Pizarro, diplomático

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

V

PIZARRO, DIPLOMÁTICO

La rudeza propia de los grandes soldados de aquellas lejanas épocas solía dar a sus actos, no exclusivamente militares, una sequedad y un descuido que adquirían caracteres de verdaderas torpezas imperdonables y que en no pocas ocasiones malograban en la paz lo que consiguieran ellos por las armas. Podríamos aducir numerosos ejemplos para la demostración de nuestro aserto.

Pero en Pizarro tiene esta regla una excepción muy interesante.

Hombre sin educación alguna, abandonado apenas nacido, pasó su juventud en el doloroso estancamiento de la incultura. La mayor parte de sus biógrafos han afirmado que no supo nunca leer ni escribir. Pero es lo cierto que en una provisión expedida en Pachacamac el día 8 de enero de 1535 aparece la firma «Don Francisco Pizarro». Sin embargo de esta circunstancia, es extraño que tal firma varíe en los diversos documentos en que aparece puesta y que son todos posteriores a la fundación de la Ciudad de los Reyes (Lima); claramente se perciben en ellas diferencias de trazos que parecen hechos por distintas manos. Esto hace que muchos historiadores crean, con gran fundamento, a nuestro juicio, que la firma la escribía el secretario, limitándose Pizarro a trazar una o dos rúbricas, según los casos.

Oviedo, por el contrario, afirma que sabía escribir, pero no leer, y agrega que ello era objeto de hilaridad por parte de Almagro, quien decía a Pizarro con frecuencia y en son de broma que «saber escribir e no leer, era como recebir herida sin poder dalla».

Sea esto lo que fuere, lo que no ofrece duda es que el fundador de Lima no era hombre culto. Y a pesar de ser iletrado, bastaron unos años de convivencia con personas de mayor cultura, en Santo Domingo y Panamá, para dotarle de cierta cortesanía y trato de gentes, que le permitió presentarse con soltura poco frecuente ante Carlos I y su corte y obtener con facilidad cuanto pretendía.

El tacto y la habilidad de Pizarro fueron suficientes para conseguir que Enciso, capitán de la nave que halló en Cartagena, a pesar de no necesitar ya poner proa al Urabá, se decidiera a recomenzar la peligrosa ruta. A fuera de habilidad y constancia, también, logró vencer la resistencia que Pedrarias de Ávila oponía sistemáticamente a toda nueva exploración y obtuvo de él las autorizaciones necesarias. Y una vez conseguidas, realizó tan intensa labor militar y política, que la Reina firmó una capitulación en cuyo preliminar se dice:

«Por cuanto que vos… nos hicisteis relación de cuanto vos e los dichos señores vuestros compañeros con deseo de nos servir… tomastes cargo de ir a conquistar, descubrir e pacificar e poblar por la costa del Mar del Sur… doy licencia a vos capitán Francisco Pizarro para que por Nos y en nuestro nombre, e de la Corona real de Castilla podáis continuar el dicho descubrimiento, conquista y población de la dicha provincia del Perú… Por honrar vuestra persona y hacervos merced prometemos de vos hacer nuestro gobernador e capitán general de toda la dicha provincia del Perú, e tierras e pueblos que al presente hay e adelante hubiere en todas las dichas ducientas leguas por todos los días de vuestra vida, con salario de setecientos veinte mil y cinco maravedís cada año… Otrosí: vos hacemos merced del título de nuestro Adelantado de la dicha provincia del Perú, e ansimismo del oficio de Alguacil mayor della, todo por los días de vuestra vida».

Constituye un documento de inestimable valor, por ser un verdadero historial de la obra del conquistador trujillano durante su primera expedición al Perú, la Real Cédula expedida con fecha 13 de noviembre de 1529, en la que se conceden nuevos blasones a Pizarro y sus descendientes. También se relatan allí, siquiera sea ligeramente, todas sus proezas y sus principales servicios desde su llegada a Santo Domingo.

Citamos ahora estos documentos porque de todos ellos se desprende que Pizarro, lejos de ser un soldado «por instinto», como llegó a decir un historiador (?) extranjero, cuyo nombre no reproducimos porque, a nuestro juicio, no merece tal honor, era un capitán que sabía estudiar el terreno que pisaba y el carácter, espíritu y costumbres de sus habitantes.

Por eso dice muy justamente R[ómulo] Cúneo Vidal que llama la atención del investigador el conocimiento que Pizarro demuestra poseer del territorio cuya conquista emprendía, no sólo en las costas ya reconocidas por Almagro, Bartolomé Ruiz y él, sino también de las comarcas del interior del continente como Tumebamba, Nasca, el Cuzco y otras.

Labor de diplomacia y no fácil fue la realizada por Pizarro cuando en 1529 vino a Extremadura. Para poder tornar a España tuvo que pedir prestados mil castellanos a sus amigos, por haber agotado todos sus recursos e incluso hallarse en deuda con muchos a causa de expediciones anteriores.

Téngase muy en cuenta que este viaje obedeció a la prohibición hecha por el gobernador de Panamá, Pedro de los Ríos, que había sustituido a Pedrarias, de que fuese nadie enrolado en Tierra Firme con destino al Perú. Prohibió dicha autoridad igualmente que se juntaran caballos, e hizo cuanto humanamente pudo para impedir la continuación de la conquista. Creemos firmemente que esta oposición no obedecía a un arbitrario empeño, ni tampoco a enemistad, malicia o recelo; muchos de los soldados que, acompañando al caudillo, sufrieron con él los horrores, hambres y dolencias de la Isla del Gallo, huérfanos del entusiasmo que a su jefe animaba, habían hecho llegar a manos del gobernador una carta en la que le pedían que los librase de aquella miseria. Por si esto fuera poco, la llegada de Tafur, que había tenido la virtud de tornar a Panamá a casi todos los que con Pizarro se hallaban en la isla, hizo que la empresa se desacreditase hasta el punto de dar todos por locura la conquista de los ricos territorios de que les hablara Almagro cuando solicitó refuerzos.

Parécenos, pues, muy explicable la oposición de Pedro de los Ríos; para tener fe en la realización de tan gran quimera se necesitaba ser Pizarro, Hernán Cortés, Alvarado o Balboa… Y a todos los hombres no se les puede exigir que sean genios.

Francisco Pizarro traía, pues, un arduo problema para resolver: lograr de la Corona una autorización tan amplia que no fuera suficiente la firme voluntad del gobernador Ríos para estorbar la prosecución de la obra emprendida.

Tornaba ya célebre e ilustre el pobre muchacho que en cierto día triste huyera de La Zarza, apesadumbrado por la afrenta de su bastardía y la herida del ajeno menosprecio.

Lógicamente, húbole de resultar difícil borrar de su memoria los ultrajes añejos y saludar a sus hermanos (antes indiferentes para con él) y a los antiguos conocidos que vieran su desgracia sin que ella les moviera a lástima. Pero supo acallar sus viejos dolores y desvanecer las nubes de su rencor (si por acaso se llegaron a formar en su alma grande y generosa), porque interesábale el auxilio de sus allegados y amigos para proseguir su magna empresa, que él, con maravillosa videncia, consideraba aún en sus comienzos. Y merced a su tacto consiguió llevar con él hasta las lejanas costas del Pacífico a doscientos caballeros de lo más granado de España.

Pero donde culmina la diplomacia de Pizarro es en la difícil situación en que la guerra entre Huáscar y Atahualpa le colocó apenas se vio nuevamente en tierra peruana. No se le ocultó la necesidad de aprovechar esta lucha para obtener el apoyo de ejércitos indígenas que, conocedores del terreno y del modo de combatir de los comarcanos, fuesen un auxilio poderoso y alianza útil.

En Tumbez, ciudad donde estuvo Pizarro en su expedición, dominaban los partidarios del primero de los citados Incas, los cuzqueños, los cuales, viendo asolados sus campos y arrasadas sus ciudades por la saña feroz de los quiteños, secuaces de Atabalipa, hallaron en los españoles una protección eficacícima y para ellos casi milagrosa por lo inesperada.

Y quiso la casualidad que los soldados cristianos fueran a auxiliar a quienes con mejor derecho combatían, puesto que defendían a Huáscar, hijo mayor, legítimo, del difunto Inca Huayna Capac, contra Atahualpa o Atabalipa, bastardo y menor. Un escritor peruano ha dicho: «Atahualpa, quiteño, bastardo, inescrupuloso y cruel, y Huáscar, cuzqueño, legítimo y de más humana condición».

Es, en verdad, posible que, enterado como estaba Pizarro del motivo de aquella guerra, aun cuando pudiese elegir aliado a uno u otro caudillo, prefiriese ponerse del lado de los humillados y vencidos, que veían pisoteados sus derechos y exterminados sus ejércitos. En su avance contra el ejército de su hermano (el legítimo Inca Huáscar), Atahualpa devastó las tierras, taló los campos, incendió las ciudades y mató a más de cincuenta mil hombres. Era, pues, no sólo un usurpador, rebelde y sin escrúpulos, sino también un desalmado, sanguinario y feroz, que no merecía, en modo alguno, la conmiseración que algunos le dispensan. «Regueros de sangre y resplandores de incendio —escribe el repetido historiador peruano Vidal— señalaron el paso de sus ejércitos».

Empeño muy español y legítima causa de orgullo para nuestra patria ha sido siempre defender al débil contra el fuerte y la razón contra el desafuero.

Cuando, ya en la llanada de Cajamarca, recibió mensajeros de ambos hermanos, el conquistador acogió a unos y otros con igual amabilidad; los de Huáscar le pidieron paz y alianza; los de Atahualpa le amenazaron con darle muerte a él y a los suyos su avanzaban un paso más. Y no obstante el tono altanero usado por los emisarios del usurpador, Pizarro respondióles con toda mesura que «se holgaría de poderse volver, pero que no era posible, porque venía de embajador de los dos mayores señores del mundo, que son el Papa y el emperador…, por lo que pedía merced que no recibiese pena de dejarse ver y de oír la embajada que traía». Difícilmente hallaremos otro ejemplo de contestación hábil y diplomática entre los conquistadores de aquella época.

Más tarde Atabalipa tornó a sus amenazas y, tras de largas jornadas, llegaron a la ciudad de Cajamarca, en noviembre de 1532; durante algunos días anduvo el Inca rehuyendo la entrevista, con informalidades y burlas que Pizaro, delicadamente, no tomó en consideración, resuelto a evitar la guerra.

Pero hay un punto en que la diplomacia, entonces y ahora, ha de dejar paso francos a las armas. Y esto es lo que hizo Pizarro, anticipándose en siglos a los generalísimos y estadistas modernos.

De la lucha entre españoles sólo queremos indicar aquí que Francisco Pizarro al oponerse resueltamente a las pretensiones de Almagro, no sólo defendía su derecho, sino también la conveniencia geográfica y política de España en el Perú. Convienen los historiadores y comentaristas en que la gobernación de Pizarro sin el Cuzco hubiera sido un verdadero disparate. La estructura del terreno sometido a su jurisdicción, la distribución en él de los pueblos indígenas y cristianos, las relaciones creadas desde el principio de la conquista, son circunstancias que imposibilitaban al caudillo dejar en manos de otro hombre la ciudad, que ejercía hegemonía absoluta sobre el Perú.

Ello nos permite comprobar una vez más las excelentes dotes del héroe extremeño como gobernador, ya que bien claras y concretas están las que como general le adornaban.

Pero como estimamos que la obra colonizadora de Francisco Pizarro bien merece que dediquemos unos párrafos más a describirla, de ella nos ocuparemos en el capítulo siguiente.

Capítulo VI

~ por rennichi59 en Viernes 30 octubre 2009.

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