Política de miopes

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 4 de noviembre de 1938 en la Sección «Crónica Internacional» del diario «Sur», órgano del Ejército de Andalucía con sede en Baza (Granada).

En la Cámara de los Comunes, el Gobierno británico ha conseguido que se apruebe su moción relativa a la entrada en vigor del acuerdo anglo-italiano. No ha podido sorprendernos la noticia. La esperábamos; era inevitable.

El diputado Roberts ha resumido, en frases certeras, el espíritu que anima a los estadistas ingleses capitaneados por el maestro en componendas «airosas» Chamberlain. «Parte del Gobierno —ha dicho— desea que Franco gane la guerra, aunque tal victoria signifique una amenaza para Francia e Inglaterra». Y ha añadido: «La política de los miopes ha triunfado, a pesar de los consejos de la oposición».

Más duramente podría ser calificada la conducta del gabinete inglés. Su política revela, más que miopía, una tendencia clara a la conservación de privilegios anacrónicos, aun a costa del sacrificio de todas las normas fundamentales de la convivencia internacional. Pero, indudablemente, la actitud de Chamberlain es de miope, hasta dentro de esa lamentable tendencia. La paladina afirmación hecha recientemente por el «premier» de que Alemania «tiene derecho a cierta preponderancia en Centro-europa», es, sobre poco gallarda, peligrosísima para la paz del mundo, e incluso para los intereses peculiares representados por el Gobierno inglés.

Temprano o tarde, habrán de enfrentarse con una Alemania y con una Italia hipertróficas, sedientas, cada vez en mayor grado, de dominio territorial y de hegemonía política. Abandonando posiciones y facilitando el robustecimiento de los apetitos imperialistas de Hitler y Mussolini, Inglaterra prepara su propia anulación. Se equivoca si cree que, obrando así, se limita a admitir a dos comensales más en el banquete del imperialismo.

Los dictadores han visto ya la ruta más cómoda: la de los hechos consumados, protegida por una amenaza que produce efecto mágico en la «prudencia» de los gobernantes franco-ingleses. Especulando con su miedo a la guerra, el «führer» y el «duce» consiguen, sin desgaste alguno, lo que tal vez no lograrían por la fuerza de las armas. Quedan éstas para emplearlas contra las potencias débiles, contra países a los que consideran incapaces para defenderse con eficacia.

Acostumbrémonos a este juego de las «democracias» y no confiemos sino en nuestro propio esfuerzo, procurando intensificarlo incesantemente. No estamos en el caso de rasgar nuestras vestiduras y cubrirnos de ceniza; estamos, por el contrario, en el deber de multiplicar nuestra fuerza y garantizar, por nuestro propio esfuerzo, la victoria que nos es precisa.

Allá las potencias «democráticas» con su miopía si quieren entregarse, atadas de pies y manos, a sus enemigos. Nosotros, no. Lucharemos mientras sea  necesario hacerlo, como podamos, cara al porvenir, sin optimismos infundados; pero sin dejarnos impresionar por la conducta ajena.

A fin de cuentas, la claudicación de las democracias no empeora la situación. Los invasores vinieron «libremente» a España, a pesar del Comité de No-Intervención, del control y de las conferencias internacionales. El pueblo español, ahora como antes y mañana como hoy, se mantendrá dispuesto a combatir hasta la victoria.

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Jaén y noviembre, 1938.

~ por rennichi59 en Martes 13 abril 2010.

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