Defensa del político

Es indudable que existe un engarce armónico entre lo ideal y lo material. A un pueblo rico y poderoso que goce todas las posibilidades ofrecidas por la opulencia, corresponde, y hallamos en él adicionada, una multitud selecta, no élite, que si presenta en conjunto una gran diferencia de cultura y aptitudes entre sus componentes, tiene como nota característica y singular la preocupación de los ciudadanos por el régimen gobernante, es decir, la neta e imprescindible vida política. Es imposible encontrar un pueblo culto, salvo si está dominado por el servilismo, que no ofrezca un nivel elevado de lucha política.

La cualidad de político no se adquiere ni siquiera por imposición rigurosa del medio social, cuando aparece como intento del ciudadano para intervenir en la función del Estado, sino que es una condición ingénita que sólo deja de manifestarse a causa de la incapacidad y la inferior constitución moral del individuo. Ningún hombre puede sustraerse a la política, y nada más que la indigencia mental justifica la indiferencia ante el problema de las relaciones entre el ciudadano y el Estado, la forma del Gobierno dominante y su eficacia trascendental, pues la vitalidad de estos organismos, no sólo es un influjo efectivo del día, sino que su acción se extiende hasta recortar las perspectivas de la humanidad de mañana.

Un pueblo político es un pueblo consciente de su responsabilidad histórica que aspira a aparecer dignificado por un afán de libertad y democracia ante las generaciones venideras y quiere presentarse ante ellas en vez de con el baldón vergonzante del absolutismo con el ideal trémulo y sangrante conquistado en las barricadas.

Políticos, nada más que políticos fueron los que abatieron los muros de la Bastilla y crearon una palabra nueva: los Derechos del Hombre; políticos los que hicieron la República porque al implantarse esta forma democrática de gobierno su hegemonía no representa el triunfo de un partido ni la imposición de un sistema; es la forma racional de regirse un pueblo, con leyes que garantizan el respeto y expresión a todas las ideas adaptadas a una dignidad efectiva y libre.

La juventud del siglo XX tiene que ser y debemos hacerla política. Ya está trazada nuestra obligación con todos los privilegios de un apostolado: luchar por la Libertad, hija de las jornadas sangrientas de la Revolución francesa. Allí la vemos con el balbuceo inicial de una amada esperanza y nuestra misión es convertirla en una realidad eterna, más inconmovible que las pirámides de Egipto.

Gabriel Mario de Coca

Albacete, 1928

«El Presidencialista», n.º 5 (mayo de 1928)

~ por rennichi59 en Domingo 7 febrero 2010.

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