Lo que fracasó

El haber llegado a mi conocimiento ciertas dudas que suscitó el artículo que con el título «¿Qué fracasó?» publiqué en el número anterior, me obliga a insistir en el tema, fundamentándolo y aclarándolo cuanto me sea posible…

Al examinar las causas que determinaron que la forma republicana no prosperase en España, vamos a prescindir de aquéllas que, aunque importantes, no hubieran bastado por sí solas para originar su fracaso, cual la excesiva idealidad de los presidentes que la rigieron y alguna otra, concretándonos a las que principalmente constituyeron su ruina: la falta de preparación de los hombres que la habían de regir y el ultraparlamentarismo.

Es un hecho indudable que la nación no se encontraba preparada para el establecimiento de la República. Las dudas y vacilaciones que precedieron a su implantación nos lo demuestran claramente, pues de otra manera no se explicarían esos cinco años en que la nación buscaba un medio de solucionar el problema que trajo la revolución del 68. Todo este tiempo que transcurrió desde la salida de Isabel II hasta la proclamación de la República, en vez de emplearse en preparar el régimen que debía sustituir al caído, se empleó en una continua lucha entre los diferentes partidos que se disputaban el Poder y que a nada conducía. La pérdida de dichos cinco años se hizo sentir apenas establecida la nueva forma de Gobierno. Así surgió inmediatamente la pugna sobre la modalidad que podía adoptarse dentro de aquélla.

Mas si es verdad que esta falta de preparación contribuyó mucho a tal fracaso, no hubiera sido suficiente si a ella no se agregaran los inconvenientes que el parlamentarismo lleva consigo.

En el número anterior decíamos que lo que fracasó fue el parlamentarismo, y ahora, al repasar más detenidamente los hechos, afirmamos que fue la modalidad ultraparlamentaria de aquella República la que tuvo tan triste suerte.

Esta afirmación, que a muchos parecerá exagerada, no la podrán considerar como tal apenas se examine con algún detenimiento.

El día 11 de febrero de 1873, admitida la renuncia de Don Amadeo, la Asamblea Nacional declara como forma de Gobierno la República, y delega en uno de sus miembros el Poder ejecutivo, el cual, como salido de ella, tendrá que estar sometido a una constante fiscalización, lo que hace que no pueda obrar con independencia y que se convierta en instrumento suyo, yendo con ello a donde lleva siempre el parlamentarismo: a una confusión de poderes; lo que desde Aristóteles hasta hoy viene considerándose como el mayor mal para el Estado.

Este ultraparlamentarismo explica que los Presidentes se vean continuamente entorpecidos en su labor por la Asamblea; que Figueras tenga que dimitir antes del mes de su nombramiento y que en el espacio de un año haya cinco crisis.

Mas el daño que el régimen parlamentario ocasionó queda bien de relieve al observar que solamente mientras la Asamblea tenía suspendidas sus sesiones fue cuando se arregló la situación anárquica en que se encontraba España, tiempo en el cual la energía desplegada por Castelar pudo solucionar problemas tan difíciles de resolver como el de las insurrecciones cantonales y poner en vías de solución los levantamientos carlista y cubano. Mas la Asamblea no podía estar suspendida indefinidamente, y apenas reanuda sus seciones comienza a combatir a Castelar. Salmerón, presidente de ella, deja la Presidencia para atacarlo, y le obliga a que presente la dimisión. No bien reaparece el régimen parlamentario, ya vuelven la confusión y el desorden.

Todas estas dificultades que el ultraparlamentarismo oponía a la normalización, hacen que Pavía, cuando se decide a intervenir violentamente no se dirija contra el Jefe del Estado, sino que disuelva la Asamblea.

En este período tan corto y tan abundante en sucesos, el parlamentarismo había obrado desenfrenadamente; había manifestado todos sus defectos, pero todavía tenía que continuar su obra. Así, después de este año de ensayo, no se le ocurrió otra cosa que separar las personas del Jefe del Estado y del Gobierno. Del ultraparlamentarismo anterior se pasó con esto al simple parlamentarismo que completó la obra deplorable de aquél.

Por eso, los republicanos de allende las fronteras que defienden el parlamentarismo, tendrán disculpa (no conocen el ejemplo de España); pero los españoles que sigan aferrados a él, son ciegos o no quieren ver.

Felipe Ibáñez Kábana

«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

~ por rennichi59 en Domingo 13 diciembre 2009.

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