Charles Dickens, «Historia de dos ciudades» (1969)

Historia de dos ciudades

Charles Dickens

Historia de dos ciudades

Ediciones Alonso – Madrid, 1969 (Biblioteca de Obras Famosas, n.º 20)

Versión al español de José P. del Castillo

Prólogo de Luis Hernández Alfonso.

CHARLES DICKENS

El autor de esta gran novela —y de tantas otras que fueron, son y serán traducidas a todos los idiomas— nació en Landport, barrio de Portsmouth, en 1812. Pertenecía a una familia tan modesta, que no pudo procurarle una esmerada educación. Aprendió, sí, a leer y escribir a duras penas, pues su instrucción se vio obstaculizada por diversos motivos, principalmente por su falta de salud —era un muchacho débil y enfermizo— y por la mala situación económica de su padre, el cual, después de contraer muchas deudas, que le obligaron a cambiar varias veces de residencia, acabó siendo encarcelado por sus acreedores, ya que por entonces en Inglaterra imperaba el absurdo y monstruoso derecho de los acreedores a someter a prisión a sus deudores.

Esta monstruosidad, cuyo dolor hubo de sentir Carlos Dickens en 1824, es decir, cuando, a sus doce años de edad, vio ingresar a su desdichado padre en la cárcel de Marshalsea, le inspiraría más tarde uno de sus más emotivos y vigorosos relatos, La pequeña Dorrit (Little Dorrit), en el que se pinta con una veracidad impresionante la ignominiosa justicia de que eran víctimas los infortunados que cometían el «delito» de no poder pagar sus débitos, aunque fuesen perfectas personas y honrados ciudadanos. También en otra de sus mejores obras, Papeles póstumos del Club Pickwick, insiste en el tema, tan dolorosamente incrustado en sus recuerdos. Por cierto —y ello resulta altamente consolador—, que las descripciones de Dickens sobre el asunto influyeron tan decisivamente en la opinión pública, que, pese a la tradicional resistencia británica a las innovaciones, se abolió en Inglaterra definitivamente la ominosa «prisión por deudas».

Volviendo a los años juveniles del autor, diremos que, preso su padre y desmantelado el hogar, cuyos enseres hubieron de ser vendidos para no carecer de lo indispensable, su madre, con admirable entereza y poniendo a contribución la inteligencia, el amor materno y la no escasa instrucción que poseía, abrió un modestísimo colegio en Londres, ganándose así, con gran sacrificio, el pan de cada día y enseñando a su hijo asiduamente.

Carlos hubo de desempeñar los más humildes oficios para contribuir con míseras retribuciones al sustento de la familia. Más tarde reflejaría retazos de tan amarga experiencia en algunas de sus obras maestras, tales como las tituladas Oliverio Twist y Tiempos difíciles.

Pero como, según reza el adagio, «no hay mal que cien años dure» («ni cuerpo que lo resista», añaden los burlones), una herencia inesperada vino a salvar del completo naufragio a la familia. Carlos pudo entonces ingresar en un colegio donde estudió con ahínco; tanto que, en poco tiempo, merced a su desmedida afición a la lectura y a su enorme capacidad de asimilación, se halló en condiciones de desarrollar sus aptitudes intelectuales, ocupando empleos más remuneradores. Fue amanuense de un procurador de los Tribunales y, a la par, aumentó su cultura «devorando» cuantos libros hallaba a su alcance.

A la edad de dieciocho años consiguió abrirse camino, no sin esfuerzo, en el periodismo; se le admitieron reseñas y artículos en diversas publicaciones y acabó obteniendo plaza de redactor, sucesivamente, en varios grandes órganos periodísticos londinenses. En ellos, además de crónicas, artículos y críticas, publicó sus primeras producciones novelísticas, que fueron bien acogidas por los lectores.

Alentado por ese éxito comenzó a dar a la imprenta novelas que pronto le procuraron fama y bienestar económico. Su ya citada Papeles póstumos del Club Pickwick (1836-1837) constituyó su consagración literaria. El público inglés, sin distinción de clases ni de cultura, saboreó tan excelente pintura del ambiente británico, y la figura de Pickwick, calificado a menudo como un Quijote moderno… y anglosajón, se hizo popular.

A partir de entonces su pluma no descansó un momento. Se hallaba en pleno auge de sus facultades y los lectores esperaban ansiosamente los nuevos frutos de su fecunda imaginación. Correspondiendo a ese inusitado interés, escribió incesantemente. Su mencionada novela Oliverio Twist (que se ha publicado en versión española con el subtítulo de El hijo de la parroquia y que ha sido reiteradamente llevada al cine) obtuvo un éxito rotundo y muy merecido, ya que el pequeño protagonista era el fiel reflejo de las inocentes víctimas de un sistema «protector» que dejaba mucho por desear. El libro resultó ampliamente remunerador para Dickens.

Éste no renunció por ello al periodismo: además de colaborar en los diarios existentes, fundó otro, titulado «Master Humphrey’s Clock», en el que semanalmente publicaba un cuento. La popularidad de su firma aumentaba de día en día, trasponiendo las fronteras y dándole una fama internacional.

Merece especial mención, por sus singulares características, el viaje que en 1842 hizo a los Estados Unidos, nación en la que todavía existía con extremado rigor la esclavitud de los negros. Allí se le recibió, justo es decirlo, con los máximos honores. Disgustado, empero, por las vejaciones infligidas a los esclavos y las costumbres «farisaicas» de los norteamericanos, no enjuició muy favorablemente a quella nación en sus Notas, publicadas a su regreso. Bien es verdad que luego, en su celebérrima novela Martin Chuzzlewit, hizo un acto de desagravio reconociendo en buena parte su excesiva censura anterior.

Tuvo, no obstante, graves sinsabores. Su magnífico relato Cántico de Navidad (A Christmas Carol), una de las más delicadas y hermosas obras que se hayan escrito jamás, fue causa de dificultades con sus avaros editores, que, a juicio del escritor —y acaso no sin fundamento—, trataban de explotar en su exclusivo beneficio el talento del novelista.

Harto de discusiones y litigios, deseoso de serenar su espíritu, realizó un viaje a Italia y Suiza. A su regreso (1849) dio a la estampa otra prodigiosa muestra de su talento: David Copperfield, novela que, con justo título, es considerada como una de las mejores publicadas en idioma inglés.

Diversas pesadumbres cayeron sobre el autor: fallecimiento de seres queridos (padre, hermana y una hija), discusiones y pleitos con editores codiciosos y también la fatiga consiguiente a tan agobiante labor minaron su salud. Se separó de su esposa (Catherine Hogarth), con la que había contraído matrimonio en 1836, y de la que tuvo varios hijos, que se dividieron entre ambos cónyuges.

Sin embargo, Dickens no cejó en sus actividades. Deseoso de comunicarse con «su público», inició una serie de conferencias —que se desarrollaron, en etapas diversas, desde 1858 a 1870— en Inglaterra e incluso en los Estados Unidos (1867-1868), donde le pagaron con gran esplendidez.

De la inmensa popularidad de Charles Dickens puede dar idea el hecho de haberse fundado en 1902 una «Sociedad Dickens», dedicada a divulgar y propagar la obra del celebérrimo autor.

Éste falleció, a consecuencia de un derrame cerebral, en Londres —Gadshill Place—, el 9 de junio de 1870.

Sería harto prolijo mencionar aquí todas las producciones literarias del gran escritor inglés. Mencionaremos algunas de las no citadas más arriba, como El grillo del hogar, Dombey e hijo, Grandes esperanzas, El viajante no comercial, Las campanas, El almacén de antigüedades, Nicolás Nickleby, Barnaby Rudge, Cuadros de Italia, Nuestro amigo común, Cuentos de Navidad

La novela que hoy ofrecemos a nuestros lectores, Historia de dos ciudades (ordinariamente dividida en dos partes: El hilo de oro y El eco de la tormenta), apareció por vez primera el año 1859 y ha sido traducida a todos los idiomas muchas veces.

Se trata de una obra perfectamente ambientada… y muchas veces objeto de más o menos afortunadas imitaciones (sin que haya de descartarse de ellas al gran Alejandro Dumas ni al autor de La pimpinela escarlata), que mantiene un vivísimo interés y que refleja a la perfección lo que fue la Revolución francesa, con todos su horrores y toda su grandiosidad.

Los caracteres se hallan fijados con maestría; la trama no cesa ni por un momento de subyugar. Y no puede dejar de encontrarse en cada episodio de la narración, a más del cautivador estilo narrativo, la enorme sensibilidad del magno autor de tantas obras maestras.

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Madrid y junio, 1969.

~ por rennichi59 en Domingo 18 octubre 2009.

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