Estudio biográfico de Pizarro – A manera de prólogo

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

A MANERA DE PRÓLOGO

Al comenzar la ardua tarea de exponer de manera breve la historia de un hombre, siempre nos acomete el temor de no reflejar en nuestra obra el heterogéneo conjunto de circunstancias que basten para interpretar rectamente su conducta. Y esto, que ocurre de ordinario, se acentúa cuando la biografía es la de un hombre excepcional, casta de héroes, cuyo nombre tanto dice en la Historia de la Humanidad.

Preciso es, para la más acertada consecución de nuestro deseo, examinar someramente el ambiente que rodeó a Pizarro desde su nacimiento, el estado de España en cuanto a su organización interna y sus relaciones con el exterior.

Es indudable que el descubrimiento de América, obra eminentemente española, lograda a sus expensas, sellada con su sangre, colocó a nuestra patria en lugar privilegiado de la política mundial. La raza hispana, siempre rebosante de ansias, de entusiasmo y de valor, halló en el Nuevo Continente amplios horizontes y perspectivas infinitas.

Cierto que era móvil de gran parte de las hazañas el deseo de reunir riquezas fabulosas; pero no lo es menos que, puestos frente al peligro, los cachorros del león latino jamás cejaron en su empeño hasta salir victoriosos sobre la Naturaleza, hosca y rebelde, y sobre los hombres, más rebeldes y hoscos aún.

«Los exploradores españoles de ambas Américas —escribe el historiador norteamericano Lummis— constituyeron la más amplia, grande y maravillosa serie de valientes proezas que registra la Historia».

La época fue, para el mundo entero, propicia a las revelaciones y a los grandes hechos.

Mucho se ha discutido la veracidad de los orígenes atribuidos a Francisco Pizarro; pues bien, si a ello no nos obligara el propósito que nos guía, desdeñaríamos ese cuidado porque no lo consideraríamos fundamental. Fuera noble o plebeyo, capitán precoz o guardador de puercos, nada se quita ni se añade al valor de las hazañas que le hicieron inmortal. Por el contrario, hoy que conocemos la negligencia absoluta que rodeó su camino al comenzar la vida, hemos de admirar más aún al héroe que supo autoeducarse. Abandonado a sus propios esfuerzos, con el estímulo de lograr fama y riquezas, él, como tantos otros, se lanzó hacia lo desconocido. Y como en algo se demuestra el temple de las almas, él triunfó donde otros fracasaron. Ésta es la gran labor de selección de la vida.

Pecaríamos de injustos si pretendiéramos presentar el ejemplo de Pizarro como único. Contemporáneos suyos fueron hombres de relevantes méritos; unos, como Hernando Cortés y Vasco Núñez de Balboa, alcanzaron el honor de ser tenidos con razón por héroes gloriosos, y otros, como Andagoya, Basurto, Las Casas, Almagro, Cabeza de Vaca, Orellana, Mendoza, etc., si no brillan tanto en las áureas páginas de la Historia de América, son también dignos de perpetuarse en la memoria de los hombres, pese a los defectos y malas pasiones que, como a seres humanos que eran, les restaron méritos, de los que no anduvieron escasos.

Así como el correr de los siglos da apariencia de fantasía a muchas de las hazañas de las que no es posible dudar, porque poseemos testimonios irrefutables, también, conforme se desentraña la causa íntima de los sucesos, desapasionadamente, curadas ya las heridas y sofocados los partidismos, se dibuja claramente el contorno concreto y seguro de aquella magna empresa, acometida y realizada por unos centenares de soldatos rudos, venidos muchos de ellos de tierras que jamás sintieron la caricia del mar, dócil y apacible en la bonanza y alborotado y pujante en el temporal.

Propio de hombres es abrigar ideales santos y sentir espolazos de las pasiones. Alguien ha dicho que el equilibrio absoluto sólo se halla en las medianías; y si el hombre fuera perfecto dejaría de ser hombre…

«Podemos confiar —dice D. Rafael Altamira— en que la total historia de nuestra colonización arroja mayor saldo en beneficio que en perjuicio nuestro, absolutamente consideradas las cosas, y más aún si se compara aquélla con otras colonizaciones anteriores al siglo XIX y aun con algunas del XIX y del XX, v. g., la holandesa en Batavia… y no pocas de las africanas» (Prólogo a la obra de Lummis).

Finalmente conviene que, para no extremar la severidad ante la conducta de los héroes españoles en los tiempos de la conquista de América, no olvidemos las intrigas y desconfianzas en que solían tener su base las relaciones entre la Corona y sus súbditos, y aun de éstos entre sí. Hombres eran aquellos «que afirmaban hoy lo que negaban mañana», dice Ortega y Rubio, muy atinadamente, a nuestro juicio; y siendo esto así, no ha de extrañarnos que, habituados todos a esta conducta, los reyes y sus consejeros procediesen solapadamente, dando lugar a contingencias desagradables y a menudo funestas.

Durante el reinado de los Reyes Católicos mejoró algo esta situación; pero recordemos que el mismo Fernando V no se distinguió por su buena fe y claridad, ya que el propio Zurita, en sus Anales, dice, refiriéndose a este soberano, «que no guardaba la verdad y fe que prometía y que se anteponía siempre y sobrepujaba el respeto de su propia utilidad a lo que era justo y honesto».

Fue en esta época cuando Francisco Pizarro realizó gran parte de su magna epopeya, y fue él (y aun fueron sus adversarios) víctima de ese terrible mal que tan nefastas consecuencias produjo. Con esto salimos al paso a las censuras acres y exageradas que sobre Pizarro y Almagro hicieron caer historiadores y comentaristas que juzgaron los hechos de hace cuatro siglos con el mismo criterio que juzgarían los de hoy.

Capítulo I

~ por rennichi59 en Domingo 11 octubre 2009.

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