Los españoles y América

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

II

LOS ESPAÑOLES Y AMÉRICA

Corresponde a España no pequeña parte del honor que la Historia reserva a quienes, arrancando vendas de ignorancia de sobre los ojos de la Humanidad, han hecho que mundos desconocidos entren en la ruta única y gigantesca del progreso y de la civilización.

Preciso es que, para la más sólida fundamentación de lo que después diremos, hagamos aquí un ligero estudio, que nos servirá de norma o guía en el relato en que hemos de ocuparnos.

Surgido, ante la proa temeraria de las naves de Colón, un nuevo continente, originóse confusión entre los que pensaban que aquellas tierras paradisíacas eran parte integrante de la India, cuyas costas, no menos maravillosas, recorriera Marco Polo. Es interesante el hecho de que Cristóbal Colón creyera firmemente, al pisar Cuba, que se hallaba en el extremo oriental de Asia, y persistiese en tan grave error, haciendo la célebre acta jurada en la que se declara la no insularidad del territorio. Aferrado a este prejuicio, pretendió llegar fácilmente a Malaca primero y a Mesopotamia después, asegurando más tarde que el territorio por él descubierto, al Sur de las Antillas, era el Paraíso terrenal. De manera que el glorioso navegante no tuvo noción exacta del valor de sus descubrimientos, y únicamente años después comenzó a sospecharlo, aunque todavía se aferraba a su primitiva idea.

Hubo espíritus perspicaces que tuvieron la certera intuición de que Colón se equivocaba. «Quedó (éste) rezagado —dice Aguado Bleye en su Historia de Américacon relación a los pilotos y cosmógrafos españoles, sus colaboradores en los primeros viajes, exploradores y descubridores luego por cuenta propia. Así, por ejemplo, Juan de la Cosa, que ya en 1500 había roto con el dogma colombino de la identidad del Nuevo Mundo y Asia».

Por esto sospechábase, aun antes de comenzar el trato con los indígenas del interior, la existencia de lo que luego fue denominado por Núñez de Balboa Mar del Sur, y que hoy llamamos Océano Pacífico, porque a la llegada de Magallanes aparecían sus aguas tersas y tranquilas como las de un quieto lago entre montañas.

Asombra la magnitud del esfuerzo que hubieron de realizar nuestros navegantes para, a bordo de embarcaciones no provistas suficientemente para tan largas travesías, arribar a las costas americanas, países desconocidos y poblados por tribus salvajes y hostiles, que tenían entre sus bárbaras costumbres la de la antropofagia, en no pocos casos. Todas las privaciones fueron soportadas estoicamente, sin que por un momento se pensase en, huyendo de los peligros, abandonar lucha tan cruenta.

Pudo decir con justicia Diego de Cieza: «En cuya navegación y descubrimiento de tantas tierras, el prudente lector podrá considerar cuántos trabajos, hambre y sed, temores, peligros y muertes los españoles pasaron; cuánto derramamiento de sangre y vidas suyas costó» (Crónica del Perú).

Y es muy digna de tenerse en cuenta la circunstancia de que al frente de aquellos grupos animosos que desafiaban al mar y a la tierra, a la naturaleza y a los indios, fueron algunos trujillanos, como los Pizarro, Martín de Alcántara, Orellana, los Pesotos, Carvajal, Alvarado, Las Casas Camargo, Valverde, Perálvez, Alonso de Toro, Orgóñez Hinojosa, Loisa, Vargas, Pergonzález, Sotomayor, Chaves y otros, cuya enumeración completa nos ocuparía más espacio del que podemos dedicar en estas páginas a tan bizarros varones. Hagamos, pues, esta mención para honra de la muy noble y leal ciudad de Trujillo, cuna de tan ilustres caudillos, y saludémosla con la reverencia a que sus títulos le dan derecho.

Es curioso también comprobar que gran parte de los españoles que se arriesgaron a emprender tan largas travesías, eran nacidos y criados en tierras interiores, y que no pocos de ellos vieron por vez primera el mar cuando, ya decididos a desafiar sus iras, fueron a embarcar para América.

Alonso de Ojeda (1499), recorrió la costa de Venezuela; Alonso Niño (1500), el golfo de Paria, Isla Margarita y Cumaná; Vicente Yáñez Pinzón (1500), la costa del Brasil, el Orinoco y el Amazonas; Diego de Lepe (1499-1501), la misma costa; Bastidas (1502), el Darién y el río Magdalena; Vasco Núñez de Balboa (1500 a 1517), Tierra Firme y el Istmo por sus dos litorales; Ponce de León (1508), Puerto Rico; Ocampo (1508), Cuba; Cortés, Hernández de Córdoba, Grijalva, Dávila, Alaminos, Escalante, Las Casas, Velasco, Aguilar y otros (1517 a 1550), México; Pánfilo de Narváez (1520), Nueva España, Panamá y Darién.

Todo esto solamente en la América que no ha de ser descrita por nosotros en este estudio.

En cuanto a la casi milagrosa labor de conquista, hay hechos cuyo simple enunciado basta para asombrar. Elíseo Reclus, que no se distingue mucho como benévolo para España, escribe en su Geografía de América: «En aquella época (la de la conquista por Vázquez de Coronado) la población india de la actual Costa-Rica, debía subir por lo menos a sesenta mil personas… Los españoles no pasaban aún de quinientos, en 1675, más de un siglo después de la conquista del país». La región o gobierno de Nueva Granada (Colombia) fue conquistada por Belalcázar y Quesada (1534), con no más de trescientos cincuenta soldados.

En cuanto al arraigo de nuestra obra de colonización, nadie puede atreverse a negarlo. Existen muchas poblaciones que llevan nombres puestos por nuestros descubridores y se conservan (algunas de ellas repetidas cinco o seis veces) las denominaciones de Trujillo, Barcelona, Mérida, Gibraltar, Miranda, Pamplona, Valencia, Cartagena, San Fernando, Zaragoza, Medellín, Córdoba, Santander, Ocaña, Málaga, Loja, Santiago, Cuenca, Miraflores, León, Granada, La Unión, Rioja y otras muchas.

_____________

(Cuando las guerras llamadas de independencia desmembraron nuestro imperio colonial americano, sangriento parto del que nacieron las nuevas naciones de origen hispano, hubo un gesto de adhesión a nuestra causa: los indios iquichanos —que según infundios de nuestros detractores habían sido cruelmente tratados por nosotros— combatieron a favor de España, en la región de Apurimac, hasta el último momento, uniendo voluntariamente su suerte a la de nuestras armas. El hecho, por sí solo, es harto elocuente).

Capítulo III

~ por rennichi59 en Jueves 15 octubre 2009.

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