Feminismo y masculinismo

He aquí el problema actual que ocupa a toda mujer femenina.

Es verdaderamente triste (y si alguien no se ofendiese, ya que no ello no está en mi ánimo, diría «vergonzoso») para un país como España, que la mujer esté, social y físicamente, masculinizada y que sin haber llegado a ocupar su verdadero lugar en la sociedad, como mujer, busque su emancipación invadiendo campos reservados al sexo contrario.

La mujer en tal sentido es una rémora para la civilización. Debe, por el contrario, colaborar con el hombre en la conquista de un estado político y social más justo que permita a cada uno vivir dedicado a sus deberes peculiares. La mujer debe, pues, reclamar, no en contra del hombre, sino con él, a su lado, el derecho a la vida, único medio de garantizar el cumplimiento de sus deberes.

Vemos continuamente que el sexo femenino, olvidando todo deber de mujer, pasa el tiempo en jugar al foot-ball, montar a caballo, asistir a espectáculos de mal gusto, conducir un coche y fumarse unos cigarrillos egipcios. Si examinamos un poco el aspecto físico, nos encontramos con que el peinado a lo «chico» y el llevar una insignia que indique el club a que se pertenece es lo más «chic». ¡Bonitas aspiraciones para una mujer! ¿A dónde iremos a parar si seguimos por este camino? Quizá a lo que no tenga remedio: a crear una incompatibilidad entre el hombre y la mujer, ya que todos seremos iguales; a crear una lucha enconada entre dos enemigos, entre dos rivales.

Cierto es que la mujer que no goza de bienes y se encuentra con que tiene que hacer frente a la vida atendiendo a sus necesidades y que para ello no cuenta con más medios que los que se pueda proporcionar con su trabajo, se ve obligada a desempeñar, quizá, el cargo de un hombre, bien en oficina, comercio o cosa análoga, pero cierto es también que si las circunstancias la obligan a no poder estar en su casa haciendo las faenas propias de su sexo, no por esto debe olvidarse de que es mujer, no por esto debe masculinizarse.

No es lógico entablar ahora competencias en el trabajo; esa lucha es perjudicial para todos. Hombres y mujeres, todos tenemos derecho a vivir y, por lo tanto, no es lícito que el hombre goce de privilegio ni que la mujer le arrebate sus recursos. Lo ideal es que cada cual pueda pueda cubrir sus necesidades sin que para ello tenga que privar a otro de sus medios de vida, sin que tenga que crearse un enemigo.

El masculinismo de las mujeres va contra la familia, y por ello, contra la sociedad. El hombre y la mujer ni son ni podrán ser nunca iguales; pero sí son y deben ser equivalentes. Ni fisológica ni moralmente son idénticos; cada uno tiene condiciones exclusivas y aptitudes privativas cuyo ejercicio debe garantizarse.

Las mujeres españolas debemos ver más lejos. Pensemos que aun cuando llegásemos a tener iguales derechos que los hombres, el problema social subsistiría cada vez más agudo. ¿Es que los hombres, con todos sus derechos, son felices? ¡No! Auxiliémoslos en sus luchas en pro de un perfeccionamiento de la sociedad.

Nada de abstencionismo. Nuestra suerte está ligada a la de nuestros padres, hermanos y maridos. Desconocerlo es absurdo. Alcanzar un bienestar justo, mediante la implantación de un régimen político y social equitativo y humano, debe ser el ideal de hombres y mujeres. Establecer lucha enconada entre los dos sexos es retrasar el logro del ideal sin provecho para nadie, en perjuicios de todos.

Convénzanse de esto las mujeres y lejos de quedarse al margen del camino de las reivindicaciones, ayuden a acelerar la marcha hacia la conquista del triunfo.

La política no debe ser para nuestro sexo un arcano, cuyo contenido no nos interese. Se gobierna y se legisla para todos, y todos tenemos derecho y deber de intervenir. Ocupando, desde luego, cada cual su puesto.

Si la mujer es un miembro de la sociedad, ¿cómo ha de serle indiferente monarquía o república, capitalismo o comunismo, dictadura o democracia? ¿No sufrimos nosotras con tanto rigor como los hombres las terribles consecuencias de regímenes absurdos que convierten en un verdadero calvario la vida entera de la Humanidad?

Si mi modestísimo nombre gozara del prestigio necesario para hacer vibrar los corazones de las mujeres españolas, yo haría un llamamiento a las hijas, a las madres, a las hermanas y a las esposas para que se unieran a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos y a sus maridos en la ruda lucha por conquistar la verdadera libertad, que es lo que a todos interesa.

María de los Dolores R[odríguez] Cárdenas (1)

«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

[1] María Dolores Rodríguez Cárdenas (Madrid, 1898 – 1994), de profesión perito mercantil, era a la sazón novia de Luis Hernández Alfonso, con quien contraería matrimonio el 15 de octubre de ese mismo año de 1928.

~ por rennichi59 en Sábado 6 febrero 2010.

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