Una opinión sincera

una-opinion-sincera Artículo inédito de Luis Hernández Alfonso, presumiblemente enviado el 3 de abril de 1975 a Juan Fernández Figueroa, director de la revista «Índice» (copia mecanográfica procedente del archivo personal del autor).

UNA OPINIÓN SINCERA

Con serenidad de espíritu, limpio de todo rencor, me aventuro a declarar algo que, según creo, está en el ánimo de muchos españoles que no se deciden a expresar su sentir. Españoles —tanto como los demás— que creyeron (a mi modo de ver) servir a España en el régimen constitucional establecido al iniciarse el alzamiento.

Pero resulta desconsolador que, al cabo de una guerra civil, que terminó hace muchos años, con nuestra derrota, siga habiendo discriminaciones entre vencedores y vencidos. Pocos quedamos auténticamente actores de la conflagración, en un campo y en otro. Los jóvenes solo saben de ello lo que les cuentan los que la vivieron.

Situaciones como la que hoy vivimos han de encontrar una salida: no se puede hacer permanente lo que, a lo sumo, tiene la misión de organizar una marcha hacia un futuro de serenidad, de amplitud, de libertad, en suma. Lo contrario sería «dividir» a los españoles en dos sectores irreconciliables para siempre.

Si se quiere paz; si se quiere armonía; si se pretende que el país siga adelante, es preciso derribar esa frontera interior, que solo puede perjudicarnos a todos, de un extremo a otro. Perpetuar esa discriminación es —no vacilo en decirlo— una actuación antipatriótica. Vincular un país a un régimen me parece absurdo. Roma no fue César, ni Francia Napoleón. El pueblo tiene su fuero, dentro del cual hay —y debe haber— discrepancias, divergencias, distintas formas de encarar los problemas. No admitirlas equivale a anular los derechos de los ciudadanos que no somos, ni queremos ser, un hato de reses.

No soy ni he sido nunca «demagogo» en el sentido peyorativo del vocablo (que, realmente quiere decir ‘conductor del pueblo’, pero luego se ha desvirtuado); mas entiendo, honradamente, que es necesario abrir las puertas, habilitar caminos a esa llamada «Mayoría silenciosa», a la que no se le deja hablar o no se atreve a hacerlo. Y pienso que lo peor que puede sucederle a un pueblo es desentenderse —por temor o por indiferencia— de lo que vaya a suceder en su país. Encogerse de hombros, constantemente, admitir sin protesta todo lo que ocurra, me parece una actitud suicida, egoísta e imperdonable.

En cuanto a las «asociaciones», no puedo menos de considerarlas —con todos los respetos debidos a sus emprendedores— como «política de capilla o de campanarios», según la expresión clásica. Parten de un pie forzado y, en consecuencia, con un horizonte estricto, previamente delimitado. Serán, pese a su buena voluntad, grupos condicionados a priori; lo que hace falta es algo más hondo, una verdadera apertura, la que, por desgracia, no creo que puedan conseguir, dentro de los límites establecidos. Es estúpido negar lo evidente.

Mi postura creo que es clara y lógica: no admito —aunque forzosamente las acato, para que no se me considere «fuera de la ley»— las disposiciones vigentes, esas discriminaciones, preferencias, distingos y exclusiones, lesivas para muchos españoles que actuaron dentro de la legalidad a la sazón implantada.

¿Vamos a estar perpetuamente divididos? El asunto es de mucho fondo: no para tratarlo de broma ni en una charla de café (como diría don Santiago Ramón y Cajal). Hay que examinarlo con cordura. Nos hallamos en trance muy agudo. Puede evocarse ahora la frase popular «o jugamos todos o se rompe la baraja». ¿Y qué ocurriría si la baraja se rompiese? Mejor será que nos dejen seguir jugando; y que pierda el que menos bazas tenga. No un régimen coactivamente impuesto, por bueno que pudiera ser. La simple coacción implica una supeditación que anula la libertad.

Estimo, en conclusión, que es imprescindible abrir cauces a la opinión de todos los españoles, sin discriminación; una igualdad de derechos ciudadanos; un solo rasero (de capacidad, de situación, etcétera); una intervención equitativa en las tareas de la Administración… En suma: una equiparación absoluta.

De lo contrario, vendría lo peor.

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~ por rennichi59 en Martes 14 abril 2009.

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