Manuel Fernández y González, «Historia de un hombre contada por su esqueleto» (1976)

historia-de-un-hombreManuel Fernández y González

Historia de un hombre contada por su esqueleto

Ediciones Alonso – Madrid, 1976 (Biblioteca de Obras Famosas, n.º 31)

Adaptación y prólogo de Luis Hernández Alfonso.

PRÓLOGO

El autor de esta obra, don Manuel Fernández y González, escritor fecundísimo —según después veremos—, nació en Sevilla, el día 6 de diciembre de 1821, y tiénesele por granadino, a causa de que fue llevado, siendo niño, a la ciudad de la Alhambra, el Generalife y los cármenes.

Su padre, oficial de Caballería y hombre que se destacaba por sus ideas liberales, se vio envuelto en una de tantas represiones realizadas por los absolutistas, siendo encausado y reducido a prisión. Trasladado a Granada, allí transcurrió la infancia de su hijo Manuel, el cual cursó estudios en dicha ciudad, simultaneándolos con sus ensayos prácticos, que comenzaron cuando contaba doce años de edad.

Algunas de sus poesías, reunidas en un libro, dos años después, obtuvieron el aplauso de sus lectores, lo que animó al muchacho a seguir por aquel camino. No por eso olvidó sus tareas escolares; su laboriosidad, que luego se acreditaría de prodigiosa, le permitió dedicarse también a las disciplinas de Filosofía, Letras y Derecho, como alumno de aquella Universidad.

Su afán de lectura, su insaciable curiosidad y el ambiente propicio de la bellísima ciudad, favorecieron el desarrollo de sus dotes literarias. La historia y las leyendas estimularon su sorprendente imaginación. Su pluma no permaneció ya nunca ociosa, hasta que la muerte, muchos años después, la hizo caer de su mano.

Llegado su servicio militar, fue destinado a Motril, donde escribió su primera obra dramática —de tema histórico—, titulada El bastardo y el rey, drama que, al ser estrenado, logró la mejor acogida. Confortado por el éxito, perseveró en el cultivo de las Letras, dedicando su actividad a diversos géneros, especialmente al novelístico, llamado a darle enorme popularidad.

Abandonó el servicio de las armas en 1847, y continuó escribiendo poesías y novelas, como La mancha de sangre y Los hermanos Plantagenet; ya anteriormente, atraído por los asuntos de historia española, había dado cima a otra narración, titulada El doncel de D. Pedro de Castilla.

De regreso en Granada, contrajo matrimonio, en 1850, y a poco se trasladó a Madrid con su esposa, dispuesto a abrirse camino en el áspero y difícil campo literario. Y no anduvo desacertado en su decisión, porque, con tenacidad y empeño, puestos al servicio de su imaginación desbordante y de sus inauditas capacidades de trabajo, consiguió situarse en primera línea de los escritores de su tiempo.

Se dedicó a las más variadas índoles de la literatura: teatro, poesía, costumbres, crítica. Ningún quehacer de las Letras le era ajeno; pero en lo que, indudablemente, sobresalió fue en el género narrativo, en la novela, lo cual no le impidió completar hasta más de veinticinco obras escénicas, entre las que citaremos Padre y rey, Los encantos de Merlín, el famoso drama Cid Rodrigo de Vivar, Aventuras imperiales, Susana, La muerte de Cisneros, Los amores de Inesilla, Nerón y Un duelo a tiempo.

Cimentada ya su firma, acreditada sobradamente su extraordinaria fecundidad, buscáronle los editores, con los que —según costumbre de la época en tales casos— concertó lo que hoy llamaríamos exclusivas, algo semejante a lo que en nuestros días hacen los cantantes triunfadores con las empresas de grabación de discos.

Como Julio Verne, Dumas y otros autores en Francia, se comprometió a suministrar originales, por determinado tiempo, a los editores, sobre todo a Manini (que le pagó, en breve lapso, más de cincuenta mil duros) y Guijarro, que le señaló una paga de cincuenta pesetas diarias por su producción. Estas cifras, que ahora nos parecen insignificantes, eran, hace un siglo, verdaderamente fabulosas. Jamás autor alguno, ni aun de los más prestigiosos, había soñado con obtener tanto.

Cierto era que Fernández y González no defraudaba a sus editores. Escribía incansablemente, a una velocidad inaudita, y, en ocasiones, para atender dignamente a sus compromisos, dictaba o escribía, a la par, dos o tres novelas. Valíase, a menudo, de amanuenses o taquígrafos, entre los cuales, por cierto, se hallaron dos escritores llamados a ser célebres, cada uno en su género: Tomás Luceño y Vicente Blasco Ibáñez. Este último, andando el tiempo, refirió muchas anécdotas de nuestro fecundo y pintoresco autor.

Era, pues, éste, lo que pudiéramos denominar un forzado de la pluma, un verdadero galeote de la literatura. Los editores, que hacían su agosto publicando interesantes y amenísimas novelas de don Manuel, le acuciaban hasta agobiarle. Ocasiones había en que el fecundo y atareado autor, que —recordémoslo— forjaba a un tiempo varias narraciones —como es fama que hacía Voltaire—, perdía el hilo de las distintas tramas, y tenía que volver atrás para recobrarlo. Blasco Ibáñez solía citar, no sin admiración, curiosos casos de tales contratiempos.

Lo cierto es que Fernández y González escribió novelas de todas clases: históricas (que figuran mayoritariamente en su producción), tales como Doña María Coronel, El cocinero de Su Majestad, El ricohombre de Alcalá, Men Rodrigo de Sanabria, Los siete infantes de Lara, Los monfíes de las Alpujarras, Bernardo del Carpio, El conde-duque de Olivares, Don Pedro Calderón de la Barca, El tributo de las cien doncellas, Don Francisco de Quevedo, Lucrecia Borgia, Los amores de Alfonso VI, El condestable don Álvaro de Luna… y otras muchas; de bandidos, como Los siete niños de Écija, El rey de Sierra Morena y José María el Tempranillo; de costumbres, como La Virgen de la Paloma, La chula sensible, Gabriela y La historia de un hombre contada por su esqueleto; e incluso emprendió una Historia del toreo. La última narración suya, concluida poco antes de su muerte, se tituló La reina de los gitanos. En total, su obra alcanzó más de cien volúmenes.

Generoso, impulsivo, de enorme imaginación, caprichoso y despilfarrador, el dinero duraba muy poco en su bolsillo. Porque, aunque lo ganó en abundancia (no sólo en España, sino también en París, donde residió algún tiempo, frecuentando el trato de los escritores más conocidos, entre ellos Dumas padre, con quien colaboró), lo gastó a igual ritmo. Carruajes y caballos, hoteles para albergue de perros vagabundos, festines espléndidos y, justo es decirlo, también la bolsa abierta para cuantos le pedían ayuda.

Ufano de sus triunfos, desenfadado y original, se paseaba por Madrid con su capa mosqueteril y un amplio chambergo coronado de plumas, como un caballero de los tercios de Flandes. Mezcla de hormiga y cigarra de la literatura —hormiga por su laboriosidad y cigarra por su absoluta falta de previsión—, don Manuel Fernández y González, después de haber ganado honradamente con su talento, su preparación y su trabajo una verdadera fortuna, sólo tenía en su casa cuando le sobrevino la muerte en la noche del 5 al 6 de diciembre de 1888, aniversario, por cierto, de su nacimiento, diez míseros reales…

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~ por rennichi59 en Sábado 28 febrero 2009.

2 comentarios to “Manuel Fernández y González, «Historia de un hombre contada por su esqueleto» (1976)”

  1. […] Fuente: Los Hernández. […]

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  2. a mi gran maestro, autor y escritor de mi niñez, a quien nunca jamas olvidé y, mi consuelo; que nadie olvide que le llegará la hora, cuando vea que la edad y la vida se te va, te entra una nostalgia y una melancolia que conjuga todas tus vivencias, todos tus desengaños, !Dios! que pena ella, de donde vengo y a donde voy, que tengo, que llevo; sólo mis valores y mi ética. Dedicado a Manuel Fernández y González

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