La obra de Francisco Pizarro

De la obra de Luis Hernández Alfonso Estudio biográfico de Pizarro.

VI

LA OBRA DE FRANCISCO PIZARRO

Historiadores poco escrupulosos o que han hallado más cómodo no profundizar en el estudio de la conquista de América (no queremos dejar toda la culpa al deseo de perjudicar el buen nombre de España), han repetido en sus obras que la ambición y la codicia fueron los únicos móviles que llevaron a nuestros ascendientes a tan apartadas regiones.

En primer lugar, todas las conquistas se han verificado por hombres entre los que unos caminaban tras un ideal y otros en pro de su personal provecho. Ejemplos numerosos podríamos citar aquí, desde las campañas egipcias, persas, fenicias, griegas y romanas hasta nuestros días. Recientes están aún las pretendidas colonizaciones de algunas «Compañías de Indias», y en la historia del Indostán hay páginas de no muy grata recordación.

Afortunadamente, la red de calumniosas cuanto arbitrarias imputaciones, que había llegado a constituir una «leyenda negra», ha caído estrepitosamente en el descrédito después de la aparición de las luminosas obras de investigadores, propios (como Julián Juderías) y extraños (como Lummis, Vidal y otros), los cuales se han encargado de dar el obligado mentís a tan difundidas patrañas.

No estará de más que, para responder a los extranjeros que muestran mayor empeño en atacar nuestro dominio colonial, repitamos las justísimas palabras de Quintana:

«A los extraños que por deprimidos nos acusen de crueldad y barbarie en nuestros descubrimientos y conquistas del Nuevo Mundo, podríamos contestar con otros ejemplos de su misma casa, tanto y más atroces que los nuestros y en tiempo y circunstancias menos disculpables» (Advertencia en Vidas de hombres célebres).

Sabemos ya, y sabe el mundo entero, cuál fue la conducta de Cortés en Méjico y de Pizarro en el Perú; sabemos, sin que haya lugar a dudas, las causas de algunas medidas de rigor adoptadas por apremiante necesidad de sofocar rebeliones. Sabemos que Atahualpa no era el caudillo noble y leal que pintan los antiguos comentaristas, sino un bastardo cruel e inhumano que, contra todo derecho, encendió la más espantosa guerra civil que ha visto la Humanidad, que arrasó ciudades, saqueó templos y ejecutó en masa a los vencidos, sin que su saña se detuviese ante su propia sangre, de la que se manchó haciendo matar a Huáscar, su hermano, y ordenando arrojar después su cadáver a un río para «que no pudiesen llorar sobre él sus allegados»

No fue la codicia el móvil que llevó a América a Pizarro. Buena prueba de ello es que en todo momento expuso su vida y empleó sus bienes por el mejor servicio de la honra patria. Negarlo o ponerlo en duda sería desconocer la verdad histórica.

Es preocupación de los hombres de alteza de miras dejar una huella perdurable de su paso por el mundo; el recuerdo perpetuado de generación en generación, la aureola de una gloria inmarcesible.

Pizarro soñó con una España en América con todas las bellezas y todas las características de su lejana patria. Y su conducta no fue jamás negativa, como lo hubiera sido si sólo le guiara el afán de obtener riquezas para regresar poderoso al lugar de su cuna. Pudo hacerlo y no lo hizo.

En los últimos años de su existencia vigorosa y activísima pudo ya ver los cimientos sobre los que habrían de elevarse, al correr de los años, unas naciones cultas y fuertes, en cuyo seno se fundieran, como en un crisol augusto y gigantesco, las cualidades de dos razas grandes y potentes.

«Éste —escribe Vidal— parece haber sido un secreto pensamiento de Pizarro, no sospechado por los historiadores: procrear a hijos dignos del sino español y del indiano que a ellos convergían; pastores natos de pueblos con que forman un linaje…». Refiérese, naturalmente, a los hijos habidos por Pizarro en la nieta de Huacachillac Acu y hermana de Manco II, la que tomó el nombre de doña Inés Huaylas Yupanqui; fueron estos hijos Gonzalo y Francisca. 

También parece favorecer esta hipótesis su constante empeño de obtener blasones para sus allegados indígenas, medio de que los nobles incaicos vinieran a ser parte integrante de la nobleza española.

Complétase la obra civilizadora del inmortal extremeño con la fundación de numerosas ciudades: Ciudad de los Reyes (hoy Lima), ventajosamente situada en el valle de Rimac, cerca de la costa, hoy con más de 150.000 habitantes (6 enero 1535); La Plata o Chuquisaca, Charcas o Sucre (1538), hoy con 40.000 habitantes. Arequipa, situada en la falda del volcán de Misti (hoy 50.000 habitantes); Popayán, sobre el río Cauca; Cuzco (Nuevo, 1534), antigua capital del imperio incaico, hoy con 40.000 habitantes; Guánuco, (1539); Paria; Quito, situada cerca del volcán Pichincha, bajo un clima maravilloso (1534), hoy 100.000 habitantes; Trujillo (1530), 30.000 habitantes.

También fundáronse por él o por su orden expresa: San Miguel (1531), La Frontera, Guamanga, Guayaquil (1537), magnífico puerto natural sobre el Pacífico, hoy con 70.000 habitantes; Pasto (1539), Cali, sobre el río Cauca, en el hermoso valle de su nombre (1537), hoy 30.000 habitantes; Cartago (1540), Ancerma y otras varias.

Hoy, en aquellos campos abundosos, en las altísimas montañas donde la nieve y los vientos ejercen su soberanía, en los amplios puertos abiertos sobre el mayor de los mares, se recuerda y venera la gloriosa historia de aquel hombre que, abandonado apenas nacido a la puerta del convento de San Francisco el Real de la noble ciudad de Trujillo, de Extremadura, supo, en fuerza de valor, tenacidad y patriotismo, vencer, sobre el mar, la indiferencia humana, el odio y los siglos.

Descubrámonos ante la sombra gloriosa de quien tuvo en su mano los destinos de un continente y supo trazar su camino sin vacilaciones ni renunciamientos para arrancarlo de la incultura en que se hallaba sumido e incorporarlo así a la marcha de la Humanidad hacia la libertad y el progreso.

Capítulo VII

~ por rennichi59 en Domingo 1 noviembre 2009.

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