Pizarro, guerrero

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

IV

PIZARRO, GUERRERO

 

Cuando nos hemos visto precisados a suspender el relato de la vida de este soldado, es decir, en lo acontecido en el año de 1524, tenía nuestro héroe cincuenta y cinco años de edad.

¿No es ya asombroso que pueda decirse (y con razón) que aún no había emprendido entonces su verdadera obra inmortal, que le elevaría más tarde al pináculo de la fama?

Esto nos indica claramente el recio carácter y fuerte complexión de Pizarro, cualidades que conservó hasta su alevosa muerte, acaecida el domingo 26 de junio de 1541 (cuando contaba setenta y dos años). En aquel triste día, con sólo la ayuda de dos soldados y dos niños, hizo frente y mantuvo a raya a diez y nueve conjurados en su propia cámara. Era aún el león de Darién, el héroe de Puerto del Hambre…

Larga sería la narración de cuantas hazañas realizó el inmortal trujillano en su tormentosa vida.

Del tiempo que duró su estancia en Italia (aun discutida por algunos historiadores, pero que nosotros creemos cierta) no se halla en ningún documento de cuantos hemos consultado indicación que permita reconstruir sus hechos. Existe únicamente el indicio de que cuando arribó a la Isla Española, en 1504, era ya conocida su pericia militar y su valor y tenacidad inquebrantables; lo que nos permite dar por sabido que sus merecimientos durante su permanencia en Italia proporcionaron este renombre.

Para dar un resumen de los jalones que marcan la vida militar de Pizarro, señalaremos algunos hechos trascendentales.

Apenas desembarcado del galeón en que fue a la Española con el gobernador de Lares, hubo de contribuir a la pacificación de la isla.

Muy poco después realizó la penosísima expedición primera a la tierra de Urabá y desembocadura del Atrato, río éste que corre por un lecho profundo llamado «Cañón del Atrato», abierto entre las cordilleras de Bando y Quindio. En los 450 kilómetros de su curso arrastra arenas auríferas.

Allí encontró cuantos obstáculos y contrariedades pueden servir para contrastar el verdadero valor de los soldados: clima sofocante, país insano, azotado por huracanes, lluvias y fiebres; región llena de fieras y alimañas dañinas, sólo habitable por indios que competían con ellas en el dominio del territorio. Fracasado su heroico empeño, cuando ya de regreso logra encontrar el refuerzo que el gobernador de Panamá le envía, vuelve a su empresa temeraria hasta que, por indicación de Balboa, guerreó en la tierra de Darién, al pie de la sierra de este nombre, que hoy marca la frontera entre Colombia y Panamá.

Conviene tener muy presente que los soldados-exploradores no tenían que luchar únicamente contra los hombres, sino también contra las fieras, y aun contra los accidentes naturales de selvas intrincadas, ríos, torrentes, pantanos y páramos de una tierra absolutamente desconocida a la sazón. Y no era una de las cosas menos temibles para aquellos héroes, anónimos en su mayoría, el riesgo de ser devorados por los indígenas, a los cuales, por extensión, consideraban antropófagos, como algunos de Tierra Firme.

Cruzó más tarde las montañas de San Blas, acompañando a Balboa en el descubrimiento del mar del Sur o Pacífico.

Pedrarias Dávila usó de sus servicios para la conquista del resto insumiso del Istmo. Va después Pizarro con el capitán Morales al archipiélago de las Perlas (formado por las islas de Pedro González, San José, del Rey, Saboga, Cañas y San Telmo), situado en el gran golfo de Panamá, entre las costas de los Santos y Darién del Sur, misión harto difícil y peligrosa.

Seguidamente realizó la expedición a Abraime, y a continuación, con Pedrarias y Espinosa, al sometimiento de los indios veraguas (en la región del mismo nombre, al sur de la isla Escudo de Veraguas).

En 1524, con sólo 80 hombres, partió en busca del riquísimo territorio que se llamó más tarde Perú (Agustín de Zárate dice que con 114 hombres, y Francisco Jerez que con 112 españoles y algunos indios. Es de creer que estos 80 hombres a que otros historiadores reducen el número de los que acompañaron a Pizarro, se refieren a la gente de guerra, sin incluir marineros y criados indios, con los que tal vez llegaran a las cifras indicadas por Zárate y Jerez).

Hizo escala en Puerto Piñas y, siguiendo luego muy de cerca la costa, llegó, arrostrando peligros sin cuento, a la ensenada o puerto del Hambre, ocasión en que se puso a prueba el temple del extremeño. En aquella terrible estada vio morir a una treintena de sus compañeros y tuvo que sostener la moral de los supervivientes, escondiendo bajo la máscara serena su pesadumbre y su desánimo. Según Lope de Gómara, en su primer desembarco en tierra peruana Pizarro fue herido siete veces, de flecha, por los indígenas.

Inútil nos parece encarecer el heroísmo y la abnegación que se necesita para emprender con 80 hombres la conquista de un imperio de 10 millones de habitantes.

Una vez en territorio desconocido (Isla del Gallo), se negó a declarar su intento fracasado cuando Tafur; el enviado desde el Istmo le intimó a que retornase a Panamá; solicitó plazo para un último esfuerzo  y le fue negado. Entonces, jugándose su última carta, trazó una raya en la arena con su espada para separar a los españoles en dos grupos: uno, grande por el número de los que le formaban, aunque pequeño por sus mezquinos ánimos, que volvió al «pan amargo» que el gobernador ofrecía; y el otro, de sólo 13 hombres que, con él, dando cara al destino, permaneció en la isla desafiando todos los peligros y dispuestos a morir o vencer.

Difieren los autores en algunos detalles de este supremo acto de gallardía, pues si bien la mayoría dicen que fue Pizarro quien trazó la raya, hay alguno que lo atribuye al propio Tafur, versión ésta que carece de fundamento y que, en sana lógica, no puede admitirse, ya que Tafur traía empeño de que volviesen todos a Panamá, siguiendo la orden estricta de su señor, Pedro de los Ríos, gobernador por aquel entonces.

En lo que convienen unos y otros es en que con sólo 13 hombres leales pasó a la isla Gorgona (llamada así por los muchos arroyos que tenía), donde pasaron calamidades sin cuento, «sin pan ninguno, con cangrejos, culebras grandes y algo que pescaban».

«¿Qué se puede encontrar en las leyendas de la caballería —dice Prescott— que a tal hecho sobrepuje?».

Después la epopeya máxima: la conquista del imperio incaico, emprendida con un puñado de hombres en tierras hostiles (1530-1531). Cierto que esta empresa pudo realizarse merced a la división existente entre Atahualpa y Huáscar, usurpador aquél, legítimo Inca éste, caudillos a los que defendían quiteños y cuzqueños, respectivamente, en espantosa guerra civil arrasadora y sin cuartel. Pero no es menos cierto que cuando Pizarro desembarcó en Passao, ignoraba esta circunstancia y, no obstante, había llegado dispuesto a morir o a salir victorioso.

Pizarro aprovechó las discordias para conseguir su propósito, cosa que, lejos de aminorar el mérito de u obra, da un mentís rotundo a quienes pretenden presentar al «viejo capitán» (como le decían los quechúas) ignorante, impulsivo y sin genio. No era sólo un gran soldado; fue también un gran general de clara inteligencia y maravillosa intuición.

El día 24 de septiembre de 1532 emprendió la conquista del territorio de Caxamalca (Cajamarca) «con sesenta de a caballo e noventa peones» (Hernando Pizarro, Mensaje a los oidores de Santo Domingo, 1533).

Entró en el Cuzco el 15 de noviembre del siguiente año, aprovechando hábilmente la pasividad o las vacilaciones de Manco II. Este inca anduvo en campañas durante todo el año 1524 contra los quiteños, y muy especialmente contra el rebelde Quisquis. Hasta entonces Manco ocupóse en limpiar el territorio de los numerosos cabecillas que pretendían alzarse con la soberanía. Pero una vez conseguido esto, curtido ya en la lucha contra los propios indios y seguro de ser secundado por muchos millares de partidarios, el Inca comenzó a soliviantarse, y poco después, tras de sufrir prisión por orden de Juan y Gonzalo Pizarro (orden harto impolítica), el soberano peruano declaróse en franca rebeldía (1535). Situóse en Calca, y poco después cien mil guerreros indígenas cercaron Cuzco, donde los españoles permanecieron sitiados durante diez y seis meses.  A lo que parece, sólo había en dicha ciudad ciento noventa soldados con más de quinientos quechúas adictos.

Hallábase a la sazón Pizarro en Lima. Los indios de Jauja y Yauyos, a las órdenes de Tupac Inguil Yupangui, cayeron sobre la «Ciudad de los Reyes». Durante mucho tiempo, cuantas expediciones salieron de Lima para auxiliar a los sitiados del Cuzco, fueron aniquiladas. Más tarde hubo de luchar Pizarro en la capital contra el aplastante ejército indígena, capitaneado por el propio Inca, teniendo aquél por todo auxilio a unos centenares de españoles y peruanos adictos.

La lucha fue realmente épica; peleóse con tenacidad increíble, y finalmente, merced a los refuerzos llegados de Guatemala, Nicaragua, Tierra Firme, Panamá y Nombre de Dios, fue sofocada la sublevación, que estuvo muy cerca de dar en tierra con la labor de tantos años y el fruto de tan cruentos sacrificios. Narrar las incidencias de esta campaña, nos haría salir del reducido espacio de que disponemos.

Muchas vidas españolas acabaron en los terribles combates librados en dichas ciudades. La maravillosa actividad desplegada en todo momento por el «Machu-Capitán» (en quechúa, Viejo Capitán), como llamaban los indígenas a Pizarro, hizo posible la obra colonizadora.

Preferimos olvidar las heroicas hazañas de nuestro biografiado, en sus luchas contra Almagro y sus parciales; estimamos que, al tratar de estos asuntos, tendríamos que exponer las poderosas razones que nos han movido a afirmar rotundamente que no cae la mayor parte de culpa de tan tristes hechos sobre ninguno de los dos caudillos. Ambiciones y codicias de sus compañeros, malas artes de los indios, descuidos y torpezas de la Corona de España en el gobierno de tan lejanas provincias… He aquí las causas de aquella dolorosa guerra que había de poner un borrón de sangre española en la gloriosa página de la conquista.

Pero bastan los hechos relatados para juzgar el temple extraordinario de Francisco Pizarro y sus cualidades como militar. De victoria en victoria, animoso en el infortunio cuando supo infundir a sus tropas, hambrientas, doloridas y cansadas, el vigor de su temperamento enérgico y tenaz.

El buen general ha de ser a un tiempo mantenedor constante de la disciplina y amigo y compañero de los soldados puestos a sus órdenes. Y estas cualidades adornaban a Pizarro, en especial la última.

«Él no sólo alentaba a los soldados con blandas y amorosas razones que sabía usar admirablemente cuando le convenía —escribe Quintana en su Vida de Pizarro, sino que ganaba del todo su afición y confianza por el esmero y eficacia con que los socorría y los cuidaba. Buscaba por sí mismo el refresco y alimento que más podría convenir a los enfermos y débiles, se lo suministraba por su mano, les hacía barracas en que se defendiesen del agua y la intemperie, y hacía con ellos las veces, no de caudillo y capitán, sino de camarada y amigo».

«Pizarro —dice Vidal, el historiador peruano, al relatar las desgracias del Puerto del Hambre— sufría la suerte común sin pestañear. Aguzaba su ingenio para conseguir alimentos y él mismo salía en su busca por las sendas inseguras de la manigua, curaba a los enfermos, auxiliaba a los moribundos, enterraba a los muertos. Sus soldados, viéndole sufrir sin quejarse, acallaban sus murmuraciones». «Veíaseles —dice también—, macilentos y desencajados, vagar como fantasmas sobre la playa, sin apenas quejarse. ¡Se lo pedía la vieja honra española!».

En cuanto a la perspicacia y a la capacidad de mando, son tan evidentes en Pizarro, que fuera inútil aparentar desconocimiento de ellas. Sólo existiendo éstas pudo realizarse aquel milagro que causa y causará la admiración y el asombro de las sucesivas generaciones.

Sus cualidades fueron tenidas como extraordinarias por sus propios coetáneos, y si tenemos en cuenta cuántas y cuáles fueron las hazañas que se presenciaron en aquella época, podemos deducir lo que esto significaba entonces. «Fue —dice el ya citado historiador norteamericano Lummis— el más grande de los exploradores; un hombre que de modestos principios se elevó más alto que nadie; un hombre en quien se ha cebado la maledicencia y la calumnia de los historiadores apasionados; pero un hombre a quien la Historia colocará en una de sus más altas hornacinas; un héroe a quien se gozarán algún día en venerar cuantos admiren el heroísmo».

Mas no es sólo en su conducta personalísima, individual, donde hemos de encontrar al capitán Pizarro, sino también y muy especialmente en su labor de conquista y sometimiento del imperio incaico. Revélase entonces el espíritu grandioso de aquel hombre rudo, valiente y tenaz, al par que dotado de maravillosa táctica que podríamos llamar intuitiva.

Llegar a un país desconocido, hallar en guerra civil a sus habitantes y adoptar sin vacilaciones el partido que había de llevarle al éxito, fue todo uno. Su marcha sobre la región de Cajamarca fue una decisión magnífica, puesto que Atahualpa quedaba entre Pizarro y los defensores de Huáscar. Culminó aquella audacia en la toma de la ciudad, hecho que determinó el resultado de aquella fase de la conquista.

El genio guerrero de Pizarro consiguió convertir dicha conquista del Perú en campaña libertadora ante los ojos de gran parte de los peruanos, con sus correspondientes ventajas. Con la ejecución de Atahualpa y sus feroces secuaces, Caulcuchima y Quisquis, nuestros compatriotas adquirieron el prestigio de realizadores de la justica y reparadores del derecho.

Pudo así el pequeño ejército castellano (así llamábanse todos los españoles en América) reposar un poco al amparo de las huestes indígenas de Inca Manco, quien vióse obligado a combatir con ellas a los treinta mil partidarios del difunto Atabalipa, los cuales, fuertemente unidos, aún resistían. De otra forma, ¿hubiérase conseguido dominar en tan corto tiempo tan grande territorio? Habilidad fue ésta que no se desdeñaría de aprender ninguno de cuantos generales gobernadores han ido y van al sometimiento de cualquier levantisca colonia.

Muchos historiadores, cuya mala fe y malévola intención contra nuestra Patria no debe pasar sin nuestra vigorosa e indignada protesta, han pretendido restar méritos a las campañas realizadas por nuestros capitanes. Basándose en testimonios de cuya autenticidad tenemos (y tienen ellos) infinitas razones para dudar, o buscando apoyo en los escritos de enemigos de Pizarro, han tenido especial interés en presentar la bravura como crueldad, la energía como despotismo y la caballerosidad como miedo.

La Historia no deben escribirla hombres cuya máquina cerebral carezca del «engrase» del buen sentido y de la ecuanimidad. Pretender novelar los hechos pasados, dejando que vuele la fantasía a su capricho, da tan lamentables resultados como el ridículo vergonzoso en que han dejado para siempre al gran César Cantú los inexcusables desatinos que se le escapan en su monumental obra cuando de la labor de España en América se ocupa. El lector debe buscar en aquellas páginas una fuente de regocijo. Pero es fácil que, como nosotros al leerla, sienta en el fondo de su alma un brote de indignación contra los falseadores de nuestras hazañas y los vilipendiadores de nuestras inmaculadas glorias.

Pues bien; todos esos autores, aun los más absurdamente ignorantes, los peor intencionados, los más calumniadores, todos, repetimos, coinciden en estimar a Francisco Pizarro como el mejor de cuantos capitanes pisaron tierra del Nuevo Continente. Quién le hace menos caballero que Hernán Cortés; quién, menos humanitario que Pedrarias…; pero todos están de acuerdo para proclamarle como el más arriesgado, valiente y decidido.

Pero como carecen de base las otras afirmaciones y como al buen soldado no le basta su valor para que sus hazañas se perpetúen, interésanos muy de veras rebatir argumentos y deshacer infundios que pretenden perjudicar la memoria del héroe extremeño.

La cualidad de buen soldado no excluye en modo alguno otras que son precisamente complemento de aquélla. Y Pizarro reúne unas y otras, puesto que, lejos de ser, como arbitrariamente pretende el historiador italiano aludido, un hombre sin escrúpulos, era, como lo demuestra su caballerosidad para con los rebeldes almagristas, un general noble y un gobernador inteligente. La Historia de Cantú, como algunas otras, está plagada de falsedades cometidas a sabiendas. La afirmación que se lee en ella de que «los conquistadores hallaban como final la horca, que es lo que merecían», es tan censurable por su evidente mala fe, que sólo puede explicarse recordando que no hubo en América ni un verdadero conquistador italiano (Pedro de Niza fue casi exclusivamente explorador, por cuenta de Castilla) de que se guarde memoria. Éste es el prisma a través del cual ve César Cantú la conquista de América.

Recordemos también las imposturas de Vespucio para arrebatar el descubrimiento de Paria al español Cristóbal Colón y condenemos a estos historiadores al desprecio, «que es lo que merecen».

Claro es que esta conquista, como todas, tuvo su parte de violencia. No conocemos las conquistas pacíficas y en vano buscaremos una sola en la historia del mundo en todas sus épocas.

Luego, admitida la necesidad de conquistar, no neguemos las naturales e indispensables consecuencias. Y aun así, distínguese el especial interés de los españoles en civilizar a los indígenas del Nuevo Mundo. Es cándido, por lo menos, creer que las civilizaciones precolombinas en América merecieron ser respetadas. Los sacrificios humanos de México, la antropofagia de Tierra Firme y la tan decantada cultura incaica del Perú (que ya estaba casi extinguida antes del arribo de Pizarro), justifican sobradamente las medidas adoptadas por nuestros caudillos. Y en cuanto a la pretendida virtud de los naturales, recordemos que todos los cronistas certifican que era frecuente el que ellos llaman (eufónicamente) delito nefando o contra natura.

Húbose, pues, de imponer la civilización por las armas, y por las armas se impuso. No otra cosa han querido hacer los ingleses en África y Asia y los franceses en Dahomey y el Sudán francés, los italianos en Abisinia, Tripolitania y Erytrea, no en el siglo XVI, sino en el metacivilizado siglo XX.

Guerreros eran y debían ser hombres como Pizarro, colocados en el dilema de morir o matar. Y ésta es, pese a quien pese, la solución que la ley de lucha da al problema de la vida de la Humanidad.

Capítulo V

~ por rennichi59 en Viernes 23 octubre 2009.

 
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