innumerables relaciones entre hombres de estudio.

Entre ambos se procuraron el concurso de Rousseau, Fontenelle, Daubanton, Voltaire, Dumarsais, Montesquieu, Buffon y otros. Y se puso manos a la obra, acudiendo a cuantos libros pudieran serles de utilidad, ya que no se proponían —como fue la idea primitiva— traducir o adaptar al francés la Enciclopedia de Chambers, sino redactar otra de más amplios vuelos.

La polvareda levantada por sus Pensamientos filosóficos, condenados por el Parlamento, que los hizo quemar, perjudicó a Diderot pecuniariamente; pero le hizo popular y hasta le animó a continuar escribiendo. Así, en 1747 apareció el Paseo del escéptico, título harto significativo; y el nuevo trabajo suscitó protestas del clero. Picado tal vez por ello, lanzó, en 1748, Los joyeles indiscretos, en colaboración con su amante; el libro no pareció bueno ni aun a sus incondicionales, aunque no carece de méritos.

Se ocupa después en escribir algunas memorias sobre temas de matemáticas, y también unas curiosas «cartas»: una, dirigida por «un ciudadano celoso, que no es cirujano ni médico, a M. D. M., maestro en cirugía», y otra «sobre los ciegos, para uso de los que ven».

En 1749 es encarcelado, probablemente por esta última carta, aunque se publicó sin su firma. El tropiezo era gravísimo, porque ponía en peligro el comienzo de la edición de la Enciclopedia, cuyos primeros artículos estaban ya dispuestos.

Los libreros gestionan la libertad de Diderot, cosa que obtienen no sin esfuerzo. Entre tanto, él ha sabido que su amante le engaña, y determina romper con ella. Por el mismo tiempo surgen discrepancias con Rousseau, que llevarán a la animadversión a que antes aludimos.

La aparición de la Enciclopedia es esperada con ansiedad. Llueven las suscripciones. En julio de 1751 se distribuye el primer volumen de aquella ingente obra, cuya publicación, varias veces interrumpida por el Gobierno y siempre censurada por los adversarios políticos y religiosos, durará treinta años.

También en 1751 publica Diderot la primera y la segunda Cartas al R. P. Berthier y otra A los sordos y mudos que oyen y que hablan. En 1753, Informe al anfiteatro de la Ópera, Al pequeño profeta de Boemitrchboda, al gran profeta Monet y a cuantos les han precedido o seguido y Los tres capítulos.

Entre tanto, en 1752, el Consejo de Estado prohibe los dos primeros volúmenes de la Enciclopedia, y Diderot sale de París. Los jesuitas continúan atacando la obra, cuyo cuarto volumen aparece en 1754. Diderot no se desanima, y obtiene de sus editores una remuneración de dos mil quinientas libras por volumen. Su trabajo es agotador, pues ha de escribir muchos artículos, además de llevar la dirección y coordinar las colaboraciones.

Publica Pensamientos sobre la interpretación de la Naturaleza, El hijo natural y Discurso sobre la poesía dramática.

Prosiguen los ataques contra la Enciclopedia, que, denunciada en la Asamblea de las Cámaras por el procurador general, es prohibida de nuevo por el Consejo de Estado (marzo de 1758). En julio del mismo año Diderot va a Langres, donde su padre acaba de morir. Regresa a París y da fin a su labor literaria en la Enciclopedia, aunque seguirá, hasta el fin, dirigiendo su edición.

Imprime su comedia en cinco actos El padre de familia. D’Alembert, cansado tal vez de luchar contra tantos obstáculos, abandona su cooperación en la Enciclopedia. Diderot continúa adelante, en espera de poder concluir la gran obra. Le animan a ello sus buenos amigos, especialmente Grimm y Holbach. En cambio, crece su enemistad con Juan Jacobo Rousseau.

En su hogar, la paz no reinaba tampoco. Su esposa no le perdonaba sus liaisons, primero con madame Poisieux y luego (1757) con mademoiselle Sofía Volland. El abate Didier, hermano mayor de Dionisio, también reprochaba a este su conducta, por lo que tuvieron violentas discusiones.

Pero él continúa su labor «de sabio y de loco», según expresión de uno de sus biógrafos. En 1761 publica un Elogio de Richardson y Reflexiones sobre una dificultad contra la manera en que los newtonianos explican la cohesión de los cuerpos. Al año siguiente escribe sus Reflexiones sobre Terencio.

Catalina II de Rusia, por mediación de Voltaire, invita a Diderot a que vaya a visitarla. Entre tanto, como homenaje de admiración (1763), le compra su biblioteca, «con la condición de que la conserve mientras viva», pagándole por ella quince mil libras y asignándole, como administrador de la misma, un haber anual de otras mil.

Reiteradamente, sus amigos y colaboradores le habían propuesto que se trasladase a Suiza, Alemania o Rusia para poder concluir la edición de la Enciclopedia, prohibida en Francia. Diderot se resistía a ello; quería que la obra se acabara donde había empezado.

Su labor continúa sin desmayos: en 1769 escribió y dio a las prensas una Memoria sobre el proyecto de una bomba pública para suministrar agua del Sena a la villa de París. Y dos años después, La función y el prólogo, obra en un acto. En 1772, Reflexiones sobre mi viejo batín. En 1773, Los dos amigos de Bourbonne.

Por fin, en el último de los años referidos, Diderot, bajo la constante presión de sus amigos, determinó trasladarse a Rusia, y emprendió el camino por Holanda, sin pasar por Berlín, cosa que disgustó mucho a Federico II de Prusia, muy aficionado a Voltaire y a los filósofos franceses.

Una vez allí, Catalina le hizo objeto de toda clase de distinciones, admitiéndole en su intimidad, aunque con cierto temor, porque el filósofo, llevado de su fervor revolucionario, «hubiera echado por tierra todo el imperio de los zares para restablecerlo sobre bases muy distintas» (A. Billy). La soberana moscovita, aun apreciando la gran inteligencia de su vehemente invitado, «prefirió dejarle hablar y escribir» a seguir sus lucubraciones. Por entonces escribió su Viaje por Holanda.

Como el clima no era bueno para su salud, regresó a Francia en la primavera de 1774, muy fatigado. La ingente labor desarrollada en la edición de la Enciclopedia había quebrantado su vigor.

A pesar de ello, aún publicó, en 1776, Conversación de un filósofo con la Mariscala X, y dos años después, Ensayo acerca de los reinados de Claudio y de Nerón, y sobre la vida y los escritos de Séneca.

Desde que empezó su tarea hasta ese momento, el ambiente francés había experimentado una transformación extraordinaria… a la que, tal vez sin darse cuenta, había contribuido él, en no escasa medida, con todos sus escritos, y especialmente con la ingente obra de la Enciclopedia.

Esta, con grandes obstáculos, vencidos a fuerza de constancia, llegada a su fin. Y constituiría, para Diderot, el máximo timbre de gloria. Su director había dado cima a una tarea destinada a tener enorme trascendencia, acaso mucho mayor de cuanto él, al iniciarla, hubiera podido imaginarse.

Los últimos años de Diderot fueron más plácidos que los anteriores. En su hogar, pasados ya los devaneos, reinaba una paz envidiable. Algunos de sus antiguos colaboradores habían muerto: dos muy destacados —Voltaire y Rousseau— desaparecieron, uno en mayo y otro en julio de 1778. D’Alembert, el que, durante los «tiempos heroicos», había compartido con Diderot la dirección de la Enciclopedia, murió en 1783.

Diríase que todos los que habían contribuido con su entusiasta colaboración a realizar el insigne propósito, solo esperaron que este se convirtiese en realidad para irse del mundo de los vivos.

El propio Diderot, que, según todas las apariencias, quedó muy afectado en su salud por la prolongada estancia en Rusia durante un crudo invierno, estaba ya herido de muerte. No llegaría a ver el fruto (bueno o malo, según el criterio de quien lo considere, pero real e indiscutible a todas luces) de su ardua y obstinada labor.

En 1784 sufrió un vómito de sangre. Sus amigos más fieles y aún supervivientes no le abandonaban. Su último amor extralegal, es decir, Sofía Volland, también cayó, siguiendo la inexorable ley, pero conservando hasta el final el gran afecto que sintió siempre por el filósofo, «loco y sabio» a la par.

Grimm, por cuenta de Catalina II, había alquilado para Diderot un buen departamento en la calle de Richelieu, en el palacio que perteneciera al mariscal de Bezons. Madame Diderot llevó a su marido a Sèvres; allí el tedio invadía y abrumaba al incansable polígrafo. Se trasladaron a París, instalándose en el departamento de la calle de Richelieu. Y allí murió el gran filósofo, apaciblemente, sin verdadera agonía, el día 30 de julio de 1784, cuando mantenía una conversación con su esposa.

* * *

La obra de Diderot es tan extensa como varia; y la mayor parte de ella no se publicó hasta después de fallecido el autor. En el bosquejo biográfico precedente hemos indicado las que él mismo publicó. Pocos años después de su muerte se editaron Ensayos sobre la pintura (con crítica del Salón de 1765), La religiosa (1796) y Jacobo el fatalista y su maestro (1796). Posteriormente, ya en el siglo XIX, vieron la luz El jugador (drama), El sobrino de Rameau, Viaje a Bourbonne y a Langres, ¿Es bueno? ¿Es malo?, El Salón de 1757, Los Salones de 1763, 1771, 1775 y 1781, Cartas sobre el Salón de 1769, Carta histórica y política sobre el comercio de librería y Miscelánea filosófica y literaria.

Hay que añadir a todo ello los numerosos artículos que escribió para la Enciclopedia, no solo sobre temas filosóficos, literarios y artísticos, sino también relativos a las distintas ciencias, así como una voluminosa correspondencia, muy interesante, y cuyas principales cartas son las dirigidas a Sofía Volland.

Entre los escritos de crítica merece destacarse, por la agilidad de su estilo y el ingenio de su argumentación, esta Paradoja acerca del comediante, cuya versión ofrecemos hoy a nuestros lectores, y que, según opiniones autorizadas, fue escrita por Diderot entre 1770 y 1773. No se trata de un simple alarde dialéctico, de una disquisición más o menos donosa, sino de una obra serena, meditada y profunda.

Refiriéndose a ella, escribe André Billy: «Nunca deja de aludirse a la Paradoja de Diderot en una discusión algo seria concerniente al arte del actor. A esa Paradoja debe el pensamiento del filósofo la mayor parte de su pervivencia activa y de su presencia entre nosotros».

Acaso ello se deba —añadiremos ahora— a que el propio autor es una verdadera paradoja, lo que dificulta mucho la tarea de definir su filosofía, ya que, por lo demás, ha de renunciarse a clasificarle en una escuela determinada.

Efectivamente, no articuló nunca una ideología concreta. Más atento a la discusión y a la polémica, dedicó sus esfuerzos a combatir las ideas dominantes de la época, siendo su labor más destructiva que creadora; y acaso cumplió así la tarea que le correspondía, allanando el camino para que los renovadores pudieran alzar el nuevo edificio.

Sus contemporáneos, que no conocieron la totalidad de sus obras, le admiraban, especialmente, como inspirador y alma de la Enciclopedia, la empresa más ardua y revolucionaria acometida en varios siglos. Su vehemencia, su maravillosa facilidad de expresión, su desbordante simpatía, los deslumbraba. No trataban siquiera de analizar sus pensamientos; se limitaban a aceptarlos bajo el influjo de su brillante exposición.

Diderot no forjó ni siguió ningún verdadero sistema. Iba exponiendo sus ideas «sobre la marcha»; no las destilaba de razonamientos, sino que las basaba en hechos averiguados y comprobados por las ciencias. No puede, sin embargo, considerársele absolutamente materialista, pues su tendencia tiene bastante de panteísta y no poco de hilozoísta, «admitiendo en todas partes la vida e identificada con todos los seres la divinidad».

Paradójico y contradictorio con frecuencia, combatió la religión dominante; pero tampoco sería justo calificarle de ateo absoluto ni aun de completamente escéptico. Su famosa frase «El primer paso hacia la filosofía es la incredulidad», considerada por algunos como su testamento filosófico, puede ser diversamente interpretada: acaso no señala más que un camino, al modo de la duda de Descartes. No es, ni mucho menos, una conclusión.

Nunca abandonó el idealismo, si entendemos el vocablo en toda su amplitud. Se ha dicho, con razón, acerca de él: «Aunque sus doctrinas le conducen al fatalismo, se rebela contra él…, tiene un alma sensible y el entusiasmo de la virtud».

Escritor de primer orden, es siempre fluido y elegante, aunque, como ocurre en todos los autores fecundos, su obra sea un tanto desigual. Lo más endeble de ella es, a nuestro juicio, la producción dramática. Sobresalen, en cambio, sus novelas, sus diálogos y sus cartas.

Indiscutiblemente, Diderot, polígrafo, insigne orador y polemista infatigable, paladín de nuevas orientaciones y sembrador de ideas renovadoras, es una figura señera en la historia de la filosofía y de la literatura.

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Madrid y junio de 1961.

~ por rennichi59 en Miércoles 31 diciembre 2008.

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