Francisco Pizarro

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

I

FRANCISCO PIZARRO

Cábele a la muy noble y leal ciudad de Trujillo el honor de ser patria de Francisco Pizarro. Los historiadores mejor documentados han podido comprobar que ésta es la verdadera cuna del gran conquistador del Perú, quedando ya desechadas algunas afirmaciones gratuitas que atribuían a La Zarza (Conquista) esta honra.

Vese, en efecto, en el conocido Poema Panegírico de la Fundación de Lima, de Valdés, un pasaje que dice: «La Zarza es un lugar de Extremadura, donde nació y se crió Francisco Pizarro, conquistador del Perú». Este error sólo puede explicarse por el hecho de que en La Zarza pasó Pizarro su infancia y su juventud, circunstancia que se presta a confusiones.

Trujillo, hoy sombra de lo que fue, tiene un origen remotísimo. Denomináronla Turgalium y Turgulium los romanos, Turguela los visigodos y Turgela o Trujela los moros, de donde se ha derivado su nombre actual. La marcha de la Historia ha hecho que la ciudad que al ser arrancada a los mahometanos por caballeros santiagueses y calatravos, en el reinado de Fernando el Santo, ejerciera hegemonía sobre toda la Extremadura, sea hoy dependiente de Cáceres, población ésta que antes fuera su subordinada. Pero poco importa, ante los siglos, esta anomalía. Allí, en aquellas vetustas casas, hoy en ruinas, palpitó una raza pujante y leal, cuyos blasones aún desafían al tiempo y aún lo vencen.

Parece ya también suficientemente comprobado que Francisco Pizarro fue hijo habido por el capitán D. Gonzalo Pizarro «el romano» sin vínculo legal, en Francisca (según otros, Teresa) González, perteneciente ésta a familia acomodada del campo extremeño, y, a la sazón, sirviente en el convento o monasterio de San Francisco el Real, donde sólo había monjas (freilas) pertenecientes a la más rancia nobleza castellana.

Don Gonzalo Pizarro era descendiente de caballeros asturianos que colaboraron con Pelayo en la obra de la reconquista. Así permiten suponerlo, aparte de la tradición, los cuarteles de su escudo (pino en campo de plata y dos osos). El ascendiente más antiguo de quien se tienen noticias concretas es Gonzalo Sánchez Pizarro, quien vivió a fines del siglo XIII.

Don Gonzalo Pizarro, padre del conquistador y conocido por el sobrenombre de «el romano», a causa de haber hecho servicio de guarnición en la Ciudad Eterna, peleó en los ejércitos españoles bajo el cielo de Italia y de Flandes. No faltan historiadores que afirmen que murió en el sitio de Amaya, pero es lo cierto que allí sólo sufrió una herida por la que perdió un ojo. Murió en 31 de agosto de 1522, a los setenta y seis años de edad, siendo coronel en Pamplona, donde se le enterró en el convento de San Francisco, como lo acredita una lápida que con su blasón hay en dicho templo.

Francisco Pizarro, al nacer (según Acedo en 16 de marzo de 1468; según otros autores, en 1470), fue depositado a la puerta del monasterio de San Francisco el Real, quizás por mano de Inés Alonso, «la barragana», a cuya casa acudió muy probablemente Francisca González al dar a luz. Esto parece confirmarlo el hecho de que, sesenta años después, «la barragana» declarase «que le vido nascer e que fue público y notorio que dicho Francisco Pizarro es hijo de D. Gonzalo Pizarro, ya difunto, e de la dicha Francisca González… que conosció a la madre de la dicha Francisca González la cual se llamaba María Alonso».

Es verdaderamente extraña la coincidencia existente entre esta historia y la de D. Diego de Almagro, el que, andando el tiempo, llegó a ser rival de Pizarro, y que fue, como éste, abandonado, apenas nacido, a la puerta de la iglesia de Malagón, ignorándose su linaje.

Han pretendido algunos historiadores que Pizarro fue amamantado por una puerca. Esta hipótesis es inverosímil. Ni la lógica ni los datos que poseemos nos permiten aceptarla. ¿Es digna de crédito esa especie que supone que no hubiera en toda Trujillo y su comarca, habitada por cristianos viejos, una mujer que por caridad se prestase a darle el pecho a un niño abandonado? Afirmarlo sería injuriar a la raza. Más bien creemos, con Vidal, que la misma «barragana» se prestase a ello a ruegos de Francisca González, o bien que ésta cumpliera el maternal deber valiéndose del ofrecimiento de Inés Alonso. La condición de mujer impura de esta última, pudo dar origen a la leyenda de que Pizarro fue amamantado por una puerca.

Aunque no existen documentos que lo comprueben, parece lo más verosímil que la madre procuró, cuanto le fue posible, hurtar al pequeñuelo a la curiosidad pública, en espera de que el padre, a la sazón en Italia, tornase a España, y, reconociendo el fruto de aquellos amores, permitiese a la pobre mujer declarar su culpa con menos afrenta. En este punto dice, con justicia, Quintana: «Fue (Pizarro) al fin reconocido por su padre, pero con tan poca ventaja suya, que no le dio educación ni le enseñó a leer». Más adelante nos ocuparemos de esta cuestión con el detenimiento que merece.

Francisco Pizarro fue enviado a La Zarza hacia los años 1475-1480. Allí, desde donde se vislumbran las torres trujillanas, pasó sus años mozos sin que le fuera dado vivir en familia con sus hermanos, Hernando, Gonzalo y Juan, quienes más tarde hubieron de pelear a sus órdenes en las memorables jornadas del Cuzco.

Olvidado por su padre en el testamento que otorgara éste en Pamplona el día 14 de agosto de 1522, el pobre joven vio como sus hermanos, hijos legítimos unos y otros no, entraban en posesión de los bienes que pertenecieran al capitán D. Gonzalo Pizarro «el romano». Hernando, como legítimo a quien de derecho correspondía, heredó el mayorazgo de La Zarza con sus alrededores y dependencias.

Don Gonzalo tuvo como hijos legítimos habidos en su esposa doña Isabel de Vargas, a Isabel de Vargas, Inés Rodríguez y Hernando Pizarro; y extramatrimonio, en Francisca González, a Francisco Pizarro; en María Alonso, a Juan Pizarro, y en María de Viedma, a Gonzalo Pizarro, María Rodríguez, Graciana Pizarro, Catalina Pizarro y Francisca Rodríguez. De todos ellos se acordó en su testamento, excepto de Francisco, al que ni siquiera cita, como si hubiera olvidado que tenía tal hijo o no lo hubiera sabido nunca.

En La Zarza fue encomendado Francisco a unos molineros parientes de su madre, los Alonsos, y aunque por su condición de ilegítimo no gozara de los derechos que los demás hermanos, es de suponer que, conocedores todos de su origen, no le encomendaran servicio de guardador de cerdos, labor poco digna de la noble sangre que llevaba en sus venas.

Además, ¿puede creerse que hombre de su temple, acreditado años después, se aviniera a tan bajos menesteres en las propias tierras de su hermano, teniendo siempre ante sus ojos el olvido en que su padre le dejara?

Su situación en La Zarza no fue la de un desconocido. Como hace notar Cúneo Vidal, en aquellas épocas abundaban los bastardos, porque era frecuente la ilegitimidad en las uniones en todas las clases sociales, y muy especialmente en las altas, sin que los monarcas fueran los menos aficionados a tales aventuras. Por esta razón, el origen no legítimo no constituía un motivo de afrenta, como hoy es (con harta injusticia), y buena prueba de ello es que esta ilegitimidad no fue obstáculo para que en 1529 se le admitiese en la Orden de Santiago, cuyo honroso distintivo sólo se otorgaba a los de noble genealogía.

Es, pues, aún menos posible que, no cabiendo a nadie duda del origen del futuro conquistador del Perú, se le dedicase a cuidar una piara perteneciente a su hermano Hernando. Recordemos la declaración de «la barragana». Imposible, después de leído este documento, pretender que el origen fuese desconocido en Trujillo ni en La Zarza.

Mientras el futuro conquistador fue niño, poca impresión había de causarle su vida, cuyo comienzo quizá ignorase hasta mucho después.

Agregan que su marcha de La Zarza obedeció al temor de ser reprendido por habérsele extraviado uno de los animales puestos bajo su custodia. ¡Un Francisco Pizarro, a los veinticinco años, huyendo, como tímido colegial, ante el temor de una reprimenda! ¿Es esto concebible?

Parécenos más razonable y sencilla otra explicación.

La eterna humillación de verse menospreciado, el conocimiento de su noble origen, el deseo de alcanzar por su propio esfuerzo lo que los hombres le negaban, debieron hacer brotar en él un firme propósito, una inquebrantable resolución: iría lejos de aquellas tierras, donde tanto sufría, ya que en ninguna otra se sentiría más extraño ni más dolido.

Y un día se fue a Sevilla y de allí a Italia, donde desde veinticinco años atrás disfrutaba su padre de fama como capitán valeroso. Así se desprende de los manifestado en un escrito por Francisco Hernando Pizarro, nieto de Hernando Pizarro.

Ignórase si llegó a conocer en Italia a su padre; nos inclinamos a creer que no. Es lo más verosímil que permaneciera en aquel país hasta que once años más tarde tornó a España para embarcar con rumbo a América, o, lo que era igual, con rumbo a lo desconocido.

Por causas que se ignoran y sobre las que sería aventurado hacer conjeturas, se sintió atraído hacia los territorios descubiertos años atrás por Colón, y el 1504 (mientras el desventurado almirante tornaba a España encadenado, bajo la custodia de Alfonso Vallejo, por orden del odioso Bobadilla) Francisco Pizarro arribó a la isla Española.

En el mismo año llegó al nuevo continente Hernán Cortés, conquistador de México.

Permítasenos aquí una pequeña divagación, necesaria para nuestro propósito.

Capítulo II

~ por rennichi59 en Martes 13 octubre 2009.

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